lunes, 31 de agosto de 2015

CRÓNICA DE NINGÚN LUGAR








A pocos quilómetros de nuestro destino pudimos leer en el dorso de un  indicador de tráfico estas palabras:
                                                    
   Para qué vinisteis
   Si no trajisteis poesía
  
  Habíamos decidido huir de la costa. Durante el verano disponemos de todas las horas de playa que nos plazca. Estamos tan familiarizados con ella que sus olores y paisajes podemos sentirlos  en la piel y retinas  igual que si estuviésemos  envueltos en una crisálida allá donde vayamos. Se entiende que por un impulso imprimido por una nueva necesidad vital, decidimos pasar unos días en el interior, en dirección contraria a los deseos y necesidades del resto de habitantes de un país sumido en una crisis integral. Se puede asegurar sin lugar a dudas, y teniendo en cuenta el estado de precariedad en el que viven muchos españoles, que fuimos junto a quienes por las mismas causas desean huir del interior hacia las costas y no pueden. Podríamos analizar durante un rato las razones de la clasificación en nuestra sociedad de aquellos y aquellas que pueden y los que no pueden. Pero, ¿para qué perder el tiempo con el concepto extendido en el que vivimos de una solidaridad predominantemente sentimental en el que actos programados como los realitys  son lo único que hacen sentir a las masas? La transmodernidad es sobre todo física. Bien pensado somos simple materia en movimiento. Materia regida por leyes cinéticas contrarias a lo que vemos e incluso poseemos. Materia hostil a todo lo que huela a realidad no programada o fuera del círculo mercantil. Así que podemos asegurar que España es un país en el que la mayoría de sus habitantes entienden el viaje y las vacaciones como un ensayo de la huida a ningún lugar, a una visión del Universal platónico del horizonte, a una huida hacia adelante hacia el movimiento por el movimiento. Tal vez las limitaciones de poder del gran Leviatán continúen siendo las mismas que concibió el incrédulo Hobbes. Áreas en las que es posible cierto bienestar, incluso una relativa ataraxia, y que solo existe en la imaginación activada por el viaje. Leviatán sabe que deseas romper las cadenas de la ley y la opresión. Esto no le ofende. La rebeldía y la subversión de sus súbditos son el alimento que aumentan su poder. Cuanto más genuinas y al mismo tiempo sofisticadas sean las ideas de emancipación del individuo mayor información y mejores estrategias obtiene para que entre nosotros se acreciente la desconfianza y el miedo. Cuando se hace obvio que Leviatán no es el enemigo a batir, el egoísmo y la envidia que nos profesamos y que consideramos que son la causa de todos nuestros males se los come la bestia para calmar nuestras conciencias. La máquina es el contenedor de nuestras lágrimas. Un gigantesco reciclador  que transforma las materias primas y las desvirtúa para de nuevo utilizarlas como placebo que acreciente nuestra sensación de bienestar, como nutriente más digestivo para el vientre de la bestia.
   Pedí a MF que retrocediésemos para hacernos un selfie con el mensaje de fondo. Ella accedió y apática dijo: “Bueno, estamos de vacaciones, si eso es lo que quieres….”. El sol asomaba victorioso tras el indicador de tráfico, por encima de un peñasco, como si este hubiera sido minutos antes un obstáculo que le impidiese mostrar toda su luz. Mi hijo dijo tras la captura de la imagen que estaba casi seguro de que la habíamos cagado con la elección del destino para nuestras mini vacaciones. “Por los alrededores habrá alguna comuna de hippies o de poetas independientes celebrando su reunión anual”. Mi hija preguntó qué era exactamente un hippy. MF parecía desilusionada por algún asunto táctico del viaje o de lo que dejaba atrás en él; tal vez por el asunto de su madre con 66 puntos de movilidad, pensé. Feliz quizá, gracias a la contemplación del agreste paisaje, denominé a un hippy como alguien que no necesita hacer setenta largos de espalda o correr diez quilómetros a diario, y a un poeta como una “pérdida de tiempo”. Nos reímos e hicimos caso a MF cuando nos aconsejó que subiésemos al Peugeot y abandonásemos el peligroso arcén. “En las carreteras secundarias se producen el mayor número de accidentes de tráfico de este país”, dijo.
  El pasado y futuro inmediato son las páginas del libro que subrayo, apuntes del presente, y en el viaje los marco del mismo modo. Aunque no dejo de reconocer que es mera ilusión. Jamás lograré introducirme en la cabina de Dios. Pero, pese a todo, me gusta convertir el tiempo en paisaje, en olor, en el tacto de las cosas que quizá piense durante el movimiento. Lo bueno de las vacaciones es que puedes sentir las sensaciones exclusivas que solo se consiguen con aquel. (El personaje, yo, se ha escapado un instante de la narración y ha querido dejar constancia  de la sucesión de palabras como un vulgar viajero lo haría en su crónica).
   Teníamos que comprar comida antes de instalarnos en la casa rural. Debíamos organizarnos y no perder el rumbo de la vida ordinaria en la degustación efímera e improductiva de un trozo de vida extraordinaria. No llevábamos el almuerzo. ¿Por qué razón debíamos llevar entonces poesía? El hombre se halla más lejos que nunca de la utilidad del pensamiento  cuando  pasa hambre, cuando la vida solo es física. Nos movemos exclusivamente para alimentarnos desde hace miles de años y todavía hay una pequeña parte de la humanidad que se resiste a aceptar la servidumbre al instinto básico, y que es capaz de dar la vida por lo que creen que es la verdadera justicia. Comeremos y después ya veremos qué ocurre con la poesía, me dije.
