sábado, 16 de febrero de 2019

BIOMETRÍA










1.
   El corte en el antebrazo derecho no es demasiado profundo pero el calor que produce y la abundante sangre le obligan a salir de los recuerdos. La herida de unos cuatro centímetros, paralela al radio y al cúbito no ha sido a causa de las espinas de las zarzas. La alambrada que instaló el dueño de la tierra colindante tras comprobar que él con la rodada del Land Rover estaba haciendo un nuevo camino en su propiedad era la causante de la herida. Se da cuenta que se ha manchado las runner Nike verde pistacho, casi recién estrenadas y compradas por muy un buen precio como par suelto, con unas gotas de sangre. “A este capullo cualquier día lo mato”, murmura, buscándolo a su alrededor, por si acaso está perdido, como lo ha visto en otras ocasiones, entre las hileras de olivos que se pierden por la pendiente abajo desde el borde de la rodada. El “capullo”, como él lo llama, es un exconcejal muy curtido en la política local y provincial, en la política humilde de las medias distancias, es decir, en los negocios bienhallados que llegan impuestos desde un lugar de la nube gracias a la oraciones encomendadas y al trabajo bien hecho a pie de las urnas electorales. “Qué importancia tiene para mi conciencia un muerto de más o de menos”. Este discurso le daba miedo en realidad. Cuando tuvo que darle el tiro de gracia a Mor sintió el mismo escalofrío que cuando Freddy lo arrastró como una alfombra y lo metió en el maletero del Panda. Para él es indistinto del lado que estés ante la muerte, hay un instante en el que víctima y verdugo comparten la misma ilusión en el umbral en el que todo es y a la vez no es. Él no quiere saberlo pero lo sabe, y además sabe que es adicto a pisar tal umbral.
 Cuando vio la tarjeta de identidad biométrica de Senegal se sintió aliviado. Es evidente que tras comprobar la identidad continuaba mirando a su alrededor como una fiera enjaulada, pero no lo es menos decir que allí Mor no era nadie, que podía decirse con total tranquilidad que ni había pasado por el lugar. A pesar de su identidad biométrica si alguien lo echaba en falta sería un compatriota, o algún habitante de las chabolas en las tierras tóxicas de la periferia de la ciudad, algún individuo eslavo o de su misma raza. Le acababa de quitar la vida y no se le ocurrió pensar otra cosa que tal vez estuviera asistiendo a los últimos minutos del anonimato de la historia. ¿Qué ser humano podría pasar en breve sin identificar a través del arco iris de su propia imaginación si los mecanismos de reconocimiento de la autoridad competente funcionan a la perfección gracias a la voluntad de filiación del mismo sujeto? Ni siquiera en sus propios sueños podrá acceder a otra cosa que no sea un mundo que le es siempre ajeno. Tan difícil es hacer desaparecer a alguien como tratar de desaparecer tú mismo en un mundo que no da tregua a la impostura del anonimato. Pero él lo lograría.
  Había enterrado el cadáver en la base de un berrueco, lejos de la erosión natural del agua ante una hipotética repetición típica de las borrascas en los inicios de la primavera. También tomó la precaución de embutir el cuerpo con una bolsa mortuoria impermeable antes de ocultarlo, pero lo había hecho a poca profundidad y sabía que los jabalíes hambrientos del parque se acercaban últimamente demasiado a las primeras casas de campo buscando restos de comida que los propietarios dejan tras los fines de semana. Era imposible que alguien presenciara la ocultación del cuerpo en una noche  tan oscura y en un paraje tan solitario. Aprovechó la poda de un olivar cercano y quemarla para hacer un túmulo de ceniza en honor al más ignorado que perdido africano, según creía él,  encima de la tierra removida. Era al menos la tercera vez que la inercia de las emociones le conducían al sitio, como él lo pensaba, el lugar del accidente. Había intentado sin éxito en una ponencia del jefe forense de la provincia sacarle información sesgada acerca de agresivas quemaduras halladas en cuerpos encontrados por muerte violenta, sobre todo entre los asesinatos producidos en la comunidad moldava o ucraniana. Los rostros completamente desfigurados a causa del efecto del ácido fluorhífrico parecían más una medida para acentuar el pánico en el asesinato ejemplarizante, incluso una chapuza de sicarios novatos, que un procedimiento serio para borrar las huellas de los crímenes. La serie televisiva Breaking Bad, con el uso para el mismo fin del ácido en cuestión, le dio el conocimiento de un ácido oxidante de mayor eficacia.  Era una señal excesiva de desprecio a la comunidad creer que por ser jefe de la policía local estaría siempre lejos de toda sospecha de aquel “accidente”. Él en el fondo era arrogante, a pesar de toda la verborrea de barra de bar y de vendedor de papeletas de sorteos benéficos, se sentía superior a casi todo el mundo. Y el “casi” era en realidad un sentimiento  que se  infería a causa de su permanente actitud de desconfianza a todo lo que le rodeaba, tanto en el plano general del mundo y las cosas Roussoniano como en el particular de la unicidad e indivisibilidad de los detalles Blakesianos. Ambos eran para él, sin haberlos estudiado, sin ni siquiera haberse molestado en hallar, una referencia filosófica o de pensamiento a sus conclusiones personales, iguales de inútiles y perniciosos. El aserto “No te fíes de nada ni de nadie” era su salvavidas para intentar no pagar nunca el precio de la renuncia con el coste de su infelicidad. Buscar con fe el amor y la confianza en alguien le impedía verse a sí mismo como un secretario exclusivo del universo, y apostarse en la observación del mundo como espectáculo o cuando menos objeto digno de análisis le negaba la posibilidad de sentir la vida como experiencia ineludible que asume inopinadamente e intempestivamente todo individuo, de padecer y disfrutar de la carne, la sangre, las lágrimas y las risas de los demás. El resultado final en la actitud de dicha arrogancia era el de un personaje que debe trabajar, por dictado de una autoridad extraña y anónima pero tácita en el día a día de los gobernados en las sociedades transmodernas, en una obra como único actor en varios papeles distintos e incluso opuestos en los intereses. Era histriónico en toda la dimensión del término, por su logro y empeño de disimular la frialdad y