martes, 3 de mayo de 2022

EL APOCALIPSIS DE LA GENTE

Cuando escucho y leo el tono y el sesgo apocalíptico que se alcanza en diferentes foros, incluso en comentarios que hacen algunas personas con las que me tropiezo a diario sobre la guerra de Ucrania, me asalta, como una medida defensiva que supongo que mi instinto utiliza para que la realidad que narran los medios de información no afecten aún más a mi ya de por si percepción pesimista del mundo, el recuerdo de la lectura frenética en el verano de 2012 de la novela La carretera, de C. McCarthy. Imagino que este terapéutico o, cuando menos, atenuante mecanismo de huida, que nos aporta el soporte de la literatura, a pesar de ser en este caso no menos apocalíptico, u otro parecido con paralelismos que sirvan para aurificar la realidad deben ser aplicaciones de carácter colectivo que nos protegen de la insoportable sensación de negación del universo sin nosotros mismos, y que todos o casi todos traemos de serie para evitar decisiones mucho más trágicas que las que vienen dadas por voluntades ajenas. Aquél año pasábamos nuestro mes de julio de vacaciones, nuestro tiempo de oficio para intentar hallar otro año más el paraíso en la playa. Un lugar para la felicidad que sientes exclusivo y categórico para ti, y que, sin embargo, supongo que por cuestiones mercantiles, lo buscas inconscientemente en el imaginario colectivo. En la primavera del mismo año tuvimos suerte y encontramos casi en el mismo rompeolas un chalet magnífico para alquilar por un precio más o menos razonable. Teníamos sobrados argumentos para prometérnosla felices y así fue sin ningún lugar a dudas. Ahora, con la pausa exenta de emociones que te da la distancia de una década, me doy cuenta de la paradoja de la experiencia. El gran mercado del ocio en el que te ofrecían con la lectura de una novela basada en las circunstancias tras una guerra química o bacteriológica, la posibilidad implícita de oler a carne humana podrida, o desde los servicios informativos de los mass media del momento el seguimiento pormenorizado del número de desahucios y suicidios como consecuencia de los efectos económicos de la crisis de las subprime, era (continúa siéndolo evidentemente con las emociones sin pausas las propias del presente que te niegan una percepción objetiva, en este sentido el mundo continúa por la misma senda) una realidad abierta a un equilibrio entre el cielo y el infierno. Entiendo que en la vida, por cuestiones de linaje y circunstancias económicas difíciles de prever, al final casi todo es cuestión de suerte. Nosotros la teníamos de nuestro lado. Hasta dicho momento, en medio de la partida de la crisis económica que nos había tocado jugar, la vida, con sus placeres más o menos aburguesados, nos sonreía, al menos en lo tocante a nuestra regular y periódica parte del botín de la que éramos depositarios y valedores para garantizar el funcionamiento del Estado de Bienestar y su ensayo con el capitalismo salvaje. Éramos intocables e inalcanzables tras la enésima batalla ganada por los poderosos, al menos temporalmente como tesoros escondidos, contra los hipotéticos saqueos de sus mercenarios políticos en la primera línea de fuego. Me remonto aún más en el tiempo con la intención de comprender aquél espacio único e irrepetible de la playa en 2012, aquella mónada que pudiera explicarse a sí misma, y recuerdo otro nuevo callejón sin salida en la realidad, otro de hace más de treinta años. En mis tiempos muertos de estudiante (tal vez no estuviesen sin vida, sino que yo me encargaba de robárselos a la bestia de la “evaluación continua” la parte que me correspondía en compensación a la condición de víctima exclusiva de su propiedad) hice acopio, como si se tratase de un presagio para una vida en la que los libros serían las armas contra las estúpidas modas que jamás cesan, de un buen lote de libros de bolsillo casi a precio de saldo. Sabía perfectamente cuando los compraba que tardaría en leerlos, y puede que alguno ni eso. Pero en el momento la ganga que suponían y sus títulos tan lejos del contexto social en el que me encontraba en los años ochenta, tenían el mismo sentido de identidad que poseen las viejas fotografías de familia que vas acumulando en un cajón para una visión pretérita. Aquellos libros de ensayo de la ya por entonces vieja política, de la sociología que todavía no descartaba la viabilidad de un marxismo trascendente y ese tipo de cosas, los he conservado durante dicho tiempo en un rincón de mi librería, y parece que ahora, a lomos del caballo apocalíptico que narra la amenaza de una tercera guerra mundial, les ha llegado su hora. Estos libros son como un hálito de la guerra fría (que con los acontecimientos entre Rusia y Ucrania comprobamos que evidentemente no había acabado) que los muertos de la guerra caliente del ahora me envían a través de las páginas amarillentas del olvido. Uno de estos libros, uno de Cesare Cases en concreto, crítico literario y filósofo político italiano, marca tras su portada 200 pts (parece que estaba muy claro que la sección de libros de El Corte Inglés se había propuesto deshacerse de todos aquellos libros. Podías comprar uno si renunciabas a un par de cafés). En la página 66 de su trabajo “Vicisitudes y problemas de la cultura en la República Democrática Alemana” habla sobre un tal Karl Jaspers, psiquiatra y filósofo alemán que fue referente en la reconstrucción alemana tras la Segunda Guerra mundial y en plena amenaza del telón de acero de la extinta Unión Soviética. Cases alerta sobre la desorientación ideológica de las masas que se abandonan en al más obtuso de los americanismos, a la oscilación entre la satisfacción en el bienestar y el miedo cósmico. Denuncia que figuras como Jasper son capaces de emplear todas sus energías para escribir un libro enorme para demostrar que quizá sea mejor arriesgarse a destruir la humanidad antes que renunciar a defender con la bomba atómica las conquistas de Occidente. Es decir que, cómo se suele decir, parece que las armas las carga el diablo, pero también podría ser cierto que gracias a nuestra capacidad como especie de otorgarle nuestra propia maldición al personaje, éste nos hace un guiño y utiliza la amenaza de la destrucción nuclear y por tanto la aniquilación de la humanidad como medida preventiva para salvarnos de nosotros mismos. Cuando busqué en la red la trayectoria de Karl Jasper encuentro que la Wikipedia cuenta que al final de su vida, en 1967, se nacionalizó en Suiza y vivió sus últimos en este país como consecuencia de la mala acogida que tuvo la publicación en la República Federal de Alemanía su libro “El futuro de Alemania”, en el que cuestionó la transparencia democrática de las élites oligárquicas de los grandes partidos políticos de entonces. Todo un ejemplo de independencia y compromiso político a ojos sólo, claro está, de quienes se consideren por encima del bien y del mal y, por supuesto, no tengan una descendencia sin aspiraciones tecnocráticas. Este podría ser quizá el caso del propio Jasper. Es una evidencia que con el paisaje de fondo de la Guerra de Ucrania, tanto en la novela de McCarthy como en la suerte de exégesis marxista y estructuralista que ofrece este puñado de libros para una comprensión del inevitable rearme atómico durante la Guerra Fría, encuentras motivos más que suficientes para sospechar que es posible que la vida se base en un auténtico milagro por el que apuesta la diosa Fortuna. Para el caso se me viene a la cabeza el oficial soviético Stanislav Petrov, que el 26 de septiembre de 1983 desacató según el protocolo militar del Kremlin la orden de “Ataque nuclear de represalia”. Aquel día Petrov era el oficial de guardia en el centro de mando del sistema de alerta nuclear de OKO cuando hubo un error del mecanismo y se informó de que se había lanzado un misil desde los Estados Unidos, seguido de cinco más. Petrov consideró que los informes eran una falsa alarma y decidió no acatar su deber como militar. El satélite OKO falló. Cuentan que no funcionó bien a causa de una rara conjunción astronómica entre la Tierra, el Sol y la posición específica del satélite. De hecho, el tremendo descalabro ha pervivido para las crónicas militares con el titular de “El incidente del equinoccio de otoño de 1983”. Stanislav conocía muy bien las peculiaridades del sistema OKO de alerta temprana y sabía que este podía cometer errores. Detectó en un primer momento el lanzamiento de un misil intercontinental desde la Base de la Fuerza Aérea Malmstrom (Montana, EEUU), y que en veinte minutos alcanzaría territorio de la URSS. Pensó que no tenía mucho sentido que los americanos atacasen con un único misil. Incluso siguió pensándolo cuando poco más tarde los ordenadores señalaron que cuatro misiles más habían salido en la misma dirección. Cuando leo el título del accidente histórico tengo la sensación de que la combinación de palabras parece prescrita y elegida tras un exhaustivo estudio técnico, quién sabe si hasta esotérico, para diagnosticar los posibles trastornos que pueden ocasionar las posiciones de los astros a la eficacia informática y al comportamiento humano, desde un centro importante de estudios sociológicos. Sin embargo, creo que pocas veces se da en la historia la posibilidad de intentar dar una versión oficial de un incidente de tal envergadura con un grado de imbecilidad tan grande para la elección de sus argumentos. El fallo del satélite a causa de la conjunción astral resulta igual de creíble que la futura resurrección de Walt Disney tras el bulo extendido de su falsa criogenización por personajes como Salvador Dalí (aunque no deje de ser cierto que todavía hay gente que se trague, por la vía de esos mismos bulos, que también J.F. Kennedy volverá a ver la luz también por el mismo método). Las palabras del propio Stanislav Petrov acerca del porqué tuvo la mayor de las inspiraciones fueron: “La gente no empieza una guerra nuclear con sólo cinco misiles”. No sé si el uso del concepto “gente” se corresponde con una fiel traducción del ruso. Ni siquiera sé si lo dijo en otro idioma. Pero la idea de utilizar en su frase el sujeto “gente” me parece de partida dilucidador. Excepto en un par de instantáneas la mayoría de las fotografías de Stanislav que circulan por internet dan la impresión de no representar a nadie que haya tenido el rango militar de Teniente coronel. Cuando vi por primera vez su aspecto pensé que cuando un mando militar soviético se retiraba nunca podría parecerse en nada a uno occidental del mismo rango. Tal vez llegué a la precipitada conclusión de que de un modo muy diferente a lo que sucedía al otro lado del telón de acero, sus vidas eran como las de cualquier funcionario jubilado y estaban abocadas a la sobriedad y a la negación de la vida pública, y que sus estatus de mandos militares, con todos los honores y responsabilidades asumidas, por muy elevados que fuesen, se perdían en el pasado como el rocío de la mañana. Luego, cuando me enteré que Stanislav, pocos meses después de que le condecorasen de un modo explícito por sus encomiables servicios, fue expulsado sin más del ejército con menos de 50 años de edad, con la excusa de un merecido retiro anticipado pero, evidentemente, con la verdadera intención de que el pueblo soviético no percibiese que por debajo del gobierno de los miembros del politburó existía un individuo mucho más competente e inteligente que todos ellos juntos y al que todo el planeta le debía el futuro, comprendí que el sometimiento a la degradación siempre comporta actitudes inevitables. Cuentan que se “bebia” su pensión de 100 doláres mensuales y que la cuantía de los premios que recibió fuera del territorio de la URSS los utilizó íntegramente para la educación de sus nietos. Todo un personaje que inevitablemente te llena de compasión y ternura. Stanislav aparece en casi todas las imágenes de Google con ropa cómoda. Camisa de franela a cuadros, jerséis deportivos e incluso con pantalones y chaqueta vaquera en lo que parece una visita a EEUU. Parece el tío que te cae bien de la familia y que te recibe en casa tras haber cortado leña para que pases con él un buen fin de semana. Creo que para “La Gente”, ante todo por la frase y las fotos, Stanislov Petrov pasará la historia sobre todo como un tío de puta madre. Un tío que se dedicó a la vida militar pero que hiciera lo que hiciese en la vida habría siempre terminado en la cumbre del ideal que todo el mundo tiene (y que casi nadie conoce) de preocuparte exclusivamente de las cosas por las que merece la pena vivir. Pienso que estas cosas innombrables que se ocultan tras el carácter y la voluntad de individuos como Sviatoslav Petrov son las que nos hacen soñar despierto. Me doy cuenta de que en 2012 los encontré en el texto de La carretera de McCarthy, y de por qué me obsesionaron hasta el punto de perder la noción de lector en la propia escritura. Con la estrategia de principio a fin de estructurar todo el texto en pequeños párrafos, con una prosa directa a las emociones a causa de la extrema necesidad de protección que asume el padre en todo momento de la historia con el hijo, y el uso de un hilo conductor como una especie de mantra psicológico de no perder jamás de vista el asfalto de una carretera que se hace infinita, como significado icónico de comunicación y de experiencia de la exploración de nuestro hábitat en nuestra cultura transmoderna, y que para el padre es señal inequívoca que les conducirá de norte a sur hacia algún reducto de civilización en un mundo salvaje en el que el canibalismo es una opción de supervivencia entre otras muchas, sientes que la historia te aplasta contra el suelo, que te asfixia y que solo podrás respirar si continuas leyendo. Los flashback en forma de pesadilla que padece el padre como persona compleja, sufrida, lúcida pero obstinada y que persiste en sobrevivir a pesar de contemplar el suicidio, sugieren que a pesar de su inocencia en la autoría de un extraño cataclismo mundial, se siente corresponsable por culpa tal vez de sus actitudes pasivas adquiridas en la semi inconsciencia del conformismo y del consumismo. El final de la novela no es más (ni menos) que la activación una vez más del mecanismo que articula nuestra historia como especie. Parece que la opción de vivir que caracteriza al ser humano es hasta tal punto tan determinante que aniquila siempre en el último momento su propio deseo de conocer también la oscuridad y la nada. Nuestros momentos de mayor felicidad en el verano de 2012 tenían lugar durante las puestas del sol en la playa. Éramos dependientes de la geometría de los astros y, sin mayores exigencias que el disfrute del transcurso de las horas, vivíamos en un heliocentrismo tácito, dado por las tradiciones de nuestros antepasados por sus incalculables beneficios para la salud, y recibido con la alegría y la ingenuidad de quienes inconscientemente prefieren renovar la fe en la vida emborrachándose de sus cuatro elementos principales, antes que pensar en ninguna propuesta antropocéntrica de consumo de ocio capitalizable, por muy seductor que fuera. Hace un par de meses que acabé estas lecturas políticas y sociológicas tanto tiempo olvidadas y arrinconadas. Creo que lo principal que me ha quedado de ellas es la sensación de lucha inútil y efímera de una parte de la humanidad contra el tiempo. Algo parecido a la sensación de saldo negativo que daban los libros desordenados y depositados como ladrillos en aquellos grandes cajones de El Corte Ingles. Veo la destrucción y la muerte en Ucrania y es muy posible que la principal conquista de occidente no sea haber puesto un pie en la Luna o haber enviado tecnología a Marte. Tal vez el hecho de no parar hasta demostrar que somos capaces de destruirnos a nosotros mismos y el mundo que conocemos sea el plano de inmanencia que ha necesitado y buscado durante miles de años para, como escribió el astrónomo y escritor alemán del siglo de las luces Lichtenberg, “Crear a Dios a nuestra imagen y semejanza”. Es muy posible que nuestra inspiración y capacidad para llenarnos de odio jamás nos abandone. El conflicto bélico desatado por Rusia es la enésima evidencia de esto. Es posible que lo llevemos en nuestro ADN, como las sensaciones negativas y los peores recuerdos que siempre nos acompañan a lo largo de nuestra vida, pero, ¡y si lográsemos de algún modo hacer comprender a quienes accedan al poder que tengan el valor de pensar que en el último instante como especie, como “gente”, nuestro instinto siempre va a optar por la vida!

