sábado, 27 de diciembre de 2014

MÁS HOMO SAPIENS






  La escritura es un juego. Me gusta escribir. Me gusta jugar. También me gusta tocar el piano. He pasado hasta el momento miles de horas tocando el piano. Aunque muera mi cuerpo, incluso mi magín, seguiré tocando el piano millones de horas más hasta el fin de los tiempos. Esto que sí que no sirve para nada. La escritura alguien la puede malinterpretar y usarla en su favor o en mi contra. Pero lo de tocar el piano es pura basura. Por mucho que quieran convencernos esos usureros  de que la música es beneficiosa y nos hace más inteligentes y civilizados ésta no sirve en absoluto. No nos va a salvar de nada. Toco el piano y mis neuronas se juntan y se dispersan en el hermético abismo del placer pero a mi alrededor solo hay miedo. Respiro el miedo. Mi hermano el miedo siempre gira y da vueltas y más vueltas. A veces casi hasta perderse de vista. Pero al instante vuelve para echarme su frío aliento en mi nuca. Entiendo la lógica del miedo y, sin embargo, continuo tocando y escribiendo, aprovechando el tiempo para nada. Me gano la vida enseñando lo que he aprendido. Ellos, los amigos de mi hermano, de vez en cuando señalan que es muy importante lo que enseño. Pero a mí no me engañan. Sé que se trata de un simple juego para mantenerme ocupado y a quienes enseño. Saben que no sirvo para otra cosa que no sea perder vilmente el tiempo. Soy un maleante que alecciono a otros y lo saben. El sargento retirado del ejército de los Estados Unidos, Chris Hoyt, que luchó en Afganistán, en el valle del Korengal, en uno de los lugares más peligrosos del mundo,  encontró en Williston, un pueblo de Dakota del Norte, lo que buscaba. Un empleo bien remunerado. Petróleo. Dinero. Podía haber encontrado la muerte en la guerra porque no sabía qué otra cosa hacer para ganarse la vida. Pero tuvo suerte.  En Dakota del Norte la producción se reducía a diez mil barriles. Un lugar arruinado y mísero hasta hace pocos meses, según cuentan algunas crónicas. Pienso que no sería una mala idea ir una buena temporada a Dakota y volver con suficientes dólares a la zona euro. Nunca se sabe con el sueño americano. Podría hacerme amigo del sargento y regresaría al solar con sus historias de la guerra  con un inglés aceptable, esa zahúrda en la que nadie sueña y que llaman Europa. Seguro que el sargento es un tío más o menos como yo. Un tipo que sólo piensa en sacar a su familia adelante. Tal vez escribe es estos momentos o toca el banjo con gusto y soltura. Alguien tenía una carta escondida en la manga y ahora en Dakota extraen medio millón de barriles. Dicen que gracias a las nuevas técnicas con el uso de arena o agua a presión liberan el petróleo a tres mil metros de profundidad. No sé qué decir pero lo cierto es que la gente visita ahora con menos angustia las gasolineras y hay quienes se animan a llenar los depósitos. Hasta hace un par de lustros el petróleo que se encontraba a esa profundidad era muy costoso extraerlo. Ahora, de repente, resulta poco más o menos que golpear el suelo con una azada. Al sargento le ha ido bien. La vida le tenía reservada una bonita sorpresa. Su familia debe encontrarse muy feliz. Quién sabe si sus hijos estudiaran música y se harán más inteligentes por sus beneficios terapéuticos. Los sonidos y las palabras tienen la única y exclusiva ventaja de hacerte más inteligente, más tolerante, más ignorante, más incrédulo y dependiente del petróleo. Menos Homo Sapiens y más infinito en la noche.  

