sábado, 21 de enero de 2012

TIEMPOS

Cuando salimos del tanatorio hacía un frío glacial. Continuamos con la conversación que entablamos en el módulo 5, el reservado al muerto gracias al que nos conocimos. Me pareció que apretaba la bufanda alrededor de su cuello hasta el limite del auto-estrangulamiento. Dijo: “desde que su mujer se suicidó, Miguel, se ha dejado arrastrar por la muerte. Se le bloqueó un brazo y el mejor de los pianistas se convirtió de la noche a la mañana en su propia sombra. Su familia cuenta que murió porque se hartó de vivir”. Nos despedimos en el aparcamiento sin presentarnos, con sonrisas bovinas y gestos papales.
Ya en casa, después de cenar una pizza precocinada del mercadona, me senté en mi mesa de trabajo y me conecté a la red. Todavía con el frío adherido a mi cuerpo sentí el último abrazo a Miguel, el mejor de los pianistas que ya no tacaba el piano. En la edición de El Pais observé esta fotografía:




Perdí lo noción del tiempo deleitándome en las poses de los distintos personajes. Debía continuar con mi texto para la exposición de un artista que ha dedicado toda su vida a pintar gente normal en la calle y sin embargo, mi mente se quedó en blanco, sin poder hacer otra cosa que mirar aquellos rostros. Acabé tan extenuado que sentí que el día había acumulado millones de horas. Un tiempo elástico que se apoderó de la vida del mismo modo que un congelador mantiene los alimentos.

domingo, 8 de enero de 2012

YAMAHA C-113 TPE J22106060









Este es el piano del aula donde se imparte la asignatura de este mismo instrumento en el Conservatorio Elemental de Música “José del Toro” de Trigueros (Huelva).



¿Quién era José del Toro?
Un señor que dirigió a la banda de música de este pueblo durante un montón de años. Falleció hace aproximadamente una década. En los años que coincidimos en el edificio polivalente, como local de ensayo de la banda, casa municipal de la cultura y conservatorio, siempre tuve con él una comunicación afable. Sentía admiración por él porque irradiaba algo que para mí es sinonimia de versatilidad, incluso de legitimidad. José del Toro era, como uno más de la miríada de directores o directoras de bandas que hay desperdigadas a lo largo y ancho de la geografía española, un obrero que por las tardes, después de ganarse el jornal (como albañil si mal no recuerdo) se lavaba las manos y cogía la batuta para poner de acuerdo a los músicos de su pueblo con esa cosa tan inútil para el hambre y las comodidades de la vida como es la música.
José es para mí la historia honorable de una inutilidad que daba trama y argumento a la existencia de los humildes para llevar a cabo la “novela” de las utopías. Porque con su batuta mostraba el camino de Dios, ese tan tortuoso y reservado a los que no poseen la riqueza.
¡Los potentados no tienen ningún Dios! No lo necesitan. Para eso ya tienen el dinero. ¡Que se jodan con él y nosotros con Dios!
Nadie me lo ha puesto en conocimiento pero sé que José intuía que no había otra cosa mejor en la vida que esa necesidad de querer mostrar a Dios con la batuta. Así que cuando me enteré que la AMPA y la dirección del conservatorio habían decidido llamar al centro con su nombre me pareció una idea acertada, ad hoc para hacer valer la verdad de la música en Trigueros.


