viernes, 18 de enero de 2013

LA LÍNEA DE CAJAS








   Para cuidar y alimentar a una familia hay que joderse. Así me consta por los semblantes de los padres y madres que a diario desfilan ante mis ojos. (Ya me gustaría ver cómo desfilo yo ante los míos. Pero no quiero centrar este pequeño relato en primera persona, pues siempre ocurre que este tiempo verbal te arrastra sin remedio hacia la parca realidad de una estrambótica selección de noticias que nada importan a mis semejantes. Para el caso, padres y madres que luchan contra un enemigo que en su día a alguien se le ocurrió llamarle estrés. Creo que antes de que apareciese esta amenaza en el mundo, la crianza y el porvenir de los hijos dependía casi en un cien por cien de la divina providencia. Ahora corresponde en la misma medida a la estrecha vigilancia de los modernos adanes y evas y al estado de sus cuentas corrientes).
   Muchas veces he visto y he pasado por alto las artimañas de algunos individuos para pasar artículos sin pagar por la caja de los supermercados.  Cuando esto sucede, el hecho fortuito de convertirme en cómplice me lo tomo tan al pie de la letra que en algunas ocasiones he intervenido directamente para ayudar al delincuente de turno. Podría caer en la tentación de ejercer de fiscal. Sin embargo, el papel de chivato en estos affaires del comportamiento social, tendría que asumirlo ateniéndome a dos más que probables consecuencias. La primera sería tener que enfrentarme al delincuente que me espera a la puerta del establecimiento para partirnos la cara a puñetazos y bolsazo limpio. Sobre todo si se trata de un padre o madre que se encuentre en unas circunstancias más apuradas que las mías y con mayor rabia contenida. La segunda consecuencia trataría sobre el enfrentamiento entre mi “Yo” más superficial, es decir, mi yo a secas, para qué vamos a engañarnos, y mi “Yo” más empírico, el que concluirá muchas horas después de la denuncia in situ del acto delictivo, con el famoso refrán “Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón”, ya que la multinacional que sostiene el capital del supermercado invierte éste  en una dirección contraria a los intereses de los plebeyos consumidores y bla, bla, bla.
   Me gustan las colas en las cajas de los supermercados. La gente se encuentra descansando con el estrés. Agarrada a los carros, empujando la bebida y la comida, la gente se queda ensimismada, con la mente en blanco o colgada a un mal pensamiento y con un abismo a sus pies. La gente queda allí abierta al futuro. Allí la gente es tan humana, tan tolerante consigo misma que cada uno puede mirar a su prójimo como le plazca. Y la cajera lo sabe (porque casi siempre es una cajera y muchas  incluso son madres). Sabe que es la principal testigo en este interregno, y también sabe que su función y su autoridad son sólo un disfraz de humanoide, un señuelo para los clientes del supermercado, del mismo modo que lo son esas estatuas que andan sueltas por las calles y avenidas de muchas ciudades, personajes de piedra o hierro nacidos de la posmodernidad, asistidos en el parto por no sé qué concejal que en su adolescencia abarrotaba su habitación de poster y fetiches de toda índole, y con la ayuda inestimable del artista original  de turno que se embolsó una paga más que suficiente para irse de ejercicios espirituales a las Bahamas. De un modo extrañísimo, aun habiendo oteado a la estatua perdida entre los transeúntes, acabas dándote de bruces con la obra de arte y conmocionado ante su subliminal mensaje.
   Si le preguntásemos a una cajera qué piensa de la gente que guarda cola en su caja concluiría con el aserto “Existen todas las miradas posibles”. Y si le preguntáramos sobre su mirada en particular contestaría que ella no mira, ella ve. Lo que se dice mirar sólo mira el teclado de su ordenador. Ella clasificaría las miradas de los clientes en los siguientes tipos: seductora, paranoica, vacía, perdida, ingenua, esquiva, triste, de mal de ojo, torva o que mata, retadora, ausente, libidinosa y pongamos por último la mirada serena. No te puedes fiar de ninguna de ellas, dice la cajera, porque detrás de esos ojos puede aparecer en cualquier momento un ladrón. No importa en qué consista el hurto y el valor del género. Todos somos iguales al pasar por caja. Así nos hizo Dios. Lo que de verdad importa es el balance trimestral y los turnos de caja. Me es indiferente que pasen en mis narices tres botellas de whisky o una bolsa de pipas. Entiendo que todo el mundo quiera ganar. Yo también quiero ganar.