viernes, 12 de diciembre de 2014

MEADAS EN EL OCÉANO





Con esto del cataclismo político que anuncian los medios por la irrupción del partido Podemos,  hecho parecido a un guiso expuesto demasiado tiempo al fuego,  en no sé cuál rincón del laberinto exterior de mi mente, de internet en el frío raciocinio de las manadas asesinas de lobos hambrientos, leí declaraciones de un ultraderechista responsable de un programa tv llamado “La contratuerca” (con c y no con k, en respuesta al incomprensible trasfondo subversivo que se come en la indigesta a la teatralidad conservadora y ésta a la ahora ya alternativa institucionalizada de la cultura de la marginalidad), cosa nacida en respuesta al espíritu triunfalista que está movilizando a millones de almas en la retaguardia del sueño “Quiero ser millonario” a través, entre otros análogos,  del original, con k, de tv Público.
   El radical, que se alimenta como un carroñero de la sangre del cadáver a baja temperatura,  se ensaña ociosamente contra el espejismo de la renovada  lucidez socialdemócrata en el canal de televisión y a través de su blog personal. Sobre este último hace un interesante comentario: “Escribir en un blog es como mear en el océano. Es irrelevante para sus aguas pero allí queda”.  La pestilencia del marxismo y el leninismo continúa emanando del cuerpo muerto sobre el que vivimos como moscas inapetentes y nuestros excrementos se mezclan y confunden en un algor mortis que se antoja eterno.
  No creo que dicho blog sea más dañino ni beneficioso que el mío. Claro que otra cosa es preguntar si el blog es de uno o uno es del blog.  Soy pobre pero no puedo parar de escribir. Me interesa lo que escriben hasta aquellos que matarían por publicar, por no hablar de quienes buscan desesperadamente los premios. Voy a rectificar. Yo no escribo. Escribe alguien que está dentro de mí porque en la adolescencia de ése alguien veía hormigas  en las letras sobre el papel y quedaba trastornado, castrado como ser exclusivo tras la apuesta sobre el mundo de “otros”. Sé que hay centinelas sistémicos por todas partes que pretenden denostarnos por nuestra cobardía, dicen, de mear en el océano. Repito,  me ha gustado mucho lo de la meada en el océano, que la sustancia sea absorbida por el principal elemento de nuestra existencia.
  Para Sócrates lo esencial es que lo honrado, bueno y  virtuoso lo sean. Entre otras cuestiones la filosofía ática hace su aparición para dar una visión no sesgada del mundo. Me apuesto un ojo a que existen seres esenciales que terminan escribiendo para los medios capitaneados por los grandes inversores. Esos que conducen las corrientes del pensamiento por heterogéneas y contrarias que sean y las fuerzan para desembocar en los océanos del capital. Ríos de meadas digitales inocuas que embellecen el concepto de la inmensidad como prosopopeya para dignificar el paso de la humanidad por nuestro planeta. Por supuesto, a Sócrates también se le acusa de sofista. Pero una vez superado el miedo a los dioses quién no es demagogo y plebeyo consigo mismo hasta la muerte.
  Cuestiono los blogs. El del radical y el mío mean en el océano. Quizá la diferencia entre las dos micciones tengan justificaciones dispares en el “medio” por la naturaleza de sus mensajes. Mi meada es inconclusa e insatisfactoria. Algún problema de próstata ante mi impotencia en la luz y la oscuridad del mundo. La del radical es plena por su intención de separar los dos estadios. Ambas inocuas para la memoria del agua.  
 
  

  

miércoles, 12 de noviembre de 2014

HISTORIA DE MI RODILLA IZQUIERDA (IV)







Tenía cita con la doctora Elena. Quería que viese mi rodilla izquierda. Vería la segunda radiografía en el año dos tras el trauma y la consiguiente postración. Elena es tan acatable y amable que sus diagnósticos terminan siendo la interpretación de una imposición divina. Tiene una extraña habilidad para  transformar la enfermedad en una situación ventajosa y poder enfrentarte con el presente y ese futuro abominable a corto plazo que llamamos miedo.
-          Mira, no existen problemas graves en la radiografía. La tuberosidad externa se encuentra desplazada y es verdad que ha perdido la alineación con la cabeza del peroné. Pero no hay motivo para que te preocupes. El volumen del trocánter es a causa del propio desplazamiento. La rodilla está bien situada. Todo es producto de una degeneración que ha provocado ese aspecto anómalo de tu rodilla. Ni siquiera hay excesos de calcificación ni debilidad de ningún tipo.
Mi temor se basaba en que mi pierna izquierda había cobrado en los últimos meses la talla de un troco de eucaliptus con un nudo desproporcionado a media altura. Tomé mis medidas. Ya hacía tiempo que había abandonado el running y optado por la bicicleta y las largas caminatas. Además llevaba varias semanas acudiendo a natación terapéutica para intentar atenuar la tendinitis de mi hombro derecho como último recurso en la lucha contra “Mi mal pianístico”, digamos que aquello era  una actividad sinérgica que aún atenuaba más si cabe la deformación con la potenciación de la musculatura.
   Sabía que la pierna no se me iba a partir en dos por la rodilla porque los dolores insoportables, sobre todo en la cama, habían remitido. Sin embargo, temía que el abandono del dolor fuera transitorio y que este pudiese reaparecer del mismo modo que las viejas enemistades. Tenía y tengo en mi rodilla izquierda una indemnidad prominente,  tan visible como una montaña en la luna tras  la que pueden aparecer en cualquier momento  selenitas que tuvieron alguna vez conmigo pleitos o disputas. Temía, ante todo, que el nudo botánico a media altura de mi pierna izquierda desnuda, en los paseos que mi compañera y yo acostumbramos a dar en verano a la caída del sol en la playa, me transformara con el tiempo en la definitiva sombra humana que nunca he querido ver, un esbatimento tarado y siniestro sobre la arena húmeda de mi grao soñado.
  Durante el invierno no hay problema. La rodilla se encuentra oculta bajo la ropa, tal vez a la espera del verano. Ni tan siquiera en el caso de las tres veces que acudo a la semana a la piscina pública es ostensible la carne saliente de mi rodilla izquierda. Si acaso, en este lugar de control exhaustivo del tiempo y del cuerpo, la afectación de mi extremidad es ante los ojos de los demás clientes del agua una peculiaridad de la enfermedad desconocida del hombre voluntarioso que pueden llegar a ver en mí. En la playa es otra cosa. Bajo el acoso del sol, en tal escaparate casi natural de la humanidad,  el bulto que sale de mi cuerpo creo que es la  desvergüenza de un individuo que a todas luces no va a morir por una enfermedad que busca los ojos del prójimo y que, sin embargo, transmite un inmenso dolor que nadie está dispuesto a avenir como “Yo y mi circunstancias” sino a rechazar como “Su dolor inaceptable”.
   La mirada transparente de la doctora Elena y su discurso pausado templaron mi ánimo hasta el punto de desearle lo mejor de la vida. Pensé en un hipotético sufrimiento en mi senectud. Lugar lógico para el mal que se fragua en la madurez y para recordar a la doctora. Espacio en el que sentencié que todo está bien merecido por la suma de argumentos que para entonces habrían levantado el muro infranqueable de la vida. La doctora Elena fue capaz de inyectarme una vez más una nueva dosis de estoicismo indoloro. Una bendición del ateísmo para enfrentarme al miedo. ¡No todos los médicos son iguales!, me dije.