cálculo de su verdadera naturaleza. Quizá su mayor éxito en las relaciones sociales e incluso personales se basaba, y él lo presentía y cuidaba como su único tesoro, en su ilimitado talento para adaptarse a las circunstancias según el momento y así demostrar su capacidad de compromiso con uno de los valores más apreciados y también más subjetivos  en la historia del mundo, el de la lealtad. Concepto o idea consecuentes siempre tras la experiencia pero que jamás resulta tan impoluta y esplendida como en su concepción y en el sentimiento que genera. El resultado  decreciente en la práctica de la aplicación de la lealtad, siempre se ha visto de un modo ostensible como lo contrario a la traición, y no como un atributo indisoluble del mismísimo Demiurgo. Pero, ¿Acaso en el empeño de que funcione la implacable reivindicación de esta virtud, no subyace siempre la sombra de la duda del sujeto que la enarbola ante la mínima posibilidad de que el objeto o persona a quien se aplica no suponga en realidad  la autenticidad de lo que se presume o quien dice ser? ¿Y una vez que asoma tal sentimiento de tibieza o incredulidad frente a la pureza de lo que se defiende no sentimos que nos traicionamos a nosotros mismos si adoptamos dicha actitud sobrevalorando sus propiedades éticas e incluso terapéuticas? Si no estás seguro de la exactitud en la naturaleza de las cosas que no dependen de ti, estás condicionando tus criterios acerca de tu situación en el mundo, tu capacidad para catalogarte como agente social bueno o malo, no solo en el sentido de tomar decisiones que pueden afectar a la vida de los demás, sino que además con todo te posicionas desde tu propia subestima como un ser que no sabe cuidarse lo suficiente y que necesita ser leal a todo lo que le rodea como señal de respeto y agradecimiento. Si continuamos con la secuencia de derivaciones que provoca la duda acabaremos en el universo consectario de la laxitud de conciencia, que puede conducirnos en primer lugar a la aceptación de tal estado de conciencia y más tarde también a la aceptación de la mentira. Y todo gracias a la contemplación abúlica de amor al prójimo como máxima de la ciencia social. De este modo, según esta narración, parece que la mentira que queremos evitar es mera consecuencia de la duda que genera el incondicional empeño por la lealtad. Es cierto que nos horroriza pensar en el aspecto de la bestia que se esconde tras el vaporoso muro que nos separa de ella. Sin embargo, no es menos cierto que, como en el mito de la caverna de Platón, la proyección de las sombras, de la bestia, nace de nuestra ignorancia y del miedo a una realidad que  por su aleatoriedad creemos perjudicial e inasumible. Por esto el mal mayor es la traición, es decir el instante de terror en el que  se desarrolla la duda ante la lealtad. La aceptación de la traición es la ruptura con el deber y la fidelidad. Pero, ¿en cuanto a qué y por qué se establecen estos dos conceptos últimos?
 Obedecer en el deber de no menoscabar el amor congénito e incluso fraternal, de no blasfemar contra el hecho sagrado o la justicia instauradas en base a unos intereses individuales o colectivos, desarrollados para preservar el juego pactado entre el gobierno y la obediencia de los gobernados podría ser en definitiva sobre la práctica la función y uso de la no-traición, de la respetable e hierática lealtad. Para él, la ausencia de traición es imposible sentirla porque es incapaz de acatar las reglas y las órdenes de ningún dogma ni poder establecidos sin un atisbo de objeción. Quiere, igual que individuos como Ludwig Wittgenstein (un santo y mártir de la épica postmoderna), que se dejó la vida en ello, creer en Dios a toda costa sin conseguirlo ni un solo segundo de su vida. Pero sabe, tal vez por el tiempo en el que le ha tocado vivir, gracias a individuos como Ludwig que escudriñaron en el lenguaje y lo dejaron a la altura de una vil y miserable artimaña de los hombres contra los hombres, que es inútil que se resista a la desconfianza y al entredicho con Dios y toda su creación.  No obstante intuye de qué está hecha  la naturaleza del tejido social y de las relaciones humanas y se mueve en ellas con la llave de la traición bien guardada. Esconde la clave en el bajo vientre, siente la energía en este lugar, y que irradia desde el mismo hacia el exterior la toxicidad de la traición para evitar el error de la candidez, y hacia su interior, dirigida a su alma, como bien diría un ateo que intenta distraer la atención de Dios con las mismas cosas de Dios, concentra la no-traición en su cándido país interior. Lo que parece un absurdo y disparatado oxímoron se produce en el país interior con la aplicación de la lealtad para combatir los efectos de la misma lealtad, de modo que su corazón solo viva, sienta y vele para sí mismo. La comunicación hacia la comunidad de sus buenas emociones y sentimientos son sus mejores cualidades para establecer buenas sintonías desde los intereses más banales hasta los de mayor compromiso. Confidencias y delicados secretos profesionales que podrían comprometerle mucho más allá de sus competencias periciales  ha debido custodiarlos en compañía de testigos a los que ha debido sobornar gracias a una fría empatía colectiva a la que ha concurrido junto a una camarilla de políticos locales y miembros de asociaciones religiosas y deportivas. El narrador la considera camarilla porque es una evidencia que actúan directamente sobre la gestión de los fondos públicas administrados desde el pueblo, pero para este, según consta en las manifestaciones populares acerca de la política y la economía, se trata de  una caterva temida y despreciada a la que hay que soportar si se quiere conservar el privilegio de la pasividad; y visto desde un punto de vista meramente analítico si el pueblo quiere limitarse a ganarse la vida y vivirla como un derecho concedido por la misteriosa justicia divina, este debe ser el precio que se debe pagar por optar por la mecánica mundana en la elaboración del fruto regalado por lo divino. Con el veneno anestésico del bajo vientre, igual que si se tratara de un semen gaseoso y radioactivo  que contamina todo, cultiva con amabilidad y muchas veces también con diligencia, cumpliendo con el papel de un ángel funcionario de la justicia divina, el sentimiento de igualdad y reciprocidad con sus semejantes.  

