martes, 14 de enero de 2020

SACIEDAD (ZOOS XVII)






Una de las hipótesis que podría explicar la aparición del brote la encontraríamos en la constante que ha acompañado al ser-humano en casi todas las evagaciones anteriores, en su innata capacidad para vivir cabalgando sobre el miedo. En cualesquiera de las decisiones y ejercicios que conlleva sus ejecuciones, antes, mientras o a posteriori de la transformación del deseo o incluso de la necesidad que los motivaba en una meta inevitable, hubo siempre una contraindicación, o al menos una leve variable emocional que le hacía dudar al individuo, ya fuese por empatía con los sentimientos y emociones “del otro” o por la menesterosa medición de las propias posibilidades de éxito. Esta cuestión condicionante era simplemente la incertidumbre de no saber nunca cuándo y cuántos daños o perjuicios indirectos podían presentarse tras la transformación o la inalterabilidad  de la ejecución de sus deseos.  Podríamos decir sin equivocarnos que la gran tradición de ir hacia la apropiación de los objetivos materiales e inmateriales que se consideraban de derecho para el desarrollo de la autoestima personal como una ejemplificación pedagógica del bien común, estaba falsamente fundamentada. No es posible realizar el bien para la comunidad partiendo de traumas como el empeño de alcanzar el objetivo del liderazgo, aunque fuese con tintes filantrópicos, a pesar de los daños colaterales que se ejercen sobre “el otro”; así como tampoco la aceptación de doctrinas, ideas o tecnologías desconocidas por la comunidad. La fractura que se origina sobre el espacio en el que tiene lugar estos fenómenos da lugar al paroxismo de sufrir al mismo tiempo el nacimiento y la muerte, la mutación de un semoviente sagrado y productivo en un símbolo obsoleto y el miedo y la desconfianza ante la cosificación inédita como artificio al que se le debe obediencia si quieres adaptarte al medio.
  Los humanos, en una actitud erosiva y de agotamiento ante el miedo, que le abocaba a la atonía mental, no supieron o no pudieron hallar otra salida a miles de años de continuos enfrentamientos. Con ello, el sufrimiento de la comunidad ante la impotencia de no poder proteger a ninguno de sus miembros, incluidos sus líderes más poderosos (especímenes por otra parte, que, a pesar de la seducción que han ejercido sobre individuos incapaces no ya de encontrar sino de buscar caminos en la dirección de sus vidas,  jamás pudieron demostrar que sus virtudes perdurarían traspasando los filtros de las generaciones de individuos desconfiados ante la legitimidad del poder), debilitó tanto al vigor de las masas que estas acabaron mimetizando los procedimientos adoptados por el individuo depresivo, en apariencia abatido, desanimado, enervante y melancólico, pero en realidad cimentado sobre la ascendencia de sus antepasados y el inapelable veredicto de la naturaleza. Tal como apuntaba Cirlot en su entrada del diccionario de símbolos sobre la carta sin número del Tarot, el loco es representado con su pierna izquierda (el inconsciente para el autor) mordida por un lince blanco; esta mordedura es un residuo de lucidez (remordimiento). Esto no le detiene, antes le empuja hacia adelante, hacia el fondo, donde aparece un obelisco derribado (símbolo solar, logos) y un cocodrilo dispuesto a devorar lo que debe retornar al caos. Todo se corresponde con una ciega impulsividad y con la inconsciencia. Para otro autor, Schneider, al Loco se le relaciona con el bufón. Para él en las ceremonias y ritos medicinales médico y enfermo intercambian el rol de “loco” y reaccionan por el delirio, el baile y las “extravagancias” para invertir el orden maligno reinante. Este personaje está demasiado alejado del Loco, de la locura que se apodera del mundo en la IX evagación. Las víctimas de la pandemia no son dinámicas y mucho menos creativas. La locura, la privación del juicio, la aparición de lo anómalo y de la sorpresa no sopesó nunca otra solución de continuidad que no fuese el suicidio. De lo que se infiere que no se trataba de una continuidad precisamente de la especie humana. Tal vez en la inconsciencia de los individuos de esta fase se encontrase una algoritmia tácita que los condujo como única salida a la pasividad más extrema. A una calma exclusiva que solo la locura puede ayudar a comprender. Pero no debemos equivocarnos con esta sustantivación. La calma referida es el nombre que mejor se aproxima a una inactividad jamás conocida en las relaciones grupales. Cualquier ser humano capaz de retirarse del mundanal ruido no mucho más de cien años antes de la pandemia, y regresar aún con mínimo de lucidez, nunca habría dado crédito a lo visto. Presumiría que la humanidad habría sufrido un envenenamiento irreversible de orden neuronal o una hipnosis como arma de guerra inducida por seres de otros mundos. Nunca pensaría que la droga maldita la lleva consigo él también y se halla diluida en su sangre desde un inopinado e hipotético pecado original. Algunas voces analistas dijeron tras esta fase que tal vez ningún ser humano contemplase en su conciencia la posibilidad de culminar en suicidio todo el proceso. Quien o quienes narran, o el procesador y acumulador de textos competente para darle forma a estas miles de palabras con una voluntad o al menos una volición crítica perdida dentro de la nube, salieron indemnes para satisfacción tal vez de algún lector, o quién sabe si ya ninguno, que quisiera o pudiera jactarse de ser fiel seguidor de la supremacía de todos los aspectos culturales que  fueron y continúan siendo contagiados por la dilatada tradición judeo-cristiana.  Pues tras la IX evagación, la política y el pensamiento, si es que se le puede adjetivar de este modo a las prácticas que se aplicaron, entraron en una dinámica retroactiva en la que los conceptos de la justicia y lo divino importaron para el fuero interno colectivo  tanto como el reglamento futbolístico. Podríamos inferir de esto que lo trascendental siempre fue, no un objetivo de búsqueda, sino un juego de actitudes para evitar precisamente el fatal aburrimiento de  la depresión hipocondriaca, para mantener alejada la impertinencia subversiva del suicidio entendido como un derecho sencillo y natural que todos los seres humanos tienen por oficio, por el aporte genético que él mismo ostenta y declara sin la más mínima voluntad de poder. Nada podría entonces en esta dimensión conocida o desconocida del universo, vivir por y para sí mismo. Nada en el juego de actitudes podría ser creado sin interferir en su realidad circundante. Y por supuesto se produjeron muchos suicidios, millones de suicidios, ante todo sin violencia, sin precipitación ni ansiedad. Muertes indolentes, en una desidia general en la que ni el pudor que siempre había sentido los individuos hacia la carne podrida, los excrementos y los cadáveres, aparecía como señal de rechazo a la autoaniquilación.
