domingo, 31 de marzo de 2013
GENTE CON TALENTO
Por lo del talento, la suerte y todo eso.
Hay gente que gana muchísimo dinero por subir a un escenario, escribir libros que se venden como rosquillas, hacer de consultores de consultores o por diseñar un WC que recicla las heces y las transforma en energía para las bombillas de sus casas. Es el lado brillante, legal y honesto ante tanta corrupción y abusos en este tan extraño contexto sociohistórico que nos ha tocado vivir. Es el mundo que el tío Sam ha iluminado para ti, sólo y exclusivamente para ti.
La gente con talento cogen a tiempo los trenes que pasan por sus vidas. Pero tío, tú ni siquiera tienes talento, no hay ningún tren que se acerque a un kilómetro de dónde hayas dejado caer ese montón de carne, no tienes cojones de hacer algo de verdad por ti. Por ejemplo, la gente que gana millones de euros en un pleito guardan ese dinero en un gran banco, le dará intereses y además contribuirá a que nuestro contexto sociohistórico no se agriete y que ese dinero fluya por las tuberías sin la más mínima perdida.
Reza capullo, es lo único que puedes hacer sin talento. Sigue creyendo que esa actitud crítica es el talento verdadero. Reza, repta, reza de nuevo para que tu prole tenga talento. Y recuerda, la suerte sin talento y sin sacrificio no es nada. Reza inútil, reza.
domingo, 24 de marzo de 2013
FRAGMENTO DE LA PESADILLA QUE UNA ALUMNA DE UN TALLER DE ESCRITURA CREATIVA TUVO LA SEMANA PASADA HACIENTO EQUILIBRIO EN LA CÚSPIDE DEL RASCACIELOS MÁS ALTO DE DUBAI.
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Es inevitable no mostrar en muchos
momentos del día el orín de tus amistades. Sólo una pequeña porción de lo que
tú eres se conserva en la caverna como un queso azul. El resto se va
cubriendo de herrumbre hasta contagiar
completamente de óxido a la estructura del arca que albergará a todos en un
maravilloso viaje.
García (el apellido más común en España según el Trivial Pursuit) se
encontraba encaramado en la rama más alta del castaño y vociferaba, hablaba con
una demanda en su timbre de voz que parecía
maldecír a su madre por no haberle traído el megáfono que le regaló para
su dieciocho cumpleaños.
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Huele, huele las flores de este
castaño. He comprobado lo que contaba el marqués de Sade en uno de sus cuentos.
Huele a lo que fabrico en el interior de mis escrotos. A veces pienso que en
lugar de semen debería segregar gasolina para que tú y yo podamos huir en mi
sidecar hasta el definitivo infierno.
Isabel Virgen miraba a su novio (nunca quiso tener un novio hasta que
se enamoró perdidamente de García en una sesión de Trivial) contra el sol y éste le quemaba los ojos. “Maldito hijo de
puta. Nunca vas a soltar el soplete”, masculló recordando a su padre de oficio
soldador que se pasaba todo el día reparando los desperfectos en las puertas de
hierro de la casa de ambos.
Una hora antes García le había revelado a Isabel Virgen que la ACPN –asociación
contra la proliferación de nomenclaturas- había dejado en su bandeja un mensaje
en el que le avisaban que los recogerían en un autobús específico para
pasajeros que estén dispuestos a colonizar el aire que aún queda sin contaminar
de señales wi-fi, o frecuencias de radio y televisión. Su cometido consistiría
en, una vez localizado como mínimo un metro cúbico de aire puro gritar hasta la
extenuación si es preciso con alaridos metálicos. Para ello debería al menos
haber lamido durante una hora un best-seller de los años sesenta leído por un
hippy encanutado por marihuana de cosecha y elaboración propia.
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Viena ya el autobús?
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Creo que todavía es temprano (en
latín)
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Maldita ACPN! Siempre haciendo
promesas que nunca pueden cumplir. Tendré que darle la razón al indeseable de
mi padre cuando dice que me falta lo más importante. Un minuto de paciencia.