domingo, 27 de enero de 2019

VIDA BUENA














Puedes presumir por los mentideros
de no tener deudas con la justicia,
ni con ningún tipo de derecho,
incluidos los tuyos propios

Puedes ufanarte de cumplir
con el principal mandamiento
que te impusieron tus padres
y que aceptaste a pies juntillas,
el de evitar que un ignominioso dedo
te señale entre la muchedumbre
hambrienta de éxitos y famas
como a un reo en el corredor de la muerte

Puedes observarlo todo desde lo más alto
con la ayuda de un golpe de suerte,
e incluso hacerte valer entre los poderosos
y que a estos les parezcas imprescindible

De todo eso puedes enorgullecerte,
gracias al protector antifaz más moderno,
al embozo ético y estético capaz de ocultarnos
hasta en panópticas avenidas digitales,
gracias a una hija del pasado,
antes repudiada y ahora protegida
por el meretricio futuro,
la ignorancia

Si alguna vez se te ocurre cuestionarla
y llegas a pensar que mal vives por ella
no te sumerjas en los ríos de rápida corriente,
no busques ayuda en las veloces
palabras de los sabios pregoneros,
es mejor ir de cara a la muerte,
que la muerte ame tu vida buena



 





viernes, 18 de enero de 2019

A-000







                                                              A-000     ZOOS (XIII)