  La gente se dejaba morir como vegetales faltos de agua, de oxígeno o minerales, con tal de omitir la más leve pugna contra sus congéneres por el alimento. Morían en los espacios públicos, en sus hogares, en los vuelos intercontinentales y hasta en los desplazamientos en autobús o en sus propios vehículos por breves que aquellos fueran. La aceptación de la culpa a causa de la provocación de accidentes formaba parte en la asunción de la pandemia. Todos (o nadie) suponían que por el bien común el ritmo de las actividades y los trabajos debían continuar a pesar de las contraindicaciones de la enfermedad. El personal sanitario, a pesar de la depauperación en la que se hallaba se enfrentaba a situaciones mortales en  arriesgadas operaciones de cirugía. Prescribían incluso medicamentos incompatibles si los enfermos lo solicitaban. Los peatones eran atropellados en un paso de cebra si un segundo conductor sentía un mínimo de empatía por aquellos. El criterio principal era evitar cualquier atisbo de competencia. Miles de ascensores cayeron al vacío por culpa del exceso de pasajeros. Un día, sin explicaciones, ni acuerdos, ni notas oficiales de prensa, la gente dejó de acudir a los estadios deportivos y canchas cubiertos. Los árbitros eran incapaces de poner orden en los juegos de equipos. Ambas combinaciones decidían en plena competición  que lo mejor era hacer el juego ofensivo todos contra la misma portería o la misma canasta. La hinchada se alegraba por los mismos goles o puntos y se abrazaban en una comunión fácil e intrascendente, según se mire. Algunos, extenuados y debilitados por la desnutrición, continuaban practicando deporte, porque así lo llevaban registrado en sus manuales de costumbres para una vida más sana. Otros, quizá también por las mismas razones de manual, no interrumpían sus rezos y plegarias a sus dioses. Con esto último podríamos hacer un análisis exhaustivo del porqué el más allá y la salvación es más inalcanzable que nunca cuando sus acólitos y lazarillos no se hallan en el aquí y ahora. Las sesiones parlamentarias en las cámaras y plenos fueron poco a poco sintetizándose hasta acabar siendo efímeras comparecencias de las grupos gobernantes ante el vacío de ninguna oposición. Claro que ésta resultaba intrascendente que asistiese o no, ya que las propuestas y órdenes se aprobaban en la línea de intereses de ambas partes. Es decir, con los argumentos y bajo la interpretación parcial,  exclusiva y personal del primer parlamentario al que se le ocurriera hacer cualquier propuesta. Las leyes y enmiendas eran ajenas siempre a los intereses del pueblo. A ningún ciudadano se le ocurrió a partir de un momento determinado importunar, y mucho menos presionar a ningún agente político, con alguna demanda. Cuando ya no hubo ningún gobierno, representante de los mismos o señales de su omnipresencia,  que tuviesen que realizar ante nadie la interpretación del ejercicio del poder, la humanidad fue como un inmenso almacén de frutos en el que la putrefacción se extendía en todas las direcciones. Todos eran portadores del virus de la locura y al mismo tiempo todos estaban expuestos a un contagio más severo. Un proceso de autoaniquilación irreversible, una determinación colectiva que abocaba a todos a convertirse en cuerpos estáticos e inermes en el museo más inmenso jamás pensado. Todo estaba dispuesto para que miles de millones de piezas catalogadas alcanzaran la muerte y después la descomposición orgánica, pasando por alto el significado de dignidad que siempre habían tenido las incineraciones y las inhumaciones, con una finalidad estética sólo soportable por seres enfermos de locura contra la propia locura. Todo por una medida desproporcionada del suicidio contra el egoísmo y la maldad ingénita del ser humano. Todo como si se tratara de exposición final y definitiva en el laboratorio universal de las formas de vida sobre la impotencia de la especie humana ante la evidente realidad de odiarse a sí misma.  La coartación del instinto de supervivencia y del auxilio al prójimo tenía una intensidad tan fuerte en la enfermedad que ni el amor congénito lograba insuflar el más mínimo estímulo contra el inmovilismo. Padres e hijos se reconocían y se amaban durante las primeras etapas del contagio, pero a pesar de sentir todos ellos los sentimientos instintivos de identidad tribal y de protección, y de,  en un primer momento actuar ante el peligro, parecían paralizarse ante la imposibilidad de romper un muro invisible que los persuadía de demandar comida o medicinas, y hasta de lamentarse ante el desastre inminente. Tampoco el amor pasional, y fraternal eran fuertes como antídoto. En estos dos tipos de amor, uno por los poderes irrenunciables al deseo y el placer, y el otro por la hegemonía del liderazgo, hay excesivos lances para hacerse con el papel dominante, roles intercambiables bien definidos que  conducen inexorablemente a la práctica de la competitividad por la hegemonía.
  Muy al contrario de lo que ocurrió en los procesos de infección de otras pandemias anteriores, en la de la fase IX no hubo carencias en los almacenes de alimentos, ni tampoco se colapsaron los suministros de energía. Las actitudes de antaño ante el miedo no se produjeron y, como consecuencia, todos se dejaban estar sin cubrir las necesidades más básicas ante el despropósito de interferir en los sentimientos y las emociones del prójimo. El decálogo de los mandatos de las iglesia cristianas a sus fieles se encerraba a su vez de repente no en dos sino en tres. A los archiconocidos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” se le sumó “No perturbarás ni siquiera en los más superfluos e ínfimos detalles las zonas de confort de los otros”.     