García vio cómo se acercaba por el oeste M. Foucault disfrazado de
lobo, porque ya no era posestructuralista ni posmoderno, y con su libro en
inglés “Las palabras y las cosas” en su mano izquierda. No le dio tiempo a
tomar las debidas precauciones antes de que Isabel Virgen se asustase primero y
después se enamorase del lobo.
viernes, 8 de marzo de 2013
LA NULIDAD DE LAS EMOCIONES
El ánimo, esa trampa que la vida a diario nos obliga
a asumir como una indumentaria que unos seres anónimos a los que ni puedes
imaginar eligen para tu aspecto (para quienes lean esto y quieran tomárselo al
pie de la letra, me refiero al “ánimo” entendido por la RAE en su tercera
acepción por intención y voluntad). Trampa, porque al contrario de lo que dice
el dicho, las palabras no se las lleva el viento. Quedan en la memoria de los
demás y en forma de anticuerpos en nuestras bocas, como restos de una candidiasis
oral de la que difícilmente nos recuperaremos. Indumentaria, porque dicho ánimo
cambia del mismo modo que la vestimenta,
según sea para nuestro adorno o abrigo. Lo peor es que más de una vez nos han
puesto un abrigo cuando más calor hacía o nos han vestido con elegancia para un
evento infraordinario. Y seres anónimos porque en nuestro interior se decide
aleatoriamente (no hay decisión parlamentaria) entre todos los representantes
que lo habitan quien de ellos prenderá la mirada y las palabras.
Claro que
el ánimo podemos estimularlo si así lo queremos. Existen múltiples métodos para
adulterarlo, quiero decir, para subirlo a la nubes. Técnicas de autocontrol y
también, por qué no, de descontrol, se usan para un fin determinado. Para
competir en la dimensión social o para adentrarnos aún más en nuestras
oscuridades. Pero no me refiero aquí a estos tipos de planificación y
optimización del ánimo. Me refiero a eso que llaman inteligencia emocional, y que no es otra cosa que el minuto a minuto
compartido e interactivado entre hombres y mujeres, eso que cargamos sobre
nuestras espaldas como porteadores en el frío polar (inteligencia
interpersonal) y la canícula (inteligencia intrapersonal). También puede ser al
revés según se mire.
En este
inmenso mapa de neuronas sofocadas y desinhibidas, en tal circuito inaugurado
por el golpe mortal de Caín a Abel, puede observarse el caos producido por el
incesante movimiento de las fronteras. Mapa descrito= constante cambio de fronteras
políticas y culturales (no físicas) en Europa a lo largo de su historia que nos
ha traído hasta este lugar demencial.
La imposibilidad o trastorno para una
adecuada ejecución de relaciones positivas entre el mundo interpersonal e
intrapersonal es a causa de la indescifrable composición de un viejo virus
conocido por todos. El miedo. Sencillo y aterrador.
sábado, 23 de febrero de 2013
NUESTROS MEJORES ENEMIGOS ÍNTIMOS
Según Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario
de Símbolos (Labor, Barcelona 1992), el
“descanso semanal” es una imagen temporal del paraíso, como, en lo geográfico,
las “islas bienaventuradas, los “eldorados”,etc.
Conceptos
como “paraíso perdido” o “tierra prometida” son parámetros del pensamiento que
encierran pesadumbre e impotencia ante la infinita maldad del ser humano y que
hacen de los lugares empíreos (ubicaciones fuera del espacio y del tiempo), prodigiosos
reflejos de nuestros escasos instantes de lucidez, aquí, perdidos en esa
trepidante dimensión que llamamos realidad. Existe un porcentaje infinitesimal
dentro de esta dimensión en el que podemos atrapar a través de esporádicos
sueños un estadio similar a lo que algunos filósofos del medievo catalogaban
como el “cielo inmóvil”, tal vez una reacción de nuestra mente como negación a
las escasísimas y pírricas alternativas a las que podemos optar para
estructurar un mundo justo y feliz en el que nadie sea excluido, desde los más
poderosos a los más débiles.