  Hay que reconocer que no funcionó mal el experimento de las mini vacaciones. La casa estaba construida en una suave pendiente que se extendía entre olivos y algunas higueras. Ovejas y cerdos ocultos en desolados receptáculos especialmente diseñados para ellos, eran, sin contarnos a nosotros, los únicos seres emisores de sonidos y también de olores en un pedazo de tierra castigada por las altas temperaturas. Veíamos desde la terraza como los coches y camiones subían en silencio por una larga carretera. La EX-320. Las vistas no estaban mal. No eran precisamente las tranquilizadoras y famosas dehesas pacenses, pero componían una panorámica casi exclusiva  para los ojos observadores de quienes habitaran aquella casa. Pagabas por la visión de un trozo del planeta en un pack que incluía el disfrute de una pequeña alberca con agua de manantial a modo de piscina, de numerosas y espaciosas habitaciones con aire acondicionado y de un amplio porche en el que podíamos ir y venir con la falsa ilusión de evitar el calor. Disfrutamos mucho con la visita a lugares característicos que los salvaleonenses nos recomendaron. Los escasos días y las escasas noches se sucedieron a un ritmo en el que el pasado y el futuro se deslavazaron del presente. Todo era lento y lucrativo. La causalidad quizá podría explicarse por la compra del tiempo y el espacio para el uso de nuestros cuerpos, de nuestras sustancias materiales dispuestas y más patentes que nunca en el negocio neoliberal de los derechos individuales y la inversión privada. Queríamos olvidarnos por un módico precio de la rutina de la vida doméstica, limar las piezas de aristas cortantes de nuestro rompecabezas familiar, todos juntos, por el saldo sobrante de nuestros beneficios tras el contrato tácito con un tal Antonio, director de una sucursal bancaria cualquiera, de una vida sin lujos ni veleidades adquisitivas de ningún tipo.
  No tuve sueño alguno durante las noches y siestas de las mini vacaciones. No recuerdo pesadillas ni placeres fantasiosos por absurdos, ordinarios o inocuos que fueran. En una de las partidas de dardos que disputábamos al atardecer acerté en el centro de la diana. En la porfía por ganar la partida, el deseo de tener un golpe de suerte y lograrlo, me hizo caer en la cuenta de que hacía demasiado tiempo que no soñaba. Tuve la extraña sensación, peor aún, la certeza de que llevaba años obteniendo un descanso sin sueños. Arranqué el dardo del centro de la diana y me dije que era un hombre sin sueños. Cosas de la vida, cuestión sin importancia para el día a día de un trabajador a quien lo más importante es no perder el empleo, la principal preocupación de los humildes que sueñan con proteger a su familia.
   Cuando nacieron mis dos hijos los vi tan desprotegidos, tan vivos en un mundo amenazador y violento, tan extraños al aire con sus cuerpos impregnados de placenta y sangre, que me parecieron parte de mi carne destrozada, de mis vísceras y órganos vitales expuestos como carroña para animales que saldrían de la noche o de algún lugar bajo la tierra. Quise las dos veces estar presente en el parto para dar apoyo a la madre. Nunca le he preguntado a ella si sintió la misma soledad y miedo que yo sentí, si recuerda nada más pronunciar la palabra parto el olor a selva y sudor en la pugna por la existencia de los predadores y sus víctimas. Supongo que el dolor, el sufrimiento de la madre  para dar luz forma parte de un gran plan. Debo hacer un gran esfuerzo para imaginarlo. Pero es claro que nunca es igual la experiencia de la observación que la del suplicio de la carne multiplicándose por sí misma. La naturaleza o lo que sea me apartó de dicho gran plan. El estado masculino de la vida es vago por encontrarse fuera del núcleo de la vida, y ocioso, ante la impotencia asumida por la misma consecuencia. Envidio a la mujer, a la madre por ser capaz de llevar la carne dentro, por deshacerse de ella, amarla e incluso odiarla sin desfallecer un instante y desconfiar del gran plan. Quiero entenderlo. Me siento tan ignorante como culpable. Intento proteger este misterio de la familia, a esta escultura orgánica, de los desastres que nos acechan al otro lado del estrecho umbral del gran plan. No se me ocurre otro nombre a tanto miedo a mí mismo, a este exceso de cobardía que me va a estallar un día encima.
   Compramos en Salvaleón, en el bar Centro, un décimo de lotería para el sorteo de Navidad. Es lo que hace todo el mundo. Compran lejos de sus pueblos y ciudades, por aquello del cálculo de probabilidades, el décimo definitivo, el décimo con el que se vengaran de años de vida rutinaria y anhelante. No existe una ley ni medida que lo demuestre, pero si a uno le toca el gordo de Navidad es como se situara en el centro de todas las cosas y toda la mediocridad y la insoportable sensación de mortalidad permanente desaparecieran por orden divino de la diosa Fortuna. De repente eres amigo de Leviatán. Te contará al oído en tus reflexiones sobre el poder del dinero que no porque ahora tengas poder el mundo va a dar las vueltas más despacio; este seguirá a la misma velocidad llevándote consigo hasta que tu muerte aparezca como un extraño siniestro. Te dirá que el tiempo se apura para todo el mundo pero que con dinero es muy distinto vivir en el paraíso a vivir en el infierno. Hasta en unas  mini vacaciones puedes vislumbrar esta verdad. Es el corolario de un viaje a ningún lugar. ¿Por qué elegimos aquel destino que comportaba poesía? ¿Acaso esta debe según el viaje formar  parte  del equipaje o debe ser integrante siempre? ¿Qué es exactamente la poesía? Con todo, fuera lo que fuese, abandonamos la casa rural con un décimo de lotería en el bolsillo. Tal vez hiciésemos la ida sin un elemento importante pero quién sabe si para Navidad volvemos al lugar con todo el equipaje y la lección aprendida.    