domingo, 1 de diciembre de 2019

NACIMIENTO






Sintió que algo no iba bien

Una vez más la absurda e inopinada sensación

horadaba su cerebro igual que

la aguja enhebrada zurce por enésima vez

el calcetín roto

   

Cuando sintió el calor del agua caliente

en la base de su columna se percató

de que no sabía por qué se estaba dando una ducha



Todos se habían marchado y como siempre

habían dejado la casa patas arriba

Después de cada una de las últimas

reuniones se había hecho la misma proposición

Si deseaba rodearse de amigos

podía citarlos en un restaurante

o en cualquier otro lugar público

Pero sabía que sólo acudirían unos pocos  aburridos

La mayoría solo está cuando hasta sus

deseos y sus pensamientos se les sirven gratis



Se dijo que la Sensación-de-que-algo-no-iba-bien

debía ser condición sine qua non en el estado de

gracia natural del ser humano

como un factor capital en el corpus de las actitudes

indispensables para su supervivencia

Es decir, una emoción ordinaria orbitando al milímetro

alrededor de un sentimiento extraordinario



En todo caso la cuestión no era esa

El interrogante para la ocasión aparecía tras su soledad

En las sombras del miedo a sí mismo y sus terminaciones



Le daba pánico pensar en la posibilidad de aislamiento

No tenía motivos para arrastrarse ante todo el mundo

por esos humores penosos e inútiles porque,

además de ser autor junto a su mujer de una profusa prole,

pertenecía a una fértil progenie que le requería a todas horas

Entonces, ¿por qué mierda tenía esta sensación de obtusa filantropía,

de un principio misántropo sin aparente razón alguna?



El agua que se precipitaba y rodeaba sus pies

parecía más transparente, más fluida, con un brillo único

en el juego de luces led y las del alba que había despuntado,

más agradable al tacto que de costumbre, más salubre

para los dos millones de dilatados y fotoenvejecidos poros,

más templada para calmar sus permanentes deseos de exceso,  

más terapéutica para concluir en paz la dilatada jornada



Pensó que su cuerpo no suponía ningún obstáculo para el agua

El líquido se deslizaba y se adaptaba a las formas de su cuerpo

Escapaba igual que la presa curtida escapa del predador inexperto



Acabaría la ducha y sus pensamientos

escaparían también por el agujero

Después dormiría

Tal vez con un poco de suerte el sueño

resultaría  suficiente para modificar

al menos el orden de sus miedos

Quién sabe si cuando despertara no estaría

asistiendo a su propio nacimiento

  





         






lunes, 28 de octubre de 2019

IX EVAGACIÓN (ZOOS XVI)