En ese “Cielo Inmóvil” nunca ocurre nada,
dentro de la imagen no pasa el tiempo ni transcurren avatares de empeoramiento
del ánimo ni de optimización del mismo, cosa esta última imposible ya que la
felicidad bulle a borbotones. Es la cumbre del involucionismo. Es el descanso
eterno, lugar en el que convergen la anulación de la política, la seducción y
el sexo, que es político también por su fuerte carga de intereses compartidos.
Otros conceptos, alejados de la ucronía, ya
laicos y de una inspiración cívica rayana
al delirio visionario y a veces iluso de fabricantes o ensayistas de organizaciones
sociales, buscan un paraíso algo más dinámico, no sé si más real sería un adjetivo apropiado. En
ellos el desarrollo de la inteligencia, las emociones e incluso las pasiones no
son excluidas. La Utopía de Tomas Moro, La Republica de Platón, el jardín de
Gilgamesh, la isla de la inscripción sagrada de Evémero o Los Mitos de Hesiodo,
son idealizaciones de sociedades en las que lo más importante es el Sentido
Común, el amor al género humano y a sus dioses protectores. En el Cielo Inmóvil,
Dios, Hijo, Espíritu Santo, Ángeles, Santos y Santas y la gran masa de
cristianos probos componen un único ente estático donde el desarrollismo se
atiene a una sola actitud, el Amor. Todos se aman según el concepto tarsiano
con la condición previa de cumplir un requisito, el de traspasar los umbrales
de la muerte.
La muerte, esa página de la que nadie escapa
a su lectura es paradójicamente para muchas religiones la singular salida a
esta fase de la existencia. Después de ésta podremos acceder a otras según
nuestra fe o incredulidad. Es decir, podríamos también llamar a la otra vida la
destrucción o negación de cualquier otra dimensión que no sea la que conocemos.
Al hilo de la idea de “paraíso temporal” de
Cirlot, los “descansos”, “vacaciones”, o de “paraíso geográfico”, ubicaciones
que podrían ser de índole pragmático como la “Isla Libertaria” y otros muchos
ensayos acaecidos en la historia contemporánea, podríamos decir que se nos
aparecen como suspensiones del tiempo y el espacio dentro de este marco
inevitable para quienes tienen que ganarse el pan con el sudor de su frente. Son
sobreseimientos y ceses en el cumplimiento de un deber. Un deber la mayoría de
la veces de un peso y sufrimiento descomunal.
En el mismo libro de Cirlot leo que el sueño
de suicidio puede simbolizar la necesidad de suprimir una zona de la propia
personalidad. El suicidio es justamente lo contrario a la idea de paraíso.
Cuando destruimos un objeto con el que nos hemos identificado profundamente
puede ser por un anhelo latente de suicidio. Sin embargo, tal identificación no
tiene por qué ser de orden higiénico ni placentero. Nuestros enemigos más
íntimos continúan siendo la sumisión y el sometimiento. Destruirlos
significaría suprimir una zona de nuestra personalidad. Esa que se conforma con
los paraísos temporales o geográficos, o que espera estoicamente a la muerte
como exclusivo camino hacia la anulación del sufrimiento.
domingo, 3 de febrero de 2013
UN CIGARRILLO PERFECTO
Con mayor minuciosidad que
de costumbre fabricaba mi cigarrillo. Me gusta fumar. También me gusta
observar, independientemente de su valor arquitectónico, el exterior de las
iglesias, sus fachadas principales, aunque sean de construcción reciente (fachadas
funcionales con algún que otro símbolo y ornamento como señales de un
cristianismo moderno e inexorablemente lastrado por el pasado). El uso de la
palabra “Iglesia” siempre ha movido mi
imaginación hacia lo bueno y lo insufrible que los hombres provocan entre sí. Iglesia es templo y
congregación. Un universo encerrado en una palabra nociva. Tal vez lo nocivo
sea el universo que se desata tras la inocente palabra. Si bien una de las
cosas que más admiro es el hecho de que los hombres se congreguen. Ellos se
congregan, y yo al final siempre estoy al margen. Créanme, no lo puedo evitar.