   

miércoles, 15 de julio de 2015

BATALLAS








 El protagonista de la novela “Ampliación del campo de batalla” de M. Houellebecq está enfermo. Es un personaje que padece demasiados problemas existenciales. Una novela previsible, me digo. Algo así como la narración de un adolescente de cuarenta años. Pero no sé si el narrador o lo que cuenta me interesa más al fin y al cabo que el referéndum de Grecia, más que si estamos saliendo o no de la recesión en la zona euro, más que si los tipos de interés son demasiado bajos o no. Vivir todo el tiempo entre el sí y el no es una gran mierda. Perturba mi apátheia, descataloga la esencia de  mi yo que tanto me cuesta encontrar. Merece más la pena perderte en la red neuronal en medio de la jornada de trabajo de un mensajero de Seur o de un ordenanza del Ministerio de la Seguridad Social que perder el tiempo con la escandalosa demagogia de la política nacional o internacional, o con la problemática existencial de Houellebecq. Aunque hay que reconocer que sus personajes escriben bien. Una puñetera combinación de casualidades en sus habilidades y su visión de la cultura. Porque aquello del tesón o la voluntad es como matar reses indefensas en un matadero. Un narrador ejemplar que vende muchos libros. Un referente para uno de mis personajes principales o ineludibles.