 Al final de la VI fase de evagación, en el periodo del máximo bloqueo creativo de la humanidad, tras las anteriores, todas ellas condicionadas por las circunstancias contrarias e incompatibles de la organización y la supervivencia, la violencia alcanzó su máximo apogeo. Todas las fases primitivas y convulsivas, incluida esta última,  fueron necesarias para alcanzar la IX, la definitiva del estado de gracia llamada por la plebe Fase de la locura, y por la comunidad científica Fase Génesis. Las fases del paleolítico, neolítico, antigua, medievo, moderna y postmoderna resultaron evagaciones tormentosas en cuanto a la elección ineludible de la violencia y la justificación ante el concepto de Dios y los propios hombres para la convivencia entre los individuos y los pueblos. En la IX fase dicha violencia quedó superada y obsoleta ante el uso de una especie de indiferencia. Las actitudes egoístas comenzaron a neutralizarse con lasitud y apatía a causa tal vez del cansancio acumulado y de algún modo codificado en el adn de las mujeres y hombres. Se alcanzó la más absoluta parálisis en todos los casos de desacuerdo que pudiesen desembocar en la más nimia disputa. En cuanto comenzaban las manifestaciones de competencia, las partes enfrentadas buscaban dentro de sí mismas los motivos que les empujaban al litigio, e inmediatamente afluía un sentimiento de animadversión hacia el ser interior o la identidad del que emanaba el veneno. Era como si la humanidad como un todo viviese de repente dentro de una gran estructura hermética en la que era imposible que nadie causara el mal a nadie. El menor resentimiento o rechazo se quedaba dentro haciendo todo el daño posible y dirigiéndolo al lugar más recóndito.  Se llegó a un estado general de inocuidad y de meditación encubierta. Pero en realidad se había llegado al momento en el que la humanidad perdía su relación umbilical con la idea del Yo. Se puede decir que estaba teniendo lugar una regresión de la idea de Personificación. El diálogo del que había nacido primero la Filosofía y después todas las disciplinas del conocimiento llegó en la VIII fase a su máximo desarrollo. La personificación del individuo con las metamorfosis de la naturaleza, con el politeísmo, el monoteísmo y el ateísmo se enmarañó hasta colapsar la identidad como método único de presentación de unos ante todos y todos ante uno. ¿Y la ciencia? Esta no ayudaba ni aportaba ningún bien a la vida en común. Había tomado un camino hacia no se sabe dónde. Había abandonado a la humanidad para dedicarse exclusivamente a explorar nuevos mundos y aprender de qué estaban hechos. Pero en cuanto a las, por decirlo en el mismo contexto epistemológico, ciencias sociales, los conocimientos más avanzados y sofisticados las habían abandonado a su suerte. La gente debía seguir luchando afanosamente por la supervivencia, y el hambre por el poder y las influencias continuaban siendo iguales que desde los inicios de la primera fase. Una decisión tácita, prescrita desde un punto de vista nihilista pero no por ello menos pragmático ante la realidad, condujo a la desintegración del Yo. Dentro de esa inmensa nave que era el capitalismo no cabía nada que no fuese productivo. Pequeños grupos liderados siempre por carismáticos personajes hiperbólicos, algunos santos y santas en el sentido de la abnegación y por la intensidad del altruismo, intentaron durante más de seis siglos escapar de las reglas del sistema económico y político. Fueron tantas las nomenclaturas de denominación como novedosos los modelos de reciclaje de sus programas éticos e incluso religiosos. Pero nada de lo que hicieron pudo cambiar la velocidad de la nave que, para todos los pensadores siempre fue excesiva y al final se comprobó que era propia, de crucero, irrefrenable. Fue una trampa que se tendió sin pretenderlo el sistema a sí mismo. Jamás pudo ser considerado que el sufrimiento y la impotencia podrían desembocar en una radical parálisis en el modus operandi de la conducta humana. La experiencia en la psicología de masas arrojaba resultados en los que el fenómeno de la ignorancia podía llegar a cotas insospechadas de aturdimiento y autoengaño en amplias zonas de la población mundial. Sin embargo, nadie sospechó que la manipulación de la información y en concreto, la inventiva de aseveraciones perfecta y vilmente argumentadas,  que producían pánico como consecuencia de futuras amenazas entre naciones e incluso entre continentes enteros, o que embargaban temporalmente a grandes masas ante el anuncio del agotamiento inminente de alguna materia prima u otra de la que dependían millones de clientes y consumidores, con el  consectario engaño de los inversores era el de presentar una sustitución del producto por otro más rentable para los poderes establecidos. Nada nuevo, por cierto,  en la historia, pero sí en su perpetuidad sin el menor efecto subversivo como si había acontecido en otras fases con caídas de imperios ante culturas distintas, o con revoluciones sociales y políticas. Cuentan que el nacimiento de la geoingeniería nació como una ficción de serie b en los inicios de la VI fase. En todas las fases la propagación de la desinformación y el bulo se ha practicado desde ambos flancos de actuación del buen habitante. Desde el flanco protector o amigo y también desde del enemigo. Las falsas noticias son tal vez las mejores armas de destrucción a largo plazo. Tanto se practicó la mentira que la verdad, entendida como el producto más deseado para poder encontrar la paz y la prosperidad, fue rechazada con la misma convicción y desconfianza. Donde aparecía algún atisbo de verdad todo el mundo se aprestaba a sembrar la mentira, del mismo modo que la muerte siempre hace acto de presencia allí donde llegó antes la vida. Para mayor agravio, la significación de vivir a la velocidad de las verdades y las mentiras produjo una desvinculación  total  con la naturaleza, o con lo poco que quedaba de ella. Tanto se falseó sobre la verdad y la mentira que los recuerdos más profundos sobre la llamada intrahistoria, sobre las cosas que se hacen y se nombran sin mediar ningún cuestionamiento, cosas tan importantes y elementales como el intercambio de opiniones, o los inevitables actos de tolerancia ordinarios en la vida diaria entre individuos competidores con los mismos intereses y del mismo gremio, cosas tácitas y virtuales como las herencias y hasta las daciones de enseres y minucias entre padres e hijos, desaparecieron y la convivencia tradicional cobró las características del enfrentamiento sin ambages. Esta guerra de todos contra todos, en lucha hasta por los reductos menos sustanciales para la vida e intrascendentes para los principios fundamentales de la tolerancia y la concordia, condujo a una pasividad colectiva total, a un bloqueo pandémico de tales dimensiones que las personas prefirieron morir antes de inanición que supervivir con el argumento del super yo contra el prójimo como principal móvil de la existencia. Aquello que durante miles de años se proclamó como egoísmo sano, como una bendición divina y hasta humana, se repudió como causa indudable que empujaba a la humanidad a su autodestrucción. Tal concepto de egoísmo constructivo se interpretó paradójicamente como el motor  que condujo a la nave de la historia hasta despojarla de virtudes y atributos hasta reducirla a una inmensa balsa gobernada por verdugos y antropófagos. Ni Géricault cuando imaginó las desventuras y atrocidades en su pintura pudo sentir tal escenificación de la desesperación humana. La IX fase, la de la locura, la de un renovado Génesis para la  ciencia que pudiese soportar argumentalmente el pasado de nueve fases destructivas de evagación, podía resultar perfectible. Según la comunidad en cuestión podía superarse el apocalipsis y evitar la designación oscurantista de Babel Celestial. La pérdida del control con la autodestrucción total suponía un precio demasiado alto para dejarlo en manos de la fe, objeto a fin de cuentas siempre analizado y cuestionado como herramienta útil para hallar el sentido de la condición humana.  