Muchas veces me siento por esto como un hijo de puta.
Me gusta fumar y detener el tiempo con las
inhalaciones y exhalaciones de humo (eso creo). Así de simple, misterioso y
absurdo. Yo esperaba a mi hija frente a la iglesia y elaboraba mi cigarrillo
liado fijándome en todos los detalles de las hebras del tabaco, la textura del
papel y hasta de la densidad de la goma de pegar. Ella debía salir por la
puerta principal del templo en apenas unos minutos. A mi hija le gusta cantar.
Sobre todo eso, cantar. Creo que también le gusta creer en Dios. Por el momento
se ilusiona pensando en Dios, y a mí me consuela que ella tenga fe. Es
maravilloso que ella confíe en el altísimo y obtenga su prebenda cantándole.
En aquel día y aquella hora tocaba fumar
(esperar) frente a la fachada de la parroquia. Hice un cigarrillo perfecto.
Como todo lo deletéreo su perfección es rotunda. Agarré el encendedor y me
preparaba para la enésima bocanada de placer, cuando un fuerte olor a gasolina
irrumpió al mismo tiempo que mi paladar se contraía para recibir la primera ola
de nicotina. Un hilo ágil como el de una meada rozaba las puntas de mis
zapatos. Procedía de la rueda trasera izquierda de un Opel Corsa de los ochenta
aparcado unos dos metros a mi izquierda. Me molestó mucho que lo estacionasen
en zona amarilla. Es ilegal, deberían multarle, pensé. El líquido fluía rápido
por el desnivel de los adoquines. Encendí mi cigarrillo y la primera bocanada
cayó sobre la pequeña corriente como la
bruma lo hace sobre los ríos. Sólo tenía que inclinarme y prender el hilo hasta
que la llama llegase al depósito de gasolina del Corsa. A su puto dueño le diría
la policía: “Su choche ha volado por los aires en la zona amarilla. Si paga la
multa en cuarentaiocho horas le haremos un treinta por ciento de descuento”. No
habría víctimas. En aquel momento, excepto yo, no había nadie en un área de
cien metros.
La gasolina comenzó a estancarse en un
repecho del piso y pude acabar mi cigarrillo tranquilamente. Durante este
tiempo calmo de nicotina algunos viandantes hicieron comentarios acerca del
olor a gasolina. Pero nadie reparó en el viejo Corsa. Nadie cayó en la cuenta
de una posible explosión a la salida de misa. Nadie pensó que otro fumador
podría pasar por allí y acabar su cigarrillo frente a la iglesia. Nadie podía
imaginar en aquel lugar, en aquella hora, el olor a carne quemada. Entonces observé
con placer la funcionalidad neoclásica del templo, su equilibrio, su sobriedad
y decoro contra el despilfarro y falsedad del bucle barroco, contra lo
innecesario. Y pensé que la nicotina también podría ser prescindible.
Mi hija apareció al borde de la explosión. Un
segundo antes de que la plaza fuera asaltada por las llamas y el humo la cogí
fuertemente del brazo y salimos de allí corriendo. Tras el estruendo nada
cambió. La gente paseaba por la calle peatonal y los feligreses caminaron entre
cristales rotos y el aire denso de la combustión. No hubo confusión ni gritos.
No aparecía por ningún lugar el sufrimiento. Mi hija me preguntó por qué
corríamos. No fui capaz de darle una respuesta. Ella nunca comprendería que
sienta este terror ante tanta perfección.
viernes, 18 de enero de 2013
LA LÍNEA DE CAJAS
Para cuidar y alimentar a una familia hay que joderse. Así me consta
por los semblantes de los padres y madres que a diario desfilan ante mis ojos.
