lunes, 22 de febrero de 2021

ENCIERRO EN EL CORTIJO (ZOOS XXIII)

 






.  No se amplificaron las noticias de hechos acaecidos por razones de seguridad y de Estado, pero hubo extorsiones, amenazas de muerte y hasta secuestros exprés de familiares de políticos y policías.

   En el centro de la tormenta social y mediática él y su familia se mantuvieron imperturbables hasta el final de la epidemia o del mismo punto de la versión oficial que dio el gobierno de la misma. Asistieron sin importarles el estatus ni la reputación social de cada uno de los funerales hasta que las autoridades impidieron que todas las peticiones de resurrección, directas e indirectas, llegasen a sus destinatarios. Tras la publicación por los medios de comunicación de las fotografías de todos los miembros de su familia, no tuvieron más remedio que aceptar, sobre todo su padre, por aquella voluntad de hierro en todo lo que hacía, tener que ocultarse ante las amenazas, de las autoridades por una parte y de la turba aparentemente controlada que fue llenándose de odio y hacía manifestaciones de ira hacia una especie de familia de demonios curanderos a causa de la versión oficial y autorizada. Gracias a la influencia de la Hermana San Juan pudieron esconderse tras el rito de resurrección con éxito del padre de Gloria, en un antiguo cortijo ubicado en el término municipal de Lincoito, apartado de las vías de comunicación más transitadas. Allí permanecieron casi un año a pesar de la opinión poco recomendable de las autoridades diocesanas. La religiosa los visitaba al menos una vez en semana y les daba ánimos para que se mantuviesen fuertes y unidos hasta que pasara el primer envite de la tormenta mediática. Les pedía encarecidamente que no saliesen nunca fuera del recinto y así ella podría cumplir con las exigencias de sus superiores. Estos aceptaban a regañadientes la actitud caritativa, pero advertían que si se filtraba a la prensa que la iglesia cristiana protegía al grupo del estigma de la vida y la muerte no les quedaría otro remedio que ponerse del lado de la ley.

 La Hermana San Juan determinó que era fundamental que todos los días rezasen por el alma de todos los anónimos catalépticos fallecidos a quienes no podían resucitar. A finales del siglo XX era ya casi imposible aislar a nadie sin televisión ni radio. Así que no podía evitar que el padre se mantuviese informado minuto a minuto de todo acerca de la búsqueda y captura de su familia y del pulso de la opinión pública como consecuencia del sesgo informático de los distintos medios. Hasta el más afín a los intereses económicos del episcopado se insinuaba a favor de enjuiciar los actos por los que se culpaba a aquella familia como a unos timadores sacadineros. La intención de la Hermana, por el amor que sentía por todos ellos, era que durante la reclusión centrasen su atención en el don divino que se les había otorgado y al que se habían entregado sin que nada ni nada les obligara por “fe a la vida y a Dios”. Debían sentirse en paz con ellos mismos por el inmenso bien de impedir la muerte horrible de decenas de almas catalépticas. Solo de este modo podrían soportar, sobre todo él y su hermana que ya habían alcanzado la mayoría de edad, lo que durante excesivo tiempo pareció una reclusión indefinida.

   Las tres estaciones que transcurrieron en el cortijo fueron un tormento. No podía eliminar a Gloria ni siquiera un minuto de sus pensamientos. Después de la resurrección de su padre tuvieron que salir corriendo de Lincoito igual que convictos. No solo tuvo que digerir con náuseas y con la entereza que exigía el ritual que el tal Fredy, su martirizador, resultase ser su hermano, sino que además no tuvo más remedio que aceptar que lo ayudase a él y su familia en la huida. Cuando una patrulla de la Guardia Civil se presentó en el lugar del rito ya se encontraba el resucitado retomando el pulso a la vida y él y sus hermanos en el Seat Panda de Fredy a toda velocidad entre explotaciones de higueras y olivos. No sabía exactamente por qué pero necesitaba tener la voluntad de poder obviar a Gloría. Deseaba que en aquella situación ella fuese una cuestión circunstancial. Una relevancia más en su vida, pero no una obsesión de una intensidad que lo enervaba hasta el punto de no poder mantener la concentración en nada. Ni siquiera en la naturaleza de los verdaderos sentimientos hacia ella. Le habría gustado saber si detrás del sexo de Gloria existía la misma Gloria, y si así resultaba le era imposible concentrarse en el mismo ser o tal vez en el reflejo de una tercera persona. La posibilidad de que esta última fuese él mismo lo precipitaba inevitable hacia la tormenta de placer del sexo de Gloria. ¿Quién era ella?  La sentía en un lugar perdido de su mente. En sus pensamientos sentía que casi podía tocarla, pero al mismo tiempo sentía que en su interior nacía una reacción que impedía el gesto. Había algo que le insinuaba que si tan solo la rozaba le transmitiría tal helor que le calaría hasta los huesos. No entendía que estaba sucediendo pero tenía la pésima sospecha de que Gloria pertenecía a un mundo vetado para él. Quizá no fuese una idea tan descabellada que el cuerpo de Gloria fuese una grieta abierta en el espacio y el tiempo por la que podía pasar, al menos de momento, para poder consumar la comunión imposible de dos realidades paralelas. La frialdad que irradiaba su imagen contrastaba con el calor de su cuerpo. Gloria era un deseo inasumible.           

            


jueves, 28 de enero de 2021

LA SALIDA

 




   El parque comercial dispone para sus clientes de un aparcamiento con más de un millar de plazas. El horario para depositar y recoger los vehículos está comprendido de lunes a domingo entre las 9:00 y las 23:00 horas. Antes o después de dicho periodo es imposible que puedas entrar o salir del recinto sobre tus cuatro ruedas sin el consentimiento del personal encargado de acotar los accesos con pilonas automáticas retráctiles especialmente diseñadas. Durante el tiempo permitido puedes gestionar tu plaza de aparcamiento como quieras y completamente gratis. No existen limitaciones en el tiempo comprendido ni tampoco sanciones por inmovilidad. La gentileza de la empresa propietaria es de tal grado con su clientela que a pesar de su inversión económica en la construcción del aparcamiento y la gestión de su mantenimiento le es indistinto si aparcas tu coche para hacer compras en el parque o para cualquier otro asunto que te ocupe por los alrededores.

  El emplazamiento del lugar se halla en la periferia de la ciudad, en su costado suroeste por el que se va y viene a un pulmón verde y a uno de los núcleos turísticos más importantes de la provincia,  muy cerca del puerto y los astilleros, en el corazón de la llanura de lo que hasta hace bien poco era un archipiélago de arrabales, confiere a la invención del proyecto comercial la atracción de encontrarte en el umbral de nuestra contemporaneidad; en el vado idealizado de nuestra inteligencia de sujetos civilizados capaces de vivir en el difícil equilibrio entre el pasado y el futuro de sus orígenes y en la penitente y perpetua adaptación al medio.

    Innumerables ciclistas estacionan allí  sus vehículos y descargan sus bicicletas para iniciar sus rutas desde este punto. La razón principal es que a muchos y muchas cycling por causas de disponibilidad y por sus condiciones físicas les resultaría imposible acabar estos itinerarios desde sus domicilios. También si observas el lugar en horas vespertinas o, sobre todo, los fines de semana puedes ver practicantes de trekking por el mismo motivo. Así que, visto desde un punto sociológico, la prestación que ofrece el complejo comercial es bastante significativa para democratizar, como se suele decir en estos casos, ciertas actividades para una amplia capa de la población en un abanico mayor de diferentes edades a las que les estaría vedada la red pública de vías diseñadas para potenciar la práctica de buenos hábitos para la salud y el ocio, si sus hogares no se encuentran lo suficientemente cerca de éstas.