José del Toro








El piano que aparece en esta fotografía no necesita ser de concierto. Le es suficiente para su propósito la verticalidad de su maquinaria, el fingimiento de su aspecto bien acabado ocultando su espalda mate y desnuda a los profanos, a los irrespetuosos que usan la música con fines negociables. Su condición de pianino, de herramienta burguesa inventada en centroeuropa en el s. XVIII para los DJ de la época, es sólo falsa apariencia. Se llama YAMAHA C-113 TPE J22106060, una pueril nomenclatura para un objeto cuya encomienda azarosa, ordenada desde un lugar perdido en el tiempo, un territorio infinito en el que conviven el amor y el odio, es la de inyectar en el tuétano un espectro sonoro tan extraño e indescifrable que a fecha de hoy sigue considerándose insustituible. No hay sonido sampleado en el mundo ni encuentros en la tercera fase que muevan el aire como lo hacen las ondas sonoras de un piano, aunque sea pianino, esté espantosamente desafinado o tenga un rudimentario bastidor de madera.
Este buda Yamaha C-113 posee ochenta y siete teclas proletarias. Cuando suena siento a los transeúntes que pasan por la calle y se paran junto a la ventana para oír como sus teclas aniquilan por unos instantes todo indicio de podredumbre en la condición humana. Alguna vez he invitado a estos protagonistas de la sensibilidad o cuando menos de la curiosidad a que entraran en el aula y pudiesen experimentar de cerca el efecto de las bajadas y subidas de sus teclas, su digno saber estar pegado a la pared como parte del mobiliario, pero sin perder el orden jerárquico por encima del profesor-pianista (yo), del armario de las partituras, de la pizarra pautada o del equipo de música. Todo en una atmósfera a merced del supramundo wi-fi, amenazante como una ducha de gas tóxico.











En una ocasión estas ochenta y siete proletarias fueron testigos de la visita, junto a otras autoridades, de la delegada de educación de la Junta de Andalucia en Huelva. Aunque hice todo el esfuerzo posible contra la subversión del momento, aquellas habrían enmudecido incluso si alguien las hubiera percutido. Vi como se mostraban terribleme indiferentes. Actitud que nada tiene que ver, en cambio, cuando entran en el aula buscadores, demandantes de atizadores que remuevan el fuego del alma. Entonces, el relieve blanco y negro de la comuna organizada como un sistema que permite amablemente, si es necesario, que el rey se transforme en vasallo y viceversa, abandona inmediatamente ese carácter de obreras pasivas y diseñan en ese aire tóxico de la globalización lo que parece la última hazaña de Bartolomeo Cristofori, el inventor italiano que quiso dar alas a los deseos de la incipiente burguesía florentina de finales del s. XVII que con una máquina de sonidos fuertes y suaves quería ofrecer al mundo la posibilidad virtual de conquistar para sus caprichos de semidioses el infierno y la gloria que acarrea las modulaciones de la voz humana.
Me parece muy significativo que tras ese muro contra el que golpean los sonidos del buda como si de un espejo neumático se tratara, pase una calle inusualmente larga para un pueblo de ocho mil habitantes. Esta arteria nace a un costado de la parroquia de San Antonio Abad y se prolonga casa por casa hasta la periferia en dirección norte en una extensión de casi un kilómetro. La calle se llama Labradores. El Conservatorio “José del Toro” sita en Labradores 40.
Es dramático y épico que este centro educativo se ubicara en este marco, en este “plano de inmanencia” de la misma forma que Velazquez se autorretrató en “Las meninas”. Un sofisma, un abalorio en el ajuar de un gremio que ha removido la tierra y descifrado los jeroglíficos meteorológicos con la misma esperanza y santa paciencia con la que los músicos desde los “modos griegos” hasta la aleatoriedad de los “Estudios australes” de John Cage sin ir más lejos, han buscado los caminos que atraviesen el caos y que nos conduzcan a la satisfacción de nuestros deseos. Unos deseos siempre extraños que nada tienen en común con los de gremios que desde el medievo han usado sus artes con finalidades muy distintas a las de los labradores. Este conservatorio se podría haber ubicado en otras calles de Trigueros. Por ejemplo en la calle “La Orden”, o en la calle “Mesones”, o en la calle “Audiencia”. Sin embargo, el destino, la casualidad, ha querido que se situara en el origen de la clase más pobre de todos los gremios.