lunes, 7 de marzo de 2022

HU-4103

Había quedado con Juan a las 09:30 del viernes. Una buena hora para empezar una jornada que se presentaba muy atareada. No obstante, para evitar imprevistos, me propuse la tarde anterior llegar a la cita al menos a las 09:15. Unos minutos de antelación me vendrían muy bien para acabar de afinar el Kawai vertical de arpa grande, para una hora más tarde, como mucho, poder salir de La Palma del Condado por una carretera que no conocía, la HU-4103, y que me llevaría hasta Nerva para engarzarle y al menos entonarle cuatro cuerdas graves a un piano Rippen que se encontraba abandonado desde hacía 20 años. Además de todo esto, consideré que si llegaba más temprano a esta cita mi calidad como afinador tendría un plus laboral ante los ojos de Juan. Lo conocí el día anterior y como técnico de cultura me dio la sensación de que era muy escrupuloso en la organización de su trabajo. Pensé que de este modo me ganaría un poco más su confianza para futuros trabajos. Cuando acabé con el Kawai y me despedí de Juan tras una breve conversación me llevé la impresión de que también era una buena persona, o que al menos sabía escuchar. Debía estar en Huelva a las 16:00 para comenzar mis clases y el cuestionamiento del tiempo para acabar el trabajo de los dos pianos era determinante. Lo tenía todo bien planteado, o casi todo. Una vez más (ya no ocurría desde hacía bastante tiempo) caí en la tentación de apartar la mirada de la realidad y observar con un mínimo de intriga o de emoción, según se entienda el hecho de poner en riesgo mi eficacia profesional, el rostro amable de lo ordinario, de lo cotidiano o rutinario. Tomé una decisión caprichosa, no del todo fundamentada en la conveniencia y la razón, y que con los minutos fue transformando mi gesto de aprobación por el buen trabajo realizado hacía apenas unos minutos en el rictus de la frustración más enojosa. La elección del itinerario por la HU-4013 con el argumento de que era el trayecto más corto desde La Palma del Condado a Nerva fue, por enésima vez en mi vida, la ocultación alevosa del gesto sonriente y cortés del futuro previsto, de ese que siempre nos reserva la inmediatez elaborada de los hombres de provecho y que arruinamos en un instante a causa de nuestra curiosidad y nuestro exceso de confianza. No hace demasiados años lo improvisaba todo. A veces hasta cosas demasiado importantes. Pero poco a poco acabé convirtiéndome en un sujeto desconocido. En alguien que extraña cosas de sí mismo, o de otra persona que existió y a la que no sabe exactamente si la echa de menos porque apenas recuerda la experiencia de “quedarse con la mente en blanco” o por la farragosa experiencia, no siempre negativa, de depender de terceras personas para salir de situaciones embarazosas a causa de una falta absoluta de previsión. Es posible que mi padre llevara razón cuando decía aquello de “tendrás que sentar la cabeza”. Pero ahora que lo pienso creo que no se refería a la cabeza sino a pensar con el culo y la boca y hacer cosas que en definitiva si le das la prioridad que merecen te hacen lo que casi todo el mundo considera como un hombre cabal y autónomo; es decir, un hombre capaz de gobernarse. Echo de menos levantarme de la cama y no tener la obligación de pensar cosas que están fuera de mi cabeza. Pero a cambio, gracias a las preferencias de mi trasero y de mi boca por esas cuestiones que están fuera y que se compran y se venden (el orden es indistinto) puedo entrar y salir cuando me plazca de lugares exclusivos para gente feliz que consumen desde las ideas más piadosas a los manjares más exquisitos. Gente que se congratula de compartir contigo todo lo que puedan pensar y sentir con el trasero y la boca, gente que tal vez no caen en la cuenta de que se llevan todo el tiempo atendiendo a cosas que están fuera de su cabeza. Es cierto que casi hasta el último momento antes de coger la HU-4103 mi trasero y mi boca continuaban mandándome mensajes para que me decantara por la A-493 y luego continuara por la N-435. Pero parece que tuvo más fuerza el instinto, como se suele decir, o lo poco que pueda quedar de él en el interior de mi cabeza. Estos restos de ingenuidad, de insensatez, de dislates extravagantes que quedan aún en mi memoria, me condujeron por una carretera serpenteante, estrecha, sin medianas señalizadas ni arcenes. Me llevaron hacia pendientes con más de un 20% y me invitaron a conocer cruces con caminos casi invisibles por los que perderme y observar enormes barrancos de vértigo abarrotados de encinas. Según lo previsto, justo a la hora que debía encontrarme ya en Nerva, todavía estaba atravesando el quilómetro que dividía la carretera en dos. Llegaría con un retraso de casi una hora y cualquier contratiempo con las clavijas, o con el cálculo de las medidas del bordón y las bordonas podía significar otra sesión más de trabajo con un piano que en el fondo no merecía tanto. Abilio, el propietario, me aconsejaba que me tomara todo el tiempo que necesitara para “devolver a la vida” (así me lo pedía) su viejo piano. Me decía que para él y su mujer, jubilados ya los dos, era ante todo una cuestión sentimental. Sin embargo, cuando fijamos un presupuesto aproximado sus palabras ante la cifra fueron de resignación. Así que todo el gasoil y el tiempo extra añadido al plan de trabajo correrían por mi cuenta. Mi viejo Peugeot todavía es lo suficientemente seguro y confortable, pero en las cimas y pronunciados desniveles del angosto asfalto que parecía no acabar nunca tuve la sensación de que se comportaba como un animal doméstico que podía encabritarse en cualquier momento y perder toda su docilidad. Hay que reconocer que la Diputación provincial de Huelva ha hecho un trabajo excelente con el mantenimiento del piso y los guardarraíles de esta carretera. Supongo que ante la evidencia de la dificultad de separar los espacios de doble sentido el departamento competente optó por apostar por la opción de una conducción al menos sin baches. Aunque la verdad es que esto podría resultar ser un arma de doble filo para todo conductor, en mi caso la suerte se decantó en mi primera experiencia en el lugar, por no atender a las cosas que estaban fuera de mi cabeza, por el lado más peligroso e inconveniente. En la conducción por esta carretera te deslizas con facilidad por las pendientes. Para aprovechar la inercia en un itinerario tan lento, deliberadamente y asumiendo un riesgo no del todo necesario, invades en cada una de la infinidad de curvas, algunas casi de 90º, gran parte del espacio izquierdo reservado a vehículos que imaginas demasiado lejos de ti y que se encuentran en la más absoluta inopia. En la HU-4013, tras diez minutos circulando, das por inevitable el hecho de que conducir tiene sus riesgos. Sin embargo, a pesar de que en todo momento en la vida casi siempre todos pensamos que en la asunción del peligro la gracia divina está de tu parte, yo creí que la amenaza tendría el aspecto de un turismo, de un furgón, autobús o camión; quizá a lo sumo el de una motocicleta. Pero parece que es cierto en todo momento el clásico concepto de que la realidad supera a la ficción. Considero que el interior de mi cabeza siempre fue un pozo sin fondo del que manan incansablemente imágenes y situaciones absurdas e imposibles, pienso que muchas de ellas serían catalogadas por los expertos como de esquizoides o paranoicas, pero creo que este manantial jamás habría generado las propiedades de la cosa que al final de la enésima curva cerrada se dio en la realidad. ¡Cómo podría haberme deparado dichas profundidades el repentino emplazamiento de la oscuridad más absoluta! ¡Nunca había salido de mi cabeza la descabellada idea de que la luz desaparecería en un abrir y cerrar de ojos! En el punto de escape de la curva se hizo la oscuridad, una negritud tan densa que hasta me costaba sentir mi cuerpo. El desconcierto fue tan mayúsculo que no puedo asegurar que sintiese miedo, ni siquiera un mínimo de excitación. No sé decir con precisión por qué mi principal preocupación era saber si sería posible colocarle las cuerdas al piano de Abilio antes de almorzar y no otra entre las muchas incertidumbres que podían depararme aquellas circunstancias. Al mismo tiempo que frenaba y ante la imprevista sorpresa, con relativa calma y a tientas, buscaba el escalón derecho del asfalto, creí por un momento que me hallaba en el comienzo de un episodio de esos programas ridículos de la televisión en el que te gastan una broma. O en el escenario de un experimento científico, tal vez militar, en el que había fallado la seguridad y me había colado por error. Supongo que por puro instinto me deshice del cinturón de seguridad e intenté localizar la bola del sol al mismo tiempo que sujetaba con firmeza e intuición la posición del volante hasta dejar las dos ruedas alineadas en el escalón del arcén al final de la curva. Pensé de repente en la posibilidad de que estuviese asistiendo a un eclipse total de sol, pero del mismo modo pensé que en esos fenómenos naturales la luz desaparece gradualmente. Además cuando se va a producir un fenómeno de estas características los medios de comunicación se llevan anunciándolo con bombo y platillo semanas de antelación, y yo no tenía noticia ninguna. También pensé, con una rapidez que ahora me asombra, que alguien me había tendido una trampa y había cubierto mi Peugeot con un tejido o sustancia negra; o que del mismo modo por accidente el viento o en caída libre, desprendida quizá desde un vuelo del tipo que fuese a cientos de metros de altura, podría haber llevado exactamente hasta mí aquella estúpida e inconveniente anormalidad. Cuando al fín logré estabilizar mi Peugeot tuve conciencia de la seria dificultad en la que me encontraba. No obstante, a pesar de las evidencias del peligro y la vulnerabilidad, mis ánimos eran de ofuscación contra una eventualidad o un enemigo convencionales. Creo que mi conciencia aun flotaba en la superficialidad de los motivos que me habían llevado hasta aquella carretera. Supongo que por un acto reflejo inspiré profundamente por la nariz, de la misma manera que lo hago todas las semanas cuando nado de espaldas en la piscina municipal. Creo que con la excusa de oxigenar mi musculatura pero con la verdadera intención de colmar mi interior del aire y la luz que me circunda y poder utilizar sus enérgicas virtudes para que mi alma sea eterna. Conseguí relajar un poco la tensión contra los anónimos enemigos y mi primera intención fue apagar el motor para escuchar el sonido de la oscuridad, pero no lo hice cuando advertí que había estacionado en una carretera demasiado peligrosa. Podían colisionar contra mí vehículos en las dos direcciones. Finalmente pasado un tiempo imposible de cuantificar paré el motor ante la evidencia de que era prácticamente imposible de que los hipotéticos vehículos acertasen a colisionar contra mí en aquellas circunstancias. Me costó encontrar la manilla de la puerta para abrirla y comprobar si la oscuridad era propia o si afectaba a todos los conductores. Cuando pude comprobar que fuera no había ningún indicio de luz, que el color negro lo había absorbido todo igual que en el interior de mi Peugeot, sentí como mis párpados intentaban escapar de mi rostro y me sobrevinieron desde lo más hondo insoportables arcadas. Con la intención de salir intenté mover mi pie izquierdo en vano. Supongo que el más primario de los instintos lo impidió y lo dejó petrificado. Ante la imposibilidad de no poder ver nada mi instinto recurrió al auxilio del oído. El silencio me parecía de otro mundo. Quizá un silencio sin autoría pero deliberado, con pretensiones anecoicas para una selectiva afinación futura del mundo, me dije, con la esperanza de no quedarme sordo. Sin embargo, tuve la impresión de que escuchaba revoloteos muy lejanos de pájaros, y pocos segundos después, tal vez más cerca, poco antes de que mi corazón quemara mi garganta e hiciera temblar la tierra, un breve enfrentamiento muy violento con golpes de piedras, madera, gritos humanos, alaridos y quejidos de animales. Tras esta reverberación, la quietud y la oscuridad fueron apoderándose lentamente de mí. El color y el estado de la privación y el vacío lo cambió todo. Sentí que era completamente ajeno a mí mismo y que en aquella forma de parálisis de la vida una fuerza me empujaba vertiginosamente en todas direcciones hacia las cosas que nunca he soportado, hacia los peores recuerdos de mi vida. Ahora el enemigo o lo que fuese “mi yo” o lo que salía de él estaba dentro de mí, y, sin embargo no era yo, en el abismo del interior de mi cabeza, tal vez. O elegía la opción de salir al exterior para buscar ayuda y me exponía a que me atropellasen e incluso a despeñarme, o la de permanecer en el Peugeot a la espera de la vuelta a la normalidad o de una señal del tipo que fuese. Me temí lo peor. Cerré los ojos y apreté los párpados. No encontré luz para iluminar la oscuridad y entonces, con aquella acción, sin pretenderlo, busqué más oscuridad. Obscurium per obscurius, nos dice el pasado de los maestros herméticos. Pero parece que ha pasado demasiado tiempo para atender estos consejos de la sabiduría más antigua. Hoy la única opción