¿De quién
sería aquella tierra? Espero no tener la mala suerte de que sea propiedad
pública, se dijo mirando con meticulosidad y sigilo el enterramiento por el que
ya empezaba a asomar las primeras hojillas verdes. Sus cálculos le decían que
debía esperar al menos dos años antes de desenterrar los restos para tener la
total certeza de que el cadáver no olería. Debía hacer un trabajo casi
profesional hasta deshacerse por completo del cuerpo. Sabía que lo lograría
pero no sin desvelos y con excesos de energía. Era necesario controlar el
número de visitas al enterramiento. En ningún momento debía mostrar el celo
enfermizo del autor por su obra, así como tampoco confiar demasiado en la
infalibilidad de sus procedimientos. Tenía la sensación de que últimamente
había caminado hacia la puesta de sol más de lo recomendable. Recuperó al respecto una frase perdida en su
mente desde hacía bastante tiempo. “El verdadero artista debe ocultar sus obras
avergonzado igual que un dios que juega a ser hombre”. Quizá sus lecturas
juveniles y atropelladas sobre Nietzsche fueran la fuente de esta información.
En tal sentido estricto él había tenido que matar a Mor. La idea de dejarlo en
el lugar como un animal moribundo le pareció de muy mal gusto, y auxiliarlo en
aquel estado, con más de medio cerebro salpicado entre las manzanillas
bastardas, suponía una inutilidad tan grande como que él descartara su
condición de autoridad de agente de la justicia en aquellas circunstancias a
orillas entre la piedad divina y el irracional e incuestionable “sentido
común”. Más tarde, a los tres años, la exhumación le pareció bastante más
comprometida de lo que creyó en un principio. Pero ya el mismo momento de la
inhumación, por culpa de una inoportuna
batida de galgeros que pasó al amanecer a menos de cien metros del berrueco en
dirección sureste, tuvo que ocultar el cadáver en el maletero del Land
Rover y atravesar el pueblo hasta llegar a los corrales de su casa. En cuanto
desapareció la extraña procesión de Anubis y Centauros (parecían al alba seres
enviados para testificar ante una autoridad periodística, o cuando menos
amanuense) tras la prominencia de una parcela en barbecho, montaron el puesto
para batir, como es costumbre hasta el mediodía, varios kilómetros cuadrados.
Tenía conocimiento por algunas denuncias en el cuartelillo de la policía de que
estas prácticas no respetaban parcelas abonadas e incluso sembradas. Siempre lo
ha pensado, lo ha intentado digerir como tóxico alimento mental en su aparato
digestivo, para nutrirse de las sustancias culturales más importantes para
comprender y respetar esas costumbres que lleva a la población a dividirse y
comportarse como grupos gremiales y en algunos casos tribales, a llevar a cabo
actividades que suponen un esfuerzo de voluntad física, y a veces también
económica, en la proyección de una vocación en la fe más extremista en los
significados de iconos atávicos. De partida toda la población comprendida
aproximadamente entre los 12 y 80 años viven bajo el mismo sol informativo. El
subconsciente de estos individuos está iluminado por las mismas intensidades
variables de sublimidad publicitaria. Lo que pinchan en Google, ven en los
principales canales abiertos de televisión u oyen en las emisoras de música
industrial, se fundamenta en el argumento oficial y no menos imaginario de la
gran computadora de la evidencia liberal. La carga moral de una noticia va
dirigida en la misma proporción emocional tanto a un indigente como a un
acaudalado ciudadano que invierte grandes fortunas en bolsa. Productos de
consumo como Coca Cola o desodorantes inspirados en sutiles aromas que
rememoran en el subconsciente colectivo situaciones netamente sexuales están
diseñados para estimular el deseo de todos los bolsillos. Incluso chucherías
como una visita a la Nasa o al peor de los planetarios o telescopios se vende
con el mismo presumible resultado de satisfacción para todos los cerebros, más
o menos curtidos. La alineación en los gustos y preferencias consiste en un
fenómeno que concluye en un epílogo caótico e incomprensible, pero de origen
antidiluviano. Nadie, ni siquiera ese escaso centenar de pueblos aborígenes que
se halla prácticamente sin contacto con la civilización, debe quedarse en
tierra de nadie. Todo debe tener un nombre y por virtud la titularidad o, en el
caso imposible, la participación bajo el dominio de una propiedad. Si alguna
cosa no pudiese viajar en este Arca de la que sus ocupantes tuviesen
conocimiento, tendrían que asumir el riesgo ante la duda de que un olvido fuera
del tiempo podría sobredimensionarse y repercutir más tarde en la dificultad de
resolución de algún misterio. Un diluvio que deberíamos llamar justamente todo
lo contrario, un descampado en el que todo debe ser identificado, algo así como
una tabula rasa apocalíptica en la que todo sería triturado por una batidora
capaz de hacernos sustancia. Jugo de masas cerebrales para fertilizar la
materia más oscura y convertirla en terreno expropiable.
Este deseo
irrefrenable de alimentar el propio deseo como un fin único e ineludible es
común, pero parece que compatible con conductas contrarias a las del movimiento
(el narrador por un instante ha cedido a la tentación de creer que todo lo que
se ha escrito hasta este punto está solo en el interior de su cabeza, pero es
evidente que se equivoca, recordemos las referencias en este texto sobre la
realidad del camino de Santiago). Esto es, la cinética basada en las
peregrinaciones de fe o en las versiones de vida que asimilan el deporte. Es un
lastre de la artesanía en la empatía hacia la sangre y al sufrimiento de nuestros
ancestros ante el miedo a Dios y al diablo. Es una necesidad inexplicable de
reconocer la heroicidad en los espantosos partos, las enfermedades y las
cacerías contra las bestias para garantizar a duras penas la supervivencia. Ese
viaje por tierras yermas portando la carne podrida en las extremidades. La
imaginaria tumefacción que se produce en
todo el cuerpo poco antes de saber que el lugar que buscas no existe, y el
inminente reventón de la carne que decorará todo el inútil paisaje como único alimento
para tu descendencia. Esa que viaja contigo porque hasta hace unos instantes
continuabas creyendo que tú eras El Salvador. Tus hijos comerán tu carne
impregnada de pus, mezclada con la
tierra estéril y los excrementos y pelos de las alimañas ocultas en el fin de
tu trayecto. La alegoría de Chronos
devorando a sus hijos es en realidad para el autor de este texto una propuesta
vanguardista del pintor Goya contra el muro de la intrahistoria, más tarde
descubierta y denunciada por Miguel de Unamuno o por la americanista María D.
Pérez Murillo. Pensamos que el tiempo lo devora todo a su paso. Creemos que
miles de generaciones ya ilocalizables en esa historia del no lugar y del no
tiempo, con sus tradiciones y costumbres, han sido aniquiladas por la toxicidad
de las Historias oficiales. No es cierto del todo. Con estas actividades
gremiales y tribales descritas, los hijos, del mismo modo que las partículas
elementales reaccionan con sus antipartículas y ambas desaparecen. Se
convierten en una radiación que vigoriza el instinto de la reproducción.
