domingo, 12 de abril de 2020

ANUBIS Y CENTAUROS (ZOOS XVIII)








  ¿De quién sería aquella tierra? Espero no tener la mala suerte de que sea propiedad pública, se dijo mirando con meticulosidad y sigilo el enterramiento por el que ya empezaba a asomar las primeras hojillas verdes. Sus cálculos le decían que debía esperar al menos dos años antes de desenterrar los restos para tener la total certeza de que el cadáver no olería. Debía hacer un trabajo casi profesional hasta deshacerse por completo del cuerpo. Sabía que lo lograría pero no sin desvelos y con excesos de energía. Era necesario controlar el número de visitas al enterramiento. En ningún momento debía mostrar el celo enfermizo del autor por su obra, así como tampoco confiar demasiado en la infalibilidad de sus procedimientos. Tenía la sensación de que últimamente había caminado hacia la puesta de sol más de lo recomendable.  Recuperó al respecto una frase perdida en su mente desde hacía bastante tiempo. “El verdadero artista debe ocultar sus obras avergonzado igual que un dios que juega a ser hombre”. Quizá sus lecturas juveniles y atropelladas sobre Nietzsche fueran la fuente de esta información. En tal sentido estricto él había tenido que matar a Mor. La idea de dejarlo en el lugar como un animal moribundo le pareció de muy mal gusto, y auxiliarlo en aquel estado, con más de medio cerebro salpicado entre las manzanillas bastardas, suponía una inutilidad tan grande como que él descartara su condición de autoridad de agente de la justicia en aquellas circunstancias a orillas entre la piedad divina y el irracional e incuestionable “sentido común”. Más tarde, a los tres años, la exhumación le pareció bastante más comprometida de lo que creyó en un principio. Pero ya el mismo momento de la inhumación,  por culpa de una inoportuna batida de galgeros que pasó al amanecer a menos de cien metros del berrueco en dirección sureste,  tuvo que  ocultar el cadáver en el maletero del Land Rover y atravesar el pueblo hasta llegar a los corrales de su casa. En cuanto desapareció la extraña procesión de Anubis y Centauros (parecían al alba seres enviados para testificar ante una autoridad periodística, o cuando menos amanuense) tras la prominencia de una parcela en barbecho, montaron el puesto para batir, como es costumbre hasta el mediodía, varios kilómetros cuadrados. Tenía conocimiento por algunas denuncias en el cuartelillo de la policía de que estas prácticas no respetaban parcelas abonadas e incluso sembradas. Siempre lo ha pensado, lo ha intentado digerir como tóxico alimento mental en su aparato digestivo, para nutrirse de las sustancias culturales más importantes para comprender y respetar esas costumbres que lleva a la población a dividirse y comportarse como grupos gremiales y en algunos casos tribales, a llevar a cabo actividades que suponen un esfuerzo de voluntad física, y a veces también económica, en la proyección de una vocación en la fe más extremista en los significados de iconos atávicos. De partida toda la población comprendida aproximadamente entre los 12 y 80 años viven bajo el mismo sol informativo. El subconsciente de estos individuos está iluminado por las mismas intensidades variables de sublimidad publicitaria. Lo que pinchan en Google, ven en los principales canales abiertos de televisión u oyen en las emisoras de música industrial, se fundamenta en el argumento oficial y no menos imaginario de la gran computadora de la evidencia liberal. La carga moral de una noticia va dirigida en la misma proporción emocional tanto a un indigente como a un acaudalado ciudadano que invierte grandes fortunas en bolsa. Productos de consumo como Coca Cola o desodorantes inspirados en sutiles aromas que rememoran en el subconsciente colectivo situaciones netamente sexuales están diseñados para estimular el deseo de todos los bolsillos. Incluso chucherías como una visita a la Nasa o al peor de los planetarios o telescopios se vende con el mismo presumible resultado de satisfacción para todos los cerebros, más o menos curtidos. La alineación en los gustos y preferencias consiste en un fenómeno que concluye en un epílogo caótico e incomprensible, pero de origen antidiluviano. Nadie, ni siquiera ese escaso centenar de pueblos aborígenes que se halla prácticamente sin contacto con la civilización, debe quedarse en tierra de nadie. Todo debe tener un nombre y por virtud la titularidad o, en el caso imposible, la participación bajo el dominio de una propiedad. Si alguna cosa no pudiese viajar en este Arca de la que sus ocupantes tuviesen conocimiento, tendrían que asumir el riesgo ante la duda de que un olvido fuera del tiempo podría sobredimensionarse y repercutir más tarde en la dificultad de resolución de algún misterio. Un diluvio que deberíamos llamar justamente todo lo contrario, un descampado en el que todo debe ser identificado, algo así como una tabula rasa apocalíptica en la que todo sería triturado por una batidora capaz de hacernos sustancia. Jugo de masas cerebrales para fertilizar la materia más oscura y convertirla en terreno expropiable.
   Este deseo irrefrenable de alimentar el propio deseo como un fin único e ineludible es común, pero parece que compatible con conductas contrarias a las del movimiento (el narrador por un instante ha cedido a la tentación de creer que todo lo que se ha escrito hasta este punto está solo en el interior de su cabeza, pero es evidente que se equivoca, recordemos las referencias en este texto sobre la realidad del camino de Santiago). Esto es, la cinética basada en las peregrinaciones de fe o en las versiones de vida que asimilan el deporte. Es un lastre de la artesanía en la empatía hacia  la sangre y al sufrimiento de nuestros ancestros ante el miedo a Dios y al diablo. Es una necesidad inexplicable de reconocer la heroicidad en los espantosos partos, las enfermedades y las cacerías contra las bestias para garantizar a duras penas la supervivencia. Ese viaje por tierras yermas portando la carne podrida en las extremidades. La imaginaria tumefacción que se produce  en todo el cuerpo poco antes de saber que el lugar que buscas no existe, y el inminente reventón de la carne que decorará  todo el inútil paisaje como único alimento para tu descendencia. Esa que viaja contigo porque hasta hace unos instantes continuabas creyendo que tú eras El Salvador. Tus hijos comerán tu carne impregnada  de pus, mezclada con la tierra estéril y los excrementos y pelos de las alimañas ocultas en el fin de tu trayecto.  La alegoría de Chronos devorando a sus hijos es en realidad para el autor de este texto una propuesta vanguardista del pintor Goya contra el muro de la intrahistoria, más tarde descubierta y denunciada por Miguel de Unamuno o por la americanista María D. Pérez Murillo. Pensamos que el tiempo lo devora todo a su paso. Creemos que miles de generaciones ya ilocalizables en esa historia del no lugar y del no tiempo, con sus tradiciones y costumbres, han sido aniquiladas por la toxicidad de las Historias oficiales. No es cierto del todo. Con estas actividades gremiales y tribales descritas, los hijos, del mismo modo que las partículas elementales reaccionan con sus antipartículas y ambas desaparecen. Se convierten en una radiación que vigoriza el instinto de la reproducción. Chronos se come a sus hijos como medida preventiva para preservar las claves del misterio de su existencia y estos lo condenan al miedo eterno. Así todo, lo orgánico e inorgánico, se neutraliza. La carne y la tierra reaccionan en el encuentro y se buscan en la trayectoria copulativa de la física, igual que la realidad al mismo tiempo estática y veloz de la paradoja de la flecha lanzada, narrada por el filósofo de la antigüedad griega, Zenón de Elea. Claro que la intención didáctica en este nivel elocubrativo (palabra no reconocida por la fértil vaca de la RAE que ha alimentado, y que continua haciéndolo, a una ingente lista de académicos y desde hace un revelador tiempo aquí, académicas también, pero que el narrador, encantado por otra parte por la invención de palabras que nadie entiende, ha decidido utilizar, además de la indiferencia y a veces por el desprecio que siente hacia las clases cómodamente establecidas en los foros y plataformas patrocinados por el régimen constitucional del 78, como no por la falta de sentido desde su fonética hasta su conceptualismo) es vana para la intervención de los protagonistas. Los galgueros son individuos que, según las conversaciones que ha mantenido con ellos, solo buscan la repetición infinita de la belleza subliminal de los galgos en la carrera tras las liebres. Sin embargo, él sabe que no pueden negar que existen otras razones para ellos casi iguales de importantes para que esta actividad se desarrolle. Abandonan muy temprano a sus cónyuges-mujeres y los más jóvenes, a sus progenitores, en el profundo sueño de la noche cerrada, con la certeza de que son felizmente ajenos a los atractivos avatares que se sucederán en la rica intrahistoria sin posibilidad de registrarlos en ningún lugar y poder corroborar que gracias al mantenimiento de estas habituales y obtusas prácticas tribales, la Historia Oficial podrá ser narrada por historiadores contratados y por lectores y oyentes versados en lo que ellos piensan que es sin más la Transversal Inopia. Tal intrahistoria se la pierden estos cónyuges-mujeres y estos progenitores perdidos en otro lugar, para que el lector de este texto pueda entenderlo, en una de las miles de realidades paralelas que tienen efecto en dicha Inopia. Sus emociones y sentimientos escapan del control de la publicación de la “la opinión pública”. A estos sujetos les resulta indiferente calzar zapatos,  vestir ropas pasados de moda o ajenas a cánones estéticos reconocidos, leer textos dirigidos a grandes masas de millones de posibles lectores, ver películas concebidas para dejar al espectador estupefacto, con cara de un chihuahua en un primer plano de un GIF gracias a las últimas tecnologías en efectos especiales, comprender, a pesar de la participación en distintas redes sociales, que las noticias de los telediarios y la prensa digital, se enuncian según los intereses económicos de los emisores. Hasta les resulta indiferente, desde un punto de vista funcional, si sus modos de vida pueden verse afectados por el efecto de ese término de la “globalización” que ya han oído hasta la saciedad y que para ellos no es mayor enemigo que el concepto genérico de la muerte. A fin de cuentas piensan que a pesar de la globalización o la muerte como metas inevitables, deben vivir intensamente sus experiencias intrahistóricas. Están obligados como por una orden atávica a vivir ignorados con el consuelo de saber que una vez muertos, nada de lo que suceda en este mundo podrá perturbarles. Él conoce muy bien cómo piensan y qué desean. Él cree saber demasiadas cosas que en el fondo no le interesan. Pero tan solo es eso, que cree saberlas. Porque lo que de verdad le interesa le está vedado conocer. Estos detalles sobre el comportamiento humano inmanentes a la postmodernidad de manual son la molesta cacharrería que uno debe soportar en un ámbito doméstico para compartir con los demás y que él debe disimular si quiere continuar controlando las emociones y los sentimientos de este colectivo al que nunca ha mencionado públicamente como lo que siente, como una  turba llena de privilegios.