a esa alternativa solo nos la ofrece la locura. Sin embargo, todo el mundo repudia este estado a pesar de la admiración que se siente ante las grandes preguntas de la existencia y esta inexplicable actitud mental. Nadie quiere lo oscuro. No ha quedado ningún intersticio en los muros de la historia por el que poder observar otro paisaje que no sea confortable y placentero, y mucho menos si es interrogante y desconocido. En ese acto reflejo ante la oscuridad yo también habría huido si hubiese podido hacia cualquier forma de materia, aunque ésta hubiera podido sepultarme. La locura anula el miedo fundado porque se basta sola. Busca una salida desesperada a una existencia miserable y finita, y para ello transforma la vida del mismo modo menesteroso y perverso en fobias insufribles hacia cuestiones pueriles comparadas con el misterio de la vida y de la muerte como son la competitividad en el trabajo, la conspiración extensiva o la aprensión ante las catástrofes naturales. La locura no necesita el soporte de la carne ni de las emociones. Viaja desnuda y sin destino en busca del todo y la nada. Supongo que es el camino más corto para que nuestro subconsciente se sume en la oscuridad. Otra cuestión es que sin pretenderlo nos encontremos en ésta y sin estar locos; y así me hallaba, a no ser que mi desconocimiento sobre mi psique fuese tan profundo como para sufrir algún trastorno mental crónico hasta donde se pierden mis recuerdos. Supongo que a causa del gran esfuerzo incogitado de intentar buscar en la oscuridad perdí la conciencia. Ahora me pregunto por qué no tuve la suficiente fortaleza para soportar la realidad. Por qué no pude sostener el suficiente tiempo ante aquella realidad la pregunta hacia los motivos o las razones de su precipitada aparición, del porqué de aquella especie de mónada arbitraria, ya fuese propia o colectiva. Sé que nada de todo aquello tiene ninguna explicación ni ningún sentido. Sin embargo, siento que lo sucedido era inevitable, puede que hasta substantivo en mi destino. Nunca me he atrevido a hablar con nadie de todo esto. Sobre todo porque a mi edad es demasiado tarde para permitir que cambien mis características distintivas. No puedo permitirme frivolidades de este tipo. Ni siquiera con la mejor de las intenciones de ayudar a otras personas que sufren a diario las consecuencias de tener sin más remedio que pensar a través de los orificios de su cuerpo, de tener que sentar el culo y pensar con la boca. Mis debilidades no deben echar a perder un buen puñado de años de buena gobernanza y una buena reputación profesional ganada con mucha sagacidad y desvelos. ¡Qué pensaran de mí mis clientes si se enteran de que a plena luz del día me absorbe la oscuridad más absoluta! No obstante, tras aquel pliegue o contracción temporal, ya fuese en el exterior o en el interior de mi cabeza, sospecho que tal vez mis preferencias y hábitos más placenteros con los que tanto disfrutaba no sean tan caprichosos e impropios de una conducta convencional o una buena salud mental. Desde aquel momento no puedo evitar dejar de pensar en la incómoda idea de que todo lo que pensamos por nuestros orificios corporales nos impide que averigüemos qué habita en el interior de nuestras cabezas. Intuyo que quizá si nos liberásemos de la obligación de tener que ganarnos el pan con nuestro sudor, o al menos de la preocupación de conservar el valor de nuestras riquezas materiales, obtendríamos motivaciones inéditas para aliviar el peso de nuestras vidas. Sólo es un pálpito pero algo me dice que he pasado la mayor parte de mi vida en lugares equivocados. Quizá una crisis nerviosa desembocó en un episodio paroxístico del que solo recuerdo un torbellino de imágenes. Éstas se presentaron aleatorias, de modo sucesivo o superpuesto. Creo que en primer lugar aparecieron las relacionadas con mis traiciones. Pude ver los rostros, unos apesadumbrados y otros iracundos, de antiguos amores y amistades a los que hice daño a causa de mi egoísmo o mi torpeza. Sentí con cada uno de ellos dolor y arrepentimiento, pero ninguno destacó en intensidad o exclusividad por encima de los demás. Supongo que después aparecieron los de quienes me habían traicionado en mi pasado. Sin embargo, solo pude reconocer el mío entre un amasijo enorme de cabezas y extremidades humanas. Todo se mezcló poco después con unos vientos gélidos y nieve en las interminables llanuras de un desierto. Alimañas devoraban corderos y soldados aterrorizados perseguían a mujeres maniquíes. De fondo había un fuego que se perdía en las alturas de un cielo incoloro pero tangible. Cuando se interrumpieron las imágenes sentí que unas manos se posaban con suavidad en mi espalda y de nuevo en la negritud la voz de mi madre tronó en un infinito anecoico: “Mira la gloria de antes que comenzara el mundo”. Quise preguntar por la razón de aquella oscuridad insoportable pero en lugar de hacerlo abrí los ojos y vi mis manos ensangrentadas. Mientras me aseguraba que el acero tomaba la forma oficiosa de espiral de tres vueltas y se ceñía perfectamente enganchada a la forma de la clavija, con mi dedo índice puncé con fuerza el bordón del “Re sostenido 1”. Tres gotitas salpicaron mi lente izquierda y comprendí que pertenecían a un ser vivo. Cuando comprobé que estaba poniendo perdidas de sangre las teclas a la altura de los pilotines se acercó Abilio y me pidió que parase un poco para curarme la herida que me había provocado en el dedo la punta del cable. Me dio una gasa y me aconsejó que la presionara unos minutos contra la yema del dedo. A pesar de que las manchas de sangre estarían siempre ocultas tras la tapa frontal del piano y nadie podría ver el desperfecto, le pedí disculpas ante mi negligencia por haber manchado las extensiones de las teclas con mi sangre. Él me dijo que aquello no tenía importancia y que no tenía que explicarle nada a alguien que había trabajado más de una vez con las manos y el cuerpo herido, y hasta con fiebre en el tajo de la mina. Accedí a su petición ante todo para demostrar mi profesionalidad por la solicitud de un cliente. Apenas me quedaba tiempo para cumplir con mi horario como lo tenía planificado. Todavía me quedaba una bordona por poner y sabía que si le preguntaba por deferencia por su servicio en la mina podría atizar las brasas ocultas bajo la ceniza de su condición laboral de jubilado y eso podría suponer tener que atender a una conversación que entorpecería mi trabajo y se comería mi tiempo. Fue inevitable. Pregunté a Abilio por su experiencia en las minas a cielo abierto e inmediatamente comenzó su monólogo. Su voz era agradable. Poseía un timbre adecuado para ser un buen tenor. Tal vez habría cantado en el tajo para aliviar la crudeza física. No se lo pregunté. Preferí que continuara con la introducción para estimar mi posterior implicación verbal mientras fijaba la mirada en el entorchado de los bordones y presionaba mi escandalosa herida. En su pausada dicción puso especial énfasis en la angustia que se generaba entre los trabajadores de la empresa como consecuencia de los constantes y amenazantes expedientes de regulación de empleo. En aquél momento recordé que para Pitágoras el sonido que produce la pulsación de una cuerda según su longitud es la medida del universo. Tuve la tentación de volver a oír la medida del bordón que acababa de poner pero no sé por qué me reprimí en el momento justo que Abilio nombró la palabra “traición”. Cerré de nuevo los ojos y la voz de mi cliente se fue perdiendo gradualmente. Como si yo abandonase el salón en el que nos encontrábamos y el continuase hablando, al tiempo que yo me ocultaba a ciegas en otro espacio de la casa y que la vibración de la cuerda del Fa sostenido 1 subía la intensidad y el número de hercios en el interior de mi cabeza. La medida de un universo ajeno a todo lo que está fuera de ella, a nada de lo que hago con mi trasero y mi boca. Tal vez buscaba su afinación perfecta. Reconocí el patio de la casa de mi infancia, pero yo era muy mayor. Era un anciano que manipulaba piedras de cal viva con unas manos muy arrugadas y repletas de melasmas y las arrojaba a una enorme tinaja llena de agua. La reacción exotérmica de los dos elementos era tan violenta que el vapor que emergía del agua difuminaba y transformaba la geometría de las paredes, esquinas y bordes de las tapias y se confundía con las pilistras, monsteras, fabiolas y rosales, hasta formar la misma atmósfera opalescente que se producía cuando vivía la misma acción en mi infancia. Escuchaba las conversaciones de mis padres y de mis hermanos, e incluso el trasiego de los patios y corrales colindantes con las onomatopeyas características de los animales de corral. La implacable luz del sol se habría espacio y se filtraba en medio de la densa nube de vapor de la que mi cuerpo también parecía que formaba parte. Para hacer la pintura de cal mi familia iba y venía durante días alrededor de la tinaja para remover con un gran palo y lograr una equilibrada mixtura, hasta dejar con unas enormes brochas las superficies descascaradas perfectamente encaladas y blancas. Cuando se terminaba el trabajo parecía que la casa se había preparado para que todos nos quisiéramos más y nos quedásemos a vivir allí para siempre. Era muy incitante respirar la toxicidad del vapor de la cal viva. Era como si pudiese inspirar la tierra que nos da y nos quita la vida, como si después de un extenuante y largo viaje regresase y me abandonase en el lugar perfecto para mi eternidad. Creo que en el interior de mi cabeza la riqueza cromática de todos aquellos colores potenciaba al máximo la estimulación a la que tanto me había gustado abandonarme durante toda mi vida. Sentí que mi cuerpo se esfumaba lentamente por mi trasero y mi boca. No sabía si era la muerte, y si ésta era imprescindible para perderme definitivamente en el interior de mi cabeza, pero si así era no me importaba en absoluto. De pronto sentí una leve brisa fresca en mi rostro. Durante un instante no fui nada. No poseía cuerpo. No había nada a mi alrededor. Me encontraba suspendido en un vacío cerúleo sin sol ni tierra. Me dije que efectivamente que aquello podría ser muy parecido a la muerte y comprendí que elegir la ruta de la HU-4103 no fue producto de un acto caprichoso y negligente. Parece que el flemático viaje me condujo hasta el hueco más recóndito de mi cabeza. A un lugar en el que no hay apetito ni deseo. Todo lo que conocía del mundo y de la vida se redujo a una explosión fugaz de imágenes y sabores, a un suspiro del mundo en el que fui sujeto pasivo y activo a la misma vez. De una forma sencilla todo me fue dado y pude observar la infinita existencia del universo y disfrutar y sufrir de todo lo bueno y lo malo que un ser humano pueda soportar. Acabé mi trabajo en Nerva y a la vuelta me incorporé a la A-476 para poco después tomar la A-461, y finalmente terminar la vuelta por la N-435. Me despedí de Abilio y de Charo, su mujer, con toda la afabilidad que las prisas me permitían. Todo se había torcido. Abilio me abonó el pago pactado en el presupuesto y de algún modo sentí una relativa satisfacción por la sencilla razón de haber realizado mi trabajo, pero me alejaba del lugar con la sospecha de que el dinero es la excusa perfecta para olvidarme de lo que se oculta en el interior de mi cabeza y de que había una cuestión de importancia vital que no había sabido o no había podido solucionar desde que comencé mi vida laboral. Supongo que en algún momento experimentaré la necesidad de compartir con alguien lo sucedido en la HU-4103. Sin embargo, como ya he detallado antes, existe una demanda en el interior de mi cabeza que me impedirá hacerlo, una voluntad postulante que desconozco y que se niega a que la descubran a través de mi trasero y de mi boca. De vuelta a casa siempre me gusta encender la radio, y dadas las circunstancias busqué en el dial alguna historia que me calmase, ya fuese con palabras o con sonidos. Tenía que pensar cómo organizarme para atenuar el estrés galopante que ya había acumulado. Rechacé la voz de una mujer muy joven que nombró la palabra “sobrepeso” y opté por quedarme por la de un hombre que anunciaba el precio del barril de Brent con una melodía excesivamente rítmica de fondo. Era evidente que llegaría tarde a mis clases si paraba para almorzar en casa. A mi paso por Zalamea la Real pude ver como cruzaban por un paso de peatones un grupo de escolares que acababan de salir del colegio acompañados por sus progenitores. Los adultos ayudaban portando las mochilas de los pequeños que brillaban por sus llamativos colores con los rayos del sol de diciembre como los charcos refractantes que se forman tras una breve tormenta. Me pregunté cuánto tiempo hacía que no llovía. El periodista anunciaba que el precio del Brent se había estabilizado. Era una buena noticia. Los niños podrían continuar creciendo bien alimentados, con sus espaldas bien erguidas, y sus padres podrían mantener sus hábitos diarios. En el armario de mi aula había unas galletas y una botella de agua. Suerte que me he acostumbrado lo suficiente a pensar con mi trasero y mi boca. No todo era oscuridad. Al menos de momento el oro negro brillaba al final del túnel.