martes, 28 de octubre de 2014

MI MADRE







En cuanto despuntó el frío se cambió a la habitación pequeña.
     Allí está todo mejor protegido. Los objetos pueden mostrarse desnudos al abrigo de este lugar e incluso menos indefensos ante las turbulencias del pasado. Mientras que en el salón, las visitas dan una sensación de mayor velocidad en el espacio y el tiempo, y restan protagonismo a la fluidez de la materia sólida. Siempre que llega alguien hasta el centro del salón parece que viene de un hacer un largo peregrinaje.
    Esto no lo dice ella, lo pienso yo. Como siempre, contra la obviedad, siempre termino fabricando una realidad parcial y hasta caprichosa.  Aunque, la verdad, tal juicio no andaba muy mal encaminado si se tiene en cuenta que la mujer no quiere salir a la calle porque “se cansa mucho hablando con la gente”. Ante argumentos de este tipo, tan complejos, yo siempre le proponía, porque ahora ya no le sugiero nada, ahora me limito a escucharla, que asintiera y que contestara a la humanidad que “Bien, ¿y usted?”. Ella me contrariaba y contestaba que hasta eso le cansaba.
    Es tan evidente que en el salón, donde estuvo todo el verano, mi madre pasaría mucho más frío que en la habitación, que cualquiera  le habría propuesto la mudanza. Además, teniendo en cuenta que su única actividad consiste en ver la televisión, lo mejor es una acústica seca, con menor reverberación que en el salón. Desde este punto los sonidos de la televisión llegan hasta los rincones más ocultos de la casa. Hasta la azotea alcanzaban cuando todavía no había un lugar en el mundo para mí que no fuese en compañía de mi madre. Muchas veces me digo que antes de mi último verano iré allí a tomarme un gin tonic y ver las estrellas. Eso sí, con el televisor en ON. No me imagino allí arriba sin esas voces y esas músicas de mi madre. Toda la casa es mi madre. Porque siempre está la televisión viva o porque vive mi madre. Si alguna vez mi madre me abandona tendré el consuelo de poder reunirme con ella cada vez que quiera. Será tan sencillo como encender un televisor y cerrar los ojos. Creo que no me resultará demasiado difícil imaginar que estoy en el salón o en la habitación seca.
   Mi madre lleva todo el tiempo de mi vida en emisión abierta. Así que me llega al alma la certeza de que nunca estaré solo. Siempre estará mi madre en el silencio cribado de las imágenes y los sonidos. Un silencio que mi madre y yo hemos podido oír a lo largo de estos años como postura tras el pacto sin condiciones de la irrupción de las trescientas sesenta y cinco líneas y la chanza digital en nuestro hogar.
No lo dice ella, pero creo que si le propusiera vaciar la habitación seca de todo elemento que no sirva para ver la televisión estaría encantada. La colección de rosarios expuesta en la vitrina, el mueble  de los libros y hasta las cortinas y la puerta que dan al balcón son prescindibles en la visión del abismo del siglo XX. Sí, con la mudanza a la habitación me he dado cuenta de lo mucho que quiero a mi madre. 