   Por supuesto, como he dicho antes, también puede observarse a gente que aprovecha la ubicación para ir a su trabajo o para compras y otros menesteres en lugares cercanos. Yo pertenezco a los usuarios del primer grupo. La ubicación del complejo es inmejorable para satisfacer mis necesidades. Se encuentra en el punto perfecto de mi itinerario para entrar y salir de la ciudad desde mi lugar de procedencia. Mi horario de tarde es ideal para circular por un tráfico adormecido y sin el tono belicoso de las prisas y sus accidentes.  Sus accesos son muy cómodos, salvo momentos puntuales en los que por desgracia coincide mi salida con una mayor intensidad comercial de otros establecimientos aledaños.  No obstante, necesito el servicio de acceso cuando justamente menos actividad comercial hay y la salida tiene lugar cuando mis necesidades son solo las propias de la vida doméstica, el ocio y el descanso. De modo que estos pequeños contratiempos se producen cuando nada me urge. Para mí es como un pequeño sacrificio, como mi simbólica e insignificante contribución a las prestaciones que me ofrecen el paraíso de la urbe y el progreso.

   Desde el parque mi trabajo dista a menos de trescientos metros. Solo tengo que atravesar dos pasos de cebra con semáforos poco transitados y que la mayoría de las veces los hago sin apuros indistintamente en rojo o verde. Considero que en este sentido mis circunstancias son una ganga para la vida de un simple asalariado si tengo en cuenta a los millones de trabajadores que existen en el mundo que deben atravesar tempestades de tráfico denso y desiertos kilométricos para poder llegar a sus destinos. Es más, creo que por la inercia que me causa todas estas comodidades aquí narradas, mi subconsciente contempla como una condición importante la elección que tomo todos los años para decidir mi destino de trabajo. Además, todo hay que decirlo, disfruto de un servicio casi integral, ya que alguna vez que otra aprovecho mi situación ventajosa para hacer compras en el parque antes o después de mi jornada laboral.

   Sin embargo, de un tiempo aquí, experimento a mi pesar algo así como una sensación de desconfianza hacia este lugar.  De repente tengo la impresión de que aparco mi coche en un espacio distinto al que he visto y concebido hasta ahora. En más de una ocasión, cuando más atareado estoy durante mi jornada laboral, se me viene a la cabeza la imagen del parque. Visualizo el aparcamiento lleno en pleno apogeo comercial. Su ruidoso y a veces también chocarrero trasiego me importuna en ese momento y me somete hasta el punto de abrumarme por mi innegable contribución.  A esto se le suma que no puedo evitar el sentimiento de abandono cuando dejo mi vehículo en el aparcamiento. No vale casi nada. Es viejo y sin atractivo alguno para el mercado de segunda mano, pero tengo la sensación de que mi Peugeot es la prenda de mi humilde patrimonio con la que pago un engaño. No pienso que me lo puedan robar o que le puedan hacer algún destrozo. Se trata de un sentimiento relacionado con la ausencia. Siento que mientras trabajo el coche desaparece sin más de la plaza de aparcamiento. No tiene sentido, pero en más de una ocasión en mi camino de vuelta hasta el parque, tengo la impresión de que el Peugeot hace lo mismo y se dirige al mismo lugar desde no sé dónde ni por qué. He llegado a pensar que quizá se trate de una burla de los gestores del parque por los servicios prestados o de una jugada fingida en el uso gratuito del aparcamiento con otras intenciones ocultas, como por ejemplo, un usufructo parcial de mi vehículo y, de algún modo extraño, pero productivo para aquéllos. Siento como si en mi ausencia el parque desapareciera y se apoderara del lugar un vacío inaccesible o tal vez una especie de nube transparente que no impide la visión del lugar y que, sin embargo, gracias a un misterioso efecto oculta lo que allí ocurre. Un espacio con clima y paisaje aparentemente normales pero en el que intervienen desde otros ámbitos, por no decir desde otras dimensiones u otras realidades, voluntades que manipulan nuestras psiques mediante la seducción y el ofrecimiento de todo tipo de productos. En el parque se ofrecen desde viajes por todo el mundo hasta servicios veterinarios, y por supuesto, el de aparcamiento, con atenciones de mecánica rápida y mantenimiento para tu coche.

  Es posible que durante mi ausencia, en ese lugar extraño, abducido o transformado por causas desconocidas, alguien descodifica la cerradura de mi Peugeot y se introduce en su interior con el propósito de contaminarlo con alguna sustancia que me provoca este estado mental por el que atravieso. Tal vez en esta artimaña se fundamente el lucro de la gestión comercial. No encuentro motivo alguno para vivir de repente en esta desconfianza. Ahora, en mi vida cotidiana, me llegan olores desconocidos y saboreo mis alimentos de siempre con extrañeza. Parecen que contienen aditivos o ingrediente añadidos. Tengo la inquietante sospecha de que está cambiando mi percepción del mundo. Parece que todo lo que me rodea, los cuatro elementos principales de la vida, incluido mis semejantes, son ahora más densos y tienen más peso. Por el contrario, mi cuerpo y mis pensamientos han adquirido una calidad más liviana. Siento que estoy más cerca ahora de las sombras que de la materia que las producen y tengo tendencias hacia los reflejos, y una curiosidad irresistible hacia los espejos. Si dispongo de tiempo procuro observar largamente todo lo que contienen. Supongo que esas sustancias contaminantes que dejan en el interior de mi coche tienen que ver con todo esto. En este estado en el que me encuentro me he dado cuenta de cosas que antes eran impensables. De alguna manera antes de todo esto vivía feliz, con una preocupación sucinta a cuestiones mundanas como el dinero y el dolor ante la muerte. Echo de menos esta actitud pasiva y tengo que reconocer que en el fondo me gustaría volver a ser el mismo.  Trato de encontrar explicaciones para comprender esta situación en otros ámbitos de mi vida. En el día a día con mi familia, en mis circunstancias y relaciones laborales, en el ambiente más o menos sano y productivo de mis amistades y relaciones sociales, y hasta en mi pasado y mi presente con auto psicoanálisis sui géneris que pueda prevenir algún trastorno de mi salud mental. Sin embargo, no encuentro el menor indicio por el que mis investigaciones puedan hacerme sospechar de ninguna causa que me provoque esta inestabilidad e inquietud. En algún momento, eso sí, mi intuición me lleva a pensar que mi fijación por el parque comercial podría ser más consecuencia de una actitud obsesiva hacia cuestiones totalmente ficticias que por factores veraces que puedan señalarlo como un lugar extraordinario en el que ocurren cosas nunca vistas.

   Hace un par de días un compañero del trabajo que también utiliza el aparcamiento del parque, me aconsejó cuando nos dirigíamos a recoger nuestros vehículos tras nuestra jornada, que a pesar de que el horario permitido para aparcar esté comprendido entre las 9:00 y las 23:00, debía cuidarme de no dejar mi coche mucho más allá de las 22:00 horas. Contó que una noche poco después de esa hora se encontró el aparcamiento con todos sus accesos cerrados. Tranquilo, pero con una entonación clara de censura y enojo en sus palabras reconoció que tuvo que tomarse la justicia por su mano y salir por encima del acerado, por un espacio muerto que al parecer los constructores han pasado por alto, entre una pilona retráctil y la carretera adyacente. Mi horario laboral no se extiende hasta tan tarde pero por precaución me he tomado la molestia de comprobar el vacío descrito tras esa última pilona para poder salir del aparcamiento. Tengo que reconocer que en cierto modo a pesar de mi desconfianza y mis temores el conocimiento de tener una salida para poder huir del lugar, por poco ortodoxa que sea, me tranquiliza y hasta me transmite mejores auspicios acerca de mis sospechas. No me importaría nada tener que infringir las normas de circulación si con ello consigo eludir los arbitrarios criterios de la empresa gestora del parque y poder eludir el engaño.  