Chronos se come a sus hijos como medida preventiva para preservar las claves
del misterio de su existencia y estos lo condenan al miedo eterno. Así todo, lo
orgánico e inorgánico, se neutraliza. La carne y la tierra reaccionan en el
encuentro y se buscan en la trayectoria copulativa de la física, igual que la
realidad al mismo tiempo estática y veloz de la paradoja de la flecha lanzada,
narrada por el filósofo de la antigüedad griega, Zenón de Elea. Claro que la
intención didáctica en este nivel elocubrativo (palabra no reconocida por la fértil
vaca de la RAE que ha alimentado, y que continua haciéndolo, a una ingente
lista de académicos y desde hace un revelador tiempo aquí, académicas también,
pero que el narrador, encantado por otra parte por la invención de palabras que
nadie entiende, ha decidido utilizar, además de la indiferencia y a veces por
el desprecio que siente hacia las clases cómodamente establecidas en los foros
y plataformas patrocinados por el régimen constitucional del 78, como no por la
falta de sentido desde su fonética hasta su conceptualismo) es vana para la
intervención de los protagonistas. Los galgueros son individuos que, según las
conversaciones que ha mantenido con ellos, solo buscan la repetición infinita de
la belleza subliminal de los galgos en la carrera tras las liebres. Sin
embargo, él sabe que no pueden negar que existen otras razones para ellos casi
iguales de importantes para que esta actividad se desarrolle. Abandonan muy
temprano a sus cónyuges-mujeres y los más jóvenes, a sus progenitores, en el
profundo sueño de la noche cerrada, con la certeza de que son felizmente ajenos
a los atractivos avatares que se sucederán en la rica intrahistoria sin
posibilidad de registrarlos en ningún lugar y poder corroborar que gracias al
mantenimiento de estas habituales y obtusas prácticas tribales, la Historia
Oficial podrá ser narrada por historiadores contratados y por lectores y
oyentes versados en lo que ellos piensan que es sin más la Transversal Inopia.
Tal intrahistoria se la pierden estos cónyuges-mujeres y estos progenitores
perdidos en otro lugar, para que el lector de este texto pueda entenderlo, en
una de las miles de realidades paralelas que tienen efecto en dicha Inopia. Sus
emociones y sentimientos escapan del control de la publicación de la “la
opinión pública”. A estos sujetos les resulta indiferente calzar zapatos, vestir ropas pasados de moda o ajenas a
cánones estéticos reconocidos, leer textos dirigidos a grandes masas de
millones de posibles lectores, ver películas concebidas para dejar al
espectador estupefacto, con cara de un chihuahua en un primer plano de un GIF
gracias a las últimas tecnologías en efectos especiales, comprender, a pesar de
la participación en distintas redes sociales, que las noticias de los
telediarios y la prensa digital, se enuncian según los intereses económicos de
los emisores. Hasta les resulta indiferente, desde un punto de vista funcional,
si sus modos de vida pueden verse afectados por el efecto de ese término de la
“globalización” que ya han oído hasta la saciedad y que para ellos no es mayor
enemigo que el concepto genérico de la muerte. A fin de cuentas piensan que a
pesar de la globalización o la muerte como metas inevitables, deben vivir
intensamente sus experiencias intrahistóricas. Están obligados como por una
orden atávica a vivir ignorados con el consuelo de saber que una vez muertos,
nada de lo que suceda en este mundo podrá perturbarles. Él conoce muy bien cómo
piensan y qué desean. Él cree saber demasiadas cosas que en el fondo no le
interesan. Pero tan solo es eso, que cree saberlas. Porque lo que de verdad le
interesa le está vedado conocer. Estos detalles sobre el comportamiento humano
inmanentes a la postmodernidad de manual son la molesta cacharrería que uno
debe soportar en un ámbito doméstico para compartir con los demás y que él debe
disimular si quiere continuar controlando las emociones y los sentimientos de
este colectivo al que nunca ha mencionado públicamente como lo que siente, como
una turba llena de privilegios. domingo, 12 de abril de 2020
jueves, 26 de marzo de 2020
BUENA MUERTE PARA EL CAPITALISMO
En el orden social
narrado por los medios de comunicación es una constante la compulsión hacia la
vida política, hacia la observación permanente de los avatares de los partidos
políticos y sus líderes. Prácticamente, a través del uso de un filtro que
depura la sustancia de las cosas más importantes en el actual modo de vida, no queda nada fuera de la arena de la
representación ciudadana. Podríamos compararla con las partes de un todo. Desde
el precio, aspecto y sabor de una simple pieza de pan, hasta la (naturaleza) de
una OPA dirigida a un círculo selecto, todo está politizado. Biopolitizado,
dirían algunos teóricos, que para desgracia de quienes más sufren las
consecuencias de la realidad, catalogan y guardan conceptos con la intención de
venderlos al mejor postor en el mercadillo restringido de sus currículos y
tesis. No es difícil imaginar que las poderosas y experimentadas huestes que dirigen
la economía mundial sean sus más rentables clientes.
En cualquier caso, y en esto se basa la
paradoja cruel de nuestras ilusiones, en la utilización de la representación
ciudadana, podemos pensar que todos participamos en el gran espectáculo que
vemos y oímos a diario. Incluso podríamos trascender que somos capaces de
captar en su deleite el sublime mensaje de que con el ejercicio del voto cada individuo interactúa en la narración como si de un “Deus
ex machina” se tratara.
Es una falsa realidad. Tiene el mismo efecto
que acercarte a una inmensa hoguera y arrojar en ella un haz de leña y de
inmediato salir huyendo. Dejamos nuestra voluntad como huella luminosa que se
perderá más tarde en la incesante combustión de la materia, es decir, arderá en
vano en la inflamable voluntad colectiva. Aunque no deja de ser cierto que una parte
ínfima del ejercicio está relacionado con la vida privada de los ciudadanos y
su voluntad, el resultado es un vano deseo, ya que se encuentra secuestrado a
causa de las preguntas capciosas y el ruido de los partidos de la oposición y
sus plataformas mediáticas adeptas. Dicho
de otro modo, se simula que el control a
los gobernantes tiene efecto mediante el ejercicio de la democracia cuando la
causa es la deformación de la realidad por unos intereses puramente
partidistas, y por supuesto corporativistas.
Parafraseando el
termino en su ámbito jurídico tal “compulsión”
es promulgada desde la maquinaria de las instituciones del Estado y estimulada
por las inversiones privadas con la intención de que nadie escape de los
intereses que se generan por la participación en dicho espectáculo.
En las lides de este
panorama social las diferentes facciones prácticamente continúan utilizando los
mismos idearios centenarios y su correspondiente simbología. La narrativa de la
nueva epopeya política, por decirlo con tintes que dan pistas de su perfil
histriónico y espectacular, continúa haciéndose eco de las antiguas formas de
organización ideológica y política. De este modo todas las partes se encuentran
perfectamente identificadas y asimiladas en la atávica educación de cada uno de
los votantes y consumidores. Así todo parece fenoménico y trascendente, todo
parece determinante y de consecuencias inmediatas, pero es justamente lo
contrario. Como una rueda que se mueve veloz sobre un eje suspendido lo único
productivo es la energía generada por su movimiento por y para los inversores,
puesto que la rueda no se mueve en ninguna dirección y su movimiento es
centrípeto.