   La propensión morbosa al robo es perfectamente compatible con un comportamiento social honorable y reconocido. El cleptómano es incapaz  de reprimir sus deseos. ¿Por qué estoy seguro de esto? Pues porque del dicho al hecho sólo hay un trecho, únicamente el movimiento de un dedo. En nuestro mundo casi todo está a nuestro alcance, tanto que la mayor parte del tiempo de nuestra ficción es pura realidad, y ésta se reduce en el repetitivo ejercicio de pasar por caja. Pasas por caja y ya está, acabas de cumplir un sueño. Desde un bolígrafo bic hasta un baño en el Ganges.
   He presenciado muchas veces ya tal acto delictivo. Reconozco que estoy enganchado a la observación de estos momentos gloriosos en los que quedan a la vista las imperfecciones de la maquinaria del sistema. Claro que, en estos momentos donde la crisis económica ha pasado a ser un segundo plano y causa, el estrés en muchos casos ha evolucionado y superado el nivel psicosomático. El estado de este mal transmoderno se enreda con la reaparición súbita e imprevista para miles (la cantidad por muy acertada y realista que sea siempre debería ser una estadística del más terrible de los infiernos, ya seamos casi todos los afectados o una sola víctima si la hubiere) de padres y madres de la penuria en sus despensas. En esta situación de la historia, al menos de momento, la escasez de alimentos no es a causa precisamente de la falta o no sus existencias. Podemos ver comida por todos lados. En la televisión y en la basura. Quizá sea de las pocas veces que en las sociedades se da tal desproporción entre la oferta de las materias primas y la imposibilidad (dinero) para acceder a ellas. De modo que para muchos padres y madres el estrés referido ha evolucionado hasta los umbrales de la locura. Los ánimos están exaltados y por tanto los actos delictivos en este estado mental no son más que picores o dolores pasajeros en la moral de estos adanes y evas.
   Parece una madre. Supongo que al menos tiene dos hijos. Es todo un prototipo. Ni demasiado alta, a pesar de que calza unas zapatillas planas, ni demasiado baja, pues su incipiente obesidad no impide que su esbeltez recuerde aquellas curvas que unos años atrás apuntaban verticales hacia el glorioso poder del amor y del sexo. La mayor parte de sus prendas de vestir las ha seleccionado meticulosamente en el mercadillo, y su ropa interior….El aspecto de su peinado delata que como mucho va cada quince días a la peluquería. Tal vez un tiempo atrás, meses quizá, fuese una vez en semana. Aún así es seguro que procura pasar unos minutos de más ante el espejo, empeñada en fabricar una buena mixtura con las pinturas y los cosméticos del bazar chino. Es atractiva y no tendría ningún problema por enamorarme de ella. Debería enamorarme. Sólo eso, enamorarme. Ya ha puesto toda la compra en la cinta transportadora de caja. Toda menos un pack de veinticuatro yogures que ha ocultado en el carro, debajo de las bolsas reciclables. Yo me encuentro dos carros atrás en la cola. Acabo de oír al otro lado de los estantes una discusión entre una madre y sus dos hijos:
-         Si continuáis haciendo la puñeta el uno al otro os juro que monto aquí un espectáculo. Los gritos pueden llegar a Jerusalem.
-         …..
Intenté varias veces sin éxito identificar al grupo entre los pasillos, mientras tanto, un hombre de unos cincuenta, agarrado a otro carro, ante el stand de las verduras, miraba como un búho el trasero de una muchacha que se inclinaba e incorporaba repetidas veces buscando tomates dentro de una gran mancha roja. Cuando la mujer se disponía a pasar el carro con los yogures ocultos le pregunté (¿le abronqué?) a la cajera en qué consistía la oferta de las piñas tropicales. La mujer pasó el carro y la cajera contestó diciendo que no lo sabía exactamente y le hizo una pregunta a su compañera de la caja de al lado.
 Veinticuatro yogures de marca blanca. Días atrás pasé muchos nervios cuando un padre pasó empujando con los pies un pack de seis litros de cerveza Cruzcampo. Desodorantes. Algunos niños simplemente cogen lo que quieren y sus padres o sus madres se lo quitan de las manos. Bandejas de carne. No sé si los clientes de la tercera edad cuelan género por caja, aún no he visto a ninguno. Quesos. Esperando mi turno alguien me ha mirado con desprecio y la lucidez me ha asaltado, todos nuestros afanes se reducen en la necesidad de alimentarnos. Galletas. Una tarde muy calurosa de mayo, una de las trabajadoras del supermercado invitó amablemente a una adolescente a que depositara la pizza que ocultaba en el abrigo en el interior del carro. En el invierno arrecia el hambre y se roba más. Son condicionantes inevitables. En una ocasión la cajera había desaparecido y éramos cientos de miles de clientes con ganas de robar. Nadie fue capaz de cruzar la línea de caja.
    