jueves, 19 de agosto de 2021

ZOTE ATARÁXICO

“Cuidar un huerto, pasear sin límite de tiempo y sin rumbo, relativizar todos los contratiempos que irrumpen ajenos a tu voluntad e inocularlos en tus deseos permanentes de ganarle el pulso a la muerte, tener solo recuerdos vagos e insensibles, tal vez jugar al ajedrez contra uno mismo”. Estas eran sus soluciones al problema planteado la semana anterior por el psicólogo y ponente del curso sobre inteligencia emocional “Qué actividades nos gustaría realizar en nuestras vidas”. Las había hallado en la última duermevela y las había escrito a mano con la determinación que otorga la sinceridad del escéptico, pero también, a pesar de su reticencia de asistir a terapias alternativas o de ayuda psicológica, al menos durante el tiempo de su redacción, sin ningún sentimiento hostil hacía esa industria de las expectativas que capta a todo individuo como consumidor potencial de novedosas estrategias para atrapar la felicidad personal. Al fin y al cabo el programa de formación de la administración central no le obligaba a participar en el curso, pero había decidido que debía intentar marcar alguna estrategia antes nunca utilizada contra el agotador aburrimiento que padecía en los últimos meses. De hecho, en la presentación que el primer día hizo cada participante de sí mismo, dijo que en su caso había decidido asistir al evento para tratar de comprender su apatía ante los métodos de trabajo y hacía sí mismo. Cuando escuchó el rumor que se generó en la sala tras sus enunciados inmediatamente comprendió que en realidad lo que deseaba era mandar a la mierda a todos los presentes, pero ya era demasiado tarde. La lista de actividades debía exponerlas ante el grupo por la tarde. Había dormido muy mal esa noche y sentía presión en el occipucio. Miró por la ventana como todas las mañanas y comprobó con indiferencia que a pesar de que el cielo estaba completamente despejado, hacía un fuerte viento. Pensó que desde su cómoda observación era lógico considerar que los efectos de este agente meteorológico eran intrascendentes para encontrar una explicación a qué debía hacer en su paso por el mundo y también se preguntó por qué el ponente del curso no había contemplado la opción de redactar una lista de soluciones que se basase justamente en todo lo contrario, en “Qué actividades no le apetecía hacer”; pero comprendió que ya no tenía mucho sentido pensar en las intenciones que motivaban la consigna del enunciado. Era muy temprano y vio al fondo del paisaje, todavía deshabitado, la agitación de las ramas de las moreras que parecían querer arañar la nueva superficie celeste sustituta de la de la oscuridad en la que había hallado las soluciones para su lista. No obstante, también pensó antes de desayunar y salir a la calle, que una vez que en su trayectoria el fuerte viento de Levante, se perdiese en su interior igual que el gas en una habitación cerrada y luego se deslizase por los contornos de su cuerpo para recordarle su condición insignificante en el universo , él, estimulado una vez más tras el incordio del deber de la lucha física entre los elementos de los mundos exterior-interior, podría cambiar, anular y hasta destruir el listado de soluciones. Recordó el icono del mito griego de Sísifo subiendo por enésima vez la gran piedra como castigo de los dioses hasta la cima como como una hipotética alegoría de su vida y le pareció un paralelismo de buen gusto y buena conducta. Quizá no tuviese nada en contra de la alienación en los modelos de conducta de la clase trabajadora a la que pertenecía. Sus actividades de ocio pertenecían sin ningún género de dudas a los modelos de conducta dados en el gremio con el que se identificaba dentro de la globalidad en líneas generales. Siempre había pensado sobre sí mismo desde el comienzo de su ya dilatada vida laboral que su actitud en la sociedad era justamente la que todo el mundo esperaba de él. En cierto modo le parecía bastante razonable que todo el mundo aceptase sus actitudes. Pero sospechaba que la gran piedra que debía conducir en su vida consistía precisamente en soportar el peso que la sociedad había puesto encima de él y que él, sin oposición alguna conscientemente aceptaba, y, quién sabe, si incluso deseaba. Todo aquél trabajo que se había tomado desde la infancia para hacerse a sí mismo no podía ser en vano. Debía, según todos los cálculos predeterminados por expertos de la sociología del ocio y del trabajo a finales de la segunda revolución industrial en los desarrollados Estados del Bienestar, llegar feliz y satisfecho cargando la gran piedra repleta de mensajes hasta el final de su vida laboral, para más tarde contemplar y dilucidar durante el tiempo que le fuere concedido por el verdadero misterio que en última instancia gobierna los términos de la existencia, el peso inmenso del significado de toda la palabrería con la que había cargado con el testigo que otros debían continuar en un relevo tácito y que intuía (tal vez por el error envenenado que le había transmitido la propia palabrería) que más pronto que tarde aniquilaría a la humanidad. Antes de salir a la calle se miró un rato en el espejo. Estuvo tan quieto como una estatua observando al milímetro su rostro inexpresivo y el cuerpo que nunca había aceptado porque sentía que había una absoluta falta de correspondencia con la mente viviente al que estaba unido. Una vez más sentía que sus pensamientos ubicuos y poderosos no tenía ninguna correspondencia con la figura que reflejaba el espejo. El cuerpo que veía no mostraba ninguna señal dinámica ni de poder omnipresente. Al contrario que esos sujetos que aparecían en los mensajes publicitarios, victoriosos en la comunicación estética y también ética por el milimétrico estudio de sus gestos equilibrados de meditación y calma, ajenos a la realidad pero contextualizados en la mensajería de la misma, y sin el menor indicio de la podredumbre de la infelicidad, su cuerpo aparecía esculpido sobre la luz que iba apoderándose poco a poco del aire del salón igual que el gesto eterno y minimalista de los personajes en un relieve medieval. Era consciente, o al menos lo intentaba, del estado de insatisfacción permanente que le provocaba su cuerpo, esa sede de infecciones y desasosiegos que siempre le había impedido acercarse a otros paisajes de la conciencia, a tener el privilegio de ser tocado por la gracia divina y disfrutar del poder exclusivo de la dimensión física. Pensó que jamás, en todos los años de su vida, tuvo la inspiración necesaria que le permitiese, aunque solo hubiese sido por un instante, deshacerse de la desagradable sensación de precipitación hacia el vacío que siempre la había transmitido su cuerpo. El color gris de la madurez en su cabello y la amplitud que había cobrado su frente insuflaban cierto jolito a su mente. De algún modo el ritmo natural e inevitable de la decrepitud que señala el camino hacia la muerte dignifica la existencia del ser humano y atenúa su pusilanimidad e incapacidad para aceptar el papel dependiente que le ha tocado en la naturaleza, se dijo. Concluyó que al fin y al cabo en las interrelaciones cívicas, el empoderamiento y el enjuiciamiento eran poco más que caprichos infantiles en la conducta de las mujeres y los hombres, y que en el instante justo que separa la vida de la muerte, el hipermercado de la comunicación es absolutamente prescindible. Sus labios hicieron una mueca de disgusto ante la impotencia y después comprobó en el espejo que todavía sus miembros podían moverse con diligencia ante la mirada pasiva e indiferente de sus coetáneos. Antes de atravesar el vano de la puerta miró de nuevo por la ventana y vio al fondo, bajo la agitación de las moreras a un grupo de escolares escoltado por sus progenitores. Sobre el paisaje de vehículos y cemento parecían moverse por una extraña voluntad en una pugna contra el viento en dirección contraria al movimiento del ramaje. Aquella mañana una vez cerrada la puerta del apartamento decidió sin saber por qué asegurarse del buen funcionamiento de la cerradura. Como siempre bajó por las escaleras las cinco plantas que le ayudarían a oxigenar la musculatura aún adormecida y por enésima vez sintió curiosidad por saber qué estarían haciendo cada uno de los habitantes que se ocultaban tras aquellas puertas. El silencio era la respuesta que obtenía. Por un momento creyó que todos los habitantes del bloque estaban atentos al ruido lejano del trasiego incipiente de la ciudad, y que el silencio podía presentarse, por muy difícil que pueda parecer, una actitud inopinada pero colectiva. Tal vez aunque fuese solo efímero la humanidad podría en algún momento escucharse a sí misma y complacerse en el aspecto inusitado de provocar un lapso en el que podría vivir su desaparición virtual. Al fin oyó una carrera de tacones y tras estos el estruendo del cierre del portón en el hall del edificio. Se preguntó por qué él jamás permitía que ese mismo ruido tan molesto se produjese tras su salida. El sol casi despuntaba al final de la avenida por encima de los bloques de viviendas. Sintió un leve placer cuando advirtió que podía haber decidido hacer el trayecto en coche y que sin embargo lo hacía a pie ante la falta de ninguna iniciativa. No debía, como había señalado en su lista, aplicar aquello que realmente más le apetecía, caminar sin límite de tiempo y sin rumbo. Tenía que cumplir con ciertas responsabilidades adquiridas en su contrato laboral, y otras de orden social no menos difíciles de eludir. Pensó que si alguien lo observase no le costaría mucho llegar a la conclusión de que era una evidencia que su perfil era el de un personaje de una historia por la que nadie pagaría nada. Vidas como la suya abundaban en la ciudad como el asfalto y el cemento. Como una respuesta desafiante ante la imposición de sus responsabilidades apretó el paso con la intención de ganarle unos pasos al sol antes de que éste se levantase libre y victorioso por encima de los edificios que todavía lo ocultaban. Bajo una pantalla digital con números enormes de color azul que marcaba las 08:00 horas y 14º grados de temperatura pudo leer una publicidad que anunciaba el valor de un periódico. “Trabajamos por su independencia”, decía. Se preguntó sin pretender elevar, si cabía, un punto más su desidia hacia la mensajería política ¿qué clase de independencia exactamente? Con una sonrisa casi imperceptible en sus labios pensó en ¿qué era aquello en las sociedades actuales que motivaba tanto la cotización al alza del concepto de “verdad”, cuando en realidad la productividad en el uso de lo “falso” era exponencialmente igual? Podía resumir que lo esencial y lo adulterado en el uso del discurso de la justicia social pertenecían a las dos caras de una misma moneda, y que con ésta, con el uso contradictorio de los dos conceptos, todos pagábamos el impuesto obligatorio para continuar participando en el goce de la civilización. Pero por qué entonces, si era consciente de la realidad, -se preguntó-, él no se sentía capaz de adaptarse al ritmo mundano y tangible de la participación democrática, qué le impedía aceptar la instauración de un método político con el que se identificaba la mayoría y que para él no era más que una broma ridícula y de muy mal gusto. Decidió entonces que aquella tarde, tras la exposición de sus soluciones y el posterior debate, intentaría a toda costa comprobar qué había bajo la piel de todos los participantes del curso “Yo elijo a mis jefes y colaboradores”.

