jueves, 2 de marzo de 2017

EN EL ESTANQUE











Contra todo pronóstico había encontrado agua donde nadie la habría buscado. Se sentía  tan orgulloso como perplejo ante su propio éxito. Sin embargo, sabía que más pronto que tarde el estanque se vaciaría. Buscó el origen del sumidero y cuando lo encontró se dio cuenta de que todo comenzó con una pequeña fisura entonces fácil de taponar. Ahora era demasiado tarde. Pensó a dónde iría a parar  toda aquella agua. Hizo cálculos y trató de usar la intuición. Cuando no quedó ni una gota cavó y buscó el rastro del agua. Lo hizo sin éxito durante jornadas. El líquido era vital. Sin él todo se secaría y su proyecto de instalarse lejos de la ciudad fracasaría. Pero por más tierra que extrajera esta se tornaba cada minuto más seca. Insistió casi hasta la extenuación.

   Resignado ante su destino volvió a la ciudad y se interesó sin saber por qué en los atracos y robos en todas sus formas que allí a diario se cometían. Habló con policías y jueces. Hasta visitó en la cárcel a ladrones y asesinos. Averiguó que a pesar de la actuación de la justicia la mayor parte del dinero nunca aparecía, y que la dimensión de tal misterio era directamente proporcional a la sed delictiva.

  Con el tiempo y su atrevimiento aprendió a participar en el engrandecimiento de aquel enigma. Tuvo suerte y no le fue mal. Pasó solamente, por propia voluntad, unos pocos años en una celda de aislamiento. Durante aquel tiempo recordó la historia del sumidero hasta convertirse en una obsesión. Decidió que volvería al estanque cuando saliese de la sombra.

  Llegó el día y se dirigió al lugar. Aún podía ver la tierra removida alrededor del coladero. Miró la grieta y por un instante su imaginación le hizo ver cómo manaba el agua. Apartó la mirada y buscó el sonido de un avión que atravesaba el cielo. La estela que dejaba la combustión se ensanchaba lentamente hasta esfumarse en la profundidad celeste. El sol estaba suspendido en el cénit. Sintió que al fin y al cabo la vida le era generosa y pensó que podría viajar con el dinero a algún lugar en el que todavía no hubiese amanecido. Sin embargo, decidió que su lugar estaba allí, junto al sumidero. Contrató a los mejores profesionales y abrieron pozos en todas las direcciones a cientos de metros. Buscaron los orígenes de la emanación y las causas de la desaparición. No encontraron el menor rastro de agua. Todos le aconsejaron que desistiese ante la evidencia. La tierra estaba seca.

 Comprendió al fin que era inútil continuar con la exploración. Sin embargo, era incapaz de abandonar el seno del estanque, le resultaba insoportable la idea de alejarse de la oscuridad por la que había escapado el agua. Decía que tenía un pálpito, un presentimiento. No pasó un solo día hasta su muerte que no mirase con atención su agujero, tal vez su obra y su deseo.

     


sábado, 31 de diciembre de 2016

DOS MUJERES







   Es posible que  las cosas no sean como son por lo que son sino por cómo se cuentan. ¿Si escribo “Aquella mujer elegante y llena de curvas insinuantes cayó fulminada al suelo por un infarto” es lo mismo que si escribo “Aquella mujer cayó al suelo fulminada por un infarto”?

  El adjetivo y los atributos o por el contrario, la falta de ellos, convierten a la mujer en dos difuntas distintas. La segunda proposición hace referencia a cualquier mujer, a un “universal” sin estética, es decir, sin aderezo ni sex appeal alguno. Podríamos poner como referencia a Eva, la primera mujer del mundo, a una mujer paradigma de lo que no podría ser un mundo sin mujeres. La mujer incuestionable, asexuada por su rotunda y propia feminidad y contrastada por todo lo que no es mujer, es decir, una mujer indiscutible o una mujer hecha mundo o viceversa. Sin embargo, la primera proposición convierte a la muerta en un objeto de deseo, de saber por qué y para qué esta mujer exclusiva, distinta a la mujer-mundo, posee curvas insinuantes y viste elegantemente para sí misma y también para los demás.

   Ante la evidencia de poder narrar in situ de dos modos distintos el fallecimiento podemos pensar que existen dos narradores diferentes o bien dos puntos de vista o contextos distintos para un mismo narrador. La mujer elegante y de curvas insinuantes puede ser la misma mujer narrada sin el aderezo y las insinuaciones, y a la mujer genérica puede ocurrirle por el contrario que le sobrevenga la muerte igualmente con los atributos de la anterior. En definitiva: ambas son la misma mujer.