domingo, 23 de diciembre de 2012

NIEBLA





      El domingo 16 de diciembre de 2012 a las 11:00 horas,  la niebla era tan densa como oscuros y confusos mis pensamientos. Tuve la sensación de haber sobrevivido al paisaje que puede contemplarse durante los seis primeros quilómetros de la N-435,  los que conducen desde San Juan del Puerto hasta Trigueros. Siempre he creído que estas tierras de secano buscan desesperadamente en el horizonte la verticalidad de los árboles. Tal vez mi desconocimiento sobre las ciencias del latifundio sean la causa del sufrimiento tanto a la vista de los terrones cobrizos arrancados salvajemente por los arados de los tractores, como a la de la dureza de su superficie labrada por las heladas y el solano durante la tortura del barbecho. Me resulta imposible dejar de pensar en la angustia del paisaje ante el deseo de querer plegarse como una ola gigantesca hacia el cielo. Sin embargo en el tránsito sobre esta tierra sepultada por la niebla, los últimos de un itinerario de más de 1200 qm Trigueros-Madrid, Madrid-Trigueros en casi 24 horas, advertí que quizás el aspecto del mundo deba ser el que es y que este padecimiento es infundado, que la belleza también puede habitar en un desierto sin vida, omitiendo a la humanidad. ¿Una cuestión de agotamiento físico, de falta de sueño?
   En el quilómetro 3 de dicha N-435, a pie de carretera existe un vivero donde puedes comprar el árbol que quieras. Es una forma de hablar, porque allí no creo que vendan un boabab, ni tampoco un ejemplar del árbol de la ciencia. Pero sí podríamos hacernos de un alcornoque y plantarlo en una linde para que crezca como arbor vitae. Un árbol invertido que de fe de que en estas tierras se siembran el trigo y el girasol para el sustento de los agricultores de la zona. Las raíces del alcornoque mirarían hacia el cielo para captar la energía de los astros, o tal vez mucho más, como propone la teoría emanatista, en la que las raíces nacen en las profundidades del cosmos, el tronco es el éter y las ramas son las esferas, incluyendo la tierra. Una visión involucionista en la que no podríamos hacer nada para abonar de nutrientes el origen de la vida.
  Aún así, enredado en estos pensamientos, es inevitable sentir que tengo los pies en la tierra, nunca mejor dicho, puesto que mi subconsciente es fálico y siempre más allá de la niebla está la luz. Ocurrirá más veces, por dinero caeré agotado en las sábanas después de cientos de quilómetros, y en el fondo me es indiferente que domine un paisaje u otro, ya que mis raíces son mis hijos, como yo antes fui las de mis padres. Y aquí me pierdo entre el evolucionismo o involucionismo.
 Un alcornoque sería suficiente, o un pino, o una cruz latina advirtiéndonos la señal de su despropósito, o una veleta que se mueva simultáneamente hacia los cuatro puntos cardinales.

domingo, 9 de diciembre de 2012

PENSAR, HABLAR, ESCRIBIR........