  Los olores y sabores continúan en la misma progresión de extrañeza para mis sentidos. Tengo miedo a que la comida me mate. Las visiones se han dispersado en temáticas y aparecen en cualquier momento y circunstancia. Experimento el mismo sentimiento de abandono tras el final de una conversación afable aunque sea en la calle con un desconocido, o cuando de repente me acuerdo de alguien que murió y con quien tanto tuve trato como si no, que cuando me encuentro ante una cámara de vigilancia. Esa sustancia que introducen en mi coche debe ser muy tóxica. A veces me sorprendo delante de la televisión cuando intento ir varios segundos por delante de la programación en directo. Me cuesta aceptar la falta de comunicación entre quienes hablan y yo. Sin embargo, esa salida es real, no es producto de mi imaginación.  Puedo escapar tras el cierre del parque cuando quiera.

                                        


miércoles, 6 de enero de 2021

FE Y ÉTICA (ZOOS XXII)

 













Nunca lo ha comprendido. En una situación como aquella todo el mundo habría nombrado al menos el topónimo del lugar de procedencia, pero él, tal vez por la asfixia y por el dolor tan intenso, dijo que vivía en “cualquier sitio”. Es evidente que Freddy, o el sentimiento de terror del sexo, como así lo padeció y recordó toda su vida, no pudo hacer otro comentario que el de “Era de suponer de un mierda como tú”, sin poder imaginar en la más remota de las fantasías que el presunto follador de su hermana pertenecía a una familia respetable y que poco tiempo después sus miembros se convertirían en iconos mundiales en la lucha contra la epidemia de catalepsia que azotó a la comarca durante varios meses. El lincoiteño Freddy tendría que soportar horas más tarde la ignominia más gravosa ante la fratría integrista y despavorida a la que pertenecía por su cobarde y desproporcionada metodología de conducta moral. Un poco antes del momento de la intervención al fallecido toda la familia se presentó ante los “resucitadores” -tal fue el sobrenombre que se ganaron a pulso él, sus padres y hermanos por sus pías e irreverentes resurrecciones anabióticas, palingenesicas al uso, que permiteron a los revividos durante un tiempo más o menos breve pero satisfactorio para sus parientes, hacer exclusivamente aquello que en vida les había proporcionado la mayor felicidad. Cuando Gloria presentó a su hermano Luis como primogénito del muerto se produjo un incómodo y extraño silencio, entonces alguien (luego se supo que fue un sobrino con el que tenía algunas diferencias y que sufrió unas semanas después una soberana paliza cuando dormía en su cuarto) desde el último portal de la casa del difunto dijo que Freddy era su verdadero nombre. La “comitiva de la resurrección” era imperturbable y aunque el que pretendía copular con Gloría no se inmutó al conocer a su agresor, resultó imposible que todo Lincoito no supiese quien era la víctima que había recibido, según palabras de Freddy, “la lección de su vida”. Esta presentaba varios hematomas en el rostro además de moverse con dificultad. Fueron suficientes los pocos minutos del día anterior en el bar para que se hiciera oficial en la localidad que Gloria tenía un novio forastero. Si además de las habladurías añadimos las consecuencias de la cualidad de bocazas propia de Freddy obtenemos sin ayuda de ninguna elucidación pericial la explicación de las complejas emociones que empujaron a la agresión física y las conclusiones acerca de la inconveniencia de la misma.

  A pesar del insoportable dolor de espalda se mantenía tan enhiesto como la ocasión requería. La incertidumbre ante los resultados de la acción obligaba a adoptar una teatralidad solemne, a una actitud hierática y hasta histriónica que atenuara la vulgaridad del fracaso desde la orilla de los vivos, ya que el porcentaje de incidencia de la epidemia fue tan solo del 36,5% de los óbitos producidos por muerte natural. La flema en el ritual era tan acusada que la atención de los presentes terminaba desviándose hacia los gestos de estupefacción y nerviosismo que entre ellos se producían. Si en aquel momento Enrique Cornelio Agripa de Netessheim y sus adeptos de la nueva Cábala cristiana hubiesen aparecido en la escena habrían adoptado el mismo gesto y porte que aquella comitiva, con la diferencia de que los creyentes cristianos del Renacimiento habrían fusilado con la mirada a aquella caterva venal e infiel. No era un caso concluyente para la famosa Filosofía Oculta del pensador teutón, pero tampoco era menos comparable con situaciones dadas entre la gnosis y la fe en lo divino del tiempo humano. ¿Quién podría pensar que la opinión pública alcanzaría el mismo razonamiento tácito que acordaron en la antigüedad los dioses del Olimpo ante el peligro que supuso para la teogonía el semidios y médico Asclepio? Zeus prohibió la ciencia de la resurrección ante el temor de que uno de los mayores dones divinos pudiese caer en manos de un mortal curandero (también contaba con la ayuda de su familia, igual que nuestro personaje contemporáneo) Del mismo modo que el padre de los dioses tras las quejas de Hades utilizó un rayo para matar al mago, la opinión pública fue manipulada en un país demasiado identificado con sus costumbres místicas por unos poderes constituidos en el intercambio de intereses arraigados casi en la noche de los tiempos. Estas energías generadas mediante un miedo ancestral del hombre hacia el propio hombre impidieron que una familia proveniente, según muchos politólogos del tercio poblacional que jamás se compromete con ninguna identidad política, poseyera el valor incalculable de la voluntad de resucitar. Unos personajes cándidos y bondadosos como él y su familia habían logrado en menos de dos semanas ser la noticia principal de todos los medios de comunicación del país. Él nunca se negó a aquella solicitud de sus padres. No poseía el equipaje de la fe, pero como aseguraba su amiga la “Hermana San Juan”, contaba con unos valores éticos muy sólidos. En su inconsciente sabía que traicionaba a la religiosa y a veces, en los momentos más contritos se reía con sorna de ella en el intento de atenuar el impacto de sus deseos. Aquella sensación tenía un sabor insoportable y una digestión que le perturbaba el ánimo hasta casi la esquizofrenia. ¡Cuántas veces había sucumbido como un miserable ante la fascinación por la carne! ¡Cuántas veces no había adoptado la actitud injustificada de la embriaguez para después hacer el ridículo más espantoso ante el arbitrio de esos despiadados valores sólidos! No solo era una cuestión mundana y baladí como causa del instinto sexual. Lo que peor llevaba eran los momentos de debilidad consecuentes de su egocentrismo. Intuía que la empatía era una virtud que exigía una dedicación permanente, un faro en medio del océano de “sus” valores sólidos, sin embargo, el nivel de motivación de su super-yo era tan elevado que la asunción de “los ellos” como referencia fundamental para “ser” devoraba igual que una bestia insaciable a toda criatura que se interpusiera en su paso. Ingenuas o incrédulas, sus víctimas eran aniquiladas por la fuerza incontrolable de su instintivo desprecio por el mundo de las apariencias. Vivía en la desconfianza como si esta fuese el único paisaje permanente de todos los posibles. No podía evitar tener que, a pesar de mirar el reverso de todas las cosas, atender a los supuestos de que cualquier actitud en el carácter del ser humano era inevitablemente la prueba evidente de que tras ella había una aptitud natural y dirigida hacia la consecución de objetivos e intereses solo personales. Podía sentir sin esfuerzo amor fraternal hacia cualquier individuo que se atravesara en su camino. Sin embargo, la curiosidad que sentía ante el infinito catálogo de actitudes humanas acababa siempre imponiéndose a pesar del alto valor moral que tenía para él dicho sentimiento de bien para el prójimo. El instinto de poder que todos poseemos se encuentra a veces tan oculto que no nos damos cuenta hasta después de abandonar la línea del frente y recuperarnos en la retaguardia, hayamos logrado o no nuestros objetivos, que no sabemos exactamente qué pretendemos, qué deseamos, ni tan siquiera comprendemos para qué nos sirve el descanso. Actos como lecturas sintéticas de un trabajo en casa de un colega asiduo a las rutas nocturnas de los fines de semana, cuyo hermano había realizado para sus estudios de secundaria sobre un filósofo totalmente desconocido para él y que pudo leer casi de soslayo, calaron a cierta profundidad su percepción del mundo.  Podría ser que tras la idea de la noción de voluntad de poder de Schopenhauer se encuentre ante todo la auto castración del Ser y su destrucción vehicular para impedir nuestra definición fuera del Corpus de la condición humana. El mundo no existe sino que lo representamos nosotros. Cada individuo en el fondo de su alma ni puede ni quiere abandonar el rebaño en el que alimenta y sacia sus adicciones. En cierto modo le gustaba regodearse con el gusto de considerarse por encima de los vicios y certificar la inferioridad de casi todos, y al mismo tiempo compartirlos con sus congéneres. Cuantos más miserables fuesen sus deseos de hegemonía y seducción más estímulos sentía para continuar el camino por el campo pedregoso en el que se invierten y confunden el amor y el placer.