   Ahora bien, nunca será lo mismo morir por la sencilla razón de que se está viva que morir por la misma razón con elegancia y sexo. Es esta una capacidad que hemos heredado tras la emancipación del ser humano  de la vida-buena en la naturaleza. Dicho de otro modo: sin el contexto y el mercado actual de la estética y los mass media la mujer-sexo caería fulminada por un infarto igual que una hoja cae desde la rama del árbol. Sería una muerte inútil o cuando menos intrascendente del objeto desde el punto de vista puramente estético. De todo se deduce que es imposible la viabilidad de dos narradores o contextos para los mismos, si bien nos atenemos y resignamos a la inexistencia a día de hoy de un discurso ontológico femenino sobre las estrategias de su propio sexo en un mercado gobernado por el deseo masculino.   

lunes, 5 de diciembre de 2016

LÍMITES








   Tal vez el terrible sentimiento de impotencia o, sin ir más lejos, la falta de inspiración para superar la innata apatía que nos inmoviliza y nos obliga a permanecer en nuestra “zona de confort”, concepto cuando menos peyorativo por no decir propio de animales perezosos, no sea otra cosa que nuestra falta de comprensión ante los límites del lenguaje.
  En esto Wittgenstein es generoso con los ateos  y nos dice que intentemos a toda costa creer en Dios. Tras la propuesta subyace la oscura intención de que el creyente comprenda la paradoja del significante y del significado. Aún no he leído su biografía pero me ha parecido que esa fe, valga la expresión, en la necesidad de creer es una de las aventuras más salvajes que podamos tener fuera de tal “zona de confort”o en la ausencia de las palabras.
   Cuentan que Wittgenstein intentó creer en Dios a toda costa y que vivió momentos en los que casi lo logra. Supongo que en esto consiste la fe, en un preciso momento de inspiración. Quizá en el fondo los ateos son tan perfeccionistas con la inspiración que con la criba a la que han sometido al lenguaje podrían construir montañas de palabras, o de herramientas para la obra infinita.
    Pero ni el mismísimo Wittgenstein con su obsesión por eliminar del mundo cualquier indicio de aderezo, de adorno gratuito hasta en las propuestas de seducción, consigue ocultar al fantasma del solipsismo y huye del “yo y mis circunstancias” sin rodeos ni vergüenza.
   Creer en Dios, tener una fe ciega, supone prescindir del lenguaje y entregarte al silencio y a la ausencia de uno mismo. Nada más difícil ni más placentero en un mismo tiempo. ¿Desprenderse por completo de uno mismo no es acaso un acto veleidoso y pusilánime, un hecho cobarde y miserable igual que el suicidio según la tradición judeocristiana?
   No es posible huir. La hora de tomar decisiones siempre es dolorosa. Incluso en el camino de la humildad y la caridad hay una negación del poder, una lucha contra sus métodos. La actitud sublime de la santidad es férrea y conlleva grandes dosis de soberbia. Contra esto el Progreso o Democracia en la línea de la concepción actual de la justicia social utiliza al dios del lenguaje como límite. Palabras como “mayoría” o “consenso” son herramientas muy apreciadas.

jueves, 1 de diciembre de 2016

DEMASIADO JÓVENES









1
   Éramos demasiado jóvenes. Tanto que no nos dábamos cuenta de que, a pesar de nuestra obstinada ceguera, hacíamos algún que otro juicio acertado sobre las causas de nuestro negro futuro. Pertenecíamos a familias humildes y trabajadoras. Después, con los años, nos fuimos convirtiendo, para no dar muchos rodeos en el análisis de las actitudes, en unos auténticos hijos de puta. Todo lo que había logrado cada uno en su camino era producto de las renuncias y los sacrificios a los que tuvimos que someternos.

2
  Era demasiado joven. Tanto que no me daba cuenta de que, a pesar de mi obstinada ceguera, hacía algún que otro juicio acertado sobre las causas del brillante futuro de mis amigos. Pertenecía igual que todos ellos a una familia humilde y trabajadora. Después, con los años, se fueron convirtiendo, por dar una pequeña señal de mis actitudes, en unos auténticos hijos de puta, y yo en otro hijo de puta que envidiaba y odiaba a todos ellos. Todo lo que había logrado cada uno en su camino era producto de una ambición sin frenos, a la que yo me había auto impuesto ciertas limitaciones.