La pregunta que deberíamos
hacernos, en relación a aquellos votantes y no votantes que han entendido los
hechos hasta aquí narrados, es cómo optimizar dicho movimiento en beneficio de
quienes se supone que lo legitiman, o sea, a favor de la mayoría humilde que
participa sin intereses directos o inmediatos, tal vez con el antifaz invisible
de la esclavitud en el sufragio infinito con el que se construye tácito el
laberinto del Bienestar. Sin embargo, a los buenos entendedores les sobran las
palabras. Puesto que nada existe actualmente en el mundo que tras un breve
análisis pueda considerarse legítimo ni tan siquiera justo. En la causa y el
efecto de la globalización queda demostrado que la aplicación del
“utilitarismo” nacido de la mano de teóricos como Stuart Mill o Bhetam agrava aún
más las diferencias entre las personas como depósitos de beneficios en todos
los ámbitos que las Constituciones y modelos que los gobiernos más avanzados
reconocen. Los resultados jurídicos, éticos, y económicos individuales siempre
han ido a remolque del bienestar de la mayoría, sin importar demasiado la
discriminación inevitable, casi invisible y progresiva de las minorías, que en
sus sumas representan a una parte de la población como mínimo igual a la que representa la mayoría. La
justificación en la base de tal utilitarismo era de orden político, pero una
vez superados ciertos experimentos totalitaristas el mecanismo del bienestar de
la mayoría está a merced del desarrollo salvaje del sistema capitalista. Con él
la justificación de los derechos básicos y fundamentales en las Constituciones,
Cartas Magnas y Declaraciones internacionales son inocuas propuestas y buenas
intenciones que quedan en segundo plano por el bien “utilitarista” del
crecimiento económico mundial. La utilización del argumento principal es
unilateral, y así se defiende la motivación que excluye a los votantes menos
favorecidos con la máxima “Para que el dinero y las oportunidades que este
genera puedan democratizarse la capitalización debe llegar a todos los rincones
del mundo”
Un bien dirigido por una pequeña capa de la
población, es decir, una élite, decide el volumen y la dirección de las
inversiones económicas siempre con la garantía de que la población es la
garante y ellos los principales
beneficiarios. Para que esto suceda con éxito es fundamental que la
rentabilidad de fondos públicos sea menor a los privados. De este modo el
Estado es siempre subsidiario a la idea capitalista. Incluso aplicando
inclinaciones solidarias con los más desfavorecidos como la corriente
capitalista de nuevo cuño “stakeholder capitalism” con la que los inversores y
beneficiarios nunca deben desatender cuestiones básicas como la sostenibilidad
del planeta o una vida digna para todos, los derechos y sobre todo la
inteligencia universales siempre estarán condicionados y a merced del control
de la principal fuente de recursos, la de las ineludibles élites.
Entonces, en este
panorama en el que el método de la democracia es una vil trampa entre bastidores de la compulsión narrada, ¿qué
hacer para que los menos favorecidos no caigan en el horrible error de la
negación a sí mismos? ¿Qué argumentos asertivos les hace pensar a estos sujetos
que el partido político por el que se decanten va a defender con firmeza sus intereses
personales?
Tal vez, al menos
actualmente y como mínimo a medio plazo, el imperativo demográfico en la
inevitable existencia del abanico de facciones evocadoras sea suficiente
acicate para garantizar un mínimo de medidas solidarias entre los menos
favorecidos. La evidencia es suficiente para comprobar que tales medidas no
cubren las necesidades vitales de una cantidad vergonzosas de almas, y que ni
siquiera el Estado es capaz de actuar desde la caridad y la beneficencia. Estas
funcionan casi siempre desde una
motivación de individuos particulares y asociaciones y organismos privados. Nos encontramos aún muy cerca en el tiempo de
los grandes sacrificios colectivos e individuales por la justicia social, el
tiempo de las huelgas y levantamientos populares y las matanzas y las
represiones como respuesta del poder. Tan cerca que todavía continuamos
asociando ciertos discursos y símbolos con los valores morales que condujeron a
los humildes a una situación inimaginable hasta hace apenas un siglo. Gracias a
esa fuerza salvaje e imparable los derechos sociales que ahora disfrutamos se
hicieron realidad. Tuvieron que sufrir y morir tal vez millones de personas
para que podamos, al menos en el mundo desarrollado, disfrutar de esta
situación; (desde luego el apunte del “mundo desarrollado” es mucho más que una
mera observación, pues lo dice todo acerca de la incapacidad de justicia universal y valores éticos, o al menos solidarios, de las
actuales capas sociales progresistas).
Los humildes están
bien cogidos por el cuello. Tanto que han acabado acostumbrándose a no
respirar. Aleccionados con las azarosas y casi siempre malas noticias
mercantiles se han habituado a vivir con lo puesto y ya no ansían más galas que
las que heredaron de sus abuelos. Por miedo, y muchos también por ignorancia,
renuncian a llevar al testigo en la carrera revolucionaria, y la mayoría de las
veces también de justicia, que distribuya la riqueza. Para ellos la revolución
por el bienestar se hace en los gimnasios de sus barrios. No necesitan aire para sentir la libertad del
viaje. Para vivir les sobra con el
tiempo. Ese que las élites saben muy bien optimizar. Viven sin aire y, según
sus cósmicas percepciones, con mucho tiempo para esperar el gran milagro del Hacedor
que dé un vuelco a sus destinos. Es decir, representan, con una incongruencia
casi imposible, a la población con mayor capacidad de resiliencia. Ejemplifican
el poder de la condición humana para adaptarse a la adversidad y a la paradoja
de la autoregulación por el bien del corpus político de la civilización.
Sin embargo, con
independencia de sus niveles educativos y culturales, como dicen también esos
protegidos teóricos de las élites, humildes “glocales”, nada o casi nada saben
de sus cegueras y sorderas. Tal vez a causa de la apnea permanente padezcan
estas incapacidades, pero de algún modo, a pesar a los condicionantes de la docilidad y el servilismo todavía pueden
escuchar un finísimo y débil hilo de voz que les dice que la compulsión narrada
por los medios de comunicación tras el velo de una imaginaria y deformada
legitimación del pasado no les garantiza la eficiencia del voto. No son
conscientes de que lo único que conocen y sobre lo que pueden ejercer
influencia es en el marco de sus “yo y circunstancias” en sus correspondientes intrahistorias. A todo
lo demás pertenecen sin posibilidad real de manipulación. De momento la
voluntad de los hombres y mujeres de edad con derecho al voto solo son
concernientes a la productividad que ejercen en el sistema político (económico)
al que pertenecen. Sin embargo, el movimiento desde abajo si es suficientemente
fuerte puede hacer vibrar allá arriba. La correspondencia es un principio
demasiado arraigado y, sin embargo poco observado en la historia de la
humanidad. Sin intrahistoria no hay historia oficial. En sentido inverso a la
evolución en el cerebro del ser humano, sin psicomotricidad fina es imposible
contemplar la psicomotricidad gruesa.
Solo si los humildes
dejasen de mirar ansiosos las alturas podrían valorar los factores
condicionantes que unen íntimamente la correspondencia y la distancia entre los
de arriba y los de abajo. No es cuestión de derribar las altas torres, pues
como ya hemos analizado sus escombros los aplastarían. Lo natural y más
inteligente es, ya que el desarrollo de la reciprocidad entre las
distancias es constante e
ininterrumpido, buscar los hechos más sencillos de la intrahistoria que puedan
inducir igual que en un efecto dominó vibraciones que, aunque en realidad
pueden ser por causas ajenas, no las sientan allí arriba como cosa extraña.
Moverse en las profundidades sin apenas aire, sin que descienda el nivel de
oxígeno en las alturas. Allí no se darán cuenta que los de abajo continúan con
el juego capitalista pero sin creer en las reglas del juego. Nunca imaginarán
que la fuerza de un deseo, de una voluntad cuya envergadura desconocen los
propios sujetos que la ejercen, pueda hacer tan posible y potente una vida casi
sin aire, una fe proyectada en la nada capaz de germinar poder en la ausencia
de materia.