El loco y la loca, como bien señala Cirlot en la entrada de Loco, El, en su diccionario de símbolos, son ambos sustitutos de las victimas del sacrificio. Esa inmensa parte de la humanidad, la que no ha tenido más remedio que hallar soluciones como las de los osarios y crematorios para localizar la veracidad de su descanso eterno, el código del paso por este mundo que conocemos, enloqueció y según se cree la determinación se encuentra en una negación radical como exclusivo método para seleccionar a una minoría selecta de individuos que sean capaces de vivir sin preguntas que pueden comprometer la estabilidad del tiempo presente. La contemplación del tradicional y angustioso futuro era una maldición con la que principalmente se visionaba la muerte del individuo como medida de recompensa de una vida eterna. Es el último arcano del Tarot y no dispone de numeración. Es una Carta exclusiva, como no podía ser de otro modo. La figura aparece con un Lynx Pardinus pero con la rareza de ser albino mordiendo su pierna izquierda. Según Cirlot esto podría significar que aún conserva un resto de lucidez, pero que lejos  de devolverle a la luz le empuja hacia adelante,  si cabe con más lucidez hacia la locura. Durante todas las fases de evagación la locura molestaba para un normal funcionamiento del poder. Solo cuando el propio poder se percató que sus propios métodos y maneras sofisticadas conducían sin remedio a la hecatombe se adoptó una inclinación hacia las posibles virtudes de la locura. Hasta entonces el poder siempre había negado la locura porque la asumía como un estadio mental asociado a la muerte. Pero con una exposición muy próxima al ahorcamiento suicida de toda la estructura social. Es decir, la locura aprehendida por los individuos como una vía no solo cívica, sino incluso religiosa o filosófica, era vista como una actitud pedagógica sinónima de delito contra la salud pública.  Como en una fiel representación  miope de la realidad en la que la fuerza de la intensidad de la luz diluye el cromatismo de los colores, el poder había mostrado su incapacidad para percatarse de que el miedo utilizado como medida correctiva y las noticias falsas, conducen, en un Estado de creciente e incesante concentración ideológica y económica, igual que si se tratara de una transmisión genética de padres a hijos, a una suerte de inmunidad frente a la manipulación y el control ejercido por los poderes políticos y económicos transmodernos. De modo que los herederos de las fases de evagaciones racionales, por decirlo con un eufemismo que sea respetuoso con la memoria de millones de héroes y heroínas asesinadas y ninguneadas por culpa de sus ideales sedientos de justicia trasversal ante el inevitable natural egoísmo practicado en la condición humana,  mostraron una inaudita anorexia mental, un empacho y estragamiento a causa de un colapso en el  instintivo sistema de insaciabilidad y desmesura de aprovisionamientos y atributos facultativos psicológicos y semióticos para someter al prójimo. En el Tarot, El Loco carece de cifra y orden. Tal vez deba ser así porque la locura podría ser tomada como un recurso in extremis pero nunca igual que todas las metodologías aplicadas hasta entonces, como una realidad crítica. Con esto es clara  la lógica del proceso. Cuando el sistema social está enfermo para alcanzar la meta del bien común, habrá que usar lo peligroso, inconsciente y fuera de lo normal, al menos por una vez en la historia, para neutralizar las posibles causas que dificultan la proyección. Lo único extraño del fenómeno social e histórico es que por una misteriosa razón se extrapola la actitud, voluntaria e involuntaria, de la locura del sujeto como ente independiente según la combinatoria de sus conocimientos y emociones, a la aplicación colectiva, a la extraordinaria transformación  de una enfermedad no contagiosa en una pandemia de consecuencias inopinadas y paradójicamente mesiánicas. Claro que se trataba de un mesianismo decapitado, sin ambición para tomar la superficie de las sociedades como todo dogma conocido hasta entonces. Es decir, un mesianismo sin cabeza, que viene a ser como una tutela sin normas. Su escusada y soterrada naturaleza fue igual al nacimiento de un  cañaveral. Nadie podía imaginar que bajo sus pies, en aquella tierra prometida de la inteligencia artificial, casi siempre seca y abundante en cantos rodados a causa de las repentinas avenidas provocadas por las lluvias artificiales en las tierras altas ocupadas  por las corporaciones y multinacionales,  pudiera ser el seno del inmenso laberinto de raíces que buscaban la profundidad y la horizontalidad del subsuelo estatutario casi desde la primera evagación. Dicha búsqueda proporciona la necesaria cimentación y el suficiente asimiento para que los vientos y crecidas más violentas no puedan jamás arrancar las triunfales y elegantes cañas que retroalimentarán por fotosíntesis al caos enterrado igual que un tesoro. La masa fue como una mujer loca que opta a voluntad por la inanición y las enfermedades infecciosas antes que asumir cualquier actitud competitiva contra el prójimo en la lucha por la supervivencia. Podríamos decir que el concepto de la Nadificación contra la violencia fue enraizándose en el subsuelo social quién sabe desde cuándo, tal vez desde la primera evagación. La posibilidad de ser algo parecido a un no-ser humano fue una historia callada y tomada como fundamento principal para combatir contra la perdición demostrada en la didáctica para ser el ser-humano conocido hasta entonces. Se trataba, en base a los síntomas generales, de trastornos mentales muy relacionados con la depresión clínica. La pérdida de interés por todo y la disminución de las funciones psíquicas llevaron a millones de personas a la inapetencia sexual y hasta el inmovilismo insufrible para así no invadir la zona de confort del otro y no despertar suspicacias. Una depresión de la masa puede llevarla objetivamente al abandono hasta la autodestrucción perfecta, ya que no existen sujetos que reclamen ayuda, y mucho menos derechos para segregarse del enjambre estéril e inútil.