3
  Teníamos un amigo demasiado joven, como todos nosotros. Tanto que a pesar de su obstinada ceguera no se daba cuenta de que hacía algún que otro juicio acertado sobre las causas de nuestro inevitable futuro. Igual que nosotros pertenecía a una familia humilde y trabajadora. Después, con los años, creyó que actuaba según unas pautas de comportamiento distintas a las nuestras. Parecía convencido de una inocencia que lo eximía de toda corresponsabilidad  en su rutina diaria. Todo lo que había logrado en su camino fue producto de las renuncias y los sacrificios a los que todos tuvimos que someternos. Murió de muerte natural no hace mucho. Todos fuimos a su entierro.

CODA Y FINAL (el cuatro tiene un exceso de connotaciones racionales)
  Eran demasiado jóvenes. Tanto que a pesar de sus obstinadas cegueras hacían algún que otro juicio acertado sobre las causas de sus lógicos futuros. Todos pertenecían a familias humildes y trabajadoras o, dicho de un modo menos condicionante, todos pertenecían y participaban igual que los hijos de familias pudientes, de la condición humana. Después, con los años, fueron acostumbrándose a la enajenación absoluta de sus propias figuras ante los espejos. Todas las cosas materiales y espirituales que habían logrado en el camino de las renuncias y los sacrificios era lo mínimo que se esperaba de ellos. 
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

WORD










Esto del Word está bien -he querido escribirlo con minúscula pero el corrector lo ha impedido-.
  Si uno lo piensa bien es bueno que existan las mayúsculas y las minúsculas, como los días de fiesta y los laborales. Cuando vas a decir algo tienes que hacerlo con las mayúsculas. Si no es mejor que calles. Aunque en el silencio, como con las minúsculas, es donde tienen lugar los actos más fértiles, fructíferos y sinceros. Allí se enamora la gente, se aman, se soportan e incluso se reproducen. Pero si callas no te escucha nadie y a la postre te llevas todo el tiempo con el zumbido en los oídos por la ausencia de ruidos. Acabas harto del silencio y la humildad. Te cansas de amar de tanto que ya has amado y empiezas a hacer ruido. Después el ruido te deja sordo y te cansas de las Mayúsculas,  y un día te das cuenta de que echas de menos las minúsculas, de que ya no oyes aquello que tanto te gustaba que sonaba bajo la tierra.
  Por la misma razón que las minúsculas y las mayúsculas puede que aparezcan los pensamientos ordinarios y los importantes. Para esto inventaron el Word. Para que continúes informando sobre el ruido y el silencio.
  Del mismo modo que en la piedra y después en el papel ahora puedes continuar pensando a lo grande, y además con la ventaja añadida de no mancharte las manos.
  Eso sí, debes saber que una cosa es poner orden en tu cabeza y enviar un SOS y otra que clasifiquen tus pensamientos a través de los filtros de la red. Hay individuos que ayudan mucho con sus inventos y solo dejan pasar en Google a los 5 mejores poemas, a los 5 mejores sueños, a los 5 mejores amantes o sin ir demasiado lejos en tus pensamientos a los 5 mejores asesinatos.
   Esto último no tiene importancia. Es una parte más del juego. Lo que de verdad importa es que tengas una buena digestión diaria y sobrevivas a las opíparas comidas en honor al miedo. Casi todo el mundo tiene un Word contra el miedo. Puedes decir que el reto de Naciones Unidas se ha logrado. Pero no culpes al capitalismo, al comunismo, al cristianismo ni a nadie si el Word te corrige las mayúsculas, las minúsculas y come de tu tiempo.  
 
   