Ejemplares enjaulados
en el zoo político
Hombres y mujeres
tras sus rejas digitales
Observan
Defecan


    Por lo demás, el paisaje de la batalla está compuesto de vestigios de quienes batallaron. Sin embargo, el concepto continúa vigente. Existen poderosas razones para hacer creer que prosigue la lucha. Deber ser cosa de mis 48 años, pero veo a los y las adolescentes como a pacientes de una sangría periódica. Es posible que si les levanta sus sofisticadas camisetas encuentres sus espaldas plagadas de sanguijuelas. Son como animales exangües que se han desangrado en cuadriláteros imaginarios, como hemofílicos que heredaron la decadencia por la mala sangre de sus padres, como descendencia de una endogamia moral y cultural con unos índices de homocigosis que dan el resultado del aturdimiento o una paz estúpida, involutiva.

Autoevaluación obligatoria
con indicadores homologados
Ayudan a objetivar logros reales
Para argumentar la programación
de las direcciones prohibidas
Para evitar alguna señal de repulsa
A la nueva escolástica

  Así estamos. Mi mejor sustento consiste en la trama biológica, una realidad no objetivable, de mi mujer e hijos. No importan tanto las llagas del sistema. Los posibles oxímoron sexo/amor, libertad/política o alimento/gula marcan dónde están las llagas del sistema.
  A los platos sobrantes se les recalifican en la gastronomía popular con el peyorativo nombre de “ropa vieja”, así se aprovecha la materia y se recicla como alimento. Este es un plato que parece no agotarse nunca. De él comen diariamente millones de animales del mundo sublunar, el stock del bienestar. Dicha trama biológica no tiene nombre ni finalidad. Ambas atribuciones se anulan entre sí. Es la vida. Sangre, odio y supervivencia. El amor es invencible en mi gobierno.


  

  

lunes, 22 de junio de 2015

PRAIA DA FALESIA







  En Praia da Falesia los ciclistas trazaban un sinuoso sendero al borde de los acantilados. Por un instante sentí vértigo al verlos ir como locos bajo un sol que intentaba a duras penas apartar las últimas nubes de la primavera. En la opresión de mi esfínter vi cómo se precipitaban uno a uno al vacío y daban con sus huesos de metal y caucho en la arena de los médanos. Me retiré a tiempo del borde de la vertical a plomo, de al menos cuatro pisos de altura, para evitar en mi imaginación accidentes tan previsibles y  estúpidos.
   Una vez que se esfumó la adrenalina pensé que allí estaba el impresionante paisaje para que quien se asome se lo apropie como le venga en gana. El océano y la brisa que parecía tener su origen al fondo de los trozos de cielo celeste me transmitieron la suficiente calma, tal vez un mínimo de paciencia para comprender que cada segundo era un abismo en la cámara oculta de mi mente, o de mi corazón incesante y de baja frecuencia. No, es imposible que todo se repita y se reproduzca en la inabarcable matriz una y otra vez sin descanso. Cada rizo del agua en alta mar. Cada vibración de las agujas de los pinos por insignificante que sea. Cada cambio de luz en las tenues sombras bajo las nubes viajeras. Todo eso no era producto de la reiteración del eterno retorno. Porque si así fuese yo debería reconocerme, intuirme o sospecharme en los verbos imposibles que señalan la acción dentro de uno mismo.
  Comprendí que el empeño de los ciclistas por someter el paisaje a la dinámica en lo infinito no era más que la actitud frívola del hombre en dejar huella en lo efímero e irremplazable. La humanidad es masa sin forma ni discreción. Un parásito que  chupa el espacio e intenta hacer lo mismo con el tiempo.

  


martes, 9 de junio de 2015

MALES MENORES








¿Estamos condenados a entendernos o al servil hecho de la hueca convivencia? Si me apuran con preguntas de examen digo que estamos jodidos, sentenciados a odiarnos lo justo, lo suficiente para no perder nuestro estatus o escasos privilegios. Desde el mayor accionista de una gran multinacional al recepcionista del hotel más cutre del mundo nos encontramos todos obligados a evitar a toda costa la tentación de abominar al hijo de puta de turno que viene a freírnos como “su” mal menor en la defensa de sus intereses. Debes reprimirte mucho para no andar suelto dando tiros o cuchilladas día sí y el otro también. A veces, cuando la contención se rompe por una desconocida y corrosiva composición química en un rincón oculto de nuestros cerebros, sucede lo innombrable. Una tropelía del dictador que todos llevamos dentro. Una descarga de odio tan fuerte, tan desproporcionada, y de la que se hablará con sosegada frialdad analítica, que siempre resulta extraña en la paz interior de la colmena, en la calma de la inteligencia del cosmos al que pertenecemos y estamos sujetos como medida de todas las cosas para no romper el equilibrio.
  El animal aprende de su prójimo. Actúa camuflado a la espera del seguro desliz contemplado en la perfección del azar y encuentra su oportunidad. Su paraíso, aunque dure solo unos minutos, lo encuentra por una concesión de intereses del otro o por un despiste en la pelea. Hasta para el frío Aristóteles la fortuna es vital para disfrutar de un receso en la apropiación del bien y la virtud.