jueves, 26 de marzo de 2020

BUENA MUERTE PARA EL CAPITALISMO








   En el orden social narrado por los medios de comunicación es una constante la compulsión hacia la vida política, hacia la observación permanente de los avatares de los partidos políticos y sus líderes. Prácticamente, a través del uso de un filtro que depura la sustancia de las cosas más importantes en el actual modo de vida,  no queda nada fuera de la arena de la representación ciudadana. Podríamos compararla con las partes de un todo. Desde el precio, aspecto y sabor de una simple pieza de pan, hasta la (naturaleza) de una OPA dirigida a un círculo selecto, todo está politizado. Biopolitizado, dirían algunos teóricos, que para desgracia de quienes más sufren las consecuencias de la realidad, catalogan y guardan conceptos con la intención de venderlos al mejor postor en el mercadillo restringido de sus currículos y tesis. No es difícil imaginar que las poderosas y experimentadas huestes que dirigen la economía mundial sean sus más rentables clientes.
  En cualquier caso, y en esto se basa la paradoja cruel de nuestras ilusiones, en la utilización de la representación ciudadana, podemos pensar que todos participamos en el gran espectáculo que vemos y oímos a diario. Incluso podríamos trascender que somos capaces de captar en su deleite el sublime mensaje de que con el ejercicio del voto cada individuo  interactúa en la narración como si de un “Deus ex machina” se tratara.
   Es una falsa realidad. Tiene el mismo efecto que acercarte a una inmensa hoguera y arrojar en ella un haz de leña y de inmediato salir huyendo. Dejamos nuestra voluntad como huella luminosa que se perderá más tarde en la incesante combustión de la materia, es decir, arderá en vano en la inflamable voluntad colectiva.  Aunque no deja de ser cierto que una parte ínfima del ejercicio está relacionado con la vida privada de los ciudadanos y su voluntad, el resultado es un vano deseo, ya que se encuentra secuestrado a causa de las preguntas capciosas y el ruido de los partidos de la oposición y sus  plataformas mediáticas adeptas. Dicho de otro modo,  se simula que el control a los gobernantes tiene efecto mediante el ejercicio de la democracia cuando la causa es la deformación de la realidad por unos intereses puramente partidistas, y por supuesto corporativistas.
  Parafraseando el termino en su ámbito jurídico  tal “compulsión” es promulgada desde la maquinaria de las instituciones del Estado y estimulada por las inversiones privadas con la intención de que nadie escape de los intereses que se generan por la participación  en dicho espectáculo.
   En las lides de este panorama social las diferentes facciones prácticamente continúan utilizando los mismos idearios centenarios y su correspondiente simbología. La narrativa de la nueva epopeya política, por decirlo con tintes que dan pistas de su perfil histriónico y espectacular, continúa haciéndose eco de las antiguas formas de organización ideológica y política. De este modo todas las partes se encuentran perfectamente identificadas y asimiladas en la atávica educación de cada uno de los votantes y consumidores. Así todo parece fenoménico y trascendente, todo parece determinante y de consecuencias inmediatas, pero es justamente lo contrario. Como una rueda que se mueve veloz sobre un eje suspendido lo único productivo es la energía generada por su movimiento por y para los inversores, puesto que la rueda no se mueve en ninguna dirección y su movimiento es centrípeto.
 La pregunta que deberíamos hacernos, en relación a aquellos votantes y no votantes que han entendido los hechos hasta aquí narrados, es cómo optimizar dicho movimiento en beneficio de quienes se supone que lo legitiman, o sea, a favor de la mayoría humilde que participa sin intereses directos o inmediatos, tal vez con el antifaz invisible de la esclavitud en el sufragio infinito con el que se construye tácito el laberinto del Bienestar. Sin embargo, a los buenos entendedores les sobran las palabras. Puesto que nada existe actualmente en el mundo que tras un breve análisis pueda considerarse legítimo ni tan siquiera justo. En la causa y el efecto de la globalización queda demostrado que la aplicación del “utilitarismo” nacido de la mano de teóricos como Stuart Mill o Bhetam agrava aún más las diferencias entre las personas como depósitos de beneficios en todos los ámbitos que las Constituciones y modelos que los gobiernos más avanzados reconocen. Los resultados jurídicos, éticos, y económicos individuales siempre han ido a remolque del bienestar de la mayoría, sin importar demasiado la discriminación inevitable, casi invisible y progresiva de las minorías, que en sus sumas representan a una parte de la población como mínimo  igual a la que representa la mayoría. La justificación en la base de tal utilitarismo era de orden político, pero una vez superados ciertos experimentos totalitaristas el mecanismo del bienestar de la mayoría está a merced del desarrollo salvaje del sistema capitalista. Con él la justificación de los derechos básicos y fundamentales en las Constituciones, Cartas Magnas y Declaraciones internacionales son inocuas propuestas y buenas intenciones que quedan en segundo plano por el bien “utilitarista” del crecimiento económico mundial. La utilización del argumento principal es unilateral, y así se defiende la motivación que excluye a los votantes menos favorecidos con la máxima “Para que el dinero y las oportunidades que este genera puedan democratizarse la capitalización debe llegar a todos los rincones del mundo”
  Un bien dirigido por una pequeña capa de la población, es decir, una élite, decide el volumen y la dirección de las inversiones económicas siempre con la garantía de que la población es la garante y  ellos los principales beneficiarios. Para que esto suceda con éxito es fundamental que la rentabilidad de fondos públicos sea menor a los privados. De este modo el Estado es siempre subsidiario a la idea capitalista. Incluso aplicando inclinaciones solidarias con los más desfavorecidos como la corriente capitalista de nuevo cuño “stakeholder capitalism” con la que los inversores y beneficiarios nunca deben desatender cuestiones básicas como la sostenibilidad del planeta o una vida digna para todos, los derechos y sobre todo la inteligencia universales siempre estarán condicionados y a merced del control de la principal fuente de recursos, la de las ineludibles élites.
  Entonces, en este panorama en el que el método de la democracia es una vil trampa entre  bastidores de la compulsión narrada, ¿qué hacer para que los menos favorecidos no caigan en el horrible error de la negación a sí mismos? ¿Qué argumentos asertivos les hace pensar a estos sujetos que el partido político por el que se decanten va a defender con firmeza sus intereses personales?