   Para él, sólo para él, porque desde su perspectiva el mundo era ante todo exclusivo y a los demás les estaba vedado tal entendimiento, la Hermana San Juan tenía el don particular de ser el único ente capaz de trascender en la vida de toda su familia, incluido él mismo. No le resultó ajeno participar en los rituales de resurrección y, dicho sea de paso, dejarse llevar en su profundo respeto por el lenguaje no verbal y de signos de los “ritos de paso”. Sabía perfectamente, a pesar de que no tenía información ni instrucciones directas, que detrás de aquellos actos en los que intervenían se encontraba la encomienda bendecida por la Hermana San Juan. Todo comenzó de modo fortuito cuando su padre pocos meses antes asistió al velatorio de un vecino al que tenía especial aprecio y en un gesto no premeditado no pudo evitar tocar su mano derecha. Nadie le dio importancia al acto reflejo en la habitación desde la sala asfixiante y abarrotada del salón principal de la casa del muerto. Su padre contaba días después que nunca antes se le había ocurrido tocar un cadáver, ni siquiera el de su padre. Nadie, ni siquiera el mismo hacedor de milagros, podía imaginar en aquellos momentos que por la más extraña de las razones su padre tenía el poder de resucitar a los muertos; o mejor escrito, poseía la virtud de reanimar a quienes aparentemente lo estaban. Las circunstancias en las que se sumió en menos de una semana toda la comarca señalaron a toda su familia fuera del mundo de la vida, como diría Husserl, o fuera de la intrahistoria, como lo haría Unamuno, como a protagonistas del peor y menos creíble de los films de serie B. La epidemia de catalepsia que azotó a toda la zona con un sufrimiento de intensidad bíblica, fue vista por la mayoría de los medios de comunicación con tintes de incredulidad y hasta con visos de denuncia. En cierto modo casi todos los medios de comunicación  transmitían a la sociedad cierto tono jocoso ante la perplejidad de lo que podría describirse indistintamente como “puertas falsas” y “puertas principales” hacia o desde el más allá. Por supuesto que en el contexto descrito las actuaciones de la familia resucitadora fueron como la punta del iceberg de una gran trama sectaria. Algunos medios apuntaron a la posibilidad de una estafa de proporciones corporativas y conspiradoras en las que habría ocultos todo tipo intereses, económicos y también políticos. El foco mediático de la epidemia alcanzó su punto culminante cuando el índice porcentual de muertes y resurrecciones subió entre franjas poblacionales inusuales. Cuando la familia asistió a decesos de jóvenes y niños y obtuvo éxito (por supuesto en los casos catalépticos) la repercusión social fue tan grande que ciertos estamentos institucionales pidieron una investigación y una respuesta urgente para mitigar el miedo de la población y atenuar la peligrosa popularidad que había adquirido la familia. La evidencia de la efectividad de la castración en el arte de la publicidad es demoledora. Ésta se aplicó desde la administración provincial sin piedad. En un principio se desaconsejó, con el pretexto del desconocimiento ante la transmisión del contagio, la asistencia a los funerales a toda persona que no fuese doliente directo. Más tarde se permitió exclusivamente la presencia de estos últimos pero con una estrecha vigilancia policial. Dicha evidencia condujo a la siguiente como consecuencia de la aplicación de la anterior y a la que casi todos siempre esperan y reciben con perplejidad. Es decir, en este caso a la erradicación mediática de la enfermedad. Estas evidencias podemos encerrarlas en otra innombrable, siempre presente y ahistórica, finita por ser netamente humana pero infinita si pudiésemos pensar con nuestros corazones; inmoral y desenfrenada para todo juicio paralelo pero tan real como inevitable. La evidencia de lo que hemos intentado denominar con “el mundo de la vida” o la “intrahistoria”, o tal vez la aceptación del peso del mundo a cambio de la irrenunciable vida comunitaria. Sólo los habitantes de la comarca comprendieron que muchas muertes se produjeron en las cremaciones y inhumaciones. Esta represión de las autoridades produjo una conmoción tan grande en la población de la comarca que de la noche a la mañana, la que había sido una sociedad por su estructura económica y productiva tradicionalmente humilde y mansa, se convirtió en un prodigio de la extorsión y el chantaje. En los cementerios aparecieron tumbas abiertas y profanadas. Se saqueaban los huesos de los difuntos y los distribuían estratégicamente por lugares públicos. Se enviaban mensajes anónimos a los mandos policiales con la amenaza de que si no permitían la intervención de la familia resucitadora en los funerales ocurriría lo  mismo con los restos de sus antepasados.             

                       

 

 

 


lunes, 7 de diciembre de 2020

FINAL DE PARTIDA

 





    L se preguntó qué era lo que más le gustaba en la vida. Sabía que necesitaba la escritura igual que el aire que respiraba, pero no le fue difícil preceptuar que el acto de escribir era una cuestión contradictoria como respuesta a la pregunta, pues al mismo tiempo sentía que lo que menos toleraba era precisamente el hecho de someterse a ninguna necesidad. Sin embargo, entendió que era hora de utilizar las palabras justo en ese sentido, en el de encontrar la forma de que lo escrito alimentase y diese fuerzas a la pregunta que había nacido con vocación para destruir el menor atisbo de apremio y deber.

    La pregunta adquirió un carácter esencial. A su edad entendió que sus principales preocupaciones hasta entonces no eran en realidad un asunto tan peliagudo como para que le absorbiese hasta el último de sus pensamientos. Ocurrió de un modo inopinado, no como cuentan en esas historias de retiro y meditación, o en esas otras tras años de abusos del alcohol, drogas y sexo en las que los protagonistas tienen revelaciones y obtienen respuestas en el tránsito de un viaje decisivo ante el misterio de la muerte.

   Una día cualquiera, tras un descanso más reparador y duradero de lo habitual, sintió que la luz del alba que traspasaba los cristales de la ventana de su habitación procedía, igual que todos los días que había conocido, de la misma fuente, del mismo punto de la existencia que siempre ha impelido a los vivos a moverse por una fuerza inexplicable, por una luz que la ciencia descubrió que nace de una destrucción inimaginable para la capacidad y voluntad del ser humano. Una luz que nació tras un colapso gravitacional de la materia y que parece que su fusión nuclear es tan grande que terminará comiéndose el mundo que conocemos; aunque para entonces es posible que su fuerza ya no impela a nada ni a nadie, cuando acabe la destrucción y se detenga la vida.