Esos millones de
votantes que viven desprotegidos en el mundo, y sin una jurisdicción
internacional que ampare sus derechos como colectivo ante la globalizada
patronal, pueden cambiar la historia con la sencilla actitud de valorar por encima
de todo y confiar en las personas con las que trata a diario y que siempre e
inconscientemente han considerado intrascendentes y secundarias. No se trataría
de la aplicación de bases de sociedades o religiones, puesto que las
estrategias de estas organizaciones para proteger sus intereses son urdidas desde
el oficialismo, sino de una transformación del sentimiento; primero de
cansancio y luego de rechazo hacia la superproducción y el consumismo, y como
consecuencia se encontrarían con el hallazgo inesperado de un ”¿sistema
económico?” fundamentado en la estrecha colaboración horizontal que garantiza
resultados positivos con la aplicación de un mínimo de confianza en los
depositarios de sus intrahistorias, a quienes en realidad conocen y viceversa.
Pueden pasar incluso
años antes de que los principales inversores internacionales tomen iniciativas
cuando comprendan las dimensiones del cambio de poder tras el desarrollo de
esta fenomenología, como por ejemplo restringir los accesos a internet, o desconectar
la red eléctrica, e incluso negar a la población las distintas fuentes de
energía. Pero para entonces ya será tarde. El capital, omnipresente y
omnipotente, mostró su identidad y verdadero rostro, y creó al menos una
generación digitalizada para que diese vida a su obra cumbre, la inteligencia
artificial. Esta generación mostró las bases del saber que sustentan al
Capital, al menos en el grueso de la ciencia, a su descendencia, con tanta
suficiencia, que será imposible impedirles el autoabastecimiento y la defensa
de los elementos necesarios para vivir, incluso para, quién sabe,
prosperar.
martes, 14 de enero de 2020
SACIEDAD (ZOOS XVII)
Una de las hipótesis que podría explicar la aparición
del brote la encontraríamos en la constante que ha acompañado al ser-humano en
casi todas las evagaciones anteriores, en su innata capacidad para vivir
cabalgando sobre el miedo. En cualesquiera de las decisiones y ejercicios que
conlleva sus ejecuciones, antes, mientras o a posteriori de la transformación
del deseo o incluso de la necesidad que los motivaba en una meta inevitable, hubo
siempre una contraindicación, o al menos una leve variable emocional que le
hacía dudar al individuo, ya fuese por empatía con los sentimientos y emociones
“del otro” o por la menesterosa medición de las propias posibilidades de éxito.
Esta cuestión condicionante era simplemente la incertidumbre de no saber nunca
cuándo y cuántos daños o perjuicios indirectos podían presentarse tras la
transformación o la inalterabilidad de
la ejecución de sus deseos. Podríamos
decir sin equivocarnos que la gran tradición de ir hacia la apropiación de los
objetivos materiales e inmateriales que se consideraban de derecho para el
desarrollo de la autoestima personal como una ejemplificación pedagógica del
bien común, estaba falsamente fundamentada. No es posible realizar el bien para
la comunidad partiendo de traumas como el empeño de alcanzar el objetivo del
liderazgo, aunque fuese con tintes filantrópicos, a pesar de los daños
colaterales que se ejercen sobre “el otro”; así como tampoco la aceptación de
doctrinas, ideas o tecnologías desconocidas por la comunidad. La fractura que
se origina sobre el espacio en el que tiene lugar estos fenómenos da lugar al
paroxismo de sufrir al mismo tiempo el nacimiento y la muerte, la mutación de
un semoviente sagrado y productivo en un símbolo obsoleto y el miedo y la
desconfianza ante la cosificación inédita como artificio al que se le debe
obediencia si quieres adaptarte al medio.
Los humanos,
en una actitud erosiva y de agotamiento ante el miedo, que le abocaba a la
atonía mental, no supieron o no pudieron hallar otra salida a miles de años de
continuos enfrentamientos. Con ello, el sufrimiento de la comunidad ante la
impotencia de no poder proteger a ninguno de sus miembros, incluidos sus líderes
más poderosos (especímenes por otra parte, que, a pesar de la seducción que han
ejercido sobre individuos incapaces no ya de encontrar sino de buscar caminos
en la dirección de sus vidas, jamás
pudieron demostrar que sus virtudes perdurarían traspasando los filtros de las
generaciones de individuos desconfiados ante la legitimidad del poder),
debilitó tanto al vigor de las masas que estas acabaron mimetizando los
procedimientos adoptados por el individuo depresivo, en apariencia abatido,
desanimado, enervante y melancólico, pero en realidad cimentado sobre la
ascendencia de sus antepasados y el inapelable veredicto de la naturaleza. Tal
como apuntaba Cirlot en su entrada del diccionario de símbolos sobre la carta
sin número del Tarot, el loco es representado con su pierna izquierda (el
inconsciente para el autor) mordida por un lince blanco; esta mordedura es un
residuo de lucidez (remordimiento). Esto no le detiene, antes le empuja hacia
adelante, hacia el fondo, donde aparece un obelisco derribado (símbolo solar,
logos) y un cocodrilo dispuesto a devorar lo que debe retornar al caos. Todo se
corresponde con una ciega impulsividad y con la inconsciencia. Para otro autor,
Schneider, al Loco se le relaciona con el bufón. Para él en las ceremonias y
ritos medicinales médico y enfermo intercambian el rol de “loco” y reaccionan
por el delirio, el baile y las “extravagancias” para invertir el orden maligno
reinante. Este personaje está demasiado alejado del Loco, de la locura que se
apodera del mundo en la IX evagación. Las víctimas de la pandemia no son
dinámicas y mucho menos creativas. La locura, la privación del juicio, la
aparición de lo anómalo y de la sorpresa no sopesó nunca otra solución de
continuidad que no fuese el suicidio. De lo que se infiere que no se trataba de
una continuidad precisamente de la especie humana. Tal vez en la inconsciencia
de los individuos de esta fase se encontrase una algoritmia tácita que los
condujo como única salida a la pasividad más extrema. A una calma exclusiva que
solo la locura puede ayudar a comprender. Pero no debemos equivocarnos con esta
sustantivación. La calma referida es el nombre que mejor se aproxima a una
inactividad jamás conocida en las relaciones grupales. Cualquier ser humano
capaz de retirarse del mundanal ruido no mucho más de cien años antes de la
pandemia, y regresar aún con mínimo de lucidez, nunca habría dado crédito a lo
visto. Presumiría que la humanidad habría sufrido un envenenamiento
irreversible de orden neuronal o una hipnosis como arma de guerra inducida por
seres de otros mundos. Nunca pensaría que la droga maldita la lleva consigo él también
y se halla diluida en su sangre desde un inopinado e hipotético pecado
original. Algunas voces analistas dijeron tras esta fase que tal vez ningún ser
humano contemplase en su conciencia la posibilidad de culminar en suicidio todo
el proceso. Quien o quienes narran, o el procesador y acumulador de textos
competente para darle forma a estas miles de palabras con una voluntad o al
menos una volición crítica perdida dentro de la nube, salieron indemnes para
satisfacción tal vez de algún lector, o quién sabe si ya ninguno, que quisiera
o pudiera jactarse de ser fiel seguidor de la supremacía de todos los aspectos
culturales que fueron y continúan siendo
contagiados por la dilatada tradición judeo-cristiana. Pues tras la IX evagación, la política y el
pensamiento, si es que se le puede adjetivar de este modo a las prácticas que
se aplicaron, entraron en una dinámica retroactiva en la que los conceptos de
la justicia y lo divino importaron para el fuero interno colectivo tanto como el reglamento futbolístico.