Ni que decir tiene que la arquitectura de esta calle ha evolucionado hacia aspectos visiblemente burgueses. Pisos habitados por lo que antes eran doblados para almacenar la cosecha. Cocheras y trasteros sólidamente edificados, donde se guardan vehículos todoterrenos y tractores con aire acondicionado, por los corrales que cobijaban a los animales de carga y productivos (gallinas y cerdos entre otros). O fachadas rematadas con materiales netamente ornamentales donde antes sólo existía un encalado funcional para proteger a la antigua argamasa de la humedad y el sol.
La calle está plagada de turismos, en su mayoría utilitarios. Éstos componen, como las orugas cuando bajan de los pinos, un encadenamiento de vidas rotas pegadas a las aceras en un intento de colonizar en el espacio, mundos inexplorados en los que todo sea más rentable y previsible. Ahora, en navidad, las ventanas y balcones muestran absurdos Santa Claus que trepan con fatiga hacia el interior de las habitaciones en las que durante cientos de años no había nada que robar porque ya estaba todo robado. Creo que si esos muñecos lograsen su propósito se esconderían con toda seguridad en lugares de difícil acceso, entre la ropa en desuso, o bajo los colchones. He visto el miedo en los ojos de estos pequeños animales de plástico. Creo que a alguno no le importaría entrar en el aula del buda y colarse en su interior para habitarlo del mismo modo que un polluelo de pájaro cuco usurparía el nido de las bisbitas o carriceros, insignificantes e inofensivos. Cierto es que si desarmara la tapadera de los pedales del pianino y me encontrase de repente con un Santa Claus adormecido, mi reacción sería imprevisible. Le invitaría a salir con métodos pacíficos o tal vez le dejaría estar como otras veces he hecho ante otros hallazgos en cubiles de difícil acceso en mi mente: por ejemplo, como actué el día que un ser horrible apareció en una madriguera de mi conciencia y me explicó con todo lujo de detalles que yo había deseado matar a alguien. Dejé que hibernara indefinidamente, a la espera de que muera de sueño.


No hace mucho, en la web “El boomerang”, una lanzadera que la editorial Santillana ha habilitado para explorar mercados y al mismo tiempo dar prestigio a sus consagrados escritores (los malditos como yo babeamos por tener un blog en ese contenedor de éxitos, pero nos consolamos, al menos yo, con la actitud heroica de brillar como estrellas del futuro con blogs de sabor kafkiano, porque estoy convencido de que tendré éxito y que podré disfrutarlo dentro de diez mil años), leí en el blog de Rafael Argullol, ese intelectual de aspecto tan atractivo, tan esbelto, elegante y con media melena de ángel intocable, un post sobre un pueblo ruso ubicado a veinticinco kilómetros al suroeste de Moscú. Peredèlkino es un lugar rodeado de bosques y que albergó el hogar (dachas) de muchos escritores rusos y de otras nacionalidades de la antigua Unión Soviética. Allí vivieron y fueron enterrados entre otros Pasternak, Tarkovski, Chukovski y Rozhdéstvenski.


Tumba de B. Pasternak en Peredèlkino







Según Argullol una vez en el mundo existió un hombre que no leía nunca poesía y sin embargo tenía la extraña pasión de visitar tumbas de poetas para oír, no importaba la lengua aunque no la entendiera, el murmullo, la psicodelia, digo yo, del sentimiento del difunto poeta. Cuando Argullol fue a darse una vuelta por Peredèlkino hizo lo propio ante el descanso eterno de Pasternak y según describe, no pudo recordar ni un solo verso del autor de “Doctor Zivagho”, es más, no pudo poner en pie de memoria ninguna poesía de ningún poeta. No me extraña. Cuando leí allá por los noventa al autor de “Desciende, río invisible” y poco después me ausenté de una clase de historia de la música en el Conservatorio Superior de Madrid para asistir a una conferencia que el novelista y pensador daba en el Reina Sofía, ya pude intuir en su escritura y su presencia ese phatos de lo inmaterial. No es una halago, ni tampoco una crítica, es sencillamente pasar la yema del dedo por el filo de la hoja del cuchillo, es una observación sobre el modo que el “otro” tiene de entender la literatura.

Rafael Argullol





No creo que yo visite alguna vez Peredèlkino. Los escritores como yo estamos tan ensimismados con nuestro fracaso que resulta casi imposible un esfuerzo mayor que el de perdernos más allá de nuestros pensamientos y fobias. Seguramente que si viajara hasta allí haría exactamente lo mismo que Argullol y miraría el aspecto de las flores depositadas en la tumba de Pasternak, incluso me atrevería a olerlas. No lo haré. En cambio continuaré experimentando el exclusivo privilegio de cerrar el portón del conservatorio y quedarme a solas un rato, sin caer en la tentación de rozar sus teclas, junto al YAMAHA C-113 TPE J22106060, obsequiador de arrullos inaudibles, de instantes reductores del trasiego en el mundo que regalan “trozos de nada”.