lunes, 19 de abril de 2021

EL VUELO DEL STEINWAY

A 120 k/h por una autopista con esporádicos picos de tráfico intenso todo parece bajo control. En esta en cuestión, en la A-49, hasta los conductores más experimentados sienten una inevitable confianza. Algunos se aletargan complacientes con el paisaje de la monótona secuencia interminable de adelfas en la que todo parece predecible, y con las manchas verde carruaje de aromos que todos los años en el mes de marzo parecen querer atenuar el abatimiento del horizonte con sus explosiones amarillas. Los especialistas aseguran que en este escenario dicha velocidad es la máxima aconsejada para garantizarnos un dominio real ante imprevistos propios de la conducción. Es muy posible que tengan razón y que gracias al buen grado de cumplimiento que hemos alcanzado en las normas de conducción podemos evitar muchas desgracias. Sin embargo, si contemplamos factores como los que a continuación expondré hasta para los más expertos dicha velocidad raya la temeridad y el suicidio. Si bien podría considerarse que mi relato se basa en hechos puramente casuales y no en la realidad aplicada por los actuales códigos de circulación ¿qué técnico podría asegurarme que los elementos dados en mi casuística nunca volverán a producirse en el tiempo? Según ellos a 120 km/h las fatalidades del azar pueden remediarse si además estamos atentos a lo que nos rodea con la mirada lejos y con los oídos enviscados a la máquina como hunos a sus caballos. Solo así podremos eludir la trampa de la confianza que con el mismo efecto de una droga nos profesamos sí mismos. Un animal que se atravesara de repente, un frenazo o accidente de los vehículos que nos preceden, aceites u otros líquidos vertidos en el piso o cualquier obstáculo de carga desprendida pueden provocar desgracias irreparables a una velocidad mayor. Pero me temo que el incidente del que quiero dar constancia, a pesar de que podría determinarse con un cálculo de probabilidades según una estadística de casos raros registrados en las actas oficiales de atestados, tal vez secundado por antecedentes similares en la historia mundial de accidentes de tráfico, o aplicándosele un algoritmo para hallar sus posibilidades de repetición en las mismas circunstancias, pertenece a una fenomenología con un número ingente de variables imposibles de metodizar. Algunas incluso podrían catalogarse como producto de la imaginación de mentes en exceso fantasiosas. No creo que en el conjunto de causas potenciales contempladas por la Dirección General de Tráfico que pueden provocar un accidente en una autopista, se halle la posibilidad de que se dé una perturbación mental del principal conductor implicado en el siniestro por motivos netamente emocionales, con el agravante de un impacto de un volumen de 650 kilos contra el asfalto a 20 metros aproximadamente de distancia interceptando la dirección del vehículo y que procedía desde el más allá en las alturas. Creo que es difícil prever en ningún código de circulación unas circunstancias de estas características. Sin embargo, considero que tras las consecuencias irreversibles del suceso, debo dejar constancia por escrito a quien quiera y pueda ser lo suficientemente crédulo para admitir que las hipotéticas y extraordinarias coincidencias que en el tiempo y el espacio allí se dieron en realidad no lo son tanto si buscamos el coeficiente de repercusión que la vida privada de los conductores ejerce en la metodización de todas las variables posibles derivadas. Dicho de otro modo, como aviso para navegantes que quieran saber más allá de las palabras que utiliza la Dirección General de Tráfico para los atestados e informes de más de un siniestro: todo conductor que desee un mínimo de seguridad en la carretera debería saber cuáles y cómo son sus cuentas pendientes con el pasado. El siniestro tuvo en el último tramo de la A-49 dirección sur, en el km 79,9 de la H-31, justo en el punto en el que se encuentra un control de velocidad. Uno de los radares, dicen, que más multas pone en todo el país. En dicho paso la máxima velocidad permitida es de 100 km/h. Según parece, el criterio para la ubicación del dispositivo es un declive pronunciado del asfalto en el que se incrementa la velocidad por efectos naturales, y que en el punto exacto de escape coincide con un carril de incorporación. El límite rebajado en 20km/h debería haber sido un condicionante importante para haber evitado lo predestinado. No lo fue. Es posible que la necesidad de focalizar la atención en el velocímetro al paso del control mermara mi capacidad de reflejos. Por estas latitudes a las 16:45 aproximadamente en el mes de diciembre si el cielo está despejado es imprescindible el uso de los parasoles para no deslumbrarte ante la oblicuidad lacerante del sol. Siempre he tomado esta precaución cuando el astro se ha interpuesto amenazante. Pero afortunadamente, de un tiempo aquí, desde que me hice de unas gafas supletorias de sol y las adhiero a mis lentes progresivas, unos plásticos capaces de filtrar y anular la hiriente luz para gente con presbicia como yo, para quienes unas gafas del sol progresivas son un auténtico lujo, este artilugio poco celebrado por ciertos estilistas y estetas que intentan influir en el consumo de modas y complementos y que consideran el invento cosa prescindible por sus connotaciones evocadoras de la España de la precariedad, ya no necesito de esa barrera imaginaria del parasol que te atrinchera contra el horizonte y la luz enemiga. Tal vez esta baratija tan eficaz por su aplicación y portabilidad me haya salvado la vida. A mi edad ya no me importan en absoluto ciertos cánones y prejuicios estéticos. En realidad no me han importado nunca. Siempre me he sentido mucho más identificado y cómodo con el sentido común aunque se encuentre disfrazado por evidentes razones de producción industrial, y con la mesura y el decoro estético e indeterminado en el que se mueven las masas. Me irritan sobremanera esas orillas de la moda que se identifican con colectivos marginados o inspirados en actividades gremiales que para nada tienen que ver con las necesidades básicas de la clase trabajadora, que diseñan prendas y complementos de colores chillones con las que se atreven a imitar al oro, la plata o las piedras preciosas. Telas con las que por sus composiciones fieles podríamos pasar como animales camuflados en selvas tropicales, desiertos y hasta en los casquetes polares. De igual modo me parecen inmorales esos acuerdos comerciales entre empresas de la moda mundial para que cada temporada determinadas prendas que quedaron obsoletas (quizá para no asumir riesgos pocas o casi ninguna son de nueva invención) en los armarios de los humildes y fuera de juego en la publicidad de repente resulten imprescindibles para capas determinadas de la población por su vulnerabilidad; ya sean por ignorancia de la historia de la moda o por la inevitable afiliación natural hacia el grupo. Comprendo que los intercambios de energías entre los seres humanos y sus hábitats no solo se desarrollan mediante los trabajos físicos. También pueden darse en un lugar a la vez tan prosaico y divino como nuestra mente. Somos capaces de sacar posibles bajo las piedras sin necesidad de que nuestros esfuerzos conduzcan a un bien común. Últimamente la humanidad emplea muchas herramientas para que sus miembros escapen de todo proyecto común. Con un poco de suerte cualquier diseñador o modista mediocre no necesita más que ponerse de acuerdo con los vendedores de sucedáneos de elixires o de vapores para el mal aliento llamados en la actualidad influencers o youtubers para que vistan su prenda y se adornen con su complemento y en apenas unos minutos logran que sus subproductos, que de otro modo quedarían olvidados para siempre en los sus talleres, o vertidos en los basureros de sus desiderátums, alcancen una popularidad y una demanda que ni ellos mismos hubieran podido nunca imaginar. Siempre he sentido una inclinación natural hacia la discreción en el gusto y la funcionalidad. Ni siquiera en cuestiones culinarias he sentido nunca ningún deseo especial en paladear esos platos que presentan a todas horas como exquisiteces únicas para gustos elevados y exclusivos. Supongo que, como todo o casi todo en este mundo que tenga que ver con nuestra imaginación, la base del deseo también se fundamenta en nuestra experiencia y nuestra educación. Tal vez la mía se construyó siempre sobre monolíticos preceptos y nunca sobre el cimiento flexible de la libertad. En mi primer periodo inmaculado de instrucción nunca me dijo nadie que la pereza y la pérdida soberana del tiempo en cuestiones licenciosas o delictivas son caminos insolidarios y tortuosos que, sin embargo, pueden conducirnos a la sabiduría. Tampoco nadie me enseñó que el poder y la abundancia son situaciones tan legítimas y dignas como la obediencia, la pobreza y la humildad. Con la aprobación de mis padres, el Servicio de Optimización de Recursos, decidió que mi educación tenía como principal objetivo la autosuficiencia para alcanzar la emancipación y labrarme un porvenir en el que enarbolar las banderas de la disciplina y el trabajo como principales valores otorgados por dicha autoridad. Todo esto debe ser muy cierto porque si pienso en las cosas que han quedado atrás en el tiempo veo ante todo imágenes en las que me observo levantándome antes del amanecer, cargado de libros entre estaciones de tren y autobuses, y en interminables sesiones de estudio. Si la intensidad retrospectiva es mayor, recuerdo imágenes de mi niñez trabajando con mi padre en la obra y escuchando sus historias acerca del dinero que debía ganar para darnos a todos de comer, de la ingente cantidad de horas de trabajo que llevaba en su cuerpo también desde su infancia, y de todo lo que había logrado gracias al trabajo. No es extraño que mis actuaciones en todos los ámbitos de la vida sean pragmáticas, aunque soy consciente de que existen muchos sujetos que a pesar de que recibieron la misma educación han transformado sus existencias, quizás como consecuencia