Podríamos inferir de esto que lo trascendental siempre fue, no un objetivo de
búsqueda, sino un juego de actitudes para evitar precisamente el fatal
aburrimiento de la depresión
hipocondriaca, para mantener alejada la impertinencia subversiva del suicidio
entendido como un derecho sencillo y natural que todos los seres humanos tienen
por oficio, por el aporte genético que él mismo ostenta y declara sin la más
mínima voluntad de poder. Nada podría entonces en esta dimensión conocida o
desconocida del universo, vivir por y para sí mismo. Nada en el juego de
actitudes podría ser creado sin interferir en su realidad circundante. Y por
supuesto se produjeron muchos suicidios, millones de suicidios, ante todo sin
violencia, sin precipitación ni ansiedad. Muertes indolentes, en una desidia
general en la que ni el pudor que siempre había sentido los individuos hacia la
carne podrida, los excrementos y los cadáveres, aparecía como señal de rechazo
a la autoaniquilación.
La gente se
dejaba morir como vegetales faltos de agua, de oxígeno o minerales, con tal de
omitir la más leve pugna contra sus congéneres por el alimento. Morían en los
espacios públicos, en sus hogares, en los vuelos intercontinentales y hasta en
los desplazamientos en autobús o en sus propios vehículos por breves que
aquellos fueran. La aceptación de la culpa a causa de la provocación de
accidentes formaba parte en la asunción de la pandemia. Todos (o nadie)
suponían que por el bien común el ritmo de las actividades y los trabajos debían
continuar a pesar de las contraindicaciones de la enfermedad. El personal
sanitario, a pesar de la depauperación en la que se hallaba se enfrentaba a
situaciones mortales en arriesgadas
operaciones de cirugía. Prescribían incluso medicamentos incompatibles si los
enfermos lo solicitaban. Los peatones eran atropellados en un paso de cebra si
un segundo conductor sentía un mínimo de empatía por aquellos. El criterio
principal era evitar cualquier atisbo de competencia. Miles de ascensores
cayeron al vacío por culpa del exceso de pasajeros. Un día, sin explicaciones,
ni acuerdos, ni notas oficiales de prensa, la gente dejó de acudir a los
estadios deportivos y canchas cubiertos. Los árbitros eran incapaces de poner
orden en los juegos de equipos. Ambas combinaciones decidían en plena
competición que lo mejor era hacer el
juego ofensivo todos contra la misma portería o la misma canasta. La hinchada
se alegraba por los mismos goles o puntos y se abrazaban en una comunión fácil
e intrascendente, según se mire. Algunos, extenuados y debilitados por la
desnutrición, continuaban practicando deporte, porque así lo llevaban
registrado en sus manuales de costumbres para una vida más sana. Otros, quizá
también por las mismas razones de manual, no interrumpían sus rezos y plegarias
a sus dioses. Con esto último podríamos hacer un análisis exhaustivo del porqué
el más allá y la salvación es más inalcanzable que nunca cuando sus acólitos y
lazarillos no se hallan en el aquí y ahora. Las sesiones parlamentarias en las
cámaras y plenos fueron poco a poco sintetizándose hasta acabar siendo efímeras
comparecencias de las grupos gobernantes ante el vacío de ninguna oposición. Claro
que ésta resultaba intrascendente que asistiese o no, ya que las propuestas y
órdenes se aprobaban en la línea de intereses de ambas partes. Es decir, con
los argumentos y bajo la interpretación parcial, exclusiva y personal del primer parlamentario
al que se le ocurriera hacer cualquier propuesta. Las leyes y enmiendas eran
ajenas siempre a los intereses del pueblo. A ningún ciudadano se le ocurrió a
partir de un momento determinado importunar, y mucho menos presionar a ningún
agente político, con alguna demanda. Cuando ya no hubo ningún gobierno,
representante de los mismos o señales de su omnipresencia, que tuviesen que realizar ante nadie la
interpretación del ejercicio del poder, la humanidad fue como un inmenso
almacén de frutos en el que la putrefacción se extendía en todas las
direcciones. Todos eran portadores del virus de la locura y al mismo tiempo
todos estaban expuestos a un contagio más severo. Un proceso de
autoaniquilación irreversible, una determinación colectiva que abocaba a todos
a convertirse en cuerpos estáticos e inermes en el museo más inmenso jamás
pensado. Todo estaba dispuesto para que miles de millones de piezas catalogadas
alcanzaran la muerte y después la descomposición orgánica, pasando por alto el
significado de dignidad que siempre habían tenido las incineraciones y las
inhumaciones, con una finalidad estética sólo soportable por seres enfermos de
locura contra la propia locura. Todo por una medida desproporcionada del
suicidio contra el egoísmo y la maldad ingénita del ser humano. Todo como si se
tratara de exposición final y definitiva en el laboratorio universal de las
formas de vida sobre la impotencia de la especie humana ante la evidente
realidad de odiarse a sí misma. La
coartación del instinto de supervivencia y del auxilio al prójimo tenía una
intensidad tan fuerte en la enfermedad que ni el amor congénito lograba
insuflar el más mínimo estímulo contra el inmovilismo. Padres e hijos se
reconocían y se amaban durante las primeras etapas del contagio, pero a pesar
de sentir todos ellos los sentimientos instintivos de identidad tribal y de
protección, y de, en un primer momento
actuar ante el peligro, parecían paralizarse ante la imposibilidad de romper un
muro invisible que los persuadía de demandar comida o medicinas, y hasta de
lamentarse ante el desastre inminente. Tampoco el amor pasional, y fraternal
eran fuertes como antídoto. En estos dos tipos de amor, uno por los poderes
irrenunciables al deseo y el placer, y el otro por la hegemonía del liderazgo,
hay excesivos lances para hacerse con el papel dominante, roles intercambiables
bien definidos que conducen
inexorablemente a la práctica de la competitividad por la hegemonía.
Muy al contrario
de lo que ocurrió en los procesos de infección de otras pandemias anteriores,
en la de la fase IX no hubo carencias en los almacenes de alimentos, ni tampoco
se colapsaron los suministros de energía. Las actitudes de antaño ante el miedo
no se produjeron y, como consecuencia, todos se dejaban estar sin cubrir las
necesidades más básicas ante el despropósito de interferir en los sentimientos
y las emociones del prójimo. El decálogo de los mandatos de las iglesia
cristianas a sus fieles se encerraba a su vez de repente no en dos sino en
tres. A los archiconocidos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas y al
prójimo como a ti mismo” se le sumó “No perturbarás ni siquiera en los más
superfluos e ínfimos detalles las zonas de confort de los otros”.
domingo, 1 de diciembre de 2019
NACIMIENTO
Sintió que algo
no iba bien
Una vez más
la absurda e inopinada sensación
horadaba su
cerebro igual que
la aguja
enhebrada zurce por enésima vez
el calcetín
roto
Cuando
sintió el calor del agua caliente
en la base
de su columna se percató
de que no
sabía por qué se estaba dando una ducha
Todos se
habían marchado y como siempre
habían
dejado la casa patas arriba
Después de
cada una de las últimas
reuniones se
había hecho la misma proposición
Si deseaba
rodearse de amigos
podía
citarlos en un restaurante
o en
cualquier otro lugar público
Pero sabía que
sólo acudirían unos pocos aburridos
La mayoría
solo está cuando hasta sus
deseos y sus
pensamientos se les sirven gratis
Se dijo que
la Sensación-de-que-algo-no-iba-bien
debía ser
condición sine qua non en el estado de
gracia
natural del ser humano
como un
factor capital en el corpus de las actitudes
indispensables
para su supervivencia
Es decir,
una emoción ordinaria orbitando al milímetro
alrededor de
un sentimiento extraordinario
En todo caso
la cuestión no era esa
El
interrogante para la ocasión aparecía tras su soledad
En las
sombras del miedo a sí mismo y sus terminaciones
Le daba
pánico pensar en la posibilidad de aislamiento
No tenía
motivos para arrastrarse ante todo el mundo
por esos
humores penosos e inútiles porque,
además de
ser autor junto a su mujer de una profusa prole,
pertenecía a
una fértil progenie que le requería a todas horas
Entonces, ¿por
qué mierda tenía esta sensación de obtusa filantropía,
de un
principio misántropo sin aparente razón alguna?