(Ya me gustaría ver cómo desfilo yo ante los míos. Pero no quiero centrar este
pequeño relato en primera persona, pues siempre ocurre que este tiempo verbal
te arrastra sin remedio hacia la parca realidad de una estrambótica selección
de noticias que nada importan a mis semejantes. Para el caso, padres y madres
que luchan contra un enemigo que en su día a alguien se le ocurrió llamarle
estrés. Creo que antes de que apareciese esta amenaza en el mundo, la crianza y
el porvenir de los hijos dependía casi en un cien por cien de la divina
providencia. Ahora corresponde en la misma medida a la estrecha vigilancia de
los modernos adanes y evas y al estado de sus cuentas corrientes).
Muchas
veces he visto y he pasado por alto las artimañas de algunos individuos para
pasar artículos sin pagar por la caja de los supermercados. Cuando esto sucede, el hecho fortuito de
convertirme en cómplice me lo tomo tan al pie de la letra que en algunas
ocasiones he intervenido directamente para ayudar al delincuente de turno.
Podría caer en la tentación de ejercer de fiscal. Sin embargo, el papel de
chivato en estos affaires del
comportamiento social, tendría que asumirlo ateniéndome a dos más que probables
consecuencias. La primera sería tener que enfrentarme al delincuente que me
espera a la puerta del establecimiento para partirnos la cara a puñetazos y
bolsazo limpio. Sobre todo si se trata de un padre o madre que se encuentre en
unas circunstancias más apuradas que las mías y con mayor rabia contenida. La
segunda consecuencia trataría sobre el enfrentamiento entre mi “Yo” más
superficial, es decir, mi yo a secas, para qué vamos a engañarnos, y mi “Yo”
más empírico, el que concluirá muchas horas después de la denuncia in situ del
acto delictivo, con el famoso refrán “Quien roba a un ladrón tiene cien años de
perdón”, ya que la multinacional que sostiene el capital del supermercado
invierte éste en una dirección contraria
a los intereses de los plebeyos consumidores y bla, bla, bla.
Me gustan
las colas en las cajas de los supermercados. La gente se encuentra descansando
con el estrés. Agarrada a los carros, empujando la bebida y la comida, la gente
se queda ensimismada, con la mente en blanco o colgada a un mal pensamiento y con
un abismo a sus pies. La gente queda allí abierta al futuro. Allí la gente es
tan humana, tan tolerante consigo misma que cada uno puede mirar a su prójimo
como le plazca. Y la cajera lo sabe (porque casi siempre es una cajera y muchas
incluso son madres). Sabe que es la
principal testigo en este interregno, y también sabe que su función y su
autoridad son sólo un disfraz de humanoide, un señuelo para los clientes del
supermercado, del mismo modo que lo son esas estatuas que andan sueltas por las
calles y avenidas de muchas ciudades, personajes de piedra o hierro nacidos de
la posmodernidad, asistidos en el parto por no sé qué concejal que en su
adolescencia abarrotaba su habitación de poster y fetiches de toda índole, y con
la ayuda inestimable del artista original de turno que se embolsó una paga más que
suficiente para irse de ejercicios espirituales a las Bahamas. De un modo
extrañísimo, aun habiendo oteado a la estatua perdida entre los transeúntes,
acabas dándote de bruces con la obra de arte y conmocionado ante su subliminal
mensaje.
Si le
preguntásemos a una cajera qué piensa de la gente que guarda cola en su caja concluiría
con el aserto “Existen todas las miradas posibles”. Y si le preguntáramos sobre
su mirada en particular contestaría que ella no mira, ella ve. Lo que se dice
mirar sólo mira el teclado de su ordenador. Ella clasificaría las miradas de
los clientes en los siguientes tipos: seductora, paranoica, vacía, perdida,
ingenua, esquiva, triste, de mal de ojo, torva o que mata, retadora, ausente,
libidinosa y pongamos por último la mirada serena. No te puedes fiar de ninguna
de ellas, dice la cajera, porque detrás de esos ojos puede aparecer en
cualquier momento un ladrón. No importa en qué consista el hurto y el valor del
género. Todos somos iguales al pasar por caja. Así nos hizo Dios. Lo que de
verdad importa es el balance trimestral y los turnos de caja. Me es indiferente
que pasen en mis narices tres botellas de whisky o una bolsa de pipas. Entiendo
que todo el mundo quiera ganar. Yo también quiero ganar.