de la apropiación de ilusorias libertades, en un renuente mosaico de conductas dispares. Las vidas de demasiadas personas tienen más parecido con una taracea de materias tan incompatibles como el agua y el aceite que con la esencia de sus orígenes. Me pregunto por qué las autoridades pertinentes no han permitido jamás que, a pesar de los años de funcionamiento, un proyecto como el que represento pudiese en algún momento fragilizarse y sucumbir como muchos de mis iguales coetáneos de condición y procedencia, ante tentaciones tan humanas como la presunción a través de las apariencias, o mediante la aceptación y el uso de los mecanismos burocráticos que faculta a cualquier ciudadano para acceder a la maquinaria del poder. Mis preguntas son tantas que me impiden conocer mi auténtica naturaleza. Me gustaría saber por qué me irritan tanto los poderosos, sobre todo cuando hablan dirigiéndose a sus tributarios. A veces pienso al respecto que mis sentimientos funcionan según el grado de intensidad en el que me encuentre entre los extremos opuestos del amor y el odio. En esos momentos pienso que si yo fuese poderoso utilizaría exactamente el mismo lenguaje que ellos. Creo que es por esto que siento odio hacia los poderosos. Porque en el fondo no se trata nada más que de una inversión de polaridades y mi esencia es la misma que la de ellos. En ciertos momentos para calmar este odio lo redirijo contra mí mismo como súbdito para entender el mismo odio que ellos sienten hacia mí. Solo entonces comprendo que el odio sea cual sea su procedencia y dirección siempre está ahí y no desaparece nunca y que todo responde a una insoslayable ley de compensación por la que gobernantes y gobernados se aman y se odian en un equilibrio difícil y permanente. Parece que el amor y el odio son tan infinitos como el tiempo y el espacio. ¡Podría ser que la causa fundamental de sus existencias sea la salvaguarda de la Gobernanza! Podría ser que sin ésta nunca nos reconoceríamos y entonces perderíamos el principal estímulo que nos hace distintos a las demás especies. Puede que en definitiva me esté refiriendo a las razones de la creación de los campamentos base, de los inicios de las tribus y civilizaciones y del espejismo de las soluciones libertarias, de utopías y distopías, de la cadena perpetua de la humanidad entre los extremos del amor y el odio y los niveles de gradación política que oscilan entre ellos. Puede que esté hablando ni más ni menos que del precio que debemos pagar por vivir junto a “El Otro”. Siempre he tenido muy presente que en mi caso el Servicio de Optimización de Recursos decidió que mis sentimientos siempre se encontrarían en la gradación de mayor intensidad de odio hacia los gobernantes y que jamás caería ante la tentación de las falsas representaciones del espíritu. Estos preceptos, con todas sus vertientes posibles, desde las decisiones más extraordinarias a las más ordinarias en la vida cotidiana, los he acatado siempre con escrupulosidad menos por un pequeño detalle, por una arbitraria excepción que sospecho podría ser resultado de un fallo del sistema. Debo ser sincero y reconozco sin pesar ni remordimiento que no soporto los pianos malos. Es la única salvedad y para algunos hasta un dislate, aunque es cierto que hasta ahora nunca lo han hecho, podrían censurarme desde el Servicio de Optimización de Recursos. Supongo que, a pesar de mis claras pautas de comportamiento al respecto, no represento ningún peligro para el normal funcionamiento de los mecanismos que puedan depender de mis procedimientos y decisiones. Admito a veces que mi nivel de exigencia sobre la calidad de los pianos es demasiado alto. Tanto que si miro atrás en el tiempo veo con claridad que en la elección de ciertas opciones tuve que asumir más de un sacrificio tras tomar las decisiones que más me satisfacían. Debo decir en este contexto que, a pesar de mis exigencias sobre las calidades de los instrumentos, realicé todos mis estudios de piano en un piano nefasto, en una caja de resonancia cuyas vibraciones parecían provenir más del fondo de una bañera que de la peor de las tablas armónicas. Tuve que tocar durante un montón de años en un piano de pared Otto Bach. Un instrumento con número de añada de la década de los ochenta, poco antes de que sus fabricantes vendiesen la fábrica a una familia estadounidense y se llevasen todo a Asia y allí se difuminara sin pena ni gloria en la cegadora superproductividad postcomunista. Era ya un instrumento low cost cuando todavía casi nadie tenía conocimiento de ciertas prácticas fabriles entre segundos y terceros países con productos de patente extranjera. Mi Otto fue enviado pieza a pieza desde Alemania a Sudáfrica y montado allí hasta darle su forma por la firma Dietman. Cuando pensé que quizá el nombre de Otto Bach como identificación del fabricante fue producto de una inspiración netamente mercantil casi me dieron náuseas. Pero era el piano que yo podía permitirme. Era el piano para aprender e irremediablemente sufrir. No obstante tengo que decir que a pesar de todo su maquinaría aguantó lo justo y que tuvo la muerte digna de un elefante de la sabana. Todavía hoy voy a visitarlo al cementerio sagrado de mis recuerdos en casa de mis octogenarios padres. Quizá por todo esto el Servicio de Optimización de Recursos pueda contemplar que mi obsesión por los pianos de calidad sea consecuencia implícita de la configuración de mi programa. Para conseguir el piano que deseaba, y otros que resultaron imprescindibles más tarde, tuve que renunciar a muchas comodidades e incluso con ello condicioné mi vida social, y hasta y arrastré en la negación el futuro de fértiles sentimientos; y aquí, en la ruptura de una historia de amor que tuvo lugar treinta años atrás se encuentran los mecanismos que motivaron el siniestro en cuestión. Desde el momento que las heridas de la ruptura con Lou (así me gustaba llamarla) cicatrizaron, hasta el suceso, mis Steinway, Bösendorfer, Bechstein y alguna que otra necesidad inspirada por sonidos muy definidos de otros ejemplares vivientes que cubriesen todo el espectro sonoro que exigen según mis criterios determinadas obras pianísticas, incluidos por supuesto ciertos pianos de segunda mano y de pared, nuestra historia se había esfumado como el humo en los cielos. Ella, a pesar de sus constantes apariciones en los medios como importante cargo político de la nación, y su despliegue de belleza y poder, desapareció de mis emociones y a mí me llegó ese momento en el que el pasado ya no te pertenece, en el que es sólo es asunto de los otros personajes implicados, una dimensión perdida que tienes la sensación que la has transitado pero ante la que te sientes indiferente y ajeno en la elaboración de sus formas. El recuerdo más claro de Lou que subyació durante todo aquel tiempo fue su sentencia por el juicio de mis actitudes. Dijo “los pianos te matarán”. Cuando me adelantó aquél todoterreno percibí en el perfil de una mujer que creo que llegó a odiarme, el desaliento por ruido de los años y la mirada perdida en sus pensamientos y en el asfalto. En los medios nunca sentí al personaje público de este modo. Sin embargo, aquél instante fue un destello en la oscuridad. Reconocí la impronta de Lou igual que habría reconocido en un sueño el brillo del teclado de mi Bechstein provocado por el roce de mis dedos durante décadas. No sabría decir por qué, pero pisé el acelerador para no perderla de vista hasta alcanzar los 120km/h. Incluso en aquel momento mi persistencia en la búsqueda pianística superaba, como siempre, las exigencias de cualquier circunstancia. Sentí calor en las yemas de mis dedos antes de presionar con ellas la superficie del volante para intentar encontrar por enésima vez el sonido imaginado. Entonces rememoré el susurro casi imperceptible, el sotto voce de la voz de Lou para despertarme tras las siestas que dormimos juntos. Presioné la palma de mi mano izquierda sobre el cuero para buscar la base de bajos y tenores de melodías perladas y perdidas en el tiempo, y escuché las caricias de sus manos sobre mi cabello. Sólo fue durante un instante pero tuve un terrible presentimiento. Cien metros antes de pasar por el control de velocidad sentí escalofríos en la nuca. Quizá el exceso de electricidad cerebral a causa de un nuevo sentimiento, que traía de la mano a una verdad vestida de sospecha, al mismo tiempo que desde un punto indeterminado del cielo amarillo un objeto en movimiento distinto a cualquier vuelo conocido, perturbara mi atención hasta el punto de tener que frenar de repente para poder respetar los límites impuestos. Supongo que por puro instinto de anticipación giré el volante lo suficiente para poder evitar la colisión con la masa volante que impactó a escasos metros contra la línea continua prohibitiva del asfalto. Durante un segundo, antes del extravío de golpes y estridencias, sentí, en una lejanía que parecía provenir del fondo de la tierra, el restallido de un látigo y de inmediato el espectro sonoro de la humanidad en su superficie. Con los parasoles bajados no habría vislumbrado el bólido que se me venía encima. Gracias a la baratija, a la que muchos estilistas llaman “de mal gusto”, adherida a mis lentes, pude evitar que el Steinway & Sons tras su vuelo acertara en la diana. Es muy posible que a pesar del conocimiento y sesudez del Servicio de Optimización no exista nada en el mundo que sea perfecto. Parece que ciertas cosas se pierden por derroteros que nadie conoce. Ahora, tras el accidente, tengo la sospecha de que todo ha cambiado. El Steinway abandonado que Lou y yo encontramos en nuestro último viaje en un viejo hotel de Valparaíso, que tanto he deseado por su extraordinario registro medio y que ella prometió regalármelo, no acabó con mi vida como vaticinó, pero ha despertado a un extraño de un sueño abismal. Hace ya mucho que cayó el sol y oigo voces que discuten sobre la necesidad de lograr aleaciones especiales para futuros bastidores y nuevas gradaciones de tapas armónicas de pianos capaces de satisfacer las mayores exigencias tímbricas.