El agua que
se precipitaba y rodeaba sus pies
parecía más
transparente, más fluida, con un brillo único
en el juego
de luces led y las del alba que había despuntado,
más
agradable al tacto que de costumbre, más salubre
para los dos
millones de dilatados y fotoenvejecidos poros,
más templada
para calmar sus permanentes deseos de exceso,
más
terapéutica para concluir en paz la dilatada jornada
Pensó que su
cuerpo no suponía ningún obstáculo para el agua
El líquido
se deslizaba y se adaptaba a las formas de su cuerpo
Escapaba
igual que la presa curtida escapa del predador inexperto
Acabaría la
ducha y sus pensamientos
escaparían
también por el agujero
Después
dormiría
Tal vez con
un poco de suerte el sueño
resultaría suficiente para modificar
al menos el
orden de sus miedos
Quién sabe
si cuando despertara no estaría
asistiendo a
su propio nacimiento
lunes, 28 de octubre de 2019
IX EVAGACIÓN (ZOOS XVI)
Al final de la
VI fase de evagación, en el periodo del máximo bloqueo creativo de la
humanidad, tras las anteriores, todas ellas condicionadas por las
circunstancias contrarias e incompatibles de la organización y la
supervivencia, la violencia alcanzó su máximo apogeo. Todas las fases
primitivas y convulsivas, incluida esta última, fueron necesarias para alcanzar la IX, la
definitiva del estado de gracia llamada por la plebe Fase de la locura, y por
la comunidad científica Fase Génesis. Las fases del paleolítico, neolítico,
antigua, medievo, moderna y postmoderna resultaron evagaciones tormentosas en
cuanto a la elección ineludible de la violencia y la justificación ante el
concepto de Dios y los propios hombres para la convivencia entre los individuos
y los pueblos. En la IX fase dicha violencia quedó superada y obsoleta ante el
uso de una especie de indiferencia. Las actitudes egoístas comenzaron a
neutralizarse con lasitud y apatía a causa tal vez del cansancio acumulado y de
algún modo codificado en el adn de las mujeres y hombres. Se alcanzó la más
absoluta parálisis en todos los casos de desacuerdo que pudiesen desembocar en
la más nimia disputa. En cuanto comenzaban las manifestaciones de competencia,
las partes enfrentadas buscaban dentro de sí mismas los motivos que les
empujaban al litigio, e inmediatamente afluía un sentimiento de animadversión
hacia el ser interior o la identidad del que emanaba el veneno. Era como si la
humanidad como un todo viviese de repente dentro de una gran estructura
hermética en la que era imposible que nadie causara el mal a nadie. El menor
resentimiento o rechazo se quedaba dentro haciendo todo el daño posible y
dirigiéndolo al lugar más recóndito. Se
llegó a un estado general de inocuidad y de meditación encubierta. Pero en
realidad se había llegado al momento en el que la humanidad perdía su relación
umbilical con la idea del Yo. Se puede decir que estaba teniendo lugar una
regresión de la idea de Personificación. El diálogo del que había nacido
primero la Filosofía y después todas las disciplinas del conocimiento llegó en
la VIII fase a su máximo desarrollo. La personificación del individuo con las
metamorfosis de la naturaleza, con el politeísmo, el monoteísmo y el ateísmo se
enmarañó hasta colapsar la identidad como método único de presentación de unos
ante todos y todos ante uno. ¿Y la ciencia? Esta no ayudaba ni aportaba ningún
bien a la vida en común. Había tomado un camino hacia no se sabe dónde. Había
abandonado a la humanidad para dedicarse exclusivamente a explorar nuevos
mundos y aprender de qué estaban hechos. Pero en cuanto a las, por decirlo en
el mismo contexto epistemológico, ciencias sociales, los conocimientos más
avanzados y sofisticados las habían abandonado a su suerte. La gente debía
seguir luchando afanosamente por la supervivencia, y el hambre por el poder y
las influencias continuaban siendo iguales que desde los inicios de la primera
fase. Una decisión tácita, prescrita desde un punto de vista nihilista pero no
por ello menos pragmático ante la realidad, condujo a la desintegración del Yo.
Dentro de esa inmensa nave que era el capitalismo no cabía nada que no fuese
productivo. Pequeños grupos liderados siempre por carismáticos personajes
hiperbólicos, algunos santos y santas en el sentido de la abnegación y por la
intensidad del altruismo, intentaron durante más de seis siglos escapar de las
reglas del sistema económico y político. Fueron tantas las nomenclaturas de
denominación como novedosos los modelos de reciclaje de sus programas éticos e
incluso religiosos. Pero nada de lo que hicieron pudo cambiar la velocidad de
la nave que, para todos los pensadores siempre fue excesiva y al final se comprobó
que era propia, de crucero, irrefrenable. Fue una trampa que se tendió sin
pretenderlo el sistema a sí mismo. Jamás pudo ser considerado que el
sufrimiento y la impotencia podrían desembocar en una radical parálisis en el
modus operandi de la conducta humana. La experiencia en la psicología de masas
arrojaba resultados en los que el fenómeno de la ignorancia podía llegar a
cotas insospechadas de aturdimiento y autoengaño en amplias zonas de la
población mundial. Sin embargo, nadie sospechó que la manipulación de la
información y en concreto, la inventiva de aseveraciones perfecta y vilmente
argumentadas, que producían pánico como
consecuencia de futuras amenazas entre naciones e incluso entre continentes
enteros, o que embargaban temporalmente a grandes masas ante el anuncio del
agotamiento inminente de alguna materia prima u otra de la que dependían
millones de clientes y consumidores, con el
consectario engaño de los inversores era el de presentar una sustitución
del producto por otro más rentable para los poderes establecidos. Nada nuevo,
por cierto, en la historia, pero sí en
su perpetuidad sin el menor efecto subversivo como si había acontecido en otras
fases con caídas de imperios ante culturas distintas, o con revoluciones
sociales y políticas. Cuentan que el nacimiento de la geoingeniería nació como
una ficción de serie b en los inicios de la VI fase. En todas las fases la
propagación de la desinformación y el bulo se ha practicado desde ambos flancos
de actuación del buen habitante. Desde el flanco protector o amigo y también
desde del enemigo. Las falsas noticias son tal vez las mejores armas de
destrucción a largo plazo. Tanto se practicó la mentira que la verdad, entendida
como el producto más deseado para poder encontrar la paz y la prosperidad, fue
rechazada con la misma convicción y desconfianza. Donde aparecía algún atisbo
de verdad todo el mundo se aprestaba a sembrar la mentira, del mismo modo que
la muerte siempre hace acto de presencia allí donde llegó antes la vida. Para
mayor agravio, la significación de vivir a la velocidad de las verdades y las
mentiras produjo una desvinculación
total con la naturaleza, o con lo
poco que quedaba de ella. Tanto se falseó sobre la verdad y la mentira que los
recuerdos más profundos sobre la llamada intrahistoria, sobre las cosas que se
hacen y se nombran sin mediar ningún cuestionamiento, cosas tan importantes y
elementales como el intercambio de opiniones, o los inevitables actos de
tolerancia ordinarios en la vida diaria entre individuos competidores con los
mismos intereses y del mismo gremio, cosas tácitas y virtuales como las
herencias y hasta las daciones de enseres y minucias entre padres e hijos,
desaparecieron y la convivencia tradicional cobró las características del
enfrentamiento sin ambages. Esta guerra de todos contra todos, en lucha hasta
por los reductos menos sustanciales para la vida e intrascendentes para los
principios fundamentales de la tolerancia y la concordia, condujo a una
pasividad colectiva total, a un bloqueo pandémico de tales dimensiones que las
personas prefirieron morir antes de inanición que supervivir con el argumento
del super yo contra el prójimo como principal móvil de la existencia. Aquello
que durante miles de años se proclamó como egoísmo sano, como una bendición
divina y hasta humana, se repudió como causa indudable que empujaba a la
humanidad a su autodestrucción. Tal concepto de egoísmo constructivo se
interpretó paradójicamente como el motor
que condujo a la nave de la historia hasta despojarla de virtudes y
atributos hasta reducirla a una inmensa balsa gobernada por verdugos y
antropófagos. Ni Géricault cuando imaginó las desventuras y atrocidades en su
pintura pudo sentir tal escenificación de la desesperación humana. La IX fase,
la de la locura, la de un renovado Génesis para la ciencia que pudiese soportar argumentalmente
el pasado de nueve fases destructivas de evagación, podía resultar perfectible.