   Aquella luz inconfundible para su memoria había alcanzado lentamente todos los rincones de la habitación, sin avidez contra la oscuridad pero con la firme determinación de no dar jamás tregua a la erosión producida en la combinación con el tiempo. Nada que exista, ni siquiera el ajuar y el mobiliario en la plácida atmósfera de una habitación, escapa al desgaste y la oculta fricción del polvo, los ácaros e infrarrojos.  Los materiales nacidos de la sofisticada intervención del hombre en la tierra y los vegetales también son destruidos por estos elementos en la lentitud flemática y exasperante de la creación perpetua. L pensó que la luz que ilumina el mundo era imposible apagarla. Sin embargo, no sucedía lo mismo con el tiempo. Éste había dejado de acosarle, como si de repente hubiese quedado suspendido o inerme contra los pensamientos a los que le había arrastrado la pregunta. Tenía la sensación de que el tiempo podía esperar mientras él daba prioridad a las exigencias de la cuestión que, por otra parte, incluso le excluía a sí mismo en un presente que desdeñaba todas sus anteriores preocupaciones. Sentía que tenía ante sí la facultad de crear un mundo nuevo. Tal vez el calmo desorden aparecido tras el silencioso e invisible torbellino que se había llevado por delante sus inquietudes más cotidianas y las angustias sufridas durante años para ganarse la vida, no fuese otra cosa que la ausencia del tiempo, la falta de percepción del parásito que a todos nos come por dentro y nos infecta con el miedo inútil de la ignorancia.

 No recordaba cuando el inevitable sexo había salido de entre las sabanas para no introducirse nunca más. Le pareció que las voces de sus padres y los pasos apresurados de sus hermanos provenían tras la cortina por la que chorreaba la luz que amenazaba con inundarlo todo.

  Un instante antes de volver a quedarse dormido comprobó que todo estaba exactamente igual que cuando le ganó la partida al tiempo.

 

   


lunes, 23 de noviembre de 2020

EL PLAN

 





 

  Con una simple ojeada desde la ventana de mi aula tan solo se aprecia un pequeño trozo de cielo -o de oscuridad si ha caído la noche-, y el cierre funcional de uno de los balcones del edificio de enfrente. El hueco de aquél es un rectángulo que se encuentra a la misma altura que el cuadrado perfecto por el que miro y que dista a unos cuatro metros al otro lado de la estrecha calle. Si te detienes un poco en ese primer vistazo, puedes observar tras los delgados barrotes plegables dos puertas de aluminio blanco con una celosía de cristales de colores que impiden ver el interior.  

  Hay tardes en las que tengo la sensación de que la angostura y el secreto casi se pueden tocar. Sobre todo si la clase transcurre aciaga y tus deseos se ejercitan contra tu profesión y han viajado fugazmente a lugares espaciosos con bellos paisajes y te encuentras disfrutando de un aperitivo o de una conversación con tertulianos afables. De tantas veces como se ha tropezado mi mirada con los colores azul, rojo y verde del balcón, sin pensarlo he terminado convenciéndome sin ningún argumento de base que ocultan una amplia habitación en la que se almacenan muebles viejos y objetos en desuso de toda índole. No me cuesta ningún esfuerzo imaginar cómo una capa de polvo ha cubierto desde hace años las superficies de mesas, de estantes, de torres de ordenadores obsoletos, de carpetas, de alguna prenda de vestir, de lapiceros y posits con anotaciones que todavía se mantienen adheridos y hasta de algún juguete olvidado o quién sabe si hasta desdeñado. Tampoco me supone ningún trabajo dar por sentado que en esta estancia no entra ningún ser humano desde hace dicho tiempo.

 Si tuviese que hablar ante una concurrida audiencia sobre la veracidad de esta cuestión me vería en una controvertida situación a causa de mi dudosa identidad.  ¿En qué se fundamentaría mi “Yo” y mi “Consciencia” para señalar los límites de mi realidad? Creo que el mundo entero y sus casi ocho mil millones de seres humanos son extrínsecos a esta existencia. Me turba pensar que si yo soy uno más entre esos millones ¿cómo puede suceder que mi mente posea una cosa ajena a ella misma? Más aún, es vertiginoso colegir que cada uno de mis coetáneos puedan ser productores de existencias ajenas a este mundo. Habría entonces, aunque esto no me incumbe y tampoco afecta al, digamos que, normal desarrollo de esta narración, dimensiones o realidades desconocidas por doquier pululando alrededor del orbe y sus criaturas. A pesar de todo y dicho esto, deduzco que nadie pondrá en tela de juicio la veracidad de mis pensamientos, o al menos mi firme convicción de lo que doy por hecho, y por supuesto tampoco nada de lo que aquí hablo.

  En alguna ocasión, cuando he preferido encontrar una explicación racional o convincente para pasar al otro lado del balcón, he divagado sobre el efecto que me provocan los tres colores que intentan opacar esta realidad ya incuestionable. Esto no es precisamente placentero. He investigado un poco acerca de la crematología, la semiótica y la teoría de los colores con las emociones relacionadas de la especie humana. Parece que el lenguaje del color puede provocar sin que seamos conscientes una interrupción en la aliteración de palabras sugestivas o en la secuencia de imágenes que puedas desarrollar con una determinación de distintas índoles y circunstancias. Del rojo, el color de la sangre palpitante y del fuego, se dice que es el color de los sentidos vivos y ardientes, de la sublimación y la agonía. El verde es el color de la vegetación, pero también de la muerte, de la lividez extrema. El azul oscuro es el color del cielo en la noche y del mar tempestuoso. Algunos semióticos cuentan que los tránsitos entre estos colores representan la vida, la descomposición y la muerte; aunque contemplan que el sentido también puede darse a la inversa. En dichas ocasiones en las que he antepuesto la razón al peso de mi imaginación el mundo siempre se vuelve alígero y adverso. Entonces me vienen sentimientos inquietantes. No sé si la hostilidad que siento nace fuera o dentro. Algo me dice que me estoy oponiendo deliberadamente a leyes demiúrgicas o a la inercia natural de mis actitudes con las que fui concebido para la vida y tengo el pálpito de que los fenómenos se invierten y alguien o algo me observa desde el otro lado del balcón. Siento que tal vez yo sea el paradigma pero desde su propia concepción. Es decir, existo porque soy capaz imaginarme a mí mismo. Ahora creo que todo se ha ido conformando minuciosamente según un plan urdido por “otro yo imaginador” que convive conmigo en mi interior.  No he podido desvelar su propósito pero tras los sucesos que acaecieron la noche de ayer doy por concluido dicho plan. 

           Cuando terminé mi jornada y me disponía a salir del edificio, comprobé que las gotas que salpicaban el cristal de la ventana desde la que miro, representaban mucho más que un esporádico chaparrón. Había llovido toda la tarde y continuaba haciéndolo de modo torrencial. Me dirigí a los aparcamientos sorteando grandes charcos y luchando a duras penas contra las rachas de agua y viento. Tal vez a causa de la humedad acumulada en mis lentes me costó identificar mi coche en una atmósfera que me pareció más densa que en otros momentos meteorológicos parecidos ya vividos.   Una vez que me introduje en él llamé a Z para comunicarle que no se preocupara si me retrasaba unos minutos, que prefería esperar a que amainara un poco el temporal antes de confiarme a la autopista. Nada más descolgar el teléfono Z, antes de oír su voz, sentí tensión y nervio, un alboroto extraño, algo así como el clamor de cosas que casi siempre están en silencio. Después, cuando habló Z, con su voz de mezzo soprano y ritmo pausado, se oía en un plano por encima del ruido del viento y del fuego, de los caóticos sonidos del bosque y sus criaturas y del estrépito de la tempestad en alta mar. A pesar del desastre que anunciaba se autocomplacía con la dicción exacta de cada sílaba pronunciada.