lunes, 22 de febrero de 2021

ENCIERRO EN EL CORTIJO (ZOOS XXIII)

 






.  No se amplificaron las noticias de hechos acaecidos por razones de seguridad y de Estado, pero hubo extorsiones, amenazas de muerte y hasta secuestros exprés de familiares de políticos y policías.

   En el centro de la tormenta social y mediática él y su familia se mantuvieron imperturbables hasta el final de la epidemia o del mismo punto de la versión oficial que dio el gobierno de la misma. Asistieron sin importarles el estatus ni la reputación social de cada uno de los funerales hasta que las autoridades impidieron que todas las peticiones de resurrección, directas e indirectas, llegasen a sus destinatarios. Tras la publicación por los medios de comunicación de las fotografías de todos los miembros de su familia, no tuvieron más remedio que aceptar, sobre todo su padre, por aquella voluntad de hierro en todo lo que hacía, tener que ocultarse ante las amenazas, de las autoridades por una parte y de la turba aparentemente controlada que fue llenándose de odio y hacía manifestaciones de ira hacia una especie de familia de demonios curanderos a causa de la versión oficial y autorizada. Gracias a la influencia de la Hermana San Juan pudieron esconderse tras el rito de resurrección con éxito del padre de Gloria, en un antiguo cortijo ubicado en el término municipal de Lincoito, apartado de las vías de comunicación más transitadas. Allí permanecieron casi un año a pesar de la opinión poco recomendable de las autoridades diocesanas. La religiosa los visitaba al menos una vez en semana y les daba ánimos para que se mantuviesen fuertes y unidos hasta que pasara el primer envite de la tormenta mediática. Les pedía encarecidamente que no saliesen nunca fuera del recinto y así ella podría cumplir con las exigencias de sus superiores. Estos aceptaban a regañadientes la actitud caritativa, pero advertían que si se filtraba a la prensa que la iglesia cristiana protegía al grupo del estigma de la vida y la muerte no les quedaría otro remedio que ponerse del lado de la ley.

 La Hermana San Juan determinó que era fundamental que todos los días rezasen por el alma de todos los anónimos catalépticos fallecidos a quienes no podían resucitar. A finales del siglo XX era ya casi imposible aislar a nadie sin televisión ni radio. Así que no podía evitar que el padre se mantuviese informado minuto a minuto de todo acerca de la búsqueda y captura de su familia y del pulso de la opinión pública como consecuencia del sesgo informático de los distintos medios. Hasta el más afín a los intereses económicos del episcopado se insinuaba a favor de enjuiciar los actos por los que se culpaba a aquella familia como a unos timadores sacadineros. La intención de la Hermana, por el amor que sentía por todos ellos, era que durante la reclusión centrasen su atención en el don divino que se les había otorgado y al que se habían entregado sin que nada ni nada les obligara por “fe a la vida y a Dios”. Debían sentirse en paz con ellos mismos por el inmenso bien de impedir la muerte horrible de decenas de almas catalépticas. Solo de este modo podrían soportar, sobre todo él y su hermana que ya habían alcanzado la mayoría de edad, lo que durante excesivo tiempo pareció una reclusión indefinida.

   Las tres estaciones que transcurrieron en el cortijo fueron un tormento. No podía eliminar a Gloria ni siquiera un minuto de sus pensamientos. Después de la resurrección de su padre tuvieron que salir corriendo de Lincoito igual que convictos. No solo tuvo que digerir con náuseas y con la entereza que exigía el ritual que el tal Fredy, su martirizador, resultase ser su hermano, sino que además no tuvo más remedio que aceptar que lo ayudase a él y su familia en la huida. Cuando una patrulla de la Guardia Civil se presentó en el lugar del rito ya se encontraba el resucitado retomando el pulso a la vida y él y sus hermanos en el Seat Panda de Fredy a toda velocidad entre explotaciones de higueras y olivos. No sabía exactamente por qué pero necesitaba tener la voluntad de poder obviar a Gloría. Deseaba que en aquella situación ella fuese una cuestión circunstancial. Una relevancia más en su vida, pero no una obsesión de una intensidad que lo enervaba hasta el punto de no poder mantener la concentración en nada. Ni siquiera en la naturaleza de los verdaderos sentimientos hacia ella. Le habría gustado saber si detrás del sexo de Gloria existía la misma Gloria, y si así resultaba le era imposible concentrarse en el mismo ser o tal vez en el reflejo de una tercera persona. La posibilidad de que esta última fuese él mismo lo precipitaba inevitable hacia la tormenta de placer del sexo de Gloria. ¿Quién era ella?  La sentía en un lugar perdido de su mente. En sus pensamientos sentía que casi podía tocarla, pero al mismo tiempo sentía que en su interior nacía una reacción que impedía el gesto. Había algo que le insinuaba que si tan solo la rozaba le transmitiría tal helor que le calaría hasta los huesos. No entendía que estaba sucediendo pero tenía la pésima sospecha de que Gloria pertenecía a un mundo vetado para él. Quizá no fuese una idea tan descabellada que el cuerpo de Gloria fuese una grieta abierta en el espacio y el tiempo por la que podía pasar, al menos de momento, para poder consumar la comunión imposible de dos realidades paralelas. La frialdad que irradiaba su imagen contrastaba con el calor de su cuerpo. Gloria era un deseo inasumible.           