  ¿Qué esperamos los unos de los otros? Nada que no sea la aprobación de nuestro lance de Hacedores. 




miércoles, 27 de mayo de 2015

PARQUE DE ATRACCIONES







    El tío vivo podrá funcionar con placas solares. Tras un serio estudio de un equipo de ingenieros de la universidad Ñ se ha demostrado que un parque de atracciones al completo (incluyen la noria y la montaña rusa) puede funcionar exclusivamente con energía solar. Hasta el momento solo tertulianos bebedores de cerveza y alguna divertida madre de familia o inspirado padre ecologista durante la cena habían pensado en tal posibilidad. Ningún político había pensado en esta revolucionaria idea. El conservador jamás lo habría imaginado por culpa de los informes de las empresas eléctricas. Estas demostraban que es necesaria una descomunal inversión colectiva de muchos agentes para sacar el proyecto adelante. No habría ningún problema con el precio del kilovatio. Pero sí con las empresas en las que ellas invertían en bolsa. Y el progresista habría pensado que un parque de atracciones es una estúpida y descabellada propuesta a la ciudadanía si se tienen en cuenta otras necesidades mucho más urgentes de carácter y ámbito social.
  Sin embargo, aquí tenemos la buena nueva. Una noticia esperanzadora para todos y todas. Los costes del proyecto y de mantenimiento serían tan bajos que hasta la población excluida y más marginal podrá acceder a menudo a  estados de eretismo y clímax de felicidad, desaconsejados como medida preventiva para la rehabilitación del Gran Capital enfermo. En el uso y disfrute de las atracciones satisfarán sus necesidades existencialistas, y de índole más terrenal, el pintor de brocha gorda, el buscador de exoplanetas y hasta algún ejecutivo del Corte Inglés.
   Para el equipo de investigadores de la universidad Ñ sería un honor contar con todos los representantes políticos el día de la inauguración. Líderes de los partidos tradicionales y de los emergentes que exterminaron el bipartidismo estarían encantadísimos de montar en los caballitos para mostrar en las fotos la alegría compartida, la emoción de que todos y todas son importantes para el desarrollo de la economía en una democracia real. Unos por saber hacer un hueco en la atracción, otros por poder al fin demostrar que no son animales indómitos. Para los imaginativos y aplicados investigadores es un problema la falta de consenso en el consejo de administración de la universidad. Uno de ellos tuvo en cuenta en el proyecto la conveniencia de atender la justificación en el power point contemplando posibilidades de la teoría de los juegos. Pero ni por esas. En todas las ciudades, grandes y pequeñas, existe la posibilidad de construir un gran parque de atracciones. La ostia para todos y todas. Los oponentes en el consejo a la aprobación del proyecto argumentan que la universidad a la que representan tiene pendientes otros proyectos más ambiciosos de orden incluso internacional. Arguyen que además en España ya hay un excedente en parque de atracciones, que, ahora, una vez superado lo peor de la crisis, son mucho más interesantes los proyectos simuladores.     

  

martes, 12 de mayo de 2015

CAPITALISMO









Cuentan que el capitalismo es una máquina capaz de superar la creatividad y la originalidad del individuo, que ha adquirido un desarrollo mental a base de los fragmentos o segmentos del armazón del pensamiento que aquél necesita para ser ente pensante y libre. Dicen que el capitalismo es el espejo en el que nos hemos mirado durante siglos, en el que continuamos y continuaremos  haciéndolo hasta el final de los tiempos. O tal vez hasta el colapso del pensamiento colectivo como meta inevitable que nos llevará de nuevo al “Todo fluye, nada permanece” de Heraclito, al “Retorno de lo idéntico” de Nietzsche o a una magnitud que no es homogénea ni independiente como pronosticó Einstein. Da igual cómo sea. El capitalismo es consecuencia de nuestro instinto o naturaleza. Ineludible. Incalculable, como los límites de la creatividad y la destrucción que llevamos dentro.  
   Sin embargo, todo a una vez, somos capaces también de pensar en la máquina y en nuestra alma desnuda. Somos hacedores en la voluntad unidireccional hacia la autodestrucción y somos conscientes del “no somos nada” del mea culpa cristiano. ¿Somos dioses obsoletos y asqueados de nosotros mismos, llenos de soberbia y autocompasión?”