sábado, 10 de diciembre de 2011

DULCE MUERTE





Puedo ver al ejecutor, al matarife, ya que nadie sabe nada sobre el dictamen de sentencias de muerte, bajo el pórtico que se levantó para los sacrificios en la nueva Babel. Ajetreado pero sin aspavientos, parece ensimismado con pensamientos que no son de este mundo. Quizás esté elaborando un plan para su vida una vez que acabe la hecatombe que le fue encomendada. Por lo que yo entiendo se le ve tranquilo y eficaz en su cometido.
Aún queda muy lejos mi turno, me pierdo al final de la cola y compruebo que mis semejantes no paran de palpar sus rostros, algunos con más excitación que otros. Parece que esta mañana han desaparecido todos los espejos y nadie ha podido ser testigo y dar constancia de su autenticidad. Nadie ha podido comprobar hoy quien es, aunque sí pueda evidenciar en una serie que va más allá de lo que se puede divisar, las facciones anónimas e intrigantes de sus congéneres. Veo a gente que está haciéndose fotos una y otra vez a sí misma con sus móviles y que por sus gestos no queda convencida del resultado en las pantallas. El cielo está totalmente despejado. Es la misma luz que hemos visto no sé cuántas veces, la misma brisa suave que apenas mueve unos milímetros las hojas de los árboles, la idéntica fuerza que el suelo ejerce sobre las plantas de nuestros pies desde que la memoria indica que si queremos calmar una necesidad debemos ir desmemoriados a un lugar siempre desconocido. La cola avanza lentamente, como deleitándose en la muerte. Todo el mudo guarda orden. Tan sólo las víctimas que se encuentran más próximas a la hora final, alzan el cuello y buscan la diagonal de una buena perspectiva para ver como el brazo del matarife, elástico y flexible, usa el jifero como una tenista experto para dar el mate final. No hay dolor, éste como mínimo se huele, y no es el caso. Todo es silencio, incluido el matadero. Ni siquiera median neumas entre el degollador y nuestros cuerpos. Todo se encuentra dentro de la normalidad, excepto un detalle.
En las grandes matanzas Babel siempre ha tenido el problema de deshacerse de los cuerpos y de limpiar la sangre. Fosas y piras han sido las soluciones adecuadas. Para esta que nos ha tocado vivir, los ingenieros idearon una tecnología de vanguardia. Las víctimas se acuestan en el altar y el cuchillo penetra sus cuellos sin producir ni una gota de sangre. Sin sufrimientos, los cuerpos y sus ropas se esfuman a los pocos segundos. Como digo la sofisticación está demasiado desarrollada. No sé a mis semejantes pero a mí este tipo de muerte es lo único que me produce un relativo malestar en el aguardo de la cola. Siempre pensé para mi muerte una enfermedad crónica, un grave accidente o una natural declinación de la vida. Ni por asomo hubiera imaginado expirar con este método tan exclusivo, tan determinante como la última nota de una obra musical. Por lo demás todo va como la seda. Tengo a un paso hacia adelante a una muchacha preciosa con curvas sinuosas como las hace el viento para atravesar las calles estrechas de una ciudad, y a otro hacia atrás a un adolescente que lee un periódico con mirada inteligente.
Es mi turno. Me acuesto y dasabrocho los primeros botones de mi camisa ante la indiferencia del matarife. El cuchillo se dispone a cortar el aire. No cerraré los ojos. Tengo dos segundos para ver las viñetas de mi vida. En una cortan mi cordón umbilical y en las siguientes… No hay siguientes. Los ingenieros dispusieron que para no sufrir lo mejor era eliminar paulatinamente la memoria.