            


jueves, 28 de enero de 2021

LA SALIDA

 




   El parque comercial dispone para sus clientes de un aparcamiento con más de un millar de plazas. El horario para depositar y recoger los vehículos está comprendido de lunes a domingo entre las 9:00 y las 23:00 horas. Antes o después de dicho periodo es imposible que puedas entrar o salir del recinto sobre tus cuatro ruedas sin el consentimiento del personal encargado de acotar los accesos con pilonas automáticas retráctiles especialmente diseñadas. Durante el tiempo permitido puedes gestionar tu plaza de aparcamiento como quieras y completamente gratis. No existen limitaciones en el tiempo comprendido ni tampoco sanciones por inmovilidad. La gentileza de la empresa propietaria es de tal grado con su clientela que a pesar de su inversión económica en la construcción del aparcamiento y la gestión de su mantenimiento le es indistinto si aparcas tu coche para hacer compras en el parque o para cualquier otro asunto que te ocupe por los alrededores.

  El emplazamiento del lugar se halla en la periferia de la ciudad, en su costado suroeste por el que se va y viene a un pulmón verde y a uno de los núcleos turísticos más importantes de la provincia,  muy cerca del puerto y los astilleros, en el corazón de la llanura de lo que hasta hace bien poco era un archipiélago de arrabales, confiere a la invención del proyecto comercial la atracción de encontrarte en el umbral de nuestra contemporaneidad; en el vado idealizado de nuestra inteligencia de sujetos civilizados capaces de vivir en el difícil equilibrio entre el pasado y el futuro de sus orígenes y en la penitente y perpetua adaptación al medio.

    Innumerables ciclistas estacionan allí  sus vehículos y descargan sus bicicletas para iniciar sus rutas desde este punto. La razón principal es que a muchos y muchas cycling por causas de disponibilidad y por sus condiciones físicas les resultaría imposible acabar estos itinerarios desde sus domicilios. También si observas el lugar en horas vespertinas o, sobre todo, los fines de semana puedes ver practicantes de trekking por el mismo motivo. Así que, visto desde un punto sociológico, la prestación que ofrece el complejo comercial es bastante significativa para democratizar, como se suele decir en estos casos, ciertas actividades para una amplia capa de la población en un abanico mayor de diferentes edades a las que les estaría vedada la red pública de vías diseñadas para potenciar la práctica de buenos hábitos para la salud y el ocio, si sus hogares no se encuentran lo suficientemente cerca de éstas.

   Por supuesto, como he dicho antes, también puede observarse a gente que aprovecha la ubicación para ir a su trabajo o para compras y otros menesteres en lugares cercanos. Yo pertenezco a los usuarios del primer grupo. La ubicación del complejo es inmejorable para satisfacer mis necesidades. Se encuentra en el punto perfecto de mi itinerario para entrar y salir de la ciudad desde mi lugar de procedencia. Mi horario de tarde es ideal para circular por un tráfico adormecido y sin el tono belicoso de las prisas y sus accidentes.  Sus accesos son muy cómodos, salvo momentos puntuales en los que por desgracia coincide mi salida con una mayor intensidad comercial de otros establecimientos aledaños.  No obstante, necesito el servicio de acceso cuando justamente menos actividad comercial hay y la salida tiene lugar cuando mis necesidades son solo las propias de la vida doméstica, el ocio y el descanso. De modo que estos pequeños contratiempos se producen cuando nada me urge. Para mí es como un pequeño sacrificio, como mi simbólica e insignificante contribución a las prestaciones que me ofrecen el paraíso de la urbe y el progreso.

   Desde el parque mi trabajo dista a menos de trescientos metros. Solo tengo que atravesar dos pasos de cebra con semáforos poco transitados y que la mayoría de las veces los hago sin apuros indistintamente en rojo o verde. Considero que en este sentido mis circunstancias son una ganga para la vida de un simple asalariado si tengo en cuenta a los millones de trabajadores que existen en el mundo que deben atravesar tempestades de tráfico denso y desiertos kilométricos para poder llegar a sus destinos. Es más, creo que por la inercia que me causa todas estas comodidades aquí narradas, mi subconsciente contempla como una condición importante la elección que tomo todos los años para decidir mi destino de trabajo. Además, todo hay que decirlo, disfruto de un servicio casi integral, ya que alguna vez que otra aprovecho mi situación ventajosa para hacer compras en el parque antes o después de mi jornada laboral.

   Sin embargo, de un tiempo aquí, experimento a mi pesar algo así como una sensación de desconfianza hacia este lugar.  De repente tengo la impresión de que aparco mi coche en un espacio distinto al que he visto y concebido hasta ahora. En más de una ocasión, cuando más atareado estoy durante mi jornada laboral, se me viene a la cabeza la imagen del parque. Visualizo el aparcamiento lleno en pleno apogeo comercial. Su ruidoso y a veces también chocarrero trasiego me importuna en ese momento y me somete hasta el punto de abrumarme por mi innegable contribución.  A esto se le suma que no puedo evitar el sentimiento de abandono cuando dejo mi vehículo en el aparcamiento. No vale casi nada. Es viejo y sin atractivo alguno para el mercado de segunda mano, pero tengo la sensación de que mi Peugeot es la prenda de mi humilde patrimonio con la que pago un engaño. No pienso que me lo puedan robar o que le puedan hacer algún destrozo. Se trata de un sentimiento relacionado con la ausencia. Siento que mientras trabajo el coche desaparece sin más de la plaza de aparcamiento. No tiene sentido, pero en más de una ocasión en mi camino de vuelta hasta el parque, tengo la impresión de que el Peugeot hace lo mismo y se dirige al mismo lugar desde no sé dónde ni por qué. He llegado a pensar que quizá se trate de una burla de los gestores del parque por los servicios prestados o de una jugada fingida en el uso gratuito del aparcamiento con otras intenciones ocultas, como por ejemplo, un usufructo parcial de mi vehículo y, de algún modo extraño, pero productivo para aquéllos. Siento como si en mi ausencia el parque desapareciera y se apoderara del lugar un vacío inaccesible o tal vez una especie de nube transparente que no impide la visión del lugar y que, sin embargo, gracias a un misterioso efecto oculta lo que allí ocurre. Un espacio con clima y paisaje aparentemente normales pero en el que intervienen desde otros ámbitos, por no decir desde otras dimensiones u otras realidades, voluntades que manipulan nuestras psiques mediante la seducción y el ofrecimiento de todo tipo de productos. En el parque se ofrecen desde viajes por todo el mundo hasta servicios veterinarios, y por supuesto, el de aparcamiento, con atenciones de mecánica rápida y mantenimiento para tu coche.

  Es posible que durante mi ausencia, en ese lugar extraño, abducido o transformado por causas desconocidas, alguien descodifica la cerradura de mi Peugeot y se introduce en su interior con el propósito de contaminarlo con alguna sustancia que me provoca este estado mental por el que atravieso. Tal vez en esta artimaña se fundamente el lucro de la gestión comercial. No encuentro motivo alguno para vivir de repente en esta desconfianza. Ahora, en mi vida cotidiana, me llegan olores desconocidos y saboreo mis alimentos de siempre con extrañeza. Parecen que contienen aditivos o ingrediente añadidos. Tengo la inquietante sospecha de que está cambiando mi percepción del mundo. Parece que todo lo que me rodea, los cuatro elementos principales de la vida, incluido mis semejantes, son ahora más densos y tienen más peso. Por el contrario, mi cuerpo y mis pensamientos han adquirido una calidad más liviana. Siento que estoy más cerca ahora de las sombras que de la materia que las producen y tengo tendencias hacia los reflejos, y una curiosidad irresistible hacia los espejos. Si dispongo de tiempo procuro observar largamente todo lo que contienen. Supongo que esas sustancias contaminantes que dejan en el interior de mi coche tienen que ver con todo esto. En este estado en el que me encuentro me he dado cuenta de cosas que antes eran impensables. De alguna manera antes de todo esto vivía feliz, con una preocupación sucinta a cuestiones mundanas como el dinero y el dolor ante la muerte. Echo de menos esta actitud pasiva y tengo que reconocer que en el fondo me gustaría volver a ser el mismo.  Trato de encontrar explicaciones para comprender esta situación en otros ámbitos de mi vida. En el día a día con mi familia, en mis circunstancias y relaciones laborales, en el ambiente más o menos sano y productivo de mis amistades y relaciones sociales, y hasta en mi pasado y mi presente con auto psicoanálisis sui géneris que pueda prevenir algún trastorno de mi salud mental. Sin embargo, no encuentro el menor indicio por el que mis investigaciones puedan hacerme sospechar de ninguna causa que me provoque esta inestabilidad e inquietud. En algún momento, eso sí, mi intuición me lleva a pensar que mi fijación por el parque comercial podría ser más consecuencia de una actitud obsesiva hacia cuestiones totalmente ficticias que por factores veraces que puedan señalarlo como un lugar extraordinario en el que ocurren cosas nunca vistas.

   Hace un par de días un compañero del trabajo que también utiliza el aparcamiento del parque, me aconsejó cuando nos dirigíamos a recoger nuestros vehículos tras nuestra jornada, que a pesar de que el horario permitido para aparcar esté comprendido entre las 9:00 y las 23:00, debía cuidarme de no dejar mi coche mucho más allá de las 22:00 horas. Contó que una noche poco después de esa hora se encontró el aparcamiento con todos sus accesos cerrados. Tranquilo, pero con una entonación clara de censura y enojo en sus palabras reconoció que tuvo que tomarse la justicia por su mano y salir por encima del acerado, por un espacio muerto que al parecer los constructores han pasado por alto, entre una pilona retráctil y la carretera adyacente. Mi horario laboral no se extiende hasta tan tarde pero por precaución me he tomado la molestia de comprobar el vacío descrito tras esa última pilona para poder salir del aparcamiento. Tengo que reconocer que en cierto modo a pesar de mi desconfianza y mis temores el conocimiento de tener una salida para poder huir del lugar, por poco ortodoxa que sea, me tranquiliza y hasta me transmite mejores auspicios acerca de mis sospechas. No me importaría nada tener que infringir las normas de circulación si con ello consigo eludir los arbitrarios criterios de la empresa gestora del parque y poder eludir el engaño.  

  Los olores y sabores continúan en la misma progresión de extrañeza para mis sentidos. Tengo miedo a que la comida me mate. Las visiones se han dispersado en temáticas y aparecen en cualquier momento y circunstancia. Experimento el mismo sentimiento de abandono tras el final de una conversación afable aunque sea en la calle con un desconocido, o cuando de repente me acuerdo de alguien que murió y con quien tanto tuve trato como si no, que cuando me encuentro ante una cámara de vigilancia. Esa sustancia que introducen en mi coche debe ser muy tóxica. A veces me sorprendo delante de la televisión cuando intento ir varios segundos por delante de la programación en directo. Me cuesta aceptar la falta de comunicación entre quienes hablan y yo. Sin embargo, esa salida es real, no es producto de mi imaginación.  Puedo escapar tras el cierre del parque cuando quiera.