      Pensó que el funeral del padre de Gloria sería en un día de la lluvia y apuró el líquido de un trago. Pagó su consumición, no sin antes preguntar al camarero de la ropa de camuflaje si sabía de algún vehículo que viajara a la ciudad. Este le contestó que como él muy bien sabía en aquellas horas del día apenas había tráfico. Se sentía observado por todos los concurrentes en aquella especie de establecimiento global. Podía estar seguro que a partir de aquellos momentos toda la localidad sabría qué motivos le llevaban a visitar el lugar.
 Una vez en el exterior todavía había suficiente luz para ver que la calle enlazaba en una suave curva hacia la derecha con la A-000, y cómo esta se perdía entre los higuerales. Al menos lo intentaría. En aquella hora la mayoría de los vehículos circulaban en sentido contrario al que a él le interesaba. Eran gentes que volvían sobre todo de realizar alguna labor menor del  campo. Caminó lo suficiente buscando el inicio de la carretera para que interpretasen bien sus intenciones de hacer autostop. Apenas un par de bombillas desnudas,  que colgaban de unos puntales oxidados de no más de un metro   a modo de farolas sujetos a las últimas tapias de la población, iluminaban la línea entre el asfalto roto y la tierra batida por las ruedas de camiones y pequeña maquinaria agrícola que hacía las veces de acerado y de parquin. La noche se le había echado encima por sorpresa,  como a un estúpido. Pensó que a pesar de que creía que todo lo tenía previsto y calculado, una vez más le encanó la irrupción del acontecimiento. Sabía perfectamente que no le resultaría fácil encontrar un viaje para la vuelta pero, igual que en otro momentos más o menos reseñables de su corta vida, no contó con otras cuestiones en apariencia de nula importancia o cuando menos secundaria. Una vez más lo atrapó como en un cepo un sentimiento de tristeza, o según él prefería pensar algún desajuste en el ciclo de sus ondas cerebrales, o tal vez hasta un milimétrico desplazamiento desde hacía cuestión de minutos e incluso segundos, como en un mini- seísmo, de alguna capa de su definida personalidad a causa de un más que justificado movimiento por la fuerza ineludible de la inercia hacia la adaptación al medio y sus circunstancias. Imaginó que sus padres callaban apesadumbrados una vez más cuando él aparecía de repente en el salón o la cocina. Parecía que había explotado el microondas con algo dentro. La cuestión es que por entonces todavía no existían los microondas, al menos en la vida civil; esto de la comercialización de la alta tecnología se ha convertido en una obsesión, hasta el punto de que hay personas a día de hoy que piensan que los militares y la industria aeroespacial ya lo han inventado todo, hasta los viajes interestelares. El caso es que aunque allí no había microondas ni nada que pudiese haber reventado por una mala absorción de microondas de radio de alta frecuencia, el veía todas las paredes y muebles de la cocina y de parte del comedor manchados de una gotas de una pasta marrón chocolate del tamaño de monedas de veinte duros. Por un instante pensó que sus padres se habían arrancado el uno al otro sus hígados y los habían introducido allí como una medida de protesta hacía su miserable y asquerosa actitud. Nadie sabía aún que todos los microondas del mundo occidental podían llegar a emitir más de veinte millones de toneladas de dióxido de carbono, lo que equivale a la contaminación que producen millones de coches. Todavía no tenía ni idea de que pertenecía, en esa manía de los medios y las universidades con sus alusiones al triunfo de la identidad, a la generación X, o generación MTV o JONES. Dicho de otro modo según esos canales, que era miembro de una extraña e inmensa tribu  que buscaba ante todo ser alguien en la vida, es decir “ser” en una apuesta inopinada una oposición dura contra la representación de los padres. “Padres y Madres” póstumos, por la actitud de querer tomar el relevo de la lucha contra la imagen que se fabrica uno de sí mismo, contra la impronta del gesto de perplejidad permanente ante la ignorancia, que repetirían y que continúan haciéndolo y lo harán  hasta el final de sus vidas en un zumbido parecido al de las abejas en un panal como medida exclusiva para alcanzar la igualdad de género, en el panal suculento del dinero y la política. Quien narra supone por una razón tal vez bastante convencional y según el axioma que se infiere del síndrome del nido bienhallado, que los hijos que no necesitan adaptaciones curriculares, que cumplen y se definen con los tiempos pedagógicos entre el núcleo familiar y la calle, viven en una tortura marcada por la elipsis que provoca el desconocimiento de datos entre ambas partes. Viven durante un tiempo infernal en el odio y el amor hacia sus progenitores. Pero aceptar que se pertenece a una generación con una nomenclatura como si se tratara de una forma y tipo de jaula creada en una zona de la nube en la que viven los ornitólogos criadores de híbridos en serie, es cosa de individuos babiecas y pasmados.
 Quien narra confluye en estos momentos en los pensamientos del personaje que avanza hacía la puesta de sol, por un sendero que muy pocos conocen, un hueco entre las zarzas y las palmas de palmito que consiguió abrir gracias al Land Rover que consiguió por un precio ridículo en una subasta de vehículos usados de la Guardia Civil, por unanimidad y determinación creemos los dos que es menos traumático para el sujeto saber que perteneces a un predicado. Si te dicen quién eres y por qué lo eres te ahorras bastante trabajo y además así obstaculizas menos el camino hacia tu rendición. Esto último resulta bastante enojoso y fastidioso cuando hay resistencia, ya que la labor de tener que indicarle al sujeto díscolo la dirección adecuada conlleva una acusación dilatoria de grado 1 que no beneficia a nadie. La obstinación permanente requiere, salvo en individuos sobredotados, que son capaces de hacer bascular al menos durante unos instantes el eje central de la nube obligando a las agencias de noticias señalar con imperceptibles cambios de discurso cabezas de turco, una cansina adopción de conductas que solo conducen en una flemática secuencia de ilusiones y desengaños a un zoo sin animales y en el que siempre es otoño. Muy poca gente sabe en este país de observadores de la fortuna ajena que abanderan y aman el fracaso más rotundo y logran hacer de él su modo de vida. Esta minoría consciente y ocupada a modo de Sísifos actualizados en la resiliencia como si se trataran de nigromantes que han perdido la fe un su arte, ya no piensa en cosas como retirarse a un rincón agreste perdido en medio de la nada, en viajar a una isla desierta o marchar a trabajar a una base polar o en un petrolero transoceánico, tan solo se contenta con identificar al enemigo inminente. Este no es otro que el que se esconde tras la letra pequeña, el que te trata con los honores de un rey o un héroe pero que te va a dejar sin tu ración diaria de autocomplacientes sustancias digitales y gregarias en cuanto dejes de ser rentable a los intereses de tus protectores inversores. Piensa que los abuelos siempre dan los mejores consejos. Sin embargo, los de su generación no llegaron a tiempo para contarles a sus nietos que no debes criticar a nada ni a nadie dentro de la nube. No hay chivatos. Estos son piltrafas de las pingües carnes que alimentaban a los reyes y dictadores del pasado, una caricatura con muy mal gusto de sí mismos. Si exceptuamos a los hackers freelance que recuerdan y hacen honores a los antiguos y audaces héroes que osaban retar a los poderosos, basta un segundo para que cualquier actividad que señales en la nube te delate. Eres cautivo de tus propias palabras y de tus actos. Ya sabes que fuera de la nube solo eres una sombra, y tal vez aunque los efectos de luz pueden tener más importancia que en apariencias, si no promiscuyes tus energías con las de tus semejantes es imposible tener vida y participar en la existencia de la historia que comenzaron precisamente con cosas y sombras de mujeres y hombres. Nuestros abuelos no nos advirtieron que ahora sólo debes pensar y pensar. Los abusos y las injusticias actuales no son como siempre lo han sido, con descarada autoría del egoísmo y la maldad humana. La gente nunca ha esperado nada bueno del más allá y sus espíritus lo  relacionaban con el sufrimiento, pero los médiums han proliferado como si viviésemos en una eterna primavera apocalíptica. Estos chupaeuros, estos intermediarios a sueldo vomitan a miles sus ectoplasmas para que los veamos y nos enfrentemos a ellos. Estas figuras vaporosas se transforman al instante nada más verlas en una secuencia de imágenes de  tu propio cuerpo. Las siguientes son las veinte más representativas:
1. Estás tumbado en el sofá del salón de tu casa mirando el televisor y bebiendo litros de cerveza. 2. Se te ve encendiendo un cigarrillo y estás completamente solo en medio de un bosque de altísimos árboles. 3. Estás dentro de una cabina rodeado de papeletas de votos, coges una del partido que gobierna y escribes en ella una frase ininteligible, después la metes en un sobre, abres la cortina y sales encabronado mirando a todo el mundo para depositar el voto en una urna casi llena. 4. Sales de tu casa de madrugada y tiras en el contenedor de basura orgánica grandes bolsas de vidrio y plástico. 5. Estás a punto de tomarte una ingesta de pastillas de la paz porque quieres suicidarte y crees que hay millones de personas observándote que creen que te vas aplicar uno de los mejores tipos de eutanasia. 6. Estás en plena vía pública y sientes la necesidad imperiosa de orinar como un animal, y vas y lo haces delante de todo el mundo porque sabes que no te da tiempo a llegar a los lavabos más cercanos. 7. Hablas mal de tu familia a pesar de que quienes te oyen saben que tienes razón. 8. No ayudas a un individuo de la tercera edad a subir al metro porque unos momentos antes ha empujado a otro igual para quitarle el lugar en la cola. 9. Pasas demasiado tiempo en la nube y también fuera de ella criticando públicamente a los poderes establecidos. 10.  Pegas sin miramientos tu cartelería encima de otra para vender mejor tu producto. 11. Pretendes que tu actividad nicho trascienda incluso en el interior de la nube con la misma intensidad que unos juegos olímpicos. 12. Robas flores en un jardín para trasplantarlas a otro. 13. Te enfrentas en dirección contraria a la avalancha de una turbamulta porque te has perdido en esta a tus amigos. 14. Tienes un cólico nefrítico en un centro comercial, vomitas hasta la bilis, gritas y haces gestos hiperbólicos de auxilio. 15. Argumentas en una tertulia que los niños son crueles por naturaleza. 16. En otra tertulia mantienes con rotundidad y con pruebas basadas solo en tus convicciones personales que más allá de la muerte no hay vida ni existe nada en absoluto. 17. Dices abiertamente que la solución para la hambruna en el mundo no pasa por enseñar a quienes la padecen a construir cañas de pescar sino en mostrarles el camino por el que se va a ejercer este arte. 18. Auguras como un castigo por tanta ignorancia fomentada en el mundo que en un futuro próximo las personas buenas les quitarán los bienes a las malas y viceversa; entonces ya podremos pensar indistintamente desde el bien o el mal. 19. En todas las discusiones políticas siempre hablas de que tanto derramamiento de sangre en las luchas sociales deberían servir para algo. 20. Te cagas en Dios y dices que es como terapia contra la estulticia.   
   Hasta que se ha sabido que ya no existen sitios vírgenes en el mundo no hemos dejado de huir con los mismos vicios adquiridos por quienes huyeron con o sin equipaje. Hay gente a la que le hubiera bastado con un fin de semana en el lugar más recóndito del planeta para destrozarlo todo. Pero también para su propia desgracia existen personas que oyen desquiciadas en lo más hondo de sus almas un sonido de baja frecuencia, la entonación parecida a una letanía de la impotencia, de un mea culpa de todo lo inútil que puedes hacer en la vida para intentar cambiar el mundo.
  Allí estaba, en la A-000, a un kilómetro de la localidad del lince. Ahora, en el presente, durante la marcha por el laberinto de caminos que rodean al pueblo, después de atravesar el macizo de zarzas y palmitos en el sendero oculto que conduce al insospechado berrueco (al menos eso él cree), se le ocurre que en aquel momento de estupidez máxima, tal vez poco antes de que apareciera el Seat Panda celeste, como un carrito con un bebé varón extraviado por razones imposibles, y se escondiese entre las dos altas paredes de un estrecho camino que buscaba un enorme higueral a muy pocos metros de donde él hizo la señal de auto stop, podría haberle cambiado el nombre al topónimo para el resto de su vida. Justo en aquel instante no estaba para una tarea propia del mejor Calvino de literatura fantástica,  pero ahora piensa que no habría sido mala idea llamar a aquel lugar que tanta fobia le produjo con una palabra que le hubiese ayudado a espantar desagradables recuerdos, al menos aquellos que se quedaron en los reflejos de su conciencia. Decide que aunque ya tarde denominará con el nombre de Lincoito a la población en la que si se pudiese pesar la ansiedad como el cemento habría obtenido kilos suficientes para construir un monolito que podría verse desde el espacio exterior, un falo de unas proporciones capaces de definir la libido experimentada en el lugar y sus consecuentes dolores testiculares.
  El motor y las luces del Panda dejaron de funcionar nada más tomar el camino. No necesitó muchos pasos para llegar a  la pequeña intersección en la que el utilitario despareció y que separaba el pésimo asfalto de la tierra. La A-000 ofrecía desde tal punto la perspectiva en la que solo se veía la luna trasera del Seat  bajo una oscuridad que le ganaba espacio sin piedad a los restos de piel purpura que el sol había dejado tras sí como señal de su aparente y sufriente  existencia intermitente.  El carril que se hundía buscando esos árboles del látex tan sobrevalorado en la antigüedad por sus virtudes medicinales, y tan despreciado  ahora en la ignorancia de nuestro rechazo por las irritaciones que producen en la piel. “Ven, quiero enseñarte algo”, se oyó en un eco ahogado detrás del Panda. Hay que decir que a pesar de que la invitación parecía que tenía lugar en un paraje desierto, tuvo la sensación de que no iba dirigida a él y se paró en seco entre las paredes. “Avanza un poco más. Después te llevaré a donde quieras”. Dio unos pasos más, hasta el punto del declive y fin del camino. A modo de entrada en un gran estadio la angostura y las altas paredes del carril conducían a unas impresionantes vistas de al menos tres comarcas. A pesar de que se encontraban en la fase de crepúsculo astronómico, es decir, a casi -18º respecto a la línea del horizonte, podían distinguirse con facilidad los contornos de las primeras montañas de la sierra  y hasta algunos dintornos de la cordillera. Las vías del ferrocarril y su interminable secuencia de postes de hormigón aparecían al final de la primera depresión del terreno. En paralelo, en la misma línea de gravedad, porque este es el mejor modo que tienen los ingenieros de  sortear los accidentes geográficos, se podía ver el cauce de un río seco a trozos hasta un punto en el que el océano se adentraba tan ofensivo por su avance como inocuo por su calma. Por entonces ya habían construido grandes torres metálicas para llevar electricidad a los lugares más recónditos de la provincia. Desde aquella distancia era imposible ver los cables que llevaban la energía pero la sensación era la misma de siempre, la de no saber si las torres sujetaban los hilos o viceversa. Aún no habían comenzado las obras de la autopista, pero la inexistencia de esta hacía que cobrara vida en la panorámica el laberinto de carreteras secundarías por las que se movían luces que parecían buscar algún objetivo  además de su destino. Los cúmulos de luz de las distintas poblaciones estaban diseminados al azar. El tiempo y la historia podrían dar una explicación convincente, pero lo cierto era que algunos podían verse desde el centro a la periferia y otros eran unos débiles resplandores a causa de la elección de su ubicación. La llanura se extendía de este a oeste en una magnitud de decenas de kilómetros, pero desde allí cobraba un aspecto ilustrativo y ejemplarizante en el que se mostraban la orografía y el desarrollo tecnológico y económico. Era irreal, como una maqueta gigantesca en la que se podía observar con todos los detalles físicos el asentamiento de cientos de miles de vidas humanas que a diario nacían, morían y se enterraban sin apenas salir fuera de unos márgenes bien definidos.