  _ Tengo mucho miedo. ¡No vuelvas! Creo que está pasando algo horrible. Oigo crujidos en el estruendo y sirenas en todas direcciones. Hay gente gritando muy cerca. ¡No vuelvas! No te preocupes por mí. Me voy a dar una ducha mientras haya luz. ¡Quédate donde estés! Cuando todo pase seguiremos amándonos en esos lugares que sólo tú conoces. Una vez más debo darte la razón. ¡Este mundo es un infierno!

 Tras un fuerte golpe oí cristales rotos y después se cortó la comunicación.

    No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces. Tampoco sé para qué ni para quién estoy grabando este audio. La autopista está desierta y no encuentro ninguna salida. He llamado varias veces a Z y solo obtengo por respuesta a la operadora informándome que es imposible establecer la llamada porque el número marcado no existe. Supongo que muy pronto me quedaré sin combustible. Sin embargo, el marcador del depósito de combustible no baja del máximo. No sé adónde me dirijo pero tengo la sensación de que el lugar no está muy cerca. No sé si está amaneciendo o anocheciendo. Me busco en el espejo retrovisor y solo veo el balcón con la celosía de colores.   


martes, 20 de octubre de 2020

GRADIENTES DE DOMINIO (ZOOS XXI)

 






    Dicho de otro modo, si las tierras son generosas en el número de lagomorfos, podemos pensar que los Linces machos adultos pueden conformar en un equilibrio instintivo una federación de repúblicas soberanas y aisladas, la mayoría de las veces alteradas por el tráfico excesivo existente en las carreteras aledañas a las áreas, o por los cazadores furtivos o circunstanciales que no respetan la ley de protección de la especie. El resto de las veces que se rompe el equilibrio de dominio pueden ser a causa de la necesidad de invadir el terreno ajeno a causa de la escasez de puntos húmedos, o como consecuencia del rastreo o persecución de presas.

   El riesgo para estos seres es permanente. Deben salir a beber como mínimo tres veces al día y evitar el encuentro con otro ejemplar macho adulto. ¿Cómo una forma de vida de reproducción mamífera, con un nivel de actividad constante de las crías el primer mes de vida durante las veinticuatro horas del día, en un hábitat  precario y amenazado, puede ocultarse en ocasiones hasta del propio programa científico que los protege? A pesar de que los cachorros ya en el segundo mes de vida empiezan a tener un ritmo circadiano crepuscular bimodal es casi un milagro que la especie haya supervivido en un área en el que desarrollismo fue tan agudo que su voracidad todavía puede observarse en las sonrisas salivadas de políticos cuatro generaciones después. Sólo se puede comprender y valorar la existencia de estos animales cuando conoces, incluso retrocediendo esas mismas generaciones en el tiempo, el frágil eslabón del ecosistema al que pertenecen. En la optimización del hábitat y su cuerpo está implícita la condición de depredador furtivo. En los últimos años esto es una evidencia si se tiene en cuenta las continuas quejas de la población colindante al parque  demandando terrenos para la explotación de ganado y del cultivo, e incluso de ciertas administraciones públicas y corporaciones internacionales con proyectos de infraestructuras como autopistas y gaseoductos. La imagen en segundo plano del Linux mirando al vacío ilustra en todo momento el malestar y las controversias mediáticas que se producen en la conciencia colectiva al mismo tiempo. Podemos imaginarnos con facilidad a cualesquiera de dichos agentes sociales desplegando sus poderes económicos y de seducción, pero ¿Quiénes pueden imaginar al felino ampliando más quilómetros cuadrados de hegemonía previendo escrupulosamente etapas de escasez de alimentos gracias a lo que los científicos suponen como instinto de supervivencia? Como dirían ciertos especialistas fenomenológicos, en la deconstrucción de este discurso no encontraríamos intereses comunes entre estos animales y el pensamiento conservacionista, pues no existe relación íntima en la problemática de que el depredador  cace logomorfos dentro de un invernadero o el cambio rasante de una carretera. La cuestión es la abundancia de sus presas. Así que el compromiso ecológico o incluso la empatía hacia estos seres se fragua como consecuencia de la aleación entre la fuerza de las emociones que toda narración de oficio puede despertar en los receptores mediante la significación de una víctima, y los intereses económicos que se generan a partir del momento en que un amplio espectro de agentes sociales están dispuestos a pagar por tener acceso a su conocimiento. El resultado es un metal muy preciado y no es necesario nombrarlo.  Nadie mejor que la comunidad científica sabe que “Saber es poder”, y ellos, sobre todo quienes trabajan este proyecto “Life”, saben muy bien que al Linux lo que más le importa es encontrar alimento. No le incumbe si en el salto o la carrera por atraparlo interfieren solo variables paisajísticas. Si éstas están dispuestas y repercuten negativamente en las necesidades fundamentales para la “vida buena” de este animal (cosa que toda la ciencia apunta como más que probable), entonces ni habrá salto ni carrera. Pero si es lo contrario, en el páramo de plásticos,  por entre las curvas y rectas del gélido y ardiente asfalto y en los puntos de conexiones tubulares, podrían disfrutar todos los consumidores, activos y pasivos, tal vez con unos costes más democratizados, de los avatares del depredador eterno en la finita historia de las sociedades.

 El lince parece adoptar una estrategia de territorialismo basado en la defensa exclusiva de áreas con un amplio rango de disponibilidad de presas que permitan la supervivencia y la reproducción eventual incluso durante periodos de escasez de alimento [sic] www.vertebradosibericos.org, Alejandro Rodríguez, Estación biológica de Doñana (CSIC), 15/07/2004.

    Recordó el ejemplar que debió embalsamar Antonio. Ahora, en esta multiplicidad de caras del poliedro rodante que representa su vida, que rueda y rueda constante tras él, a veces con estruendo, provocando una insoportable crispación en su interior y un escándalo que puede alarmar a “los otros”, sus coetáneos en otro mundo,  y otras veces en el más absoluto silencio en solaz y compañía, se da cuenta de que no vio el cadáver, ni antes ni después de embalsamarlo. Ahora le habría gustado retroceder en el tiempo, ver cómo Antonio desollaba la carne para hacerla desaparecer y transformarla en el milagro de la vida eterna y del instante cinético pagado por el cliente. En el sentido estricto de los prejuicios infundados podía considerarse un individuo afortunado tras haber superado sin saber por qué ni para qué el miedo a la carne lacerada y a la sangre derramada.

   El solapamiento del dominio vital de hembras adultas residentes de Doñana fue muy bajo (solapamiento medio= 0,08; rango= 0-0,57) y el uso del área corazón fue casi exclusivo (solapamiento medio= 0; rango= 0-0,22) a lo largo de todo el gradiente de disponibilidad de presas (conejos) (López-Bao et al., 2014)3 [sic]. 