  Tal vez, al menos actualmente y como mínimo a medio plazo, el imperativo demográfico en la inevitable existencia del abanico de facciones evocadoras sea suficiente acicate para garantizar un mínimo de medidas solidarias entre los menos favorecidos. La evidencia es suficiente para comprobar que tales medidas no cubren las necesidades vitales de una cantidad vergonzosas de almas, y que ni siquiera el Estado es capaz de actuar desde la caridad y la beneficencia. Estas funcionan casi siempre desde  una motivación de individuos particulares y asociaciones y organismos privados.  Nos encontramos aún muy cerca en el tiempo de los grandes sacrificios colectivos e individuales por la justicia social, el tiempo de las huelgas y levantamientos populares y las matanzas y las represiones como respuesta del poder. Tan cerca que todavía continuamos asociando ciertos discursos y símbolos con los valores morales que condujeron a los humildes a una situación inimaginable hasta hace apenas un siglo. Gracias a esa fuerza salvaje e imparable los derechos sociales que ahora disfrutamos se hicieron realidad. Tuvieron que sufrir y morir tal vez millones de personas para que podamos, al menos en el mundo desarrollado, disfrutar de esta situación; (desde luego el apunte del “mundo desarrollado” es mucho más que una mera observación, pues lo dice todo acerca de la incapacidad de  justicia universal y  valores éticos, o al menos solidarios, de las actuales capas sociales progresistas).
  Los humildes están bien cogidos por el cuello. Tanto que han acabado acostumbrándose a no respirar. Aleccionados con las azarosas y casi siempre malas noticias mercantiles se han habituado a vivir con lo puesto y ya no ansían más galas que las que heredaron de sus abuelos. Por miedo, y muchos también por ignorancia, renuncian a llevar al testigo en la carrera revolucionaria, y la mayoría de las veces también de justicia, que distribuya la riqueza. Para ellos la revolución por el bienestar se hace en los gimnasios de sus barrios.  No necesitan aire para sentir la libertad del viaje.  Para vivir les sobra con el tiempo. Ese que las élites saben muy bien optimizar. Viven sin aire y, según sus cósmicas percepciones, con mucho tiempo para esperar el gran milagro del Hacedor que dé un vuelco a sus destinos. Es decir, representan, con una incongruencia casi imposible, a la población con mayor capacidad de resiliencia. Ejemplifican el poder de la condición humana para adaptarse a la adversidad y a la paradoja de la autoregulación por el bien del corpus político  de la civilización.
  Sin embargo, con independencia de sus niveles educativos y culturales, como dicen también esos protegidos teóricos de las élites, humildes “glocales”, nada o casi nada saben de sus cegueras y sorderas. Tal vez a causa de la apnea permanente padezcan estas incapacidades, pero de algún modo, a pesar a los condicionantes  de la docilidad y el servilismo todavía pueden escuchar un finísimo y débil hilo de voz que les dice que la compulsión narrada por los medios de comunicación tras el velo de una imaginaria y deformada legitimación del pasado no les garantiza la eficiencia del voto. No son conscientes de que lo único que conocen y sobre lo que pueden ejercer influencia es en el marco de sus “yo y circunstancias”  en sus correspondientes intrahistorias. A todo lo demás pertenecen sin posibilidad real de manipulación. De momento la voluntad de los hombres y mujeres de edad con derecho al voto solo son concernientes a la productividad que ejercen en el sistema político (económico) al que pertenecen. Sin embargo, el movimiento desde abajo si es suficientemente fuerte puede hacer vibrar allá arriba. La correspondencia es un principio demasiado arraigado y, sin embargo poco observado en la historia de la humanidad. Sin intrahistoria no hay historia oficial. En sentido inverso a la evolución en el cerebro del ser humano, sin psicomotricidad fina es imposible contemplar la psicomotricidad gruesa.
   Solo si los humildes dejasen de mirar ansiosos las alturas podrían valorar los factores condicionantes que unen íntimamente la correspondencia y la distancia entre los de arriba y los de abajo. No es cuestión de derribar las altas torres, pues como ya hemos analizado sus escombros los aplastarían. Lo natural y más inteligente es, ya que el desarrollo de la reciprocidad entre las distancias  es constante e ininterrumpido, buscar los hechos más sencillos de la intrahistoria que puedan inducir igual que en un efecto dominó vibraciones que, aunque en realidad pueden ser por causas ajenas, no las sientan allí arriba como cosa extraña. Moverse en las profundidades sin apenas aire, sin que descienda el nivel de oxígeno en las alturas. Allí no se darán cuenta que los de abajo continúan con el juego capitalista pero sin creer en las reglas del juego. Nunca imaginarán que la fuerza de un deseo, de una voluntad cuya envergadura desconocen los propios sujetos que la ejercen, pueda hacer tan posible y potente una vida casi sin aire, una fe proyectada en la nada capaz de germinar poder en la ausencia de materia.
  Esos millones de votantes que viven desprotegidos en el mundo, y sin una jurisdicción internacional que ampare sus derechos como colectivo ante la globalizada patronal, pueden cambiar la historia con la sencilla actitud de valorar por encima de todo y confiar en las personas con las que trata a diario y que siempre e inconscientemente han considerado intrascendentes y secundarias. No se trataría de la aplicación de bases de sociedades o religiones, puesto que las estrategias de estas organizaciones para proteger sus intereses son urdidas desde el oficialismo, sino de una transformación del sentimiento; primero de cansancio y luego de rechazo hacia la superproducción y el consumismo, y como consecuencia se encontrarían con el hallazgo inesperado de un ”¿sistema económico?” fundamentado en la estrecha colaboración horizontal que garantiza resultados positivos con la aplicación de un mínimo de confianza en los depositarios de sus intrahistorias, a quienes en realidad conocen y viceversa.
   Pueden pasar incluso años antes de que los principales inversores internacionales tomen iniciativas cuando comprendan las dimensiones del cambio de poder tras el desarrollo de esta fenomenología, como por ejemplo restringir los accesos a internet, o desconectar la red eléctrica, e incluso negar a la población las distintas fuentes de energía. Pero para entonces ya será tarde. El capital, omnipresente y omnipotente, mostró su identidad y verdadero rostro, y creó al menos una generación digitalizada para que diese vida a su obra cumbre, la inteligencia artificial. Esta generación mostró las bases del saber que sustentan al Capital, al menos en el grueso de la ciencia, a su descendencia, con tanta suficiencia, que será imposible impedirles el autoabastecimiento y la defensa de los elementos necesarios para vivir, incluso para, quién sabe, prosperar.           