Para "El periódico de Huelva".

viernes, 2 de diciembre de 2011

EL DELEGADO ENAMORADO




No es siempre mierda lo que ahora reluce y hasta es posible que se encuentre oro debajo de ésta. Las Españas profundas, picaras y corruptas como las del Lazarillo de Tormes o las de las pinturas negras de Goya, son ahora las de los votos conservadores que para el próximo año quieren moderar las peregrinaciones del día de campo sólo con lo puesto, sin cubatas ni pastelitos que nos endulcen la vida de domingueros que miraran la puesta de sol en un arrebatador sueño en el que vislumbraremos innumerables puestos de trabajo. Dicen que el verano que viene tendremos que pasar la banda de nuestras cartillas de ahorro en las puertas de los chiringuitos en una medida de seguridad nacional para poder cumplir con el déficit cero de la eurogloria. Sí, estas Españas en manos de santos fachas neocatecuménicos capitalistas, de melenas bien acondicionadas y cardadas, y de izquierdosos popapocalípticos que se empeñan en pasar siempre la misma película de españolitos zombis comiéndose las entrañas de los españolitos quijotes, todavía no se han dado cuenta de que existen cuarenta y cinco millones de Españas y que lo que necesitan es amor.
Lo primero que deberías hacer, mártir Rajoy, es hacerle un monumento en la puerta del sol al único profeta que ha existido en la democracia, al visionario hijo de Dios Jesús Puente con su caravana de las noches de los domingos “Lo que necesitas es amor”. Imanol Arias o la selección española de fútbol se le quedan en un dengue. De aquella crisis de los noventa salimos gracias al amor….bueno y también gracias a un tanto nada despreciable eh, de las bacanales que celebrábamos alrededor del ladrillo tótem.
¡San Mariano, por lo que más quieras, tú que te entiendes mejor con Dios, y con los mecenas de la ciencia, clona ya a Don Jesús Puente y nómbrale ministro de trabajo!
Así no vamos bien. Si no hay amor no somos nada. Si no hay amor de más está que nos apretemos el cinturón hasta el último agujero. Otra cosa, perseverante Mariano, la primera ley que apruebes que sea de obligatoriedad para todos los políticos. Que lean a palo seco antes de desayunar la carta a los corintios de Pablo del frenesí, perdón quise decir de Tarso. Nada es posible sin el amor. Por él se tira todo por la borda si es necesario. Que lean y que se vayan de putas o de putos, que yo sé que en el fondo tú no tienes nada en contra de los promiscuos ni del amor libre, que sé que esto de los votos te trae hablando solo y que serás uno de los santos más grandes de España. Piénsalo bien porque a partir de ahora tendremos tres caminos; el de la obra de Dios, el de Santiago y el de las putas. Sí, no pongas esa cara y pídele hora y fecha al exdelegado de Huelva de obras públicas. Todo lo que cuentan de él es mentira. No usó seis o siete veces la tarjeta de crédito del ayuntamiento del que por entonces era alcalde con el ánimo, para que tú me entiendas, de putear. El exdelegado es el primer mártir de la nueva era conservadora. Le dio tantas veces a la tarjeta porque se enamoró perdidamente de un montón de putas. Una voz divina le dijo que fuera a un templo de Camas, en Sevilla, para ver de cerca la penitencia de las santas putas. Tantos sinsabores en el cabildo no eran nada comparables con el peso que tienen que soportar las verdaderas salvadoras de las Españas. El exdelegado tuvo insufribles tentaciones pero no cayó en el vulgar amor carnal. Se limitó a mesar cabellos y se arrojó a las simas de ojos de putas como Jesucristo en el desierto. Y ahora todas las putas se han enamorado del exdelegado. Toma nota San Mariano de otro mártir y visionario que lo dio todo por amor.