  La etapa de las salidas en ruta todos los fines de semana fue breve, pero podía decir sin ninguna duda que fue tan intensa en peleas y borracheras que se archivó en su memoria como un cortometraje sin principio ni fin y que se repitió durante mucho tiempo en su memoria. Consistían en vivencias efímeras y adocenadas, algunas demasiado frecuentes en el paso de unas generaciones a otras, sin embargo, no por esto menos decisivas para la experiencia vital de sus protagonistas. Habría que reconocer que las distancias del gradiente de nocturnidad de locales abiertos en las mismas horas eran muy extensas si tenemos en cuenta que el área corazón era muy restringida. Había que viajar rápido y beber también rápido para adquirir un conocimiento exhaustivo de los niveles de satisfacción y las propiedades de adaptación ante una más que probable permanencia indefinida dentro del área corazón. Peleas, borracheras y tías, excepto una, Gloria, lo cual corrobora el éxito de la aplicación de la ruta se alinearon en sus recuerdos en una secuencia infinita de los mismos fotogramas brutales, el mismo vaso con las misma sustancias y el rostro de la misma tía como prototipo de la estadística de todas las posibles que aparecían en el corto, y que se repite como en una pesadilla.

  El territorialismo estuvo influido por la densidad de linces. Los mayores niveles de solapamiento espacial tuvieron lugar a densidades intermedias de linces mientras que el territorialismo tendió a incrementarse a ambos extremos del gradiente de densidad, especialmente a bajos niveles. Las hembras adultas evitaron coincidir, siendo 0.0047 la probabilidad de asociación espacial a una distancia de 200 metros o menos (López-Bao et al., 2014). [sic]

   En realidad no debía echar de menos a Antonio, no había ningún motivo para que esto sucediese, pero le pareció que habría merecida la pena tomarse con él alguna vez que otra unas cervezas a lo largo de todos aquellos años que habían pasado con bastantes menos ejemplares de lince cazados o atropellados. Quizá si lo llamase podrían celebrarlo. No sabría decir exactamente si Antonio se alegraría igual que él por el bajo índice de muertes. Aunque pensándolo bien le apetecía darle un abrazo y preguntarle si todavía practicaba la taxidermia. Pensó que teniendo en cuenta su falta de actitud hacía las relaciones sociales no podía  tener ningún derecho a la amistad, y si lo tenía de nada serviría ejercer un derecho hacia las emociones. Nunca se sabe. Nada es imposible. Tal vez Antonio le sorprendiese con un fuerte abrazo y una sonrisa sincera. No tiene ningún sentido hablar del derecho de la amistad igual que hablamos del derecho romano o el derecho laboral. Tampoco tendría sentido hablar sobre qué es la amistad o en qué consiste, dado que existen tantos modos de ella que a menudo se pregunta si es mejor tener amigos en el infierno que en el cielo y viceversa. No dejaba de ser un poco misterioso que sin tener ninguna afinidad en común se llevaran bien. Se sentía bien a su lado. Le inspiraba confianza a pesar de que solo se veían en la ruta y de madrugada los fines de semana. El resto de los días eran demasiado parcelarios  como para que naciese una buena amistad. Aunque tal vez a aquello podría llamarle una “una buena amistad”. La prueba la tenía en el recuerdo. Del resto de participantes no tenía ni zorra idea. Los habría triturado el tiempo como otras tantas cosas. Antonio siempre se llevaba las mejores tías pero esto a él no le importaba. Las imágenes de las tías confundiéndose o mezclándose en un mismo rostro y cuerpo eran efectos de las leyes de la madre naturaleza.

 



miércoles, 16 de septiembre de 2020

MUÑECOS (ZOOS XX)

 





  En el pequeño guardapolvo de la puerta falsa, la pared contraria a la ventana del salón principal tenía un color distinto. Parecía que María Luisa, la asistenta, la había limpiado o le había pasado una leve capa de pintura. Sabe que en aquella hora del día los colores pasteles o suaves son difíciles de captar por los fotorreceptores de sus retinas. La horas doradas pueden ser mágicas para los fotógrafos pero nunca serían positivas en la observación detallada de todo lo que te rodea, sobre todo si llevas un cadáver en el maletero de tu vehículo. Cualquier detalle por pequeño que sea puede desatar los nervios de un individuo monomaníaco, obsesivo a veces hasta el delirio por la idea de que algo o alguien lo vigila y persigue permanentemente desde hace décadas. Tras cinco pasos un tanto vacilantes hacia la pared sospechosa su desconfianza se hace efecto una vez más en el fundamento más tétrico de su intuición. Casi nunca sucede nada en las cosas que él teme, pero cuando es lo  contrario  la anomalía le pesa como prueba repetida y adocenada de su escasa suerte. Le resulta deprimente encontrar la luz de la lámpara del salón encendida. Es triste no poder evaluar el alcance de sus despistes o del allanamiento o intrusismo en su vivienda. La vivencia es tan fuerte que podría permitirse agacharse y agitar con sus brazos el aire del vacío que siente bajo sus pies. Intenta al menos no hacerse duros reproches que puedan afectar su ego profesional o la falta de actitudes que garanticen continuar disfrutando de la mente privilegiada que cree poseer. Pero es una evidencia que la pequeña bombilla está encendida y que un leve escalofrío recorre la extensión de su espalda. La puerta está entornada -esto era lo último que podía esperar de unas circunstancias en las que el cálculo de probabilidad de que esto mismo se produjera a causa de su negligencia eran prácticamente nulas-.  La situación va adquiriendo en su imaginación tintes de comicidad cuando piensa que existe una remota posibilidad de encontrarse tumbado en la chaise longue del salón a su propio yo en una realidad paralela en la que la que fastidiosa y soporífera muerte de Mor nunca tuvo lugar. Le dan ganas de ir al Land Rover y arrastrar la bolsa mortuoria hasta el centro del salón y organizar allí mismo una tertulia con los máximos expertos mundiales en materia de ciencias sociales en primer término sobre el impacto cultural y antropológico que tienen las migraciones. Se acuerda por intuición –o por instinto, esto es imposible saberlo- de los flamencos que bajan del cielo para hacer un receso tras las suaves peñuelas del infinito secano, meteorizadas, y algunas con ralas sementeras de trigo, a su paso por la comarca antes del definitivo vuelo al otro continente. Quién sabe si al paraíso, como a él le gusta imaginarlo, o como es posible que lo sientan estos phoenicopterus sin conocimiento de la experiencia de cientos de generaciones anteriores, como tierra fértil. El 31 de mayo de 2008, a las 09:41 horas, el día del cumpleaños de Atilano, un individuo con el que fraguó una efímera pero estrecha amistad a juzgar por lo mucho que se ha acordado siempre desde que se separaron tras dejar la universidad,  con el que compartió piso y del que aprendió (si tenemos en cuenta las razones concluyentes a las que ha llegado con el paso del tiempo) que es importantísimo fomentar un fuerte ego para ahuyentar tus fantasmas internos, leyó en la web de  TVE que el Sahara seis mil años atrás fue un Vergel. Alguna vez ha pensado que si lo fue existe una remota posibilidad de que se regenere para solaz de una hipotética descendencia de Mor. Bueno es pensar, aunque sea en modo reactivo, en la probabilidad de que Mor engendrase en un vientre ideal antes de salir de Senegal una vida capaz de dar fe de su energía espiritual mediante argumentos tangibles ajenos a la originalidad de la obra de arte o la trascendencia económica en el entramado social de un gran capital, patrimonial o en efectivo. Se le suben los jugos gástricos hasta la garganta. Puede que el sabor a ajos y comino sea de las aceitunas que comió la tarde anterior, las que cosecha gracias al olivo que le envió Atilano con motivo de su propio cumpleaños, y que el mismo día, el 9 de mayo de 2008 a las 10:41 plantó diligentemente. Tal vez con la intención de no oír sus quejas en una hipotética visita más que por verdadero respeto al amigo. Esa obsesión de querer seducir a todo el mundo con la ubicuidad de un dios le molestaba sobremanera. Tendría que haber roto los lazos con Atilano casi desde el principio pero ahora era demasiado tarde. Las excusas para evitar a alguien son tan fastidiosas como los motivos que las argumentan. Se dan situaciones tediosas que podríamos evitar si no nos dejáramos arrastrar por la viciada inercia de la injustamente entronizada vida social.