  

martes, 14 de enero de 2020

SACIEDAD (ZOOS XVII)






Una de las hipótesis que podría explicar la aparición del brote la encontraríamos en la constante que ha acompañado al ser-humano en casi todas las evagaciones anteriores, en su innata capacidad para vivir cabalgando sobre el miedo. En cualesquiera de las decisiones y ejercicios que conlleva sus ejecuciones, antes, mientras o a posteriori de la transformación del deseo o incluso de la necesidad que los motivaba en una meta inevitable, hubo siempre una contraindicación, o al menos una leve variable emocional que le hacía dudar al individuo, ya fuese por empatía con los sentimientos y emociones “del otro” o por la menesterosa medición de las propias posibilidades de éxito. Esta cuestión condicionante era simplemente la incertidumbre de no saber nunca cuándo y cuántos daños o perjuicios indirectos podían presentarse tras la transformación o la inalterabilidad  de la ejecución de sus deseos.  Podríamos decir sin equivocarnos que la gran tradición de ir hacia la apropiación de los objetivos materiales e inmateriales que se consideraban de derecho para el desarrollo de la autoestima personal como una ejemplificación pedagógica del bien común, estaba falsamente fundamentada. No es posible realizar el bien para la comunidad partiendo de traumas como el empeño de alcanzar el objetivo del liderazgo, aunque fuese con tintes filantrópicos, a pesar de los daños colaterales que se ejercen sobre “el otro”; así como tampoco la aceptación de doctrinas, ideas o tecnologías desconocidas por la comunidad. La fractura que se origina sobre el espacio en el que tiene lugar estos fenómenos da lugar al paroxismo de sufrir al mismo tiempo el nacimiento y la muerte, la mutación de un semoviente sagrado y productivo en un símbolo obsoleto y el miedo y la desconfianza ante la cosificación inédita como artificio al que se le debe obediencia si quieres adaptarte al medio.
  Los humanos, en una actitud erosiva y de agotamiento ante el miedo, que le abocaba a la atonía mental, no supieron o no pudieron hallar otra salida a miles de años de continuos enfrentamientos. Con ello, el sufrimiento de la comunidad ante la impotencia de no poder proteger a ninguno de sus miembros, incluidos sus líderes más poderosos (especímenes por otra parte, que, a pesar de la seducción que han ejercido sobre individuos incapaces no ya de encontrar sino de buscar caminos en la dirección de sus vidas,  jamás pudieron demostrar que sus virtudes perdurarían traspasando los filtros de las generaciones de individuos desconfiados ante la legitimidad del poder), debilitó tanto al vigor de las masas que estas acabaron mimetizando los procedimientos adoptados por el individuo depresivo, en apariencia abatido, desanimado, enervante y melancólico, pero en realidad cimentado sobre la ascendencia de sus antepasados y el inapelable veredicto de la naturaleza. Tal como apuntaba Cirlot en su entrada del diccionario de símbolos sobre la carta sin número del Tarot, el loco es representado con su pierna izquierda (el inconsciente para el autor) mordida por un lince blanco; esta mordedura es un residuo de lucidez (remordimiento). Esto no le detiene, antes le empuja hacia adelante, hacia el fondo, donde aparece un obelisco derribado (símbolo solar, logos) y un cocodrilo dispuesto a devorar lo que debe retornar al caos. Todo se corresponde con una ciega impulsividad y con la inconsciencia. Para otro autor, Schneider, al Loco se le relaciona con el bufón. Para él en las ceremonias y ritos medicinales médico y enfermo intercambian el rol de “loco” y reaccionan por el delirio, el baile y las “extravagancias” para invertir el orden maligno reinante. Este personaje está demasiado alejado del Loco, de la locura que se apodera del mundo en la IX evagación. Las víctimas de la pandemia no son dinámicas y mucho menos creativas. La locura, la privación del juicio, la aparición de lo anómalo y de la sorpresa no sopesó nunca otra solución de continuidad que no fuese el suicidio. De lo que se infiere que no se trataba de una continuidad precisamente de la especie humana. Tal vez en la inconsciencia de los individuos de esta fase se encontrase una algoritmia tácita que los condujo como única salida a la pasividad más extrema. A una calma exclusiva que solo la locura puede ayudar a comprender. Pero no debemos equivocarnos con esta sustantivación. La calma referida es el nombre que mejor se aproxima a una inactividad jamás conocida en las relaciones grupales. Cualquier ser humano capaz de retirarse del mundanal ruido no mucho más de cien años antes de la pandemia, y regresar aún con mínimo de lucidez, nunca habría dado crédito a lo visto. Presumiría que la humanidad habría sufrido un envenenamiento irreversible de orden neuronal o una hipnosis como arma de guerra inducida por seres de otros mundos. Nunca pensaría que la droga maldita la lleva consigo él también y se halla diluida en su sangre desde un inopinado e hipotético pecado original. Algunas voces analistas dijeron tras esta fase que tal vez ningún ser humano contemplase en su conciencia la posibilidad de culminar en suicidio todo el proceso. Quien o quienes narran, o el procesador y acumulador de textos competente para darle forma a estas miles de palabras con una voluntad o al menos una volición crítica perdida dentro de la nube, salieron indemnes para satisfacción tal vez de algún lector, o quién sabe si ya ninguno, que quisiera o pudiera jactarse de ser fiel seguidor de la supremacía de todos los aspectos culturales que  fueron y continúan siendo contagiados por la dilatada tradición judeo-cristiana.  Pues tras la IX evagación, la política y el pensamiento, si es que se le puede adjetivar de este modo a las prácticas que se aplicaron, entraron en una dinámica retroactiva en la que los conceptos de la justicia y lo divino importaron para el fuero interno colectivo  tanto como el reglamento futbolístico. Podríamos inferir de esto que lo trascendental siempre fue, no un objetivo de búsqueda, sino un juego de actitudes para evitar precisamente el fatal aburrimiento de  la depresión hipocondriaca, para mantener alejada la impertinencia subversiva del suicidio entendido como un derecho sencillo y natural que todos los seres humanos tienen por oficio, por el aporte genético que él mismo ostenta y declara sin la más mínima voluntad de poder. Nada podría entonces en esta dimensión conocida o desconocida del universo, vivir por y para sí mismo. Nada en el juego de actitudes podría ser creado sin interferir en su realidad circundante. Y por supuesto se produjeron muchos suicidios, millones de suicidios, ante todo sin violencia, sin precipitación ni ansiedad. Muertes indolentes, en una desidia general en la que ni el pudor que siempre había sentido los individuos hacia la carne podrida, los excrementos y los cadáveres, aparecía como señal de rechazo a la autoaniquilación.