En los índices de contagio de enfermedades como la alexitimia y la anhedomia se hallan nuestro grado de incapacidad para ser libres. Tu salvación depende en encontrar un buen psicólogo a tiempo. Ante esto no es terapéutico reÍrse-de-sí-mismo. Es la hostia, tienes a los enemigos tanto fuera como dentro de ti. Cada día estoy más convencido de que el soliloquio es un síntoma de buena salud, una serpiente infinita que se arrastra segura por nuestra existencia y que come de nuestra verborrea.


domingo, 2 de diciembre de 2012

TUFO





   Definitivamente el miedo se ha quedado a vivir con nosotros. Cada uno tiene la libertad de pensar y actuar, de decidir en qué momento puede cortar los hilos que mueven nuestras articulaciones. Pero este miedo que refiero nos ha devuelto a las puertas del más genuino de los tipos de ansiedad, el miedo al castigo divino.
   Nos parece ridículo el quebrantamiento de los mandamientos de Dios o la pena por caer en la tentación de algunos de los pecados capitales. Gutenberg, Marx y el lapidario Pop lograron a huevos mostrarnos el paraíso perdido. Durante muchas décadas hemos vivido como inocentes Adanes y Evas, y Dios no tuvo nunca la delicadeza de hacernos una visita para decirnos que no lo estábamos haciendo bien.
 Tendremos que escribir una nueva biblia, una en la que no merece la pena que aparezca Dios ni ningún hijo suyo. Qué se yo, por ejemplo, el Todopoderoso sería un niño/a discapacitado o desnutrido (nada que temer), y Lucifer tendría más o menos el aspecto de la estatua de la libertad. Yo, con mi sueldo para ir tirando, sería Barrabás. Toda la condenada clase media seríamos los culpables indolentes que pasamos de todo. ¡Qué auténtico es pasar de todo!
  Dios ya no está y sin embargo el tufo es más pestilente que nunca. 


lunes, 19 de noviembre de 2012

ERECCIONES CONTRA LO FEO Y DESAGRADABLE






Creo recordar que fue en “América”, ¿o en “De la seducción”?, ambos libros de J. Boudrillard, dónde leí que era un consuelo llegar a los entaitantos, porque suponía un enfriamiento de la libido.¿O tal vez fuese en “Cool memories”(será verdad que soy un mal lector que cae en la tentación de escribir, puesto que apenas releo. Sin embargo, no es menos cierto que el hecho de releer por ejemplo uno de estos libros me aterra. No soporto la idea de adentrarme en las hojas de los libros que fueron “yo” hace más de veinte años. Más o menos porque “yo” no quiere ser “yo”. Sí, eso es). Por ahora no haré caso a Borges. No releeré por sistema.