  La gran envergadura de la figura de Atilano, a escasos centímetros del dintel de la puerta del pasillo que conduce a las habitaciones, es la evidencia de que no hay en el salón ningún yo-paralelo perdido en el pasado. Siente un dedo presionándole en la base de su columna vertebral. Solo es una sensación. Porque tras él no hay nadie. Pero la experimentación del tacto le estimula tanto que su hipotálamo transforma en su socio sistema límbico al instante hormonas que en un principio insuflaban cólera en otras que transmiten tristeza. Un posible deja vu que le conduce a la conclusión de la primera impresión que tuvo cuando conoció a Atilano. Algo le dijo que no se dejara rendir ante la evidente apariencia de probidad. Allí, en aquel momento, el deseo de tirarse encima de él y estrangularlo con sus propias manos es tan efímero como un pestañeo. Tal vez porque en ese estanco minúsculo de su hipotálamo otra hormona filtro intermedia segrega la visión de una figura de Atilano no humano. Aún así, presintiendo su inmediata y ridícula actitud, se dirige al imponente cuerpo inerte con la velocidad que le permite su tristeza y le suelta un golpe haito de karate en la garganta. La figura inexpresiva de Atilano sufre en el gesto de sorpresa que a veces los individuos componen ante el trauma o el pánico. Es decir, la ausencia de todo neuma ante la estupefacción. El muñeco Atilano se tambalea de espaldas a una de las paredes del pasillo.  Es lógico que no haya contemplado que tiene unos cuantos kilos de hierro en cada bota forrada de cartón. Por un instante está convencido que el Atilano muñeco o el verdadero no puede respirar y que siente un fuerte dolor en el pecho y que pronto tendrá en su saldo de homicidios involuntarios y otros antónimos, por denominarlos con un mínimo de delicadeza ante el despliegue de emociones que el narrador, teniendo en cuenta su lado más empático, está revelando del personaje. Observa por automática intuición que otra muerte en este momento de su vida sería poco recomendable para su aburrida existencia, o cuando menos, absurda para el juicio de la comunidad a la que pertenece, aunque ésta ni se entere ni fuera a echar de menos ni a la víctima ni a la reputación del verdugo. Siente en sus labios una sonrisa tímida de quien pronto va a poder corroborar un antiguo presentimiento. Su orgullo personal de ser capaz de someterse a la crítica permanente de sus sentimientos le permite felicitarse a sí mismo por reconocer la primera sensación que obtuvo la primera vez que vio a Atilano. Su probidad le resultó entonces y ahora insultante. El golpe haito era inevitable antes o después en su subconsciente, y también, por qué no decirlo, en su conciencia.   

 Según sus informaciones Atilano debía encontrarse a miles de quilómetros de distancia al otro lado del océano, pero está seguro que la presión en la base de su columna ha sido una sensación verdadera. “Algo o alguien de la manera que sea le ha impelido a defenderse sin dudarlo del hijo de puta este de Atilano”, se dijo. Este o aquello en lo que se haya transformado este sujeto desde el lugar que se encuentre en el mundo lo ha sugestionado hasta el punto de desencadenar un ataque violento. ¿Para qué quiero un amigo o enemigo que le va a ir bien y lo hace todo bien si de él no tengo noticias desde hace décadas?

  Tiene la mirada perdida en el fondo del pasillo. En la cocina un fino rayo de sol logra abrirse paso a través de las abigarradas superficies de objetos desordenados hasta acertar contra la superficie convexa de una cucharilla tirada en el suelo. De no ser por las miles de hormigas que se han apoderado de ella tal vez el metal brillaría para él como un señuelo en la bruma en la que se acaba de perder su dolor. Pero una vez más, siempre según qué combinación de elementos en su obstinada interpretación del efecto del mundo externo en el interno y viceversa, repercute en su conducta. Solo es consciente de que está viendo y sintiendo dos hormigueros cuando tiene la necesidad del desayuno. Uno sobre la cucharilla impregnada de Nutella de la última merienda, y otro en el fondo de su estómago. Necesita comer para comprender o al menos asumir los factores  que le han conducido hasta  situación en la que se halla.

 ¿Es posible que Atilano sepa que él ha matado a Mor?¿A un negro que nunca debió cruzarse en el camino o a un desgraciado inmigrante que tuvo la mala suerte de que un necio paseara con aires de gallo manso con su todoterreno vintage por un solitario paraje? ¿Qué pretende este desgraciado enviándole una réplica en cartón con el aspecto de cuando eran veinteañeros? ¿No es una puta casualidad que su casa se la encuentre abierta y con un tentetieso esperándole a mitad del pasillo el día que se le ocurre regresar eventualmente con los restos escondidos de un africano? Presiente que Atilano no debe andar muy lejos. Quizá esté oculto en algún lugar de la casa esperando el momento para irrumpir cuando él menos se lo espera. Sintió un leve escalofrío en la nunca y se acordó de repente del maniquí que Atilano tenía en la habitación del piso que compartían hacía ya más de veinte años.

  Vestía al muñeco con la ropa que desechaba. Alguna vez incluso compró algún complemento barato en los mercadillos de la ciudad para que, según sus palabras, “su yo” se sintiera equilibrado. Contaba que había gente que tenía perros o gatos en casa con la intención de sentirse acompañados y que para él esto no era más que una actitud hipócrita. La gente en realidad no necesita tanto la compañía como asegurarse de cuántas cosas pueden hacer para satisfacer ciertas necesidades raras como medidas compensatorias a sus egos y al menoscabo que estos producen en el ritmo biológico del planeta. Mucha gente prefiere aplicar este terapéutico altruismo en la causa desinteresada de cuidar animales antes que enfrentarse a sí mismo con la tediosa tarea diaria de aceptar sus constantes despropósitos. Decía que todos esos individuos con perros y gatos eran una legión que no sabe que en realidad, muchas veces en la vergüenza e incluso para la ignominia de sus congéneres que son conscientes de ello, están poniendo de manifiesto la enfermedad que todos llevamos dentro, tal vez eso tan malicioso y sofisticado que occidente ha llamado como “pecado original”. Decía que él aceptaba con humildad que era un necio por su condición humana pero no estaba dispuesto a asumir ciertos roles inducidos por las autoridades éticas y morales de la inevitable sociedad hipócrita a la que pertenecemos, que su ejercicio de observación con el maniquí lo mantenía la mayor parte del tiempo a salvo de las miserables prácticas de redención o liberación de sus semejantes, decía que hablaba mucho con él y le servía para aliviar el peso de sus preocupaciones, tanto mundanas como divinas. Alguna vez, a través del hueco de la puerta entornada de su habitación, pudo ver a Atilano arreglando la ropa o la peluca de la esbelta figura. Nunca lo pilló en uno de sus presumibles soliloquios, pero lo prefería. Probablemente si le hubiera oído hablar a través de las paredes se habría cambiado de piso inmediatamente. No habría podido soportar la complicidad, el fastidio de tener que fingir la normalidad en una convivencia con un tipo inteligente y que comportara a la vez las manías estúpidas de una especie de visionario o iluminado.

   Cuando fue a por otro tarro de Nutella se dio cuenta que era un perfecto imbécil. Había omitido no solo las normas básicas de cualquier policía, sino que además el más grande de los chapuceros, el más inepto de los homicidas dejando los restos de un cadáver abandonados y a merced de las actitudes impredecibles de los vecinos o del olfato de cualquier chucho.