martes, 1 de octubre de 2019

20.000 palabras









    Durante más de veinte mil palabras que intentan investigar los principios actitudinales en los orígenes de una vida que siempre será insignificante a los ojos de las clases más poderosas (ante todo a causa de su incompetencia para pensar en el poder y ocuparse de las cosas ordinarias de la vida como son, entre otras, la captación del voto y la posterior traición),  y unos cuantos poemas descriptivos de la mística de un individuo enemigo a muerte de los diletantes de fondo, han acaecido ciertos hechos que han transformado definitivamente su visión del mundo en un equilibrio de fuerzas por la preeminencia de unos individuos sobre otros sin suficientes razones ni méritos especiales.
 Antes del inicio de su única novela, o bien cajón-novela, como a él le gusta pensarla (está convencido que no va a malgastar energía alguna en otra cosa que no sea ese texto extenso y comprimido a la misma vez), veía a los seres humanos como a millones de coches locos de feria que intentan inútilmente evitar choques y atascos en el cuadrilátero de la civilización. Sus observaciones le habían llevado a una explicación más o menos razonable acerca de los fracasos de la colectividad y de la infelicidad de sus miembros. Pensaba que la torpeza en los procedimientos era una y otra vez el motivo por el que ocurrían los desastres de convivencia y habitabilidad. Creía que sólo con grandes dosis de paciencia y de continuo estudio se sortearían los graves problemas que durante siglos había venido sufriendo la humanidad. Con dicha perseverancia y una mezcla de fe y honestidad frente a un mínimo de empatía hacia “el otro”, se podría en un punto indeterminado del pedregal hegeliano de la historia, del paraíso perdido, subsanar las imperfecciones del entramado social.
  Pero ahora, tras esas miles de palabras, piensa que el hombre es una máquina aniquiladora de vida. Es un animal capaz de auto convencerse de que puede escapar de sí mismo y de la devastación que crea a su alrededor con el elástico sentido del amor. La sofisticación es su arma principal y su empleo lo justifica para hallar el bien común, cuando en realidad busca los límites del Hacedor para intentar poner un pie más allá de donde se ha visto que lo ha puesto éste.  
  Tras un primer reconocimiento en su nueva perspectiva de la obra intuye que sus padres son los principales responsables de la farsa que ha vivido. Le amaron tanto (aún lo hacen, pero desde el interior de una cueva de  desconfianza y  decepción, desde la angostura anímica de la senectud) que casi lo dejan ciego y sordo. Obsesionados con la penuria que habían conocido en la posguerra civil española, en aquel periodo de amor y protección contra la ácida realidad social innombrable que le haría perder atónito la ingenuidad, la inocencia y hasta la esperanza, deberían haberle insuflado de algún modo para contrarrestar los altísimos niveles de empatía y positivas emociones, ciertas dosis  más o menos racionales de obligado antagonismo hacia “el otro”, ya que “éste” va a resultar ser tu oponente lo quieras o no. Una toná de las malas artes ha motivado al menos a generación tras generación para salir desde las cavernas de la prehistoria a búsqueda de Dios. La motivación de que en el contacto permanente con muchos “otros” se encuentra la mitigación de nuestros miedos es la mayor atrocidad que se haya podido cometer la  humanidad a sí misma.
 En un increíble equilibrio de fuerzas medidas por el odio, la envidia y la conciliación, se han ido fraguando las civilizaciones gracias al laboratorio de la reproducción humana, la adaptación de sus individuos a las sociedades, y el negocio con toda clase de mercancías, tanto emocionales como materiales (incluyéndose la propia carne), para paliar el instinto de destrucción total hacia “el otro” con el objetivo de jugar a ser Dios. Los humanos son incapaces de amar sin destruir y viceversa. Amar es matar; y todo comienza negando al “otro”.      