 Comienzo a ser un hombre fanerógamo, mis flores desaparecen paulatinamente, y llegará el día, supongo, en el que mi representación sexual se reduzca a un varón que peleó y perdió la guerra en el cuerpo a cuerpo contra el deseo inevitable de la carne.
Con las flores que aún me quedan, mi libido aparece como la erupción de un volcán en momentos donde la mujer (siempre he ido tras ella y la veía como un ave que se perdía en la lejanía) no aparece como ente, sino que se oculta como cosa secreta. Por cierto, como dice Juan Larrea en “Orbe”, ave al revés resulta Eva. Y sin mujer como tierra prometida, tal deseo se transforma a veces en una búsqueda sin objetivo. Parece un estado de ansiedad en el que ni la mujer más potente puede hacer algo por mí.
 En estas ocasiones, que cada vez son más frecuentes, tengo erecciones de varias horas de duración. Sin ir más lejos, tuve mi miembro oprimido contra la licra durante toda la tarde de la última huelga general. Boudrillard mentía o se equivocaba. Uno va leyendo y se queda con algunas frases esperanzadoras para toda la vida que al final resultan un fiasco. Debe ser cierto que para asegurar la experiencia haya que releer el cambio constante de los colores en el cielo y de los paisajes en la tierra.
   Es una evidencia que el apetito sexual se reduce con el paso del tiempo, pero  no sucede lo mismo con las aptitudes del cuerpo hasta que se nos acaba la vida. Cuentan que los ahorcados eyaculan un momento antes de morir. Ayer leí en una entrevista al filósofo francés André Comte-Sponville, que la mujer humaniza al hombre gracias al amor y que el futuro por tanto es la mujer. Esto supondría un consuelo, pues la existencia de la mujer garantizaría mi educación. ¿Qué hacer entonces con el vigor sexual si ni  Onán ni Eva se hallan ya en la obra representada?
  Erecciones para echarle cojones a todo lo feo y desagradable: el yo inflexible que repiquetea en el mundo desde no sé cuándo.


domingo, 4 de noviembre de 2012

!CÓMETE UNA NUBE!









   Uno de los momentos más esperados de las ferias y fiestas de mi infancia era el de contemplar en el tenderete de las nubes de algodón, al borde mismo de la media esfera donde el artista, la artista (casi siempre un o una adolescente ubicada estratégicamente por mandato de la familia de feriantes a la que pertenecía en un lugar propicio para la venta), con gestos graves y una altanería que rozaba muchas veces el desprecio a los niños y niñas, daba forma y vida a una nube aquí en la tierra, que además te la podías comer.
   Dependiendo de las ganas y el dinero había tardes en las que podías contar más nubes pululando alrededor de las atracciones de feria que en el cielo. Por entonces yo pensaba que las nubes allá arriba tendrían un tacto parecido a las que agarrábamos con el palito de madera; tal vez no serían dulces pero si hubiera podido subir hasta donde estaban podría haber cambiado la distribución y hasta traerme a la tierra una de ellas. El día de mi primer vuelo, siendo ya un adulto obstinado en hacerse respetar, el avión atravesó una nube  blanquísima e inmensa. En aquel momento me incorporé y busque los ojos de los pasajeros. Atravesamos aquella nube y nadie dijo nada. Hecho que corroboró que el desprecio o cuando menos la indiferencia de los artistas del azúcar, es consecuencia del fenómeno de la repetición. Más o menos como venía a decir W. Benjamin en su análisis de la reproductibilidad de la obra de arte en el mundo moderno, el aura de la obra  pierde definitivamente su vigencia en el intento de querer mostrarla “aquí y ahora”.
   La diferencia entre pensar una nube y atravesarla es dramática. Sin embargo esto no debe desalentarnos. Todos aquellos que alguna vez hemos soñado en intentar cambiar el mundo deberíamos saber perfectamente cómo se hace una nube de algodón. Deberíamos saber que desde el cementerio el día de los difuntos piden por el móvil las pizzas los vivos y no los muertos, o que un elefante al que le han enseñado a pronunciar cinco palabras en coreano lo hace en cautividad y no será precisamente por esta habilidad el salvador de sus semejantes a quienes le roban la vida para quitarle el marfil.
   En el Facebook leí un enlace de Jordi Carrión sobre la truncada conferencia que Italo Calvino no pudo dar en Harvard para el curso 1985-86. Le sobrevino la muerte y dicha conferencia acabó convirtiéndose en “Seis propuestas para el próximo milenio”. Leí el libro en junio del 89. Lo leí con avidez e intriga. Desde esta fecha la literatura en el mundo sigue girando alrededor de lo mismo. Quiero decir, lo que vende y lo que no, la literatura que adormece los sentidos (grandes mamotretos en buenas y cuidadas encuadernaciones, para quedar muy “vintage” en navidad) y la otra literatura que casi no lee nadie y que sin embargo, remueve el follaje del sistema. Que las propuestas de Calvino continúen vigentes o no me importa bien poco, porque creo que existen otras urgencias a las que acudir antes que a la del análisis. En cualquier caso recuerdo perfectamente que la primera propuesta del libro hablaba sobre la levedad. En ella dice Calvino: ….he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes. A las ciudades; he tratado de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje.
   Nos están dejando sin nubes de algodón. Apenas veo niños sujetando alguna de ellas. Y hasta es posible que a los niños del siglo XXI no les gusten las ferias. Éste Áurea que refiere Benjamin se ha transformado en “Marca Blanca”. Criaturas como el 15-M continúan naciendo. Sin aura. Tal vez incoloras, propiedad del género de la bisutería.