La
propensión morbosa al robo es perfectamente compatible con un comportamiento
social honorable y reconocido. El cleptómano es incapaz de reprimir sus deseos. ¿Por qué estoy seguro
de esto? Pues porque del dicho al hecho sólo hay un trecho, únicamente el
movimiento de un dedo. En nuestro mundo casi todo está a nuestro alcance, tanto
que la mayor parte del tiempo de nuestra ficción es pura realidad, y ésta se
reduce en el repetitivo ejercicio de pasar por caja. Pasas por caja y ya está,
acabas de cumplir un sueño. Desde un bolígrafo bic hasta un baño en el Ganges.
He
presenciado muchas veces ya tal acto delictivo. Reconozco que estoy enganchado
a la observación de estos momentos gloriosos en los que quedan a la vista las
imperfecciones de la maquinaria del sistema. Claro que, en estos momentos donde
la crisis económica ha pasado a ser un segundo plano y causa, el estrés en
muchos casos ha evolucionado y superado el nivel psicosomático. El estado de
este mal transmoderno se enreda con la reaparición súbita e imprevista para
miles (la cantidad por muy acertada y realista que sea siempre debería ser una
estadística del más terrible de los infiernos, ya seamos casi todos los
afectados o una sola víctima si la hubiere) de padres y madres de la penuria en
sus despensas. En esta situación de la historia, al menos de momento, la
escasez de alimentos no es a causa precisamente de la falta o no sus existencias. Podemos ver comida por todos lados. En la
televisión y en la basura. Quizá sea de las pocas veces que en las sociedades
se da tal desproporción entre la oferta de las materias primas y la
imposibilidad (dinero) para acceder a ellas. De modo que para muchos padres y
madres el estrés referido ha evolucionado hasta los umbrales de la locura. Los
ánimos están exaltados y por tanto los actos delictivos en este estado mental no
son más que picores o dolores pasajeros en la moral de estos adanes y evas.
Parece una
madre. Supongo que al menos tiene dos hijos. Es todo un prototipo. Ni demasiado
alta, a pesar de que calza unas zapatillas planas, ni demasiado baja, pues su
incipiente obesidad no impide que su esbeltez recuerde aquellas curvas que unos
años atrás apuntaban verticales hacia el glorioso poder del amor y del sexo. La
mayor parte de sus prendas de vestir las ha seleccionado meticulosamente en el
mercadillo, y su ropa interior….El aspecto de su peinado delata que como mucho
va cada quince días a la peluquería. Tal vez un tiempo atrás, meses quizá,
fuese una vez en semana. Aún así es seguro que procura pasar unos minutos de
más ante el espejo, empeñada en fabricar una buena mixtura con las pinturas y
los cosméticos del bazar chino. Es atractiva y no tendría ningún problema por
enamorarme de ella. Debería enamorarme. Sólo eso, enamorarme. Ya ha puesto toda
la compra en la cinta transportadora de caja. Toda menos un pack de veinticuatro
yogures que ha ocultado en el carro, debajo de las bolsas reciclables. Yo me
encuentro dos carros atrás en la cola. Acabo de oír al otro lado de los
estantes una discusión entre una madre y sus dos hijos:
-
Si
continuáis haciendo la puñeta el uno al otro os juro que monto aquí un
espectáculo. Los gritos pueden llegar a Jerusalem.
-
…..
Intenté varias veces sin éxito identificar al grupo
entre los pasillos, mientras tanto, un hombre de unos cincuenta, agarrado a
otro carro, ante el stand de las verduras, miraba como un búho el trasero de
una muchacha que se inclinaba e incorporaba repetidas veces buscando tomates
dentro de una gran mancha roja. Cuando la mujer se disponía a pasar el carro
con los yogures ocultos le pregunté (¿le abronqué?) a la cajera en qué
consistía la oferta de las piñas tropicales. La mujer pasó el carro y la cajera
contestó diciendo que no lo sabía exactamente y le hizo una pregunta a su
compañera de la caja de al lado.