   Pensó que sólo elucubraba y decidió descansar en la siguiente área de servicio. A 190 km/h el motor del vehículo se te mete en el corazón, escribió en su blog de notas una vez ya en la barra de la cafetería. Miraba las blancas y largas piernas de la camarera y recordó cuando él era mucho más  joven, mucho más ¿deductivo? con las cuestiones sexuales. Como había previsto esa noche durmió en casa, con su familia. Comprobó que sus hijos continuaban un día más fuertes y sanos. Hizo el amor con su mujer. La amó. La apretó fuerte. Después no pudo conciliar el sueño y decidió reanudar su trabajo para la conferencia “Arte y capitalismo”. Hacía mucho calor. Demasiada felicidad para escribir sobre el alto índice de suicidios

miércoles, 29 de abril de 2015

EL RAPTO DE DEMIAN







Oí en una entrevista radiofónica cómo  Julio Cortázar  denostaba a Herman Hesse por su obra Demian. Tengo que reconocer que casi me alegré cuando el tipo con aquella autoridad crítica hablaba sobre la cárcel en la que vivía E Sinclair, protagonista de la novela,  dentro de sí mismo y de la que no podía escapar. Otra cosa sería saber si cuando decía que la leyó, siendo todavía casi un adolescente, sintió de verdad la repulsa que describió en la entrevista o la aderezó con sentimientos ya adultos de apelmazados ideales deliberados contra la idolatría o la iconografía esotérica.
   Realmente estoy de acuerdo con Cortázar en la opresión despiadada a la que voluntariamente nos vemos reducidos en edades tempranas. Son los convencionalismos sociales y la lectura poco sincera de lo que debemos asumir como sagrado e intocable lo que nos conduce al sufrimiento más estúpido y gratuito que pueda imaginarse. En apariencia, lo que supone la revolución no es más que cambiar de vestiduras al amo, y a veces hasta al verdugo.
   Lo peor de lo peor es compartir el miedo. Algunos hasta lo expanden igual que bombas aromáticas. Ese penetrante olor de las flores de la rebeldía. El Yo que se tira de cabeza en el interior de sí mismo autoflagelante, miserable y egoísta, me recuerda al testamento político de Adolf Hitler cuando piensa que se va a dar un tiro en la boca por el pueblo alemán. En las vidas de estos sicarios de las relaciones sociales sus congéneres son el combustible para su incandescente y eterna pira funeraria. Vidas perdidas que buscan durante décadas el Nirvana y al final les espera una simple y llana muerte rodeada de los seres queridos.
  ¿Por qué esa necesidad de tanto sufrimiento?
   Freud, con la intención de sustentar  un “método”, se autopsicoanalizaba todos los días al final de su trabajo durante media hora. El camino científico nos conduce a las categorías. Así a cada individuo se le etiqueta con unas carencias o males profundos. Todos somos potencialmente diagnosticables. Todos pasamos por el embudo del sistema que nos corrige  para catalogarnos en el museo de la mesada humana para una sociedad futura.
  Ahora bien, escribir una novela con la intención de justificar cual es nuestro grado de trascendencia por encima de nuestros iguales, es un ejercicio violento y jerárquico. Una placentera vida militar entre civiles indefensos.

¡Ahora que sí estás perdido! Porque a pesar de las lecciones de Copérnico, de Darwin o de Freud aún conservas tus chucherías en el bolsillo. Continúas enredado en el poder. Lo odias, lo amas. Millones de individuos Demian. En la universidad, en los partidos políticos, en los templos, en los parques públicos, en las gasolineras, en el Facebook, en los partidos de fútbol, en los hipermercados, en los huecos de tus pensamientos que residen fuera de tu cabeza.