Según la comunidad en cuestión podía superarse el apocalipsis y evitar la
designación oscurantista de Babel Celestial. La pérdida del control con la
autodestrucción total suponía un precio demasiado alto para dejarlo en manos de
la fe, objeto a fin de cuentas siempre analizado y cuestionado como herramienta
útil para hallar el sentido de la condición humana. El loco y la loca, como bien señala Cirlot en
la entrada de Loco, El, en su diccionario de símbolos, son ambos sustitutos de
las victimas del sacrificio. Esa inmensa parte de la humanidad, la que no ha
tenido más remedio que hallar soluciones como las de los osarios y crematorios
para localizar la veracidad de su descanso eterno, el código del paso por este
mundo que conocemos, enloqueció y según se cree la determinación se encuentra
en una negación radical como exclusivo método para seleccionar a una minoría
selecta de individuos que sean capaces de vivir sin preguntas que pueden
comprometer la estabilidad del tiempo presente. La contemplación del tradicional
y angustioso futuro era una maldición con la que principalmente se visionaba la
muerte del individuo como medida de recompensa de una vida eterna. Es el último
arcano del Tarot y no dispone de numeración. Es una Carta exclusiva, como no
podía ser de otro modo. La figura aparece con un Lynx Pardinus pero con la
rareza de ser albino mordiendo su pierna izquierda. Según Cirlot esto podría
significar que aún conserva un resto de lucidez, pero que lejos de devolverle a la luz le empuja hacia
adelante, si cabe con más lucidez hacia
la locura. Durante todas las fases de evagación la locura molestaba para un
normal funcionamiento del poder. Solo cuando el propio poder se percató que sus
propios métodos y maneras sofisticadas conducían sin remedio a la hecatombe se
adoptó una inclinación hacia las posibles virtudes de la locura. Hasta entonces
el poder siempre había negado la locura porque la asumía como un estadio mental
asociado a la muerte. Pero con una exposición muy próxima al ahorcamiento
suicida de toda la estructura social. Es decir, la locura aprehendida por los
individuos como una vía no solo cívica, sino incluso religiosa o filosófica,
era vista como una actitud pedagógica sinónima de delito contra la salud
pública. Como en una fiel
representación miope de la realidad en
la que la fuerza de la intensidad de la luz diluye el cromatismo de los
colores, el poder había mostrado su incapacidad para percatarse de que el miedo
utilizado como medida correctiva y las noticias falsas, conducen, en un Estado
de creciente e incesante concentración ideológica y económica, igual que si se
tratara de una transmisión genética de padres a hijos, a una suerte de
inmunidad frente a la manipulación y el control ejercido por los poderes
políticos y económicos transmodernos. De modo que los herederos de las fases de
evagaciones racionales, por decirlo con un eufemismo que sea respetuoso con la
memoria de millones de héroes y heroínas asesinadas y ninguneadas por culpa de
sus ideales sedientos de justicia trasversal ante el inevitable natural egoísmo
practicado en la condición humana, mostraron una inaudita anorexia mental, un
empacho y estragamiento a causa de un colapso en el instintivo sistema de insaciabilidad y
desmesura de aprovisionamientos y atributos facultativos psicológicos y
semióticos para someter al prójimo. En el Tarot, El Loco carece de cifra y
orden. Tal vez deba ser así porque la locura podría ser tomada como un recurso
in extremis pero nunca igual que todas las metodologías aplicadas hasta
entonces, como una realidad crítica. Con esto es clara la lógica del proceso. Cuando el sistema
social está enfermo para alcanzar la meta del bien común, habrá que usar lo
peligroso, inconsciente y fuera de lo normal, al menos por una vez en la
historia, para neutralizar las posibles causas que dificultan la proyección. Lo
único extraño del fenómeno social e histórico es que por una misteriosa razón
se extrapola la actitud, voluntaria e involuntaria, de la locura del sujeto
como ente independiente según la combinatoria de sus conocimientos y emociones,
a la aplicación colectiva, a la extraordinaria transformación de una enfermedad no contagiosa en una
pandemia de consecuencias inopinadas y paradójicamente mesiánicas. Claro que se
trataba de un mesianismo decapitado, sin ambición para tomar la superficie de
las sociedades como todo dogma conocido hasta entonces. Es decir, un mesianismo
sin cabeza, que viene a ser como una tutela sin normas. Su escusada y soterrada
naturaleza fue igual al nacimiento de un
cañaveral. Nadie podía imaginar que bajo sus pies, en aquella tierra
prometida de la inteligencia artificial, casi siempre seca y abundante en
cantos rodados a causa de las repentinas avenidas provocadas por las lluvias artificiales
en las tierras altas ocupadas por las
corporaciones y multinacionales, pudiera
ser el seno del inmenso laberinto de raíces que buscaban la profundidad y la
horizontalidad del subsuelo estatutario casi desde la primera evagación. Dicha
búsqueda proporciona la necesaria cimentación y el suficiente asimiento para
que los vientos y crecidas más violentas no puedan jamás arrancar las
triunfales y elegantes cañas que retroalimentarán por fotosíntesis al caos
enterrado igual que un tesoro. La masa fue como una mujer loca que opta a
voluntad por la inanición y las enfermedades infecciosas antes que asumir
cualquier actitud competitiva contra el prójimo en la lucha por la
supervivencia. Podríamos decir que el concepto de la Nadificación contra la
violencia fue enraizándose en el subsuelo social quién sabe desde cuándo, tal
vez desde la primera evagación. La posibilidad de ser algo parecido a un no-ser
humano fue una historia callada y tomada como fundamento principal para
combatir contra la perdición demostrada en la didáctica para ser el ser-humano
conocido hasta entonces. Se trataba, en base a los síntomas generales, de
trastornos mentales muy relacionados con la depresión clínica. La pérdida de
interés por todo y la disminución de las funciones psíquicas llevaron a
millones de personas a la inapetencia sexual y hasta el inmovilismo insufrible
para así no invadir la zona de confort del otro y no despertar suspicacias. Una
depresión de la masa puede llevarla objetivamente al abandono hasta la
autodestrucción perfecta, ya que no existen sujetos que reclamen ayuda, y mucho
menos derechos para segregarse del enjambre estéril e inútil.
martes, 1 de octubre de 2019
20.000 palabras
Durante más de veinte
mil palabras que intentan investigar los principios actitudinales en los
orígenes de una vida que siempre será insignificante a los ojos de las clases
más poderosas (ante todo a causa de su incompetencia para pensar en el poder y
ocuparse de las cosas ordinarias de la vida como son, entre otras, la captación
del voto y la posterior traición), y
unos cuantos poemas descriptivos de la mística de un individuo enemigo a muerte
de los diletantes de fondo, han acaecido ciertos hechos que han transformado
definitivamente su visión del mundo en un equilibrio de fuerzas por la preeminencia
de unos individuos sobre otros sin suficientes razones ni méritos especiales.
Antes del inicio de su
única novela, o bien cajón-novela, como a él le gusta pensarla (está convencido
que no va a malgastar energía alguna en otra cosa que no sea ese texto extenso
y comprimido a la misma vez), veía a los seres humanos como a millones de
coches locos de feria que intentan inútilmente evitar choques y atascos en el
cuadrilátero de la civilización. Sus observaciones le habían llevado a una
explicación más o menos razonable acerca de los fracasos de la colectividad y
de la infelicidad de sus miembros. Pensaba que la torpeza en los procedimientos
era una y otra vez el motivo por el que ocurrían los desastres de convivencia y
habitabilidad. Creía que sólo con grandes dosis de paciencia y de continuo
estudio se sortearían los graves problemas que durante siglos había venido
sufriendo la humanidad. Con dicha perseverancia y una mezcla de fe y honestidad
frente a un mínimo de empatía hacia “el otro”, se podría en un punto
indeterminado del pedregal hegeliano de la historia, del paraíso perdido,
subsanar las imperfecciones del entramado social.
Pero ahora, tras esas
miles de palabras, piensa que el hombre es una máquina aniquiladora de vida. Es
un animal capaz de auto convencerse de que puede escapar de sí mismo y de la devastación
que crea a su alrededor con el elástico sentido del amor. La sofisticación es
su arma principal y su empleo lo justifica para hallar el bien común, cuando en
realidad busca los límites del Hacedor para intentar poner un pie más allá de
donde se ha visto que lo ha puesto éste.
Tras un primer
reconocimiento en su nueva perspectiva de la obra intuye que sus padres son los
principales responsables de la farsa que ha vivido. Le amaron tanto (aún lo hacen,
pero desde el interior de una cueva de
desconfianza y decepción, desde
la angostura anímica de la senectud) que casi lo dejan ciego y sordo. Obsesionados
con la penuria que habían conocido en la posguerra civil española, en aquel
periodo de amor y protección contra la ácida realidad social innombrable que le
haría perder atónito la ingenuidad, la inocencia y hasta la esperanza, deberían
haberle insuflado de algún modo para contrarrestar los altísimos niveles de
empatía y positivas emociones, ciertas dosis
más o menos racionales de obligado antagonismo hacia “el otro”, ya que
“éste” va a resultar ser tu oponente lo quieras o no. Una toná de las malas
artes ha motivado al menos a generación tras generación para salir desde las
cavernas de la prehistoria a búsqueda de Dios. La motivación de que en el
contacto permanente con muchos “otros” se encuentra la mitigación de nuestros
miedos es la mayor atrocidad que se haya podido cometer la humanidad a sí misma.
En un increíble
equilibrio de fuerzas medidas por el odio, la envidia y la conciliación, se han
ido fraguando las civilizaciones gracias al laboratorio de la reproducción
humana, la adaptación de sus individuos a las sociedades, y el negocio con toda
clase de mercancías, tanto emocionales como materiales (incluyéndose la propia
carne), para paliar el instinto de destrucción total hacia “el otro” con el
objetivo de jugar a ser Dios. Los humanos son incapaces de amar sin destruir y
viceversa. Amar es matar; y todo comienza negando al “otro”.
viernes, 14 de junio de 2019
MI SMARTFHONE
Nunca pude
soportar el ruido que hacían
los relojes
despertadores en mi mesita de noche
Ni siquiera
podía resistir aquellos pequeños a pilas
que tuvieron
tanto éxito y que tenían un segundero
tan sutil
que parecía un diminuto insecto intentando
escapar en
mi inevitable duermevela
del eje
rotatorio del mundo
Las noches
que intenté dormir con aquellos vehementes
artefactos
del sotto voce se convirtieron
en
ejercicios oscuros y opuestos al arte iluminado
de pensar el
tiempo y el espacio
Era como
estar borracho con el punto malo
Lleno de ira
lo enterraba vivo en el cajón de la
mesita,
Sepultaba
inútilmente entre calcetines
y
calzoncillos al narrador de la nada
Era como si
te condujeran con los ojos vendados
hasta el
hueco de tu sueño eterno
Por desgracia
no heredé de mis antepasados
el canto del
gallo ni el movimiento de los astros,
ni tan
siquiera un humilde solar para dormir tranquilo
y que me
despertaran las campanas de las torres,
con esos
golpes rígidos de badajo tan intensos
como los
pálpitos en mi carne de la carne de la
mujer que
más he amado
Para
despertarme siempre he tenido que recurrir
a los
favores de la inteligencia artificial
No obstante
intenté aprender a despertar
solo con la
ayuda de la intuición y los presentimientos
pero pronto
comprendí que por más que lo intentara
el corazón y
la mente van siempre unidos de la mano,
porque en el
tiempo humano cuando uno se somete
el otro lo
desprecia por su postración cobarde
Por suerte
todo aquello quedó muy atrás
y ya ni me acuerdo
de la primera vez que dormí profundamente
gracias a la
complicidad de mi teléfono móvil
Desde
entonces, al final del trasiego con las sábanas,
de mi respiración
superponiéndose a sus caprichosos sonidos
de la
sinergia del animal de la noche o viceversa,
de mi yo
perdido dentro de mi cuerpo,
suena la
alarma del terminal para decirme
con sigilo,
in crescendo y con timbres matriarcales a la carta,
que es hora
de regresar a un lugar siempre extraño
Tan solo algunos
mensajes, más erráticos por mis costumbres
analógicas
que por la más que demostrada
incompetencia
transversal de la cuarta generación robótica,
me han
causado una alteración cerebral hasta casi alcanzar
el umbral
gamma en el vado del yo de la conciencia,
aunque en
honor a la verdad han sido de la categoría nimia
de red
social o de notificación de una compañía de comunicaciones
Mi
smartfhone, cuando me encuentro en la fase delta,
Ilumina
todas las noches mi habitación con una luz
en la que
todo se funde en un color blanco,
tan intenso
que si despertase quedaría ciego de por vida,
lo sé porque
es mi sueño reiterado
la luz me
transforma todas las noches en cosa de otra cosa
o esa otra
cosa en parte de la cosa que comprendo
para ser y estar inenarrable, sin forma ni estado,
solo,
devorado por
esa luz transmoderna que vela mi descanso
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