viernes, 14 de junio de 2019

MI SMARTFHONE










Nunca pude soportar el ruido que hacían

los relojes despertadores en mi mesita de noche

Ni siquiera podía resistir aquellos pequeños a pilas

que tuvieron tanto éxito y que tenían un segundero

tan sutil que parecía un diminuto insecto intentando

escapar en mi inevitable duermevela

del eje rotatorio del mundo



Las noches que intenté dormir con aquellos vehementes

artefactos del sotto voce se convirtieron

en ejercicios oscuros y opuestos al arte iluminado

de pensar el tiempo y el espacio



Era como estar borracho con el punto malo

Lleno de ira lo enterraba  vivo en el cajón de la mesita,

Sepultaba inútilmente  entre calcetines

y calzoncillos al narrador de la nada

Era como si te condujeran con los ojos vendados

hasta el hueco de tu sueño eterno



Por desgracia no heredé de mis antepasados

el canto del gallo ni el movimiento de los astros,

ni tan siquiera un humilde solar para dormir tranquilo

y que me despertaran las campanas de las torres,

con esos golpes rígidos de badajo tan intensos

como los pálpitos en mi carne de la carne de la

mujer que más he amado

Para despertarme siempre he tenido que recurrir

a los favores de la inteligencia artificial

No obstante intenté aprender a despertar

solo con la ayuda de la intuición y los presentimientos

pero pronto comprendí que por más que lo intentara

el corazón y la mente van siempre unidos de la mano,

porque en el tiempo humano cuando uno se somete

el otro lo desprecia por su postración cobarde



 

Por suerte todo aquello quedó muy atrás

y ya ni me acuerdo de la primera vez que dormí profundamente

gracias a la complicidad de mi teléfono móvil



Desde entonces, al final del trasiego con las sábanas,

de mi respiración superponiéndose a sus caprichosos sonidos

de la sinergia del animal de la noche o viceversa,

de mi yo perdido dentro de mi cuerpo,

suena la alarma del terminal para decirme

con sigilo, in crescendo y con timbres matriarcales a la carta,

que es hora de regresar a un lugar siempre extraño



Tan solo algunos mensajes, más erráticos por mis costumbres

analógicas que por la más que demostrada

incompetencia transversal de la cuarta generación robótica,

me han causado una alteración cerebral hasta casi alcanzar

el umbral gamma en el vado del yo de la conciencia,

aunque en honor a la verdad han sido de la categoría nimia

de red social o de notificación de una compañía de comunicaciones


Mi smartfhone, cuando me encuentro en la fase delta,

Ilumina todas las noches mi habitación con una luz

en la que todo se funde en un color blanco,

tan intenso que si despertase quedaría ciego de por vida,

lo sé porque es mi sueño reiterado

la luz me transforma todas las noches en cosa de otra cosa

o esa otra cosa en parte de la cosa que comprendo

para  ser y estar inenarrable, sin forma ni estado,

solo,

devorado por esa luz transmoderna que vela mi descanso









  



 















    

jueves, 25 de abril de 2019

EN EL OLIVAR (ZOOS XV)