sábado, 26 de noviembre de 2011

HERMANOS





Nos pasamos el día buscando novedades, alguna primicia que en la rutina de nuestras vidas, por muy privilegiada y sosegada que sea, nos eleve a una visión permanente del paraíso, a un estado espiritual que aun aceptando la inevitable muerte nos ayude a atravesar el umbral que separa nuestra vulnerabilidad de al menos una pequeña porción del poder eterno. Miramos alrededor y no hallamos en la realidad que nos envuelve ese lugar recóndito donde creemos que habita la solución, o tal vez el modo de liberarnos en ese mismo lugar de eso que pesa tan desproporcionadamente y que nos impide el establecimiento de nuestra felicidad. Buscamos sin saber qué exactamente, pero buscamos.
Somos agujeros negros que lo devoran todo. Y por devorar lo hacemos incluso entre nosotros mismos. Agujeros que se tragan unos a otros en la extensión salvaje de este hábitat heredado de nuestros antepasados en la evolución de la especie. Pues a pesar de haber transcurrido cientos de miles de años continuamos luchando por el liderazgo o cuando menos por ganarnos el favor de quien lo ostente. Todavía sentimos ese miedo a perdernos en la soledad y a merced de los depredadores. La resolución de no quedarnos solos ante la observancia de nuestros sentimientos nos empuja a ser “demasiado humanos”. Contradictorios como muchos de los aforismos de Nietzsche en el libro del mismo nombre, apostamos en la penúltima jugada por tomar asiento y apoltronarnos en el accidente. Cada cual puede “trascender” o no sobre lo que consideramos de justicia. Es una opción libre que podemos tomar apurando hasta el límite, pero que todo el mundo la considera indispensable para construir una sociedad ecuánime en la distribución de los bienes.
Existe una sensibilización centrípeta en cuestiones que hemos asumido como inalterables, pertenecientes a ese milagro extraño donde se mezclan en el dogma lo político, lo científico e incluso lo religioso, y paladeamos como un triunfo las nobles causas contra el hambre en el mundo, contra la guerra, contra la tortura y la pena de muerte, contra la violencia de género, contra las agresiones al medio ambiente y hasta contra el maltrato animal entre otras muchas más honrosas actitudes impensables hasta hace, para la historia de la infamia, unos momentos. Sin embargo, esta búsqueda de no se sabe qué o de la felicidad, ejerce una fuerza contraria y acabamos siendo centrífugos por la inercia inexplicable del viaje a nuestros ombligos.
Recuerdo la escena en la película Hermano, de Marcel Rasquin, ganadora del colón de oro del festival del cine iberoamericano en su edición de 2010, en la que el entrenador de un equipo de fútbol arenga a sus jugadores diciéndoles: “En la vida siempre nos van a caer goles. Por eso es que todos los días tenemos que levantarnos convencidos que el juego va cero a cero. Ustedes son familia, son hermanos, y en los próximos cuarenta y cinco minutos ustedes lo van a dar todo por su familia”. Recuerdo también la película de Wim Wenders “Cielo sobre Berlín”, inspirada en el libro “El peso del mundo” de Peter Handke, en la que un Ángel desea y acaba convirtiéndose en un ser humano”. Recuerdo grandes hechos y palabras del arte clavados como puñales en el cuerpo invencible e inmortal de esa perdición llamada Egoismo.


Artículo para "El periódico de Huelva".

viernes, 11 de noviembre de 2011

FUERA DE CONTROL






Fue en una edición on line de un periódico de tirada nacional donde leí que, de los cinco millones de parados que hay en España, más de cuatrocientos mil han arrojado la toalla y ya no buscan trabajo.
Siempre que leo en estos soportes, mi atención acaba sesgándose hacia la duda y el escrúpulo. Parece como si la realidad que proyectan estos periódicos fuera descomponiendo el presente en trozos que van cayendo por el precipicio de la urgencia y del apremio que no contempla el pestañeo ni la posibilidad de pensar. Desde el otro lado de la pantalla de tu PC, la emisión de las líneas de la literatura adquiere el aspecto aparentemente desordenado de la boca de un vesánico hormiguero. Y es que para mí no hay nada como el tacto y la sensación de pausa de un diario de papel, incluso si es en blanco y negro. Hecho éste nada extraño en un sujeto que mamó y se hizo adulto en el siglo XX, que sufre los reflejos y las molestias de los desajustes sociales que se dan, como apuntaba el ensayo escrito allá por los noventa por el sociólogo G. Lipovetsky , en “El Imperio de lo efímero”.
Sin embargo, esta noticia me desconectó de esa realidad y quedé inmovilizado como una estatua al borde del precipicio. Más de cuatrocientos mil parados se han quedado sin batería y fuera del control de lo efímero. Ya no luchan. Pensé en soporte-papel que, letárgicos y entumecidos, en una pesadilla y desvaríos bajo mínimos, alterarán el aspecto y el interior del orden imperante y sanarán sus heridas, tomarán aliento y como árboles arrancados que interfirieron el trazado de una carretera, renacerán agrietando el asfalto hasta hacerlo intransitable. Puede parecer que la gente esté tan cansada, tan aburrida de intentarlo todo, que la elección, si es que se le puede llamar así, sea cruzarse de brazos y a lo que Dios quiera o el río según el caudal devenga. Es el resultado de un combate donde los vencedores y los perdedores están predestinados. Demasiado fácil para unos y sangrante para otros. Pero no demasiado determinante para la historia del mundo.
Es muy posible que intenten reconducir a los exangües desempleados por esa carretera que al final convertirán en autopista. Porque al final serán seguramente muchas miles de raíces más minando el pavimento. Incluso podrán ponerlos de nuevo en manos de los servidores de lo efímero, pero no podrán prever las direcciones de esos rizomas fuera de control. Bulbos que con el tiempo incuban en el interior del hormiguero la escritura oculta del futuro.
La épica es incontrolable, y al final del camino, al que llegaremos antes o después, más de cuatrocientos mil parados desesperados y cruzados de brazos en la terminal de lo perentorio, no habrá Dios que lo soporte. Ni los de la Ilíada de Homero ni los de la plutocracia que cree en el olvido.