domingo, 21 de octubre de 2012

SIN PLÚTEOS






    El tiempo de los “Grandes Escritores y Poetas” ya pasó. (J. M. Coetzee lo insinúa en su novela “Verano”, concretamente en el capítulo “Sophie”). A no ser que se consideren a nuestros contemporáneos escritores famosos grandes escritores. Si es así entonces existen cientos de grandes escritores actuales. En el fondo gente como Thomas Mann, Borges o Juan Ramón Jiménez y los otros escritores, les importa a nuestra sociedad una mierda, pues tendremos que trabajar como chinos  para poder comer. Sin embargo, lo que escribieron (¿escriben?) está bien guardado y custodiado como si de un exclusivo y preciado material de construcción se tratara.
   Durante décadas dicha custodia le fue encomendada a la clase media. Una inmensa capa social que se empleaba a fondo en leer con la cabeza ladeada, en sus plúteos, los lomos de los libros que jamás explorarían. La agonía de los grandes escritores no va a derivar en una lentísima muerte. La repentina desaparición de la clase media provocará la muerte súbita de estos escritores y poetas. Y si damos por hecho que los famosos escritores actuales también son grandes escritores, podemos concluir sin ninguna duda que estos escritores y poetas están muertos en vida. No lo van a leer ni su madre. La pérdida del poder adquisitivo de la clase media provocará que la literatura se sustente a sí misma como una cuestión básica de higiene. Quien escriba lo hará pensando en un mensaje exclusivo para el tiempo y el infinito. Pero, ¿cuánto tiempo puede pasar un ser humano sin lavar su cabellera? Tal vez toda su vida. El mensaje no podrá ser el medio en un mundo de pobres y analfabetos. No será necesario saber leer para identificar una sopa de bote en sus anaqueles.
   He leído algunas entrevistas a políticos y en casi todas ellas se les pregunta “qué libro está leyendo? o ¿qué libro le ha impresionado más? Siempre contestan afirmativamente, y algunos hasta nombran un raro ejemplar.  Todos y todas (el caso de ellas me llega al corazón porque me encantan las mujeres que se dedican a la política, dan la primera impresión de ser una mezcla de erotismo redentor y hermanas de la caridad) acaban con la misma coletilla: “hago un esfuerzo y siempre saco tiempo para leer”. ¡Tiempo para leer! ¡Se necesita tiempo para leer! Todavía para estos políticos la lectura tiene un relativo carácter de mandamiento, algo así como una penitencia que se debe llevar en silencio para salvarse en las moribundas democracias en las que la educación y la cultura son aún rentables. Es decir, transfigurables en dinero.
   El “Saber es poder” lyotardiano ha tomado el camino de los ininteligibles renglones torcidos de los hombres (los que decían de Dios tienen que ver con la penitencia, obsoleta para los políticos y hasta para los pobres), pues ha tomado la dirección sin retorno del pensamiento único. A la vuelta de la esquina no será necesario leer, y mucho menos tener tiempo para hacerlo. Las urgencias no necesitarán la mayéutica ni los faros en la niebla. Aprovechemos, los eternos, famosos actuales y malos escritores el tiempo donde a la lectura le queda unos minutos de factor 50. Por la custodia no tenemos por qué preocuparnos. La llevaremos con nosotros a las entrañas de la tierra. Qué mejor vigilia para un futuro fértil.