miércoles, 1 de octubre de 2014

EL GRAN PEROL







    Cocinar unas migas es hacer duelo. Es el velatorio de un muerto. El cadáver es el de un hombre que tuvo que ganarse  el pan con el sudor de su frente.
    Aunque compres el pan precocinado tirado de precio en los establecimientos chinos o en el lugar que sea con la peor harina del mundo, te vale para picarlo, sazonarlo y humedecerlo durante una hora, y después removerlo durante el mismo tiempo hasta adquirir el punto exacto en el que el alimento se confunde con la tierra y con el abono que nos proporciona la descomposición de los seres vivos. Ya casi nadie emplea su tiempo en hacer unas migas. Todo el mundo rechaza ensimismarse con los pensamientos más recónditos y extraños de su pasado con la espumadera en una mano y con la otra agarrando el asa del gran perol, el perol de los oprimidos, de los desgraciados, de los bienaventurados que saben saborear los alimentos humildes que les proporcionan una mínima esperanza para mantenerse erguidos hasta el par de hostias siguientes.
  Pero yo sí. Es de las pocas cosas que sé hacer bien, muy bien. Me salen de puta madre.  Quienes prueban mis migas caen rendidos a mis pies y me preguntan dónde está el secreto. La evidencia os dirá  que jamás revelaré el secreto. Yo dispongo el tiempo en esto. De pie. Dos horas como un buen soldado.
  Le hablo al muerto. Le pregunto por el óbito. Qué ocurrió exactamente para alcanzar la paz eterna, para comenzar a vivir fuera de la materia y engañar al enemigo.
   El aceite y las cabezas de ajo necesarias son otra cosa. Sobre todo el aceite. Debe ser de oliva, extra y virgen. Tienes que buscarte la vida como sea, pues no nos sirven los de la marca Mercadona o Carrefour. Para qué hablar si lo que tienes es de girasol. La diosa Atenea, quien regaló el olivo a los atenienses, te mataría en vida. Ni lo intentes. Te va a salir una mierda tan grande que terminarás vomitando en el gran perol. Debes ir a la mejor almazara y abrir tus fosas nasales hasta drogarte. Los tíos que bien se precien deben ungirse la entrepierna con el mejor aceite, para curar las escoceduras y madurar en el amor y en las ideas. Del mismo modo que se ungen una por una las brevas en las higueras  para que el año de dos cosechas.

  Sólo diré que para cocinar las mejores migas necesitarás mucha paciencia y procurar pensar exclusivamente en ellas. Todo lo demás es ósmosis, endósmosis y exósmosis. Ya he cocinado un sinfín de cadáveres, tantos que mis hijos en la primera cucharada ya saben si el santo paria murió en el frente manteniendo a raya a tíos y tías presumidas y listas o en la retaguardia cuidando a niños y ancianos. La nueva casta intocable que quiere acabar con los privilegios de la actual debe probar mis migas antes de que sea demasiado tarde. Deben saber cuanto antes que al pan hay que echarle mucha imaginación y pasión.   

sábado, 20 de septiembre de 2014

LA UNIVERSIDAD DEL SÍNDROME








    Hace unos días leyó en un diario un artículo acerca del asunto llamado “Síndrome de Solomon”. La cuestión se basaba en el desgaste que produce en los individuos la siempre a bien tenida virtud de la sinceridad. El affaire era como para enmarcarlo en un curso intensivo planificado en las tórridas tardes de verano de algún concejal o concejala vanguardista para las tristes y aburridas tardes de invierno.
 Él sostenía que mantener el pulso y la cordura en pro de la verdad es a veces difícil o cuando menos perturbador. Pensaba que para interiorizar este complicado ejercicio lo mejor era, como mínimo, dar unos paseíllos plantando bien las pisadas como semillas hacia la ermita de Nuestra Mancillada Soledad. Según entendió, lo de Solomon era el epítome de la monumental obra escrita conjuntamente por los mejores estetas del alma y aún en ciernes “Miedo del hombre al hombre” (se incluye también a la mujer. ¡Por todas las santas!).
  Dicha cuestión resumida del síndrome se basa en la incapacidad de la inmensa mayoría de los individuos de mantener la opinión, a pesar de que ésta pueda ser incontestable, contra la establecida, y mucho menos si ya está institucionalizada. El pánico deductivo, la oscuridad después de haber visto la luz en el eclipse de la opinión mayoritaria hace de lo particular, de la opinión propia,  el principal objeto de la envidia.  Aquí es donde reside el mal según los estudiosos del síndrome. En el resentimiento colectivo hacia los personajes que, sin pretenderlo, por el uso de la sinceridad,  transforman la realidad inabordable, la del instante presente de nuