jueves, 25 de agosto de 2016

MERCADO DE EMOCIONES







Nuestros movimientos inconscientes de acercamiento y alejamiento frente a determinadas posturas políticas o de intereses privados, por muy pequeños que sean, más que incluso nuestras actitudes en el lenguaje, de aprobación o condescendencia, o de rechazo o firme oposición ante quienes se empeñan en imponer su voluntad, son determinantes para saber dónde nos encontraremos en un futuro a medio y largo plazo. Si nos observamos mínimamente nos daremos cuenta de que nuestras emociones son fundamentales e insoslayables durante un choque fortuito contra o a favor de individuos, fuerzas colectivas, o leyes que quieran imponernos su voluntad
  Podemos hablar en tal plano de inmanencia sobre el acercamiento porque, misteriosamente, aunque este asunto está sujeto a múltiples interpretaciones, existe una gruesa capa de la población, ya sea humilde o pudiente, que siente una atracción  irresistible hacia los mecanismos del poder. Parece que el sometimiento es una actitud que proporciona una fuente inagotable de placeres. 
  Antes de dar una respuesta positiva o negativa, ya hemos decidido y dado señales en el laberinto de estrechos pasillos y de direcciones sin salida que construyen nuestros deseos contrapuestos, aunque más tarde nos pese,  de cuál será nuestra orientación para tomar la dirección que nos acerca o nos aleja del núcleo de fuerzas.
   La raíz del problema se encuentra, si analizamos el margen de maniobrabilidad, en el reducido espacio de libertad que tenemos. Las coordenadas que buscan nuestros deseos hacen que nuestras microemociones abarquen en la lejanía vastos territorios en los que nuestra integridad se verá  comprometida sin la protección de los más elementales camuflajes. Es imposible ocultar la afinidad o la  no aceptación de la voluntad ajena. Nuestro deseo de vivir el propio destino como cosa exclusiva es tan fuerte como inevitable es la muerte.  No podemos dejar de ser nosotros mismos y nos sentimos orgullosos de nuestras creencias y convicciones. A veces somos capaces de manifestar posturas reaccionarias y enfrentarnos contra el frente común de la desidia y el conformismo. Pero el miedo al castigo y la segregación nos hace retroceder cuando más cerca estamos  de quitarle el disfraz al Estado, grupo o ente  protector. Una prueba de fuego ha sido recientemente la adaptación a la realpolitik de los partidos emergentes tras el 15 M en España. Un rotundo fracaso. Nos da tanto miedo tocar cualquier pieza de la frágil construcción económica porque sabemos que se mantiene a duras penas como una casa en ruinas.  
  Cobardes, íntegros y valientes nadie puede evitar postularse a través de las emociones. Hasta los más ignorantes saben que la política es fundamental para armar una sociedad más justa. Nos han nutrido desde hace más de cuarenta años de derechos individuales que nos correspondían y que nos habilitarían para explorar y conquistar territorios desconocidos. Sin embargo, digamos que el cansancio de tanta conquista hace que nos resintamos ante la abrumadora idea de que para ser poderosos debemos conservar y mantener lo poseído. La urgencia de planificar los años, meses, días y horas por venir nos sume en el desaliento. Intuimos que hemos llegado a los límites de nuestro imperio. Entonces nos queda el consuelo de que sus fronteras no pertenecen a este mundo y nos alegramos e incluso nos regodeamos de que la realidad es un maldito sueño.
  Ortega y Gasset decía que “la propensión unilateral imposibilita la acción”. Eran otros tiempos. Porque lo que él llamaba propensión unilateral se ha convertido por inercia en el nudo gordiano de la realidad de las ideologías y de la praxis de la  justicia. Si cortamos de raíz sabemos que desharemos todo el largo y dramático camino y volveremos castigados por nuestra soberbia al punto de partida. Sin embargo, sabemos que si continuamos mirando pasmados al nudo nuestras vidas serán una podrida herencia para nuestros hijos; y lo peor: no podemos reprimir ni sabemos dar sentido a nuestras emociones, incluso hay quién se pregunte que para qué sirven.
  Creo que la emoción es un faro perdido en la noche, es un punto insignificante en la distancia que nos sirve para no perdernos en la oscuridad de las masas y poder identificar nuestra identidad como individuos, como entes capaces aún, no ya de pensar en la espiral del discurso colectivo, que precisamente continúa siendo el mal de nuestro tiempo, sino de sentir el peligro que entraña no saber interpretarlo y menospreciarse a sí mismo en la pasividad y la dependencia como un simple eslabón más de la cadena.
   Mostrar nuestras emociones es el gran negocio del siglo. Te van a vender justo lo que necesitas para que se cumpla, como bien dice la sentencia del Eclesiastes, “Nihil novum sub sole”, Nada nuevo bajo el sol. Tu moral, tu ética y compromiso están catalogados on line para que el núcleo de fuerzas te absorba y que todo parezca real. Quizá si no mostrásemos nuestras emociones el control de algún modo no sería absoluto y así nos reservaríamos una pequeña porción del paraíso. Un callado y mortal escepticismo. Tal vez. 

 

        

lunes, 23 de mayo de 2016

EL ATROPELLO DEL CONCURSILLO






En Andalucía, en esta tierra que ha demostrado a lo largo de los siglos ser una de las más propicias para la tolerancia, la solidaridad y la convivencia,  se está fraguando en estos momentos en el ámbito de la administraciones públicas y para mayor vergüenza de todos, en el espacio de la educación de nuestros hijos, uno de los mayores atropellos laborales que se han conocido desde el final de la dictadura franquista. El populismo, esa sombra de la que todo el mundo huye, palabra que se entiende en el panorama político actual como una etiqueta del ectoplasma y lo fantasmagórico, también ha logrado hacer mella en las estrategias sindicalistas de este ahora maculado lugar del mundo. 
    Todos los sindicatos que se sientan en la mesa sectorial de la educación no universitaria andaluza han caído en la vil tentación de dar de comer a un hijo hambriento para que les roture los páramos en tiempo electoral y dejar a otro morir de inanición. Otro que según sus lúcidas entendederas no sabe labrar, ni recoger frutos, ni cuidar de la hacienda. Sin embargo, este, hijo luchador y perseverante en esta tierra prometida, lleva lustros y décadas educando a los andaluces y andaluzas mejor preparados de la historia. Este hijo/a se llama interin@.
   En la próxima colocación de efectivos planificada por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía para el curso 2016/17, los funcionarios interinos, que es así como los llaman ahora porque en verdad, y en esto no se equivocan, funcionar sí que funcionan, van a saborear el licor de la humillación y el despropósito. Van a comprobar borrachos de pena como esas plazas vacantes que ocupaban hasta el día de hoy van a caer en manos de funcionarios de carrera que quieran conciliar su vida familiar, vida que según parece algunos tienen y otros no. Los interin@s que podían conciliar a duras penas su vida familiar la van a perder, y en el caso de que la pudieran tener la van a perder en favor de los funcionarios que según los sindicatos sí que saben mover y abonar sus estrategias electoralistas. Quitarle a un colectivo de miles y miles de maestros y profesores que se ganan sus maltrechos viáticos a base de miedo y tiempo de servicio, para ofrecérselo a otro sector de compañeros y compañeras va a suponer una situación de mayor precariedad en el mayor sentido de la palabra.
  Lo que no saben estos sindicatos que han ninguneado sin el menor miramiento es que los muertos de hambre son capaces de sacar fuerzas de flaqueza donde parece que no las hay. Sí, se están organizando. Me consta que de tanta hambre que llevamos arrastrando a lo largo de tantos años, miles de compañeros y compañeras nos estamos movilizando para acabar de una vez por todas con la figura del fantasma de la interinidad. Vamos a dejar de ser espectros de una vez por todas.   




domingo, 8 de mayo de 2016

ANTIMÍSTICA






En la realidad de la posesión de la materia, en los bienes terrenales o en el ordinario  derecho a la propiedad, se encuentra el vínculo de la humanidad con la naturaleza. No nos es suficiente volcar nuestro espíritu en la eternidad tras la muerte. Es necesario también nuestra intervención como dioses para comprender el alcance de nuestra naturaleza sobre los átomos y moléculas. La reproducción de la carne es una manipulación contra el paisaje de fondo de la existencia. Intuimos pasmados que tiene mucho más sentido no-ser que ser. La farsa, el egoísmo y todos sus parientes allegados son experimentos necesarios contra esa oposición a la naturaleza del no-ser, contra nuestro miedo más auténtico y primitivo.
No creo que a la manera de los místicos encontremos la forma de evitar clavarnos nuestro propio aguijón. Tal vez la misión escrita en el aire, en la historia, sea hacernos cargo de una vez de que no existimos y que en realidad pensamos sin poder existir, que ni siquiera pertenecemos a nuestros sueños. Solo así, vencidos, pero con la evidencia por bandera, podremos renunciar a las veleidades de los dioses.   




jueves, 28 de abril de 2016

LA BUENA EDUCACIÓN









Son cuchilladas a la vuelta de cualquier esquina.  Esos pensamientos siempre asaltan su conciencia cuando precisamente se ha olvidado por completo de ésta. Tal vez este tío sea uno de esos tristes místicos (por extensión todo aquel sujeto que espere una recompensa por lo que la sociedad considera buenas acciones e intenciones), educados con la severidad de unos padres que se han llevado toda la vida predicando con el ejemplo. Alguna vez ha pensado que a algunos individuos no les vendría nada mal que sus padres hubieran cometido algún crimen y hubieran tenido que pagar por ello con una buena temporada entre rejas o que al menos hubiesen alguna vez actuado ante ellos como unos auténticos hijos de puta. De este modo no tendrían que estar todo el tiempo lamentándose por no haber sabido estar a la altura de las exigencias de una buena educación.
   El culmen de la educación supone para este tío odiar a todos sin que se den cuenta. Evidentemente el resultado es justo lo contrario a lo que la buena educación pretende. En el combate desigual para reprimir el egoísmo y la soberbia innatos, siempre sale victorioso la cosa sufriente, el objeto mermado que anhela la perfección imposible de las formas.  Se lo han puesto tan difícil que confunde, por ejemplo, las circunstancias de tener un puesto de trabajo con las del disfrute de un privilegio ilegitimo, robado a sus semejantes gracias a un fallo del procesador de algoritmos. “Aún falta para que las máquinas vivan en nuestras mentes”, se dice cuando ve las  imprecisiones del actual sistema de la gran computadora. Aunque tiene el presentimiento de que ciertos desajustes están programados con la intención de jugar al despiste. En realidad estaría dispuesto a dar su vida por no haber tenido educación. Daría su vida por otra. Cosa que siente imposible, pues todas las posibles no se entienden sin la que él ha tenido. Preferiría renunciar a todo lo que sabe para no sufrir la tortura por saberlo.  
   Ha leído en el tiempo y oído en el túnel de la memoria que  debe amar a Dios sobre todas las cosas. La aseveración consciente o inconsciente de que hay una materia o concepto a quien rendir cuentas por encima de “todas las cosas” lo tiene atado de pies y manos. Da igual que sea cristiano o budista. Hasta el ateo más radical siente que hay un mandamiento principal, una oscuridad atroz de la que no podemos escapar.
  En estos momentos se encuentra absorto viendo los informativos en la televisión. Asume la pena inmensa por las víctimas de los desastres naturales y las guerras con un “mea culpa” por no poder comprender las intenciones de ese Dios al que ama y que lo contiene todo. Acaba de perderse en el laberinto de los pensamientos y su conciencia no le pertenece, pues se ve a sí mismo perdido en las imágenes del recuento de las víctimas.

  De repente asaltan los cuchillos. Los pensamientos huyen y el gobierno es del pánico. Va más rápido que la luz pero no consigue dejar atrás al fantasma de la buena educación. Todavía no se ha esforzado lo suficiente.       

jueves, 17 de marzo de 2016

HABLEN









Hablar y hablar
…y continuar hablando
para llegar a un acuerdo


Tras horas, días, meses, años
siglos  y milenios
aún continuamos hablando


Llegado el caso
por necesidad se mata al emisario
así nos postulamos por la guerra


Tras ella nombramos embajadores
a los que no les importan
ser despreciados y hasta vejados,
pequeños detalles sin importancia,
si queremos saber qué están pensando
al otro lado.


Morimos y seguirán hablando


Aunque esto no nos cuesta
porque lo nuestro no será más
que un afasia pasajera.


miércoles, 13 de enero de 2016

HISTORIA DE MI RODILLA IZQUIERDA (V)









   Había vehículos aparcados como mucho a cien metros de distancia unos de otros. Todoterrenos con carros enganchados para  los perros, pickups y hasta turismos apostados en los  márgenes del camino entre Trigueros y Huelva daban al monótono paisaje un inusual contraste de colores y movimiento. Vistas que por más que intento asumir como propias en sus características  y particulares como cualesquiera otras de las que hay en el mundo, no consigo pensarlas sin el desdén por los árboles y sin la terquedad en mostrar las suaves líneas de sus lomas, ya sean desnudas en la piel marrón de la tierra arada o vestidas por las espigas de trigo y los girasoles; frutos estos, nacidos gracias a las subvenciones de la Unión Europea para la supervivencia de los propietarios de los latifundios o para la de la población mundial.
 Me preguntaba por enésima vez, de tantas veces que he atravesado ya esta tierra en medida deportiva, una vez sufrido este sentimiento de rechazo por tanta desolación por dicha causalidad, qué sería de este desierto sin la vigilancia aérea de las tierras cultivadas y a qué la dedicarían sus propietarios sin las ayudas de la PAC.
 Supongo que por la necesidad o el ingenio, que la mayoría de las veces está muy por encima  de los miedos que atan a las personas, que los titulados de las inmensas parcelas las malvenderían o las transformarían en explotaciones de última generación, impelidos por la obligación de sumarse así a la participación en los mercados misteriosos de productos específicos para necesidades aleatorias del desarrollo consumista. Podrían producir algún fruto fantástico sin piel de injertos insospechados o biomasa no contaminante para alguna República Independiente gobernada por consejeros y ejecutivos de las grandes empresas eléctricas, escindida de los tratados internacionales con ánimo de demostrar la inviabilidad y la poca rentabilidad de las energías renovables.
   Me digo entonces que de momento la historia de la tierra está en buena parte escrita por los hombres, otra cosa es por qué o quién será narrada. Así que en la intrascendencia de la mano del homo sapiens sapiens para la magnitud del tiempo cósmico siempre acabo imaginando que este terreno ahora meteorizado, por el que se camuflan liebres y conejos, y se perfilan flemáticos, a causa de la escasas piezas de caza, cazadores y  perros,  como las verdaderas presas en el sueño en el interior de un desierto, volverá, como el hombre a sus orígenes, a no ser nada, puesto que en el abandono del tiempo la eternidad es un concepto sin consecuencias siquiera para el propio tiempo. No existirá nadie para decir “así es esta tierra” o “la tierra es mía”. No habrá historia y por tanto tampoco habrá tenido lugar un Apocalipsis de ningún tipo, y mucho menos traumático. Quizá existe la posibilidad de  que quede escrito o pensado fuera del tiempo, pero para ese momento, si se me permite la expresión, no habrá boca que lo cante ni cerebro que lo piense. Todo habrá quedado, nunca mejor dicho, en nada.
   Mientras concluía con dichos razonamientos acerca del final de los tiempos, procuraba compensar en las pedaladas la asimetría de mi rodilla izquierda con un mayor esfuerzo de la derecha. La cabeza del peroné izquierdo se ha desplazado en los últimos otoños hasta el punto de hacerse visible en el también deteriorado paisaje de mi cuerpo. En él, un mal uso a causa de mi adicción al running y el implacable tiempo dentro de la eternidad, han tenido  consecuencias irreparables para esta historia, en él tienen lugar, como se podrá comprobar más adelante en el texto, las claves de esta historia.
   Tendría que ser verdad aquello del “eterno retorno” que algunas escuelas filosóficas proclaman, y además que mi espíritu acertara a memorizar el instante a la edad de veinte años en el que en un partidillo de basket, apoyando la rodilla izquierda, en un desafortunado giro de ciento ochenta grados sobre mí mismo, se rompiera el menisco para sortear como en una de esas imbéciles películas de Hollywood el instante de la eternidad que me permitiese, no sin cierto orgullo en o sobre la naturaleza, pensar mi cuerpo igual que el de un ciclista perfecto, sin la menor de las taras físicas, que rueda sobre estas pistas satisfecho en la potencia propia del acto a favor o en contra de los vientos.
   Durante demasiados años mi rodilla izquierda se sometió al gobierno de mi mente sobre mi cuerpo. En este tránsito nunca pensé  que la famosa frase del escritor romano Décimo Junio Juvenal “Mens sana in corpore sano” pudiese trascender más allá de su aséptico mensaje, es decir, del consejo que conlleva una orden de sobriedad y disciplina sin que nadie sepa exactamente para qué sirve el exceso de la felicidad servida. Nunca imaginé que en el deporte, yo, que he atendido antes que nada con gusto y preferencia las exigencias del pensamiento, pudiera hallar tantas desembocaduras para el estancamiento de este. En el deportismo, la segregación de las endorfinas, me han proporcionado habilidades que antes desconocía, inopinados estados mentales a los que he llegado por obra y gracia del simple movimiento. En el fondo no estoy enganchado a la idea de un deporte que me proporciona salud, sino a la adquisición de unos estadios, a veces segundos de duración, otras de casi una sesión completa, de delirio. Incoherencias y despropósitos se mezclan con dilucidaciones sobre cuestiones no resueltas del pasado y con actitudes muy lúcidas sobre el futuro. Por tanto no es este una dependencia en el que encuentro siempre placer. Muchas ocasiones me produce un extremo cansancio físico y mental. Hasta el punto de tener que sofocar onomatopeyas más propias de animales que viven en mi interior que de la persona que a diario ven mis familiares y paisanos. Es un secreto, un poder oculto a mi disposición con el que puedo hacer nuevas reglas o deshacer las ya existentes de la familia, la naturaleza, del Estado y del yo.
   Quizá pueda decirse que todos y todas las deportistas solitarias son, como yo, anarquistas en potencia. Sujetos que han saboreado peligrosamente durante el acto la bilis del vientre hambriento de maldades, de los alimentos nocivos que han hecho de los hombres los que son, carroñeros insaciables a campo abierto que comen todo lo que el Estado desecha por encontrarse fuera de fecha de caducidad.  Esa bilis que en el deporte nos corroe por un tiempo limitado despierta el apetito de la bestia que llevamos dentro. Pero los efectos de la sustancia son tan efímeros que no suponen ninguna amenaza para nada ni nadie, ni siquiera son tenidos en cuenta por el Estado como efectos contraproducentes para su seguridad. Según el minutaje del “fondo en solitario” y los años de veteranía en la práctica de esta actividad puedes experimentar mayor o menor grado de desprecio a las reglas del juego prescritas por los jueces y gobiernos. En este caso el desprecio propiamente dicho es un regalo de la lucidez. Sí, en la carrera de fondo alcanzo la clarividencia, la recompensa que siempre nos ocultará este mundo si no decidimos cobrarla. Esta es lo mínimo que se nos debe por llegar aquí y abrir los ojos. Suponer que debemos ser ante todo agradecidos por el simple hecho de recibir la vida tiene las consecuencias del conformismo más obtuso y a la vez menos responsable. La recompensa por tomar lo que se nos debe no tiene ninguna gracia, ni laica ni divina. Es como el juego del ratón y el gato en el que la única verdad es el miedo. Una vez logrado el método aquel se disipa y entonces comienzas a correr dentro de ti. En la carrera sientes lo que eres. Movimiento. Una especie de fantasma que se ha pasado toda la vida traicionando a la familia y los amigos. Un individuo egoísta, político las veinticuatro horas del día, hasta en el sueño, en el uso de “su razón” para someter a su antojo y voluntad los intereses de los demás. Los negocios se anteponen, se presuponen para tener un buen concepto de sí mismo dentro del clan. Tiene efecto hasta en la globalidad. En la carrera tienes la sensación de que pronto explotarás o implosionarás como lo hacen las estrellas en el cosmos. Tu existencia no es un regalo. Es indispensable para que la vida y la muerte se fundan en un abrazo, para que no hagas lo que no quieres, para que no permitas que te esclavicen bajo ninguna forma de gratitud.
  La prescripción es una  acepción  ambigua que hemos desarrollado hasta alcanzar la alta sofisticación en la que nos hallamos  para que podamos soportarnos los unos a los otros. Quien gobierna prescribe. Quienes sostienen el poder del gobernante conquistan derechos por el simple hecho de someterse a las leyes del gobierno, de la prescripción. Después todos prescriben paso a paso el castigo de que los sujetos y sus atribuciones sean expulsados del grupo, de la comunidad, de la nación, es decir, derogan la posibilidad real de la repudia. Dicho de un modo mucho más objetivo, con la evolución de la prescripción a la que hemos llegado con miedo y flema, nos prescribimos los unos a los otros antes que amarnos u odiarnos en el mismo orden. Gobernante y gobernados se necesitan hasta el extremo de convertir sus conveniencias en una sola y poderosa idea. Ir juntos, prescritos, para que nadie se quede fuera.
  Estos no son más que retazos interpretativos obtenidos en la experimentación cada vez más adictiva y vinculante a la carrera de fondo. Sin embargo, durante aquella sesión no pude obtener ni el más mínimo sentimiento o señal de liberación contra el sistema establecido, como ya ha quedado patente en mis explicaciones. Apenas llevaba recorrido dos quilómetros de distancia por la pista descrita que me llevaría hasta los tanatorios de Huelva cuando, a mitad del cordón de vehículos, a causa de mi falta de atención sobre el piso, centrada en aquellos momentos en la observación de los grupos de perros y cazadores, tuve una caída. Mi primer trompazo contra el suelo en años de bicicleta.
   Tras una gran piedra en medio del camino, fácil de sortear, se encontraba agazapado, supongo que oculto por culpa del miedo, un conejo.  La imagen fugaz de su precipitada carrera para evitar mis ruedas me indujo instintivamente a frenar en seco. Salí disparado por encima del manillar y el azar quiso que la línea zigzagueante que en la huida trazó el animal coincidiese con el punto exacto de choque de mi abdomen contra el suelo. Quedó por unos instantes atrapado bajo mi cuerpo. Tiempo suficiente para que apareciesen varios perros jadeantes y amenazadores en busca de una presa quizá ya grabada en sus memorias olfativas. Sentí mucho calor en las palmas de las manos y en el codo derecho. Pensé que simplemente se trataba de un pequeño accidente que no me supondría graves daños físicos. El animal vibró bajo mi cuerpo y se escurrió fácil para meterse en las bocas de los canes. A escasos centímetros pude observar cómo una de las afiladas dentaduras apresaba a la víctima por el cuello y la zarandeaba de arriba abajo con oficio y diligencia. Tras varios segundos la lanzó al aire con la fuerza necesaria para que otras fauces impidiesen que cayese al suelo y repitiese con la misma destreza la misma técnica. Me resulta difícil saber con exactitud cuánto tiempo duró el episodio violento que fue desde la frenada hasta que uno de los perros desapareció en la panorámica a ras del suelo llevándose la presa hacia los terrones de la tierra arada. Puede que tan solo transcurriera segundos pero me parecieron años. Tal vez la sensación inconsciente de dolor paralice el tiempo y lo comprima hasta hacerlo estallar, y con su desaparición la vida en este caso sea únicamente dolor a secas. Es posible que las características del tiempo cuando vivimos conscientes de él no sean más que la inevitable certeza de que el mundo se mueve incesantemente a nuestro alrededor. Quizá por esta razón solo aplicándote a él puedas intuir cosas que con el sedentarismo nos son negadas. En primera instancia el dolor me condujo a la perplejidad pero cuando fui consciente de lo que ocurría con mi rodilla izquierda la confusión me llevó al miedo o viceversa y, como siempre sucede ya sea por razones fundadas o no, sus circunstancias tan determinantes acaban perfilando el no tiempo en lo exclusivo de tu impotencia. 
   Cuando intenté incorporarme sentí que mi pierna izquierda pesaba toneladas. Un dolor inmenso como el mundo y a la vez reducido en la emisión y recepción dentro de mi cerebro, me sumió bajo el cielo, contra la tierra, como si esta me rechazara o no me aceptara a causa de sobredimensionado miedo que generaba mi cuerpo. Por más que lo intentaba no lograba activar ninguno los elementos inferiores de mi pierna izquierda. Desde la rodilla hasta las puntas de los dedos de mi pie nada me pertenecía. Creí que todo el conjunto se desprendería de mi cuerpo y quedaría a un margen del camino del mismo modo que cualquier despojo del tiempo vencedor. Una piltrafa igual que una cubierta gastada y abandonada o un tapacubos de los muchos que salen  despedidos de las ruedas de los vehículos que por allí transitan. Desde mi posición podía ver  a ambos lados de la pista a los grupos de perros y cazadores como si se encontraran atrapados dentro de las gigantescas parcelas. Sus figuras se movían con una lentitud rayana a la meditación del paseo. Solo los perros parecían alguna vez dispuestos a romper el ensimismamiento de una actividad casi obsoleta si no fuese porque intuyen que las presas despiertan por unos instantes en el sueño del paisaje igual que fetos dentro de un vientre casi muerto, en el intervalo de una gestación eterna.
   El cirujano que intervino en la operación de mi rodilla es un tipo arrogante. Demasiado joven tal vez para comprender las prestaciones  de la  carrera de fondo. No descarta que a medio plazo pueda volver a subirme en la bicicleta. No obstante me ha recomendado que la opción de practicar la natación debo asumirla como la mejor de todas las posibles si valoro lo suficiente mi cuerpo y me hago cargo de las circunstancias. La rehabilitación en la piscina debe ser ineludible, después ya veremos, dijo,  dirigiendo su mirada a través de la ventana desde la que pueden verse las miles de hectáreas rotuladas entre Huelva y Trigueros. No sé si en una rodilla operativa o inútil pero el peroné tras la intervención ha vuelto a la posición correcta, de salida, para una hipotética carrera. Esta vez, mucho me temo, compartiendo meta con cabezas decapitadas. Con brazos, troncos y piernas felices que sueñan en carreras explosivas planificadas por un deportismo en el que el sudor debe ser ante todo colectivo.     
     
    




        

viernes, 18 de diciembre de 2015

LA PLAGA









                                                                  LA  PLAGA
                                                 
                                                      “Dios creó al hombre a su imagen significa, probablemente,
                                                                      que el hombre creó a Dios a la suya” G. C. Lichtenberg.


     MF se empeñó en salvar las dos palmeras afectadas por la plaga del escarabajo rojo. Desde que estalló la crisis a causa de los fondos del endémico securitismo y las hipotecas basura, dicho insecto ha acabado en España con la vida de miles de ejemplares de “palmeras canarias”. Aquí, en Trigueros, el ataque fue devastador. Las principales plazas del pueblo se convirtieron de la noche a la mañana en lugares en los que la alegría de los niños y de las tertulias cambió como un feblaje inadvertido. Cuando surgieron los primeros efectos  todo parecía normal, pero bastaba la mirada de un observador no demasiado meticuloso para advertir la tristeza  en las fachadas agraciadas  hasta entonces por la elegancia exótica, y no por esto menos taxativa en la ilustración del pueblo.
   Las palmas más altas e inhiestas aparecieron de repente fláccidas. Poco después mostraron la decoloración del verde intenso. La gente decía resignada “tienen la plaga del escarabajo rojo”. Yo las veía con angustia, convencido de la inoperancia de los hombres para salvar a los ejemplares aún intactos como a Tops Model que sufrían infartos cerebrales.  Desaparecerían todas las palmeras con sus estigmas en el pasado en Trigueros, me decía.
   Tal vez haya sido mera casualidad que el insecto se presentara junto a la maldita depresión económica. Unidos de la mano se han paseado por las calles de la localidad con la iniquidad de los malos sueños y la fatalidad del presente inmutable.
  Nuestras palmeras se encuentran en el campo, en el término municipal de San Juan Puerto. Las creíamos incólumes. Teníamos localizado al ejemplar contagiado más cercano a un quilómetro como mínimo. Sentíamos que las dos se hallaban en una especie de oasis metafísico. Tan lejos de los visionados de la crisis y de la plaga, que la calma de la pequeña finca se antojaba como propia del ideal de un retiro espiritual. Algo así como un Claustro imaginario en el que nuestras palmeras señalaban un punto en la existencia hasta el que llegaban desde todas las direcciones el cansancio, y desde el que partían a su vez caminos por los que portar pequeñas cargas de esperanza, o al menos alguna dosis de energía renovada. Sin embargo, nuestras palmeras estaban contaminadas. La noticia nos sumió en el desconcierto. Con la enfermedad  sentí que el lugar se  precipitaba fuera de la imaginación, que en la caída se afiliaba a las demás cosas que se ven a lo largo del último y dilatado lustro, a esos paisajes, esos estados de ánimo afectados por las malas noticias y la palabrería.
   Nos enteramos del mal cuando Miguel fue con sus herramientas a igualar los troncos. Necesitábamos a alguien con experiencia para adecuar los diámetros  a la forma futura de palmeras esbeltas que soñábamos. La madre de MF, siendo ésta todavía una niña, sembró en dos macetas dátiles de la imagen de San Antonio Abad, patrón de Trigueros. Esperó años sin decir nada a que maduraran. Poco después de que MF y yo nos conociésemos le ofreció las palmas prietas y sin apenas turba en los tiestos. MF dijo entonces que urgía trasplantarlas en el oasis. Ella llamaba a la tierra por su nombre,  pero yo a pesar de su fonética opuesta siempre he pensado en el aislamiento de los contratiempos de la vida. Nunca le he desvelado tal acepción. Creo que no es necesario puesto que compartíamos el mismo sentimiento. Porque ella cuando nos encontrábamos en el lugar siempre decía “Qué bien se está aquí”. Yo asentía.  Pensaba que no era un espejismo, que entre tanta penuria, engaños y trasiego de propuestas económicas y políticas, debía haber enclaves en los que pudiésemos airear el espíritu para eliminar eso que llaman pensamientos parásitos con el que poder comprender  las verdaderas causas que han abocado a la tragedia a millones de personas.
  Me pareció que Miguel dijo con atrevimiento e indolencia lo que nunca hubiéramos querido oír. Con la punta del  serrucho señaló en la base del tronco de la palmera más pequeña un montón de serrín. Se asemejaba a los hormigueros que muestran enormes montones de tierra granulada. Por un momento pensé que haría referencia a una anomalía circunstancial, o que pondría en su boca algunas palabras para exaltar el ancestral arte de la poda. No fue así. Dijo que el bicho estaba comiéndose a la palmera por sus pies y que además era muy posible que la mayor también estuviese dañada.
   Vi los ojos de MF cristalizados, duros como escudos. No pude entonces prever que la noticia le afectaría de aquella forma. Sentí que su silencio nacía de una afección oculta, como las bacterias que se esconden en el interior de nuestros cuerpos para incubar enfermedades irreversibles. Me pareció que dentro de ella acababa de germinar, pensé que por la suma de las emociones, un humor nuevo, un remordimiento que contagiaría nuestro mundo. MF dijo: “tenemos que salvarlas cueste lo que cueste”. La situación me empujó a hablar con argumentos e hipótesis carentes de fundamentos. Supongo que con la intención inconsciente de soslayar la realidad.
   Miguel nos aconsejó un plaguicida  y que regásemos las palmeras regularmente desde las palmas más altas con abundante agua para impedir que los huevos del escarabajo madurasen.
              …………………………………………………………………………………………………..
   MF, siempre afable,  alegre, inquieta y servicial, se volvió de repente, para describirla quizá del modo más acertado, intratable. Su mirada a partir de la sorpresa de las palmeras fue esquiva. Su cuerpo, atlético y compatible con sus líneas curvas, perdió sus característicos movimientos vibrantes y la lozanía que otrora me cautivara. Resultaba imposible que su vertiginoso declive fuera sólo a causa de aquellos insectos parásitos. Los informes médicos  nada decían sobre posibles enfermedades causantes. Su sistema inmunológico funcionaba con normalidad y no existían señales alarmantes para pensar en un incipiente trastorno mental. Elena, nuestra médica de cabecera, dijo que MF podría haber perdido por razones difíciles de explicar la alegría de vivir,  que   únicamente ella con mi ayuda podría encontrar soluciones para su tétrica actitud. Varios meses después del diagnóstico de nuestras palmeras se encerró en su habitación casi en un absoluto mutismo. Apenas probaba bocado de la comida que yo le proporcionaba y su comunicación se limitó a monosílabos e ininteligibles sonidos. Yo trataba por todos los medios de reconducir la situación hablándole sin parar. Procuraba  convencerla de que nuestras palmeras sanarían, y que a poco el intervalo de tiempo que nos había atrapado a causa de aquellas o de lo cosa extraña que fuera tendría su fin igual que una simple pesadilla.
  La plaga no cesó hasta que la naturaleza se tragó el tiempo o viceversa. Las palmeras de Trigueros fueron enfermando una tras otra a la par que se consumaban los despropósitos de los gobiernos de la nación, en los que se mezclaban la ineficacia y legitimidad de las propuestas elegidas en las urnas y el sufrimiento  de las clases sociales más desfavorecidas en la crisis económica. Murieron decenas de miles de palmeras en todo el país. Del mismo modo que el trágico aumento de los suicidios, era un hecho aislado del que apenas se hablaba en los medios de comunicación, pero que agraviaba más si cabía el ánimo de la población. Sobre todo de aquella, como decía, que teme la crueldad del tiempo y de la implacable naturaleza.
  En Trigueros se derribaron algunos ejemplares que ponían en peligro la integridad de los viandantes y que parecían momificados por la virulencia del ataque. Se cercenaron copas enteras con la esperanza de que las palmas volvieran a despuntar igual que fetos en vientres de madres maduras. Otros fueron cortados a modo de tocones; no se sabe si con la intención de señalar a los habitantes más jóvenes el residuo de belleza de un todo que existió o por alguna veleidosa determinación.
   El paisaje urbano tomó las cualidades de las vidas convalecientes. Las amputaciones o la ausencia del dinamismo que antes avanzaba buscando la verticalidad y la horizontalidad en un entorno paradigmático de esperanza y prosperidad,  transfiguraron la arquitectura. Ésta adquirió una perspectiva aérea de una profundidad desproporcionada. La tala y cercenaduras a diestro y siniestro fueron señales unívocas de enfermedad. Trigueros como miles de pueblos se sumió en la crisis, en el desempleo, en el letargo de la impotencia característica de las transiciones, de los periodos de tiempo que no conducen a ninguna parte, en el profundo horizonte de la penumbra.
…………………………………………………………………………………………………………………………………….
  Todos los días treinta de cada mes rociaba  las dos palmeras con líquido plaguicida, y como mínimo una vez en semana le aplicaba el método de infiltrarlas hasta que rezumaban agua por las bases de los troncos. Estas operaciones se las explicaba a MF  con el mismo entusiasmo  que un neófito explicaría a sus mentores sus sensaciones  tras recibir al nuevo dios o los nuevos ideales. Le contaba muy despacio  al oído que no tenía por qué preocuparse, que las palmas más altas se mantenían  fuertes y que todas conservaban el color verde igual que el primer día que las trasplantamos. Ella, muda y quieta como una estatua, me penetraba con sus ojos fríos. Yo sentía un miedo nuevo. Una especie de parálisis de los sentidos. Un bloqueo mental que me impedía pensar con la calma suficiente para poder hallar soluciones a la crisis que se había impuesto entre nuestras vidas. Se estaba quedando en los huesos, sin habla y casi sin aliento. Yo no podía, no sabía reaccionar y encontrar el modo para devolverle una pequeña dosis de la energía que ella siempre me había transmitido desde el primer día que nos conocimos.
  Tuve el absurdo presentimiento de que nuestras palmeras estaban robándole la salud. Por un instante pensé que MF se marcharía al otro mundo a costa de la supervivencia de las dos palmeras. Incluso llegué a la conclusión irracional de dejar de tratarlas, de abandonarlas a la acción del tiempo y de la naturaleza para salvar a MF. Supongo que en las situaciones difíciles los pensamientos buenos de los hombres, esos que buscan el bien como la principal finalidad de la existencia, pueden ser  excepcionales e incluso contradictorios. La huida a no sé qué lugar  de MF provocaron que mi mundo comenzara a desmoronarse. Ella se abandonaba al borde de un precipicio que apareció en nuestras vidas y yo sólo podía hallar una clave o razón para este hecho en la enfermedad de las dos palmeras. Era tan ridículo, tan extravagante, pensar que dependiesen sus vidas de las nuestras o viceversa que en ocasiones me avergonzaba de mí mismo. Mi impotencia ante el mal y lo absurdo condicionaron mis pensamientos hasta convertirme en un autómata limitado al servicio de MF y de nuestras palmeras.
……………………………………………………………………………………………………………………………………..
      A los seis meses de comenzar el  tratamiento de las palmeras llamé a Miguel para que las reconociese. Era evidente que los dos ejemplares no habían sufrido daños importantes. Habían superado la enfermedad o se encontraban aún en una fase positiva de la rehabilitación. Ambos presentaban un aspecto vigoroso, si bien te acercabas lo suficiente, podías ver en las bases de sus troncos señales reveladoras de la voracidad del  picudo rojo. El miedo o la intuición me decían que el tiempo se disfrazaba de esperanza, que tras esos meses en los que las palmas continuaban saludando a los vientos, la naturaleza se tragaba los días y las noches en una extraña farsa infinita de la que nunca resulta vencedores ni vencidos. ¿Qué supremacía puede imperar para siempre en las categorías de la vida y de sus especies? Nada parece que podamos hacer contra ese malvado e idílico maridaje entre el mal y el bien en el que la esperanza y la incertidumbre son una misma cosa. La impotencia ante la imposibilidad dar forma a la idea me angustiaba. La experiencia que vivía en la enfermedad que me rodeaba me obligaba contra mi voluntad a admitir  que nada podemos hacer contra la protervia de lo desconocido. Sentía que me descomponía en sustancias que eran arrastradas por la riada del destino. No era más que un hombre entre los hombres que  viven según las leyes del tiempo o de la arbitraria naturaleza.
  Miguel diagnosticó que debíamos continuar con el tratamiento al menos otros seis meses. Dijo que las palmeras tenían muy buen aspecto y que parecía que habíamos intervenido en el momento adecuado. No obstante era aconsejable evitar una probable recaída. Tras sus facundas palabras de experto preguntó por la salud de MF. Mucha gente del pueblo se interesaba por ella. Mis respuestas a las preguntas de amigos y conocidos a la vez que las interpretaciones  que hacían de las mismas terceras personas habían elaborado sin remedio un perfil muy distinto del que yo tenía conciencia. Cuando Miguel dijo que la gente aseguraba que MF “sufría por cosas extrañas” no me pereció que la apreciación tuviese demasiada importancia. MF llevaba varios meses haciendo vida entre el hospital y nuestra casa. Cuando la crisis llegaba a los puntos más críticos MF cobraba un estado casi vegetativo. Los especialistas la ingresaban por unas semanas  con la intención de reanimarla o de devolverle parte de la voluntad perdida. Allí mis visitas fueron controladas como parte de la terapia. Así, con la prohibición de estar junto a MF y la dudosa fiabilidad del tratamiento de las palmeras, la observación de Miguel, que en principio sólo tenía carácter informativo, adquirió, tal vez por la necesidad de nombrar lo que no comprendemos, casi siempre con palabras vagarosas, la forma de la negación. El rumor que circulaba sobre el sufrimiento de MF por “cosas extrañas” afectó aún más mi ánimo. Me hizo sospechar que yo también podría pertenecer como parte cosificada y extraña en su enfermedad. Negarme a mí mismo no sólo suponía un acto de pesimismo,  una vuelta de tuerca más a la desgracia, sino que además se abría un hueco por el que yo escapaba de aquel designio y abandonaba la situación a su suerte, sin la pésima colaboración de un personaje  incapaz de resolver nada.
   Muy pronto la tala y mutilaciones de palmeras conformaron un hecho del pasado de Trigueros. Un asunto pretérito en el viaje de sus habitantes por el paisaje de la plaga. Como siempre ha sido, la calamidad se ceba contra unos más que con otros. Sin embargo, no es menos cierto que el miedo que produce es contagioso y que su propagación puede llegar a aniquilar la confianza entre los mismos. La desaparición de las palmeras representa la destrucción del recuerdo amable, tal vez incluso corrobora la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor que el presente. Esta reflexión sobre  de la plaga vista como daño exclusivo de la naturaleza y el tiempo es un paradigma irrefutable de la ignavia, de la desconfianza que procuraba dicho miedo. Circunstancia no menos condicionante e implacable en la lucha por los intereses particulares de los habitantes de Trigueros durante el desarrollo de la plaga y sus efectos económicos y sociales. Muchos son en el mundo culpables de la plétora del mal, pero también la inmensa masa de inocentes  señalados vilmente  como beneficiarios por la connivencia de haber permitido la propagación de la plaga, de la crisis, del miedo.
   La historia ha demostrado muchas veces que se puede vivir en medio de la inquietud, aunque no se sepa cómo y de dónde emana, aunque sea invisible. La vida es demasiado fuerte. Es un animal salvaje que herido busca su alimento natural a sabiendas que deberá conformarse con presas inferiores a su nivel alimentario. Las principales plazas del pueblo, con la tara del paisaje, continúan llenándose. En presencia del enemigo invisible rebosan a diario con la irreprimible alegría de los niños y con el consuelo de las consuetudinarias tertulias. El daño ha cicatrizado en el paisaje. En él el pasado se retuerce como una promesa incumplida. El recuerdo del pasado fértil y próspero que tal vez no es más que el presente en el que han terminado los sueños dadivosos. Un soborno para los sentidos y la dignidad. Sin embargo, la vida persiste en su camino indeterminado, es lo que hace al fin y al cabo.
   Poco a poco MF fue recuperándose de su abstracción o del estado aquel que fuese. Sus ingresos en el hospital se hicieron más cortos y ocasionales. Su restablecimiento fue tan lento que apenas pude darme cuenta de cómo su cuerpo y su voz transformaban la postración en vigor y alegría. Un día me dijo que las palmeras se habían curado. Miguel le había asegurado que era un milagro, que era un caso muy extraño que después de ser atacadas por la voracidad del picudo rojo hubieran podido salvarse. Ella me ofrece todo el cariño y la comprensión que puedan darse. No sabe que el oncólogo no me ha ocultado nada. La metástasis es irreversible. Sólo es cuestión de semanas, quizá de algunos meses. Muy lejos, tras el muro de la negación a mí mismo, la emoción parece intacta. Amo a MF por encima de todas las cosas. A pesar de mi desidia, mi condrosarcoma y la impotencia, ella es lo único que permanece intacto.
   Siento que me llevaré al otro mundo algo que no me pertenece. La peor consecuencia de la plaga. Un frío ajeno al tiempo y a la naturaleza propia de la muerte. La ignorancia. El cáncer del odio.