  Sintió un fortísimo dolor en la base de la espalda y cayó desplomado como una estatua de hierro. En la caída pudo ver que todo se daba la vuelta y tuvo la sensación de que se había precipitado sobre las tres comarcas que componían el paisaje. El dolor era tan grande que todo aquel espacio no era suficiente para mitigarlo. Oyó un torrente de voz muy agudo, una acumulación de sonidos que se superponían unos encima de otros dentro de su cabeza. Unos segundos después sintió que dos latigazos recorrieron su cuerpo desde los lumbares en direcciones opuestas. Después se dio cuenta de que alguien le gritaba en el oído. “¡¿Qué quieres, acostarte con mi hermana?!” Abrió los ojos y, a pesar de la mortecina penumbra, pudo reconocer  a  Freddy Krueger a pocos centímetros de su cara. Era incapaz de emitir ningún sonido, se retorcía de dolor y sin embargo, se ahogaba por todo el aire que aspiraba sin poder expulsarlo porque no podía hacer otra cosa que no fuese intentar asirse al mundo circundante. Freddy le metió dos ostias, una en cada mejilla. En aquel suplicio las sintió como dos caricias y le sonaron a mucha altura, en la atmósfera entre gaseosa y sólida bajo la que la agresión premeditada y meticulosa podría haber sido menos efectiva si él hubiese modificado el nivel de intensidad de sus ondas cerebrales en el instante exacto en que tuvo la visión crepuscular de las tres comarcas.  En el momento de la agresión, pensó cuando se estaba recuperando de las heridas  de la paliza días más tarde, sus ondas cerebrales no eran precisamente del tipo gamma. Su actividad eléctrica  cerebral se había limitado en los instantes más críticos antes del ataque a una banal contemplación del abrumador paisaje bajo la radiación de ondas de tipo alpha o beta. Es decir, en un el estado cotidiano de vigilia permanente en el que se producen y suceden los acontecimientos más ordinarios y condicionantes para nuestras vidas. Se lamentó que en unas  circunstancias más o menos alejadas a su zona de confort no se percatara de que el comportamiento humano se manifiesta a través de actitudes de absoluta vigencia y al mismo tiempo ancestrales del mismo modo que tragar saliva con sabor a metal u oler sangre cuando ni el uno ni la otra tienen efecto como elemento presencial en tus sentidos. Piensa ahora, cuando estos sucesos se agarran en el recuerdo casi exclusivamente a las asociaciones de dolor, que es una realidad incuestionable que determinadas actuaciones y manifestaciones de violencia humana no estén relacionadas directamente con el placer, la ambición o la codicia. Le costó bastante asumir que para Freddy (su nombre verdadero era Manuel pero en Lincoito casi todo el mundo le llamaba Freddy a causa de su manifiesta y pública desaforada afición a la saga de películas que siguió a Pesadilla en Elm Street) era fundamental darle una paliza al desgraciado que intentara desvirgar a  su hermana. No había dicho esta boca es mía en el bar y se lo agradecía de aquel modo tan violento y pendenciero. Gloría había salido corriendo como si hubiese visto al diablo pero la mala noticia la había dado Freddy, no él, que solo había ido a aquel lugar con la intención de oír la voz de su hermana y como mucho intentar rozar su mejilla. Desvirgar a la hermana entraba en sus planes pero aún era demasiado precipitado para evaluar esta posibilidad en el plano laberíntico de sus emociones, sobre todo si consideraba por un momento la duda ante su virginidad; por aquellos años la pérdida de la virginidad rondaba una media de edad mayor que en la actualidad, esto es conveniente asumirlo para la determinación a-histórica que presume este texto. Sus sentimientos hacia Gloria no contemplaban libidinosidad, y mucho menos la desfloración de un ser por el que sentía una extrañeza sin precedentes. La presumible virginidad resultó ser al final un fiasco. La tradición oral unida a los avances de la tecnología anticonceptiva convertían las experiencias sexuales de la adolescencia en un mito con personajes y situaciones muy extrañas. Las píldoras y los profilácticos en las zonas rurales casi eran una mercancía clandestina para los iniciáticos en la era de la democratización de casi todo.  Poco después cuando hablaron de este asunto ella entró en una especie de estado de shock que se tradujeron en varios hematomas y arañazos en su cuerpo. Sin embargo, a la media hora, con el escozor de las heridas y el postrauma de una crisis nerviosa en apariencia inexplicable, estaban copulando en la noche abandonada de un día cualquiera en un parque público. Gloria era tan impredecible en su comportamiento que él intentó acomodarse de la mejor manera que pudo en un estado de permanente  alerta. A veces situaciones  delirantes las aceptaba como completamente ordinarias. Se hizo un experto circunstancial del autocontrol en situaciones en las que Gloria parecía volverse loca. En una ocasión fue capaz de prever con horas de antelación que intentaría clavarle unas tijeras en el cuello a una de sus cuñadas por el simple motivo de que iba contando por ahí que a Gloria le gustaban las faldas demasiado cortas. En Lincoito solo estaba bien visto que llevasen minifaldas las mujeres sin pareja. Él callaba, oía y observaba y no le fue muy difícil llegar a esta conclusión, pero no podía evitarlo y le pedía a Gloria con insistencia que se vistiese con falda corta.
   Cuando se dio cuenta de que Freddy hablaba y no movía sus labios temió por su vida. Con el pánico se redujo a sí mismo a una madeja de carne entre los terrones de tierra. Consiguió  gritar y lo hizo con la negación “no”. Con cada grito la pronunciación alveolar de la “n” sonaba como un disparo seco al aire y la interminable vocal se extinguía seca e insignificante, como la estela de humo de un cigarro a la vista de las tres comarcas. Podía gritar todo lo fuerte que pudiera y cuanto quisiera pero nadie excepto Freddy lo oiría. Los gritos tan solo  tuvieron efecto sobre el descanso de un bando de gorriones apostados para pasar la noche en unos grandes acebuches cercanos en la linde, que levantaron el vuelo con un zumbido que pareció una protesta ante el inútil vocerío.  Freddy, o quien se ocultaba tras su máscara,  podía hacer con él lo que deseara, incluso dejarlo con vida, pensó. En Lincoito todo el mundo sabía quién se ocultaba tras aquella careta. Si un Lincoiteño se hubiese encontrado en su situación habría tenido muy claro que moriría a manos de aquel individuo en un contexto muy distinto. Habría llegado a la conclusión de que el homicidio tendría un sentido fenomenológico o histórico. La vida en un pueblo de tres mil habitantes se desarrolla de un modo en el que todos los personajes de una historia se miran y se conocen, al menos en los detalles más gruesos de una interactividad en la que todavía no había aparecido internet, ni tan siquiera los videojuegos. Aquellas gentes a lo sumo si se colocaban ante una pantalla era para ver todos juntos la misma emisión de una película o programa y la mayoría de las veces en grupo. Freddy lo agarró por los tobillos y lo arrastró un par de metros hasta el Seat Panda. Pensó que era el final, que lo golpearía con la barra metálica en la cabeza y   que se lo llevaría a enterrar a cualquier lugar escondido de aquel infierno. Freddy le apretó tan fuerte el cuello que sus gritos se cortaron como un amplificador de sonido al que de repente  le han dejado sin fluido eléctrico. “Dime dónde vives para llevarte y para que no vuelvas más a Lincoito. Si se te ocurre volver te mato”.






martes, 11 de diciembre de 2018

LENTITUD






Nada hay definitivo en el camino
Ni siquiera es apta para calmar
La presunta verdad
Ésta resulta,
Igual que la presunta mentira,
Según las circunstancias y el momento,
Tan dolorosa como placentera

Encontrarlas no satisfacen
Y priorizarlas enloquecen

La meditación
o la contemplación
Son errores de perspectiva
Pues siempre se llega a ellas
A causa de las preguntas
Nunca como consecuencia de las respuestas

Nada hay en esta orilla del tiempo,
Desde este acañonado espacio,
Que sea suficiente para paliar
La insuficiencia que deja tras de sí
El deseo
Inevitable y culpable

Ni el amado vacío a la fobia
Ni la plenitud de la fe
Alcanzan la lentitud necesaria
Para ser Dios u hombre

Sigo en el camino, ebrio de vida
En la beodez iracunda de una sed insaciable
De todas las noches y sus días
De todos los días y sus noches   





 






domingo, 25 de noviembre de 2018

ANTIGUOS FUNERALES










                                                                                                  Nueva entrega de la novela Zoos.





Beltrán y Delibes, 1994, aseguraban en el estudio que el lince ibérico es eminentemente crepuscular y nocturno.  Para el animal la luz del día  en invierno y la de una noche de luna llena en verano son especulativas, pero ante todo absolutas. Ambas son templadas y suficientemente luminosas. Es decir, lo más parecido que puede ofrecernos la madre naturaleza a una luz artificial. Quienquiera que se adentre en el parque y su entorno para ver al felino debe hacerlo en esas condiciones atmosféricas. Claro que quien quiera encontrar conejos debe hacerlo en las mismas circunstancias. Un día lluvioso, una noche de luna nueva o un mediodía de verano son el peor marco para que el Lynux pardinus salga a buscar Oryctolagus cuniculus, su principal sustento. Los conejos son muy sensibles a la presencia de los hombres. Él suele verlos como cyclist  a lo largo de la vía recreativa, a lo sumo a media distancia, nunca más cerca, cuando los tiene demasiado cerca es o bien porque el animal cree que se ha camuflado lo suficientemente bien entre la jara y el cantueso, porque se trata de un ejemplar enfermo, o porque es un desternillante gazapo capaz de subirse al manillar de su bicicleta. Las condiciones en las que  encuentra  al lagomorfo son las mismas que para el lince. Luz que apenas calienta y que la mayor parte del tiempo la acompaña los molestísimos vientos de levante o poniente pero que ilumina  con la suficiente intensidad para un animal vea y cace al otro en un sueño, con el menor sufrimiento y empleo de energías. Con esta fuerza ultravioleta les gusta caminar a los cazadores por los terrones de las tierras de secano recién labradas. Buscan conejos en lugares en los que hace décadas se movían a sus anchas miles de ejemplares de Lynux pardinus. Cuando acechaban incluso en la estrecha línea recreativa en la que él se encuentra  con las presas, y que ahora valora como reliquias de un pasado que vomita a duras penas en una tierra anacrónica cazadores condenados a hallar estas mismas. Puede que algún cazador piense que en el caso de recuperar el índice demográfico de lagomorfos se regenere la especie de felinos. En la dispersión del lince adulto perecen la mitad de los ejemplares (Ferreras et al., 2004). Los datos hacen referencia al parque y su entorno, pero las áreas de asentamiento son como mínimo de entre diez y veintiún kilómetros, dependiendo por supuesto de la abundancia del sustento principal. En los casos que la dispersión ofrece tierras ricas en alimento más de un adulto pueden compartir dichas áreas. Se trata de situaciones excepcionales dadas las condiciones, si no tenemos en cuenta las fases de apareamiento, de inaccesibilidad que muestran estos animales. En alguna ocasión un ejemplar ha recorrido miles de kilómetros en círculos, atravesando autopistas y amplísimas zonas urbanas tratando de encontrar su área de asentamiento. Este último lugar también pueden ser heredados por los ejemplares hembras de sus madres. El macho tras la dispersión, según los estudios realizados en el Parque (Ferreras et al., 1997 y Palomares et al., 2001) defienden un territorio exclusivo de entre tres y cuatro kilómetros cuadrados,  se sitúan en el centro del área de campeo y lo defiende intensamente de otros machos.

   Si quería ver a Gloria no le quedaba otra opción que ir hasta el pueblo que tenía en su escudo la cabeza de lince. Muchas veces fue hasta allí en vano. Hacía autoestop o cogía buses que le ocupaban entre la ida y la vuelta más de media jornada, y cuando llegaba y la llamaba desde una de las tres cabinas de teléfono que había en la localidad era ya tan tarde que alguna vez al otro lado del hilo solo se oían tonos de voz masculinos.  Por entonces ya tenía el carnet de conducir pero se hacía de vehículos que apenas le aguantaban una semana sin que se averiaran. Los padres de Gloria eran mayores y estaban enfermos. No querían problemas con la menor de sus hijas. Se sentían débiles y también ignorantes para mantener una educación estrecha y constructiva con una hija adolescente. Mantenían con ella un horario y costumbres inflexibles. Sus cinco hermanos, algunos ya casados y con hijos, colaboraban en la vigilancia de sus movimientos. Cuando murió el padre uno de ellos fue a buscarla al local en el que habitualmente se citaban. “¿Este sabe que tu padre está muy enfermo?”, le preguntó a Gloria tras sorprenderla de espaldas a la puerta del local. “Nos tenemos que ir. Tu madre te espera”. Ella giró bruscamente sobre sí mismo, tomó carrera y tropezó contra un taburete junto a las mesas de la terraza desplazándolo hasta el adoquinado de la calle. Sabía por qué motivo habían ido a buscarla y se asustó mucho, y además no soportaba que le vieran con él y tener que dar explicaciones. Gloria no entendía que su familia no aceptara que se citara con un chaval completamente desconocido. Era demasiado joven para entender que el alimento favorito de los prejuicios es la incómoda ignorancia. El hermano de Gloria contestó con monosílabos a preguntas que le hicieron desde todos los puntos del bar. El local era de forma rectangular.  Tenía una distribución y una decoración completamente funcionales. La construcción era nueva,  de poco más de un par de años. Los dos hermanos que lo regentaban conseguían congregar a clientes de varias generaciones. Uno de ellos siempre llevaba en invierno, incluso detrás de la barra, una chupa de cuero, y el otro un jersey con colores de camuflaje para la cacería. Lograban, por decirlo de algún modo, y tal vez sin predeterminación, la difícil encomienda de poner a todo el mundo de acuerdo para tomar café, licores y refrescos. Al fondo del local en la penumbra se encontraban un juke box casi siempre en funcionamiento y una cabeza embalsamada de jabalí justo encima del frontal de luces de colores de la máquina.  La luz entraba a duras penas por una cristalera dirigida al Este. Se podía ver desde allí, en lo alto de un cabezo,  un pequeño bosque de olivos con las ramas más altas encendidas por la luz del sol que le llegaba desde el lado opuesto del mundo.   El tiempo que le tomó al hijo del difunto buscar y encender un cigarrillo estuvo mirando con detenimiento en la pantalla del televisor al hombre del tiempo y su mapa con las previsiones meteorológicas. Él le preguntó, tal vez sin saber qué decía, si sabía por qué razón había grabada en el escudo de la localidad la cabeza de un lince ibérico. El hermano no contestó a la pregunta, se dio media vuelta y salió a la calle hablando entre dientes. Entonces todos  le dirigieron la mirada como si tuviese algo que decir. Reaccionó del modo más racional o si se quiere más intuitivo en las circunstancias descritas, pero en lugar de preguntar por la casa del muerto permaneció unos minutos observando las pocas burbujas que lograban subir hasta la superficie del vaso de agua de tónica.

    Por aquellos años velar a los muertos consistía en una cuestión doméstica. Los tanatorios no existían, y además eran lugares impensables para aquellas muertes todavía ajenas al actual hipermercado de las funerarias. Aunque tampoco tenía demasiado sentido que, como en el caso del difunto de su abuelo, velaran cien personas a un muerto en un piso de sesenta metros cuadrados. En aquellos años las familias se limitaban a pagar el ataúd, las coronas de flores, el servicio del coche fúnebre y las diligencias de la parroquia católica. Los vecinos de las familias afectadas ofrecían sillas, a veces comida, e incluso ventiladores para combatir el calor en verano o braseros de cisco en el invierno. En algunas ocasiones se cubría hasta la necesidad de servirse de una guardería en los corrales de animales domésticos y de carga de casas colindantes a la del óbito. No era extraño oír al mismo tiempo las risas y las riñas de los niños mezclarse con los llantos al muerto. El lugar de la muerte pertenecía al muerto mientras estuviese su cuerpo presente. Ahora, como muy bien nos indica la etimología este paradójico umbral definitivo, el interregno eterno, parece que pertenece al sueño. Los tanatorios se han prodigado por supuesto como negocios redondos, pero sobre todo porque el síntoma principal de nuestro tiempo es el rechazo a la muerte con la tibieza de la verdad a medias de la vida. Es decir, con una aversión endémica a la sangre y la finitud. Como en el mito de Tánatos, personificación de la muerte sin violencia, hijo de Nix, la noche y hermano gemelo de Hipnos, personificación del sueño, las funerarias se han institucionalizado gracias a la herramienta del tanatorio. A pesar de que se cercenen con violencia millones de vidas humanas, preferimos pensar más en la existencia de un no-lugar como es el sueño que en el significado de la destrucción o la desaparición, conceptos propios del deseo y que arrojan todo desarrollo de violencia. El otro mito opuesto, el de Keres, curiosamente también hija de la noche, aunque en la épica ha sido siempre competencia del honor, del deber y la gloria eterna, sin  ir más lejos podríamos poner de ejemplo la muerte de un tal Jesús de Nazaret, lo soslayamos por lo que representa de artificiosidad en la muerte. Incluso el suicidio es deplorado, se diría que impróspero para la promoción y perfeccionamiento del civismo transmoderno. No se contempla en la conciencia colectiva actual el final de la vida por causas violentas como otra posibilidad más para hallar el descanso eterno. Tal vez porque dicha violencia nos sirve sobre todo para hacer desaparecer todo lo que no conviene en el escaparate, todo lo que ha sido útil para que fuese posible el mercado de deseos carnales y espirituales, pero es tácito y meridiano que la visión del fuego, del frío glacial, de los cuerpos ensangrentados, mutilados, destrozados, de la hecatombe en cualesquiera de sus versiones divina y humana, son visiones anticatárticas e involucionistas para alcanzar el hipotético orgasmo total del paraíso, ese que quizá se pierde en la adolescencia y que él ha querido analizar sin poder ponerle un nombre. La violencia no es literatura para un tanatorio. Las palabras que estos establecimientos necesitan no son muchas. Si se pudiera reducir el mercado y el discurso en estos lugares a una sola idea sería en la duermevela. En este lugar del espacio y el tiempo se encuentra el tanatorio, en el concepto de la duermevela se vende el negocio. Ni que decir tiene que no es así para el muerto, éste perdió el lugar que por aquellos años aún ocupaba, este estadio de la realidad y el sueño le corresponde a los vivos. Cuando contratamos los servicios de un tanatorio compramos esperanza. Pagamos por la ilusión de estar junto al muerto en un lugar ajeno a la tradición de la expiración.