Artículo para "El periodico de Huelva".

sábado, 5 de noviembre de 2011

LA GRAN RED





En todos estos años, desde que la celebración de la noche de Halloween acabó instaurándose en la vida de los españoles como acto ineludible del protocolo de modernidad, no he visto un solo disfraz que me haya producido siquiera un leve estremecimiento. Quizá porque esta celebración me coja despistado en mi tozudo sentimiento de la fratría, de esa sociedad íntima y lejana a la globalización a la que pertenecíamos hace apenas unos lustros, o tal vez porque sencillamente este evento, secularizado por el cine norteamericano, consigue con una previsible noche temática el efecto contrario a sus orígenes celtas. Esta combinación entre mi indiferencia y la inocuidad de la mercadotecnia para producir un auténtico repelús son las causantes de este solemne aburrimiento mediático.
Otra cosa es ver a mis hijos felices por el rápido cambio de piel, correteando de puerta en puerta y extasiados ante la inocente y poderosa experiencia de producir miedo, de fabricarlo sin menoscabo para la proba vida que deseo en sus preciosos destinos. En un juego donde el mal y la muerte resultan tan ajenos a sus corazones, la vida, a través de esa arma de incalculable valor que es lo absurdo, es quien triunfa. Los veo y me digo que no queda mal asustar a los demás en una entretenida broma como aderezo para el espíritu.
Creo que esta sensación contradictoria la tienen muchos padres y madres que nos encontramos inmersos en la, muchas veces dudosa educación, que damos y reciben nuestros hijos. Digo reciben, y esto es otra dimensión de “lo absurdo” teniendo en cuenta la fuerza del instinto de protección y del amor congénito, por la enorme cantidad de horas que pasan fuera de nuestro presumible control en el colegio, frente a la televisión y en el uso de internet. Es decir, por desgracia la mayor parte del “tiempo educativo”. Ahora que no nos escucha nadie, y que quede entre ustedes y yo; alguna vez me he planteado no escolarizar a mis hijos y tirar a la calle todas las pantallas y consolas que compré en horas absurdas para incentivar en ellos el consumo. Lo peor es que es posible que la naturaleza de esta tentación sea también absurda. Esto me recuerda a la novela docuficción “Nocilla Dream” de Agustín Fernández Mallo en la que plantea que la Red bioesfera, la Red internet y la Red neuronal poseen todas una misma tipología, por lo que pueden ser consideradas, a ciertos efectos, isomorfas.
Si es así, la comparación nos puede dar una idea de lo atrapados que nos encontramos en este mundo y de lo libres que nos sentimos en el deseo de querer romper la inmensa Red que lo contiene todo. En realidad no es más que un inocente juego de la imaginación en la experiencia de querer vivir en libertad y en comunicación con nuestros semejantes. Pasemos página con Halloween, pues se avecinan otros menos virtuales estremecimientos. Quienes manipulan la Gran Red tienen en cuenta, como aseguraba el filósofo francés de la posmodernidad J.F. Lyotard que “Saber es poder”.



Artículo para "El periódico de Huelva".