Veinticuatro
yogures de marca blanca. Días atrás pasé muchos nervios cuando un padre pasó
empujando con los pies un pack de seis litros de cerveza Cruzcampo.
Desodorantes. Algunos niños simplemente cogen lo que quieren y sus padres o sus
madres se lo quitan de las manos. Bandejas de carne. No sé si los clientes de
la tercera edad cuelan género por caja, aún no he visto a ninguno. Quesos.
Esperando mi turno alguien me ha mirado con desprecio y la lucidez me ha
asaltado, todos nuestros afanes se reducen en la necesidad de alimentarnos. Galletas.
Una tarde muy calurosa de mayo, una de las trabajadoras del supermercado invitó
amablemente a una adolescente a que depositara la pizza que ocultaba en el
abrigo en el interior del carro. En el invierno arrecia el hambre y se roba
más. Son condicionantes inevitables. En una ocasión la cajera había desaparecido
y éramos cientos de miles de clientes con ganas de robar. Nadie fue capaz de
cruzar la línea de caja.
domingo, 23 de diciembre de 2012
NIEBLA
El domingo 16 de diciembre de 2012 a las 11:00 horas, la niebla era tan densa como oscuros y
confusos mis pensamientos. Tuve la sensación de haber sobrevivido al paisaje
que puede contemplarse durante los seis primeros quilómetros de la N-435, los que conducen desde San Juan del Puerto
hasta Trigueros. Siempre he creído que estas tierras de secano buscan
desesperadamente en el horizonte la verticalidad de los árboles. Tal vez mi
desconocimiento sobre las ciencias del latifundio sean la causa del sufrimiento
tanto a la vista de los terrones cobrizos arrancados salvajemente por los
arados de los tractores, como a la de la dureza de su superficie labrada por
las heladas y el solano durante la tortura del barbecho. Me resulta imposible
dejar de pensar en la angustia del paisaje ante el deseo de querer plegarse
como una ola gigantesca hacia el cielo. Sin embargo en el tránsito sobre esta
tierra sepultada por la niebla, los últimos de un itinerario de más de 1200 qm
Trigueros-Madrid, Madrid-Trigueros en casi 24 horas, advertí que quizás el
aspecto del mundo deba ser el que es y que este padecimiento es infundado, que
la belleza también puede habitar en un desierto sin vida, omitiendo a la
humanidad. ¿Una cuestión de agotamiento físico, de falta de sueño?
En el
quilómetro 3 de dicha N-435, a pie de carretera existe un vivero donde puedes
comprar el árbol que quieras. Es una forma de hablar, porque allí no creo que
vendan un boabab, ni tampoco un ejemplar del árbol de la ciencia. Pero sí
podríamos hacernos de un alcornoque y plantarlo en una linde para que crezca
como arbor vitae. Un árbol invertido
que de fe de que en estas tierras se siembran el trigo y el girasol para el
sustento de los agricultores de la zona. Las raíces del alcornoque mirarían
hacia el cielo para captar la energía de los astros, o tal vez mucho más, como
propone la teoría emanatista, en la que las raíces nacen en las profundidades
del cosmos, el tronco es el éter y las ramas son las esferas, incluyendo la
tierra. Una visión involucionista en la que no podríamos hacer nada para abonar
de nutrientes el origen de la vida.
Aún así,
enredado en estos pensamientos, es inevitable sentir que tengo los pies en la
tierra, nunca mejor dicho, puesto que mi subconsciente es fálico y siempre más
allá de la niebla está la luz. Ocurrirá más veces, por dinero caeré agotado en
las sábanas después de cientos de quilómetros, y en el fondo me es indiferente
que domine un paisaje u otro, ya que mis raíces son mis hijos, como yo antes
fui las de mis padres. Y aquí me pierdo entre el evolucionismo o
involucionismo.
Un alcornoque
sería suficiente, o un pino, o una cruz latina advirtiéndonos la señal de su
despropósito, o una veleta que se mueva simultáneamente hacia los cuatro puntos
cardinales.
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