  La gente se dejaba morir como vegetales faltos de agua, de oxígeno o minerales, con tal de omitir la más leve pugna contra sus congéneres por el alimento. Morían en los espacios públicos, en sus hogares, en los vuelos intercontinentales y hasta en los desplazamientos en autobús o en sus propios vehículos por breves que aquellos fueran. La aceptación de la culpa a causa de la provocación de accidentes formaba parte en la asunción de la pandemia. Todos (o nadie) suponían que por el bien común el ritmo de las actividades y los trabajos debían continuar a pesar de las contraindicaciones de la enfermedad. El personal sanitario, a pesar de la depauperación en la que se hallaba se enfrentaba a situaciones mortales en  arriesgadas operaciones de cirugía. Prescribían incluso medicamentos incompatibles si los enfermos lo solicitaban. Los peatones eran atropellados en un paso de cebra si un segundo conductor sentía un mínimo de empatía por aquellos. El criterio principal era evitar cualquier atisbo de competencia. Miles de ascensores cayeron al vacío por culpa del exceso de pasajeros. Un día, sin explicaciones, ni acuerdos, ni notas oficiales de prensa, la gente dejó de acudir a los estadios deportivos y canchas cubiertos. Los árbitros eran incapaces de poner orden en los juegos de equipos. Ambas combinaciones decidían en plena competición  que lo mejor era hacer el juego ofensivo todos contra la misma portería o la misma canasta. La hinchada se alegraba por los mismos goles o puntos y se abrazaban en una comunión fácil e intrascendente, según se mire. Algunos, extenuados y debilitados por la desnutrición, continuaban practicando deporte, porque así lo llevaban registrado en sus manuales de costumbres para una vida más sana. Otros, quizá también por las mismas razones de manual, no interrumpían sus rezos y plegarias a sus dioses. Con esto último podríamos hacer un análisis exhaustivo del porqué el más allá y la salvación es más inalcanzable que nunca cuando sus acólitos y lazarillos no se hallan en el aquí y ahora. Las sesiones parlamentarias en las cámaras y plenos fueron poco a poco sintetizándose hasta acabar siendo efímeras comparecencias de las grupos gobernantes ante el vacío de ninguna oposición. Claro que ésta resultaba intrascendente que asistiese o no, ya que las propuestas y órdenes se aprobaban en la línea de intereses de ambas partes. Es decir, con los argumentos y bajo la interpretación parcial,  exclusiva y personal del primer parlamentario al que se le ocurriera hacer cualquier propuesta. Las leyes y enmiendas eran ajenas siempre a los intereses del pueblo. A ningún ciudadano se le ocurrió a partir de un momento determinado importunar, y mucho menos presionar a ningún agente político, con alguna demanda. Cuando ya no hubo ningún gobierno, representante de los mismos o señales de su omnipresencia,  que tuviesen que realizar ante nadie la interpretación del ejercicio del poder, la humanidad fue como un inmenso almacén de frutos en el que la putrefacción se extendía en todas las direcciones. Todos eran portadores del virus de la locura y al mismo tiempo todos estaban expuestos a un contagio más severo. Un proceso de autoaniquilación irreversible, una determinación colectiva que abocaba a todos a convertirse en cuerpos estáticos e inermes en el museo más inmenso jamás pensado. Todo estaba dispuesto para que miles de millones de piezas catalogadas alcanzaran la muerte y después la descomposición orgánica, pasando por alto el significado de dignidad que siempre habían tenido las incineraciones y las inhumaciones, con una finalidad estética sólo soportable por seres enfermos de locura contra la propia locura. Todo por una medida desproporcionada del suicidio contra el egoísmo y la maldad ingénita del ser humano. Todo como si se tratara de exposición final y definitiva en el laboratorio universal de las formas de vida sobre la impotencia de la especie humana ante la evidente realidad de odiarse a sí misma.  La coartación del instinto de supervivencia y del auxilio al prójimo tenía una intensidad tan fuerte en la enfermedad que ni el amor congénito lograba insuflar el más mínimo estímulo contra el inmovilismo. Padres e hijos se reconocían y se amaban durante las primeras etapas del contagio, pero a pesar de sentir todos ellos los sentimientos instintivos de identidad tribal y de protección, y de,  en un primer momento actuar ante el peligro, parecían paralizarse ante la imposibilidad de romper un muro invisible que los persuadía de demandar comida o medicinas, y hasta de lamentarse ante el desastre inminente. Tampoco el amor pasional, y fraternal eran fuertes como antídoto. En estos dos tipos de amor, uno por los poderes irrenunciables al deseo y el placer, y el otro por la hegemonía del liderazgo, hay excesivos lances para hacerse con el papel dominante, roles intercambiables bien definidos que  conducen inexorablemente a la práctica de la competitividad por la hegemonía.
  Muy al contrario de lo que ocurrió en los procesos de infección de otras pandemias anteriores, en la de la fase IX no hubo carencias en los almacenes de alimentos, ni tampoco se colapsaron los suministros de energía. Las actitudes de antaño ante el miedo no se produjeron y, como consecuencia, todos se dejaban estar sin cubrir las necesidades más básicas ante el despropósito de interferir en los sentimientos y las emociones del prójimo. El decálogo de los mandatos de las iglesia cristianas a sus fieles se encerraba a su vez de repente no en dos sino en tres. A los archiconocidos “Amarás a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a ti mismo” se le sumó “No perturbarás ni siquiera en los más superfluos e ínfimos detalles las zonas de confort de los otros”.     


domingo, 1 de diciembre de 2019

NACIMIENTO






Sintió que algo no iba bien

Una vez más la absurda e inopinada sensación

horadaba su cerebro igual que

la aguja enhebrada zurce por enésima vez

el calcetín roto

   

Cuando sintió el calor del agua caliente

en la base de su columna se percató

de que no sabía por qué se estaba dando una ducha



Todos se habían marchado y como siempre

habían dejado la casa patas arriba

Después de cada una de las últimas

reuniones se había hecho la misma proposición

Si deseaba rodearse de amigos

podía citarlos en un restaurante

o en cualquier otro lugar público

Pero sabía que sólo acudirían unos pocos  aburridos

La mayoría solo está cuando hasta sus

deseos y sus pensamientos se les sirven gratis



Se dijo que la Sensación-de-que-algo-no-iba-bien

debía ser condición sine qua non en el estado de

gracia natural del ser humano

como un factor capital en el corpus de las actitudes

indispensables para su supervivencia

Es decir, una emoción ordinaria orbitando al milímetro

alrededor de un sentimiento extraordinario



En todo caso la cuestión no era esa

El interrogante para la ocasión aparecía tras su soledad

En las sombras del miedo a sí mismo y sus terminaciones



Le daba pánico pensar en la posibilidad de aislamiento

No tenía motivos para arrastrarse ante todo el mundo

por esos humores penosos e inútiles porque,

además de ser autor junto a su mujer de una profusa prole,

pertenecía a una fértil progenie que le requería a todas horas

Entonces, ¿por qué mierda tenía esta sensación de obtusa filantropía,

de un principio misántropo sin aparente razón alguna?