lunes, 14 de noviembre de 2016

NADA









Resulta alentador imaginar la extraña luz que ilumina a personajes de ciertas novelas. Obras de autores en la práctica  de un existencialismo radical de finales del siglo XX. Dicha radiación los convierte en exclusivos observadores de la Nada.
 Cuando yo era demasiado joven pensaba que la idea de “Nada” era crucial para el futuro, para el presente que vivimos y que parece paradójicamente consecuencia de esa Nada.  Por comprender la idea hasta me enfrasqué en la novela de Carmen Laforet, que por cierto me pareció encantadora. Por desgracia ella solo se refería a una nada localizada, no encontré ningún indicio de esa Nada superestructural.
  En aquellos personajes perdidos en ningún lugar ni tiempo, como Bloch en “El miedo del portero ante el penalti” de Peter Handke, o el personaje anónimo principal de “Ampliación del campo de batalla” de Michel Houellebecq, podemos encontrar ese concepto más o menos terapéutico inventado por el filósofo Ernesto Laclau de la “Plenitud Ausente”.
  Se supone que estos personajes  -y otros muchos más de otros tantos autores que conozco y que aquí no voy a enumerar por razones de economía y tiempo-, se hallan en un mundo al que pertenecen por derecho y naturaleza, y en el que, sin embargo, no encuentran razones para que así sea. Podríamos pensar en la plenitud de la muerte en todo aquello que posee vida, como una cuestión elemental de que todo lo que nace muere, pero entonces las actitudes de estos protagonistas se reducirían a aferrarse a la existencia a modo de seres inmortales, mediante obras o acciones. Lo que buscan constantemente en el fondo son razones para evitar el suicidio. Sus creadores, Handke o Houellebecq los han soltado en un mundo ficticio en el que van de un sitio para otro de la manera más inopinada e indisciplinada posible. Ellos, los autores, viven (Vivían) una vida deslocalizada, tan estática, se supone que en el ejercicio de la meditación y la observación, que en un inevitable experimento echan a correr a sus hijos en un tablero polivalente de juegos. El acierto consiste en saber que  la desidia de occidente, ante todo en cuanto al desafecto y deslealtad del individuo hacia el grupo o tribu se refiere, en la caída controlada gracias a la ilusión de la autosuficiencia, es lo que nos salva de la negligencia y del suicidio.
  No se trata de un tipo de pereza sino de incapacidad para encontrar respuestas hasta en las emociones más esenciales. Los personajes se dejan arrastrar por la maquinaria de la civilización moderna con docilidad y humildad, en una ignorancia (resignación) más propia del santo que del conquistador.
   ¿Qué es y qué busca el individuo transmoderno?
La risa en esa Nada iluminada. El baile alrededor del aplazado suicidio en una fiesta a la que no fue invitado.

sábado, 5 de noviembre de 2016

CARNE Y HUESO













   En la cotidianeidad, esa voz que se utiliza  como  concepto de lo ordinario para quitar peso a las abruptas y a veces convulsas relaciones entre vecinos, padres, hijos y hermanos, y por supuesto en el ámbito laboral aparentemente más propio del establishment que de la gente humilde, podemos encontrar las más sofisticadas estrategias de chantaje, persuasión y engaño. Pensamos sin más que este estatus quo no merece un análisis pormenorizado porque pertenece a las partes pudendas del cuerpo social, esas que tenemos que tocar y asear a diario en la intimidad y el silencio para remediar los males más elementales contra nuestra salud y supervivencia y que solo a cada uno le corresponde su menesterosa actividad.    

  En lo que sucede inevitablemente a diario, en la repetición global de millones de altas traiciones y toda clase de artimañas para arrebatar y desprestigiar al prójimo, se halla el núcleo central de las pasiones más sonadas. La paradoja consiste en que el avaro siempre se siente pobre ante otro avaro. Nuestro grado de avaricia queda ilustrado en los ejemplos más mediáticos y nos escandalizamos  ante ellos como si nuestras partes más íntimas estuviesen expuestas sin ningún pudor ni vergüenza gracias a nuestra indiscutible inocencia. Intento no caer en la tentación de apoyarme en el refrán ni la frase hecha, pero nos guste o no el latrocinio y el crimen son ejecutados por individuos de carne y hueso, por gente como quien ahora posa su mirada sobre estas líneas.

   El sentimiento de culpa, de penitencia neo-liberal, no exime a nadie de la barbarie ni de, por supuesto, la connivencia. El mal menor del perdón resulta como un ladrillo más de altura en una torre sobre unos falsos cimientos. Una construcción que para sorpresa de los aprendices jamás se derrumba.

  La insaciable avaricia la defiende el filósofo. Cuenta con mitos como el de Perseo o Sísifo, con epopeyas como la conquista del espacio sideral o con las revoluciones sociales. La avaricia es en esencia búsqueda y progreso, dice. El filósofo es sincero y ante su mirada aterradora el único capaz de rebatir su verdad es el pedagogo. Pero este sólo cuenta con la ayuda de la historia, y esta no es futuro. No dispone de suficientes argumentos. Entretanto contamos con el político, que dice ser un híbrido de los dos anteriores y su método más famoso, la democracia. Padres, hijos, vecinos, empleados, empleadores todos en el estado de repetición del orden cotidiano, ninguna ciencia os legitima. Sois legitimadores.