  Siente poder suficiente incluso para eliminar al exconcejal si fuese necesario. La idea de que Mor esté enterrado tan cerca de la propiedad de aquél no le inquieta pero le molesta. Bastaría con unas pequeñas comprobaciones y luego dispararle en su frente ancha y prominente con el silenciador instalado. Casi siempre acude al olivar sin compañía alguna. Últimamente lo ha visto la mayoría de las veces en las puestas de sol. No le resultaría demasiado difícil borrar las huellas del crimen. En el campo puedes matar a quien quieras, sobre todo si se trata de un inmigrante senegalés y no posee nada en la nube. Tan solo la intensidad de sus odios y deseos podrían dejar rastro de sus pasos. Pero aún no se conoce a nadie en la historia que haya podido dar constancia  después de muerto de cómo sus  emociones condicionaron para bien y para mal (muchas veces los dos conceptos inciden desconcertantes en la misma persona), el laberinto económico y jurídico en la nube. Sobre todo en la actual nube. No se conoce de qué modo o en qué forma podríamos legar nuestros sentimientos si no es con dinero o con una obra maestra, ya sea iconográfica como los frescos de la capilla sixtina, o de cogito altruista o sórdida, como el cristianismo y el marxismo, o como el fascismo y el capitalismo salvaje. Si se tiene en cuenta que estos legados solo convergen en un mínimo porcentaje de las personas desaparecidas, podemos llegar a la aséptica conclusión de que casi toda la humanidad muere sin causar ninguna repercusión posterior que suponga pública y notoriamente para el desarrollo ulterior de “su” ser en la historia una naturaleza imprescindible. Los muertos de esta categoría mayoritaria se piensan, según nuestras concepciones fantasiosas de lo que podría ser una vida más allá de la conocemos, en un mundo en el que de igual modo no significan nada. En  sitios vagos como los intersticios de nuestra conciencia, muy relacionados con los espacios conocidos por “mente en blanco”, en los que miles de millones de espíritus cumplen la misma función que desempeñaban antes de sus muertes. Es decir, miles de millones de muertos pasan de un lado a otro de la nube con la misma significación de absoluta intrascendencia para la voluntad y anhelo que ellos mismos profesan contra su insignificancia. Desde un punto de vista  antropológico y  biológico quizá esto cobra sentido para la resiliencia de la especie. Por su puesto tras las nueve evagaciones de las que aquí, y sólo aquí, en este texto, se habla. Porque así dentro de siglos la humanidad ofrecerá de su seno ejemplares más resistentes ante retos psíquicos y físicos inimaginables. Pero desde la experiencia vital del espécimen supone una negación radical de sí mismo ante el inevitable axioma de la muerte en vida. Si Spinoza en su comprensión de un Dios bueno y verdadero asegura que éste es mucho más que todo lo que nos cuentan de él, y que está en todo lo que vemos y sentimos, y comprobamos estupefactos que es una incuestionable realidad que está todo menos la plebe, no es difícil de entender que esa masa inmensa de muertos en vida aguarde en cada envite de penuria y sufrimientos con el precepto Nietzscheano “Dios ha muerto”. Una mente lúcida y brillante no piensa nunca como la plebe, por más que quiera y lo intente para comprender el destino de la humanidad y el suyo. Sin embargo,  el sentimiento de la negación es el único método de análisis capaz de situarnos a todos en igualdad de condiciones entre el deseo y la realidad. Si a pesar de tu inteligencia o tu poder sientes y comprendes a la plebe, estás en disposición de utilizar la farsa del arte, el conocimiento y el dinero para ser un personaje activo en la gran tragicomedia de la vida. El caso de Mor no parecía precisamente uno de estos dechados. Ya habían transcurrido más de dos meses desde el accidente y no aparecía el menor rastro de alarma o una mínima preocupación por su desaparición. Ni en la televisión ni en internet se hacía mención a su obra artística, su vasto conocimiento o al ínterin entre su muerte y el resultado legal de su herencia en activos o patrimonios. De momento Mor apuntaba al perfil de ser nadie. 


domingo, 24 de febrero de 2019

MALOS PRONÓSTICOS











Predijeron que caerían intensas lluvias



Los hombres y las mujeres del tiempo

anunciaron una y otra vez en todas las televisiones

durante todo el día de ayer que hoy llovería

y no ha caído ni una gota



Pusieron en el mapa unas nubes muy negras,

algunas simulaban unas gotas grises y otras

estaban atravesadas por unos rayos carmesí

y de ninguna cayó nada



Estamos aún en febrero y las lindes y sementeras

junto a los caminos ya están secas y polvorientas,

Las tierras de labranza antes de germinar los girasoles

aparecen con una sutil capa de polvo gris

sin embargo, estas imágenes no las emiten en televisión



Todo el mundo, incluso a quienes menos nos importa,

por las nulas repercusiones en nuestras cuentas corrientes,

deseaba lluvias moderadas y algunas localizadas

especialmente intensas en áreas costeras



Hay gente que no sentimos sed y, sin embargo, terminamos

asumiendo que los temporales en estos tiempos

son más esporádicos y menos caudalosos,

Gente clamando para que llueva en televisión