El agua que se precipitaba y rodeaba sus pies

parecía más transparente, más fluida, con un brillo único

en el juego de luces led y las del alba que había despuntado,

más agradable al tacto que de costumbre, más salubre

para los dos millones de dilatados y fotoenvejecidos poros,

más templada para calmar sus permanentes deseos de exceso,  

más terapéutica para concluir en paz la dilatada jornada



Pensó que su cuerpo no suponía ningún obstáculo para el agua

El líquido se deslizaba y se adaptaba a las formas de su cuerpo

Escapaba igual que la presa curtida escapa del predador inexperto



Acabaría la ducha y sus pensamientos

escaparían también por el agujero

Después dormiría

Tal vez con un poco de suerte el sueño

resultaría  suficiente para modificar

al menos el orden de sus miedos

Quién sabe si cuando despertara no estaría

asistiendo a su propio nacimiento

  





         






lunes, 28 de octubre de 2019

IX EVAGACIÓN (ZOOS XVI)







 Al final de la VI fase de evagación, en el periodo del máximo bloqueo creativo de la humanidad, tras las anteriores, todas ellas condicionadas por las circunstancias contrarias e incompatibles de la organización y la supervivencia, la violencia alcanzó su máximo apogeo. Todas las fases primitivas y convulsivas, incluida esta última,  fueron necesarias para alcanzar la IX, la definitiva del estado de gracia llamada por la plebe Fase de la locura, y por la comunidad científica Fase Génesis. Las fases del paleolítico, neolítico, antigua, medievo, moderna y postmoderna resultaron evagaciones tormentosas en cuanto a la elección ineludible de la violencia y la justificación ante el concepto de Dios y los propios hombres para la convivencia entre los individuos y los pueblos. En la IX fase dicha violencia quedó superada y obsoleta ante el uso de una especie de indiferencia. Las actitudes egoístas comenzaron a neutralizarse con lasitud y apatía a causa tal vez del cansancio acumulado y de algún modo codificado en el adn de las mujeres y hombres. Se alcanzó la más absoluta parálisis en todos los casos de desacuerdo que pudiesen desembocar en la más nimia disputa. En cuanto comenzaban las manifestaciones de competencia, las partes enfrentadas buscaban dentro de sí mismas los motivos que les empujaban al litigio, e inmediatamente afluía un sentimiento de animadversión hacia el ser interior o la identidad del que emanaba el veneno. Era como si la humanidad como un todo viviese de repente dentro de una gran estructura hermética en la que era imposible que nadie causara el mal a nadie. El menor resentimiento o rechazo se quedaba dentro haciendo todo el daño posible y dirigiéndolo al lugar más recóndito.  Se llegó a un estado general de inocuidad y de meditación encubierta. Pero en realidad se había llegado al momento en el que la humanidad perdía su relación umbilical con la idea del Yo. Se puede decir que estaba teniendo lugar una regresión de la idea de Personificación. El diálogo del que había nacido primero la Filosofía y después todas las disciplinas del conocimiento llegó en la VIII fase a su máximo desarrollo. La personificación del individuo con las metamorfosis de la naturaleza, con el politeísmo, el monoteísmo y el ateísmo se enmarañó hasta colapsar la identidad como método único de presentación de unos ante todos y todos ante uno. ¿Y la ciencia? Esta no ayudaba ni aportaba ningún bien a la vida en común. Había tomado un camino hacia no se sabe dónde. Había abandonado a la humanidad para dedicarse exclusivamente a explorar nuevos mundos y aprender de qué estaban hechos. Pero en cuanto a las, por decirlo en el mismo contexto epistemológico, ciencias sociales, los conocimientos más avanzados y sofisticados las habían abandonado a su suerte. La gente debía seguir luchando afanosamente por la supervivencia, y el hambre por el poder y las influencias continuaban siendo iguales que desde los inicios de la primera fase. Una decisión tácita, prescrita desde un punto de vista nihilista pero no por ello menos pragmático ante la realidad, condujo a la desintegración del Yo. Dentro de esa inmensa nave que era el capitalismo no cabía nada que no fuese productivo. Pequeños grupos liderados siempre por carismáticos personajes hiperbólicos, algunos santos y santas en el sentido de la abnegación y por la intensidad del altruismo, intentaron durante más de seis siglos escapar de las reglas del sistema económico y político. Fueron tantas las nomenclaturas de denominación como novedosos los modelos de reciclaje de sus programas éticos e incluso religiosos. Pero nada de lo que hicieron pudo cambiar la velocidad de la nave que, para todos los pensadores siempre fue excesiva y al final se comprobó que era propia, de crucero, irrefrenable. Fue una trampa que se tendió sin pretenderlo el sistema a sí mismo. Jamás pudo ser considerado que el sufrimiento y la impotencia podrían desembocar en una radical parálisis en el modus operandi de la conducta humana. La experiencia en la psicología de masas arrojaba resultados en los que el fenómeno de la ignorancia podía llegar a cotas insospechadas de aturdimiento y autoengaño en amplias zonas de la población mundial. Sin embargo, nadie sospechó que la manipulación de la información y en concreto, la inventiva de aseveraciones perfecta y vilmente argumentadas,  que producían pánico como consecuencia de futuras amenazas entre naciones e incluso entre continentes enteros, o que embargaban temporalmente a grandes masas ante el anuncio del agotamiento inminente de alguna materia prima u otra de la que dependían millones de clientes y consumidores, con el  consectario engaño de los inversores era el de presentar una sustitución del producto por otro más rentable para los poderes establecidos. Nada nuevo, por cierto,  en la historia, pero sí en su perpetuidad sin el menor efecto subversivo como si había acontecido en otras fases con caídas de imperios ante culturas distintas, o con revoluciones sociales y políticas. Cuentan que el nacimiento de la geoingeniería nació como una ficción de serie b en los inicios de la VI fase. En todas las fases la propagación de la desinformación y el bulo se ha practicado desde ambos flancos de actuación del buen habitante. Desde el flanco protector o amigo y también desde del enemigo. Las falsas noticias son tal vez las mejores armas de destrucción a largo plazo. Tanto se practicó la mentira que la verdad, entendida como el producto más deseado para poder encontrar la paz y la prosperidad, fue rechazada con la misma convicción y desconfianza. Donde aparecía algún atisbo de verdad todo el mundo se aprestaba a sembrar la mentira, del mismo modo que la muerte siempre hace acto de presencia allí donde llegó antes la vida. Para mayor agravio, la significación de vivir a la velocidad de las verdades y las mentiras produjo una desvinculación  total  con la naturaleza, o con lo poco que quedaba de ella. Tanto se falseó sobre la verdad y la mentira que los recuerdos más profundos sobre la llamada intrahistoria, sobre las cosas que se hacen y se nombran sin mediar ningún cuestionamiento, cosas tan importantes y elementales como el intercambio de opiniones, o los inevitables actos de tolerancia ordinarios en la vida diaria entre individuos competidores con los mismos intereses y del mismo gremio, cosas tácitas y virtuales como las herencias y hasta las daciones de enseres y minucias entre padres e hijos, desaparecieron y la convivencia tradicional cobró las características del enfrentamiento sin ambages. Esta guerra de todos contra todos, en lucha hasta por los reductos menos sustanciales para la vida e intrascendentes para los principios fundamentales de la tolerancia y la concordia, condujo a una pasividad colectiva total, a un bloqueo pandémico de tales dimensiones que las personas prefirieron morir antes de inanición que supervivir con el argumento del super yo contra el prójimo como principal móvil de la existencia. Aquello que durante miles de años se proclamó como egoísmo sano, como una bendición divina y hasta humana, se repudió como causa indudable que empujaba a la humanidad a su autodestrucción. Tal concepto de egoísmo constructivo se interpretó paradójicamente como el motor  que condujo a la nave de la historia hasta despojarla de virtudes y atributos hasta reducirla a una inmensa balsa gobernada por verdugos y antropófagos. Ni Géricault cuando imaginó las desventuras y atrocidades en su pintura pudo sentir tal escenificación de la desesperación humana. La IX fase, la de la locura, la de un renovado Génesis para la  ciencia que pudiese soportar argumentalmente el pasado de nueve fases destructivas de evagación, podía resultar perfectible. Según la comunidad en cuestión podía superarse el apocalipsis y evitar la designación oscurantista de Babel Celestial. La pérdida del control con la autodestrucción total suponía un precio demasiado alto para dejarlo en manos de la fe, objeto a fin de cuentas siempre analizado y cuestionado como herramienta útil para hallar el sentido de la condición humana.  El loco y la loca, como bien señala Cirlot en la entrada de Loco, El, en su diccionario de símbolos, son ambos sustitutos de las victimas del sacrificio. Esa inmensa parte de la humanidad, la que no ha tenido más remedio que hallar soluciones como las de los osarios y crematorios para localizar la veracidad de su descanso eterno, el código del paso por este mundo que conocemos, enloqueció y según se cree la determinación se encuentra en una negación radical como exclusivo método para seleccionar a una minoría selecta de individuos que sean capaces de vivir sin preguntas que pueden comprometer la estabilidad del tiempo presente. La contemplación del tradicional y angustioso futuro era una maldición con la que principalmente se visionaba la muerte del individuo como medida de recompensa de una vida eterna. Es el último arcano del Tarot y no dispone de numeración. Es una Carta exclusiva, como no podía ser de otro modo. La figura aparece con un Lynx Pardinus pero con la rareza de ser albino mordiendo su pierna izquierda. Según Cirlot esto podría significar que aún conserva un resto de lucidez, pero que lejos  de devolverle a la luz le empuja hacia adelante,  si cabe con más lucidez hacia la locura. Durante todas las fases de evagación la locura molestaba para un normal funcionamiento del poder. Solo cuando el propio poder se percató que sus propios métodos y maneras sofisticadas conducían sin remedio a la hecatombe se adoptó una inclinación hacia las posibles virtudes de la locura. Hasta entonces el poder siempre había negado la locura porque la asumía como un estadio mental asociado a la muerte. Pero con una exposición muy próxima al ahorcamiento suicida de toda la estructura social. Es decir, la locura aprehendida por los individuos como una vía no solo cívica, sino incluso religiosa o filosófica, era vista como una actitud pedagógica sinónima de delito contra la salud pública.  Como en una fiel representación  miope de la realidad en la que la fuerza de la intensidad de la luz diluye el cromatismo de los colores, el poder había mostrado su incapacidad para percatarse de que el miedo utilizado como medida correctiva y las noticias falsas, conducen, en un Estado de creciente e incesante concentración ideológica y económica, igual que si se tratara de una transmisión genética de padres a hijos, a una suerte de inmunidad frente a la manipulación y el control ejercido por los poderes políticos y económicos transmodernos. De modo que los herederos de las fases de evagaciones racionales, por decirlo con un eufemismo que sea respetuoso con la memoria de millones de héroes y heroínas asesinadas y ninguneadas por culpa de sus ideales sedientos de justicia trasversal ante el inevitable natural egoísmo practicado en la condición humana,  mostraron una inaudita anorexia mental, un empacho y estragamiento a causa de un colapso en el  instintivo sistema de insaciabilidad y desmesura de aprovisionamientos y atributos facultativos psicológicos y semióticos para someter al prójimo. En el Tarot, El Loco carece de cifra y orden. Tal vez deba ser así porque la locura podría ser tomada como un recurso in extremis pero nunca igual que todas las metodologías aplicadas hasta entonces, como una realidad crítica. Con esto es clara  la lógica del proceso. Cuando el sistema social está enfermo para alcanzar la meta del bien común, habrá que usar lo peligroso, inconsciente y fuera de lo normal, al menos por una vez en la historia, para neutralizar las posibles causas que dificultan la proyección. Lo único extraño del fenómeno social e histórico es que por una misteriosa razón se extrapola la actitud, voluntaria e involuntaria, de la locura del sujeto como ente independiente según la combinatoria de sus conocimientos y emociones, a la aplicación colectiva, a la extraordinaria transformación  de una enfermedad no contagiosa en una pandemia de consecuencias inopinadas y paradójicamente mesiánicas. Claro que se trataba de un mesianismo decapitado, sin ambición para tomar la superficie de las sociedades como todo dogma conocido hasta entonces. Es decir, un mesianismo sin cabeza, que viene a ser como una tutela sin normas. Su escusada y soterrada naturaleza fue igual al nacimiento de un  cañaveral. Nadie podía imaginar que bajo sus pies, en aquella tierra prometida de la inteligencia artificial, casi siempre seca y abundante en cantos rodados a causa de las repentinas avenidas provocadas por las lluvias artificiales en las tierras altas ocupadas  por las corporaciones y multinacionales,  pudiera ser el seno del inmenso laberinto de raíces que buscaban la profundidad y la horizontalidad del subsuelo estatutario casi desde la primera evagación. Dicha búsqueda proporciona la necesaria cimentación y el suficiente asimiento para que los vientos y crecidas más violentas no puedan jamás arrancar las triunfales y elegantes cañas que retroalimentarán por fotosíntesis al caos enterrado igual que un tesoro. La masa fue como una mujer loca que opta a voluntad por la inanición y las enfermedades infecciosas antes que asumir cualquier actitud competitiva contra el prójimo en la lucha por la supervivencia. Podríamos decir que el concepto de la Nadificación contra la violencia fue enraizándose en el subsuelo social quién sabe desde cuándo, tal vez desde la primera evagación. La posibilidad de ser algo parecido a un no-ser humano fue una historia callada y tomada como fundamento principal para combatir contra la perdición demostrada en la didáctica para ser el ser-humano conocido hasta entonces. Se trataba, en base a los síntomas generales, de trastornos mentales muy relacionados con la depresión clínica. La pérdida de interés por todo y la disminución de las funciones psíquicas llevaron a millones de personas a la inapetencia sexual y hasta el inmovilismo insufrible para así no invadir la zona de confort del otro y no despertar suspicacias. Una depresión de la masa puede llevarla objetivamente al abandono hasta la autodestrucción perfecta, ya que no existen sujetos que reclamen ayuda, y mucho menos derechos para segregarse del enjambre estéril e inútil.

martes, 1 de octubre de 2019

20.000 palabras









    Durante más de veinte mil palabras que intentan investigar los principios actitudinales en los orígenes de una vida que siempre será insignificante a los ojos de las clases más poderosas (ante todo a causa de su incompetencia para pensar en el poder y ocuparse de las cosas ordinarias de la vida como son, entre otras, la captación del voto y la posterior traición),  y unos cuantos poemas descriptivos de la mística de un individuo enemigo a muerte de los diletantes de fondo, han acaecido ciertos hechos que han transformado definitivamente su visión del mundo en un equilibrio de fuerzas por la preeminencia de unos individuos sobre otros sin suficientes razones ni méritos especiales.
 Antes del inicio de su única novela, o bien cajón-novela, como a él le gusta pensarla (está convencido que no va a malgastar energía alguna en otra cosa que no sea ese texto extenso y comprimido a la misma vez), veía a los seres humanos como a millones de coches locos de feria que intentan inútilmente evitar choques y atascos en el cuadrilátero de la civilización. Sus observaciones le habían llevado a una explicación más o menos razonable acerca de los fracasos de la colectividad y de la infelicidad de sus miembros. Pensaba que la torpeza en los procedimientos era una y otra vez el motivo por el que ocurrían los desastres de convivencia y habitabilidad. Creía que sólo con grandes dosis de paciencia y de continuo estudio se sortearían los graves problemas que durante siglos había venido sufriendo la humanidad. Con dicha perseverancia y una mezcla de fe y honestidad frente a un mínimo de empatía hacia “el otro”, se podría en un punto indeterminado del pedregal hegeliano de la historia, del paraíso perdido, subsanar las imperfecciones del entramado social.
  Pero ahora, tras esas miles de palabras, piensa que el hombre es una máquina aniquiladora de vida. Es un animal capaz de auto convencerse de que puede escapar de sí mismo y de la devastación que crea a su alrededor con el elástico sentido del amor. La sofisticación es su arma principal y su empleo lo justifica para hallar el bien común, cuando en realidad busca los límites del Hacedor para intentar poner un pie más allá de donde se ha visto que lo ha puesto éste.  
  Tras un primer reconocimiento en su nueva perspectiva de la obra intuye que sus padres son los principales responsables de la farsa que ha vivido. Le amaron tanto (aún lo hacen, pero desde el interior de una cueva de  desconfianza y  decepción, desde la angostura anímica de la senectud) que casi lo dejan ciego y sordo. Obsesionados con la penuria que habían conocido en la posguerra civil española, en aquel periodo de amor y protección contra la ácida realidad social innombrable que le haría perder atónito la ingenuidad, la inocencia y hasta la esperanza, deberían haberle insuflado de algún modo para contrarrestar los altísimos niveles de empatía y positivas emociones, ciertas dosis  más o menos racionales de obligado antagonismo hacia “el otro”, ya que “éste” va a resultar ser tu oponente lo quieras o no. Una toná de las malas artes ha motivado al menos a generación tras generación para salir desde las cavernas de la prehistoria a búsqueda de Dios. La motivación de que en el contacto permanente con muchos “otros” se encuentra la mitigación de nuestros miedos es la mayor atrocidad que se haya podido cometer la  humanidad a sí misma.
 En un increíble equilibrio de fuerzas medidas por el odio, la envidia y la conciliación, se han ido fraguando las civilizaciones gracias al laboratorio de la reproducción humana, la adaptación de sus individuos a las sociedades, y el negocio con toda clase de mercancías, tanto emocionales como materiales (incluyéndose la propia carne), para paliar el instinto de destrucción total hacia “el otro” con el objetivo de jugar a ser Dios. Los humanos son incapaces de amar sin destruir y viceversa. Amar es matar; y todo comienza negando al “otro”.      

viernes, 14 de junio de 2019

MI SMARTFHONE










Nunca pude soportar el ruido que hacían

los relojes despertadores en mi mesita de noche

Ni siquiera podía resistir aquellos pequeños a pilas

que tuvieron tanto éxito y que tenían un segundero

tan sutil que parecía un diminuto insecto intentando

escapar en mi inevitable duermevela

del eje rotatorio del mundo



Las noches que intenté dormir con aquellos vehementes

artefactos del sotto voce se convirtieron

en ejercicios oscuros y opuestos al arte iluminado

de pensar el tiempo y el espacio



Era como estar borracho con el punto malo

Lleno de ira lo enterraba  vivo en el cajón de la mesita,

Sepultaba inútilmente  entre calcetines

y calzoncillos al narrador de la nada

Era como si te condujeran con los ojos vendados

hasta el hueco de tu sueño eterno



Por desgracia no heredé de mis antepasados

el canto del gallo ni el movimiento de los astros,

ni tan siquiera un humilde solar para dormir tranquilo

y que me despertaran las campanas de las torres,

con esos golpes rígidos de badajo tan intensos

como los pálpitos en mi carne de la carne de la

mujer que más he amado

Para despertarme siempre he tenido que recurrir

a los favores de la inteligencia artificial

No obstante intenté aprender a despertar

solo con la ayuda de la intuición y los presentimientos

pero pronto comprendí que por más que lo intentara

el corazón y la mente van siempre unidos de la mano,

porque en el tiempo humano cuando uno se somete

el otro lo desprecia por su postración cobarde



 

Por suerte todo aquello quedó muy atrás

y ya ni me acuerdo de la primera vez que dormí profundamente

gracias a la complicidad de mi teléfono móvil



Desde entonces, al final del trasiego con las sábanas,

de mi respiración superponiéndose a sus caprichosos sonidos

de la sinergia del animal de la noche o viceversa,

de mi yo perdido dentro de mi cuerpo,

suena la alarma del terminal para decirme

con sigilo, in crescendo y con timbres matriarcales a la carta,

que es hora de regresar a un lugar siempre extraño



Tan solo algunos mensajes, más erráticos por mis costumbres

analógicas que por la más que demostrada

incompetencia transversal de la cuarta generación robótica,

me han causado una alteración cerebral hasta casi alcanzar

el umbral gamma en el vado del yo de la conciencia,

aunque en honor a la verdad han sido de la categoría nimia

de red social o de notificación de una compañía de comunicaciones


Mi smartfhone, cuando me encuentro en la fase delta,

Ilumina todas las noches mi habitación con una luz

en la que todo se funde en un color blanco,

tan intenso que si despertase quedaría ciego de por vida,

lo sé porque es mi sueño reiterado

la luz me transforma todas las noches en cosa de otra cosa

o esa otra cosa en parte de la cosa que comprendo

para  ser y estar inenarrable, sin forma ni estado,

solo,

devorado por esa luz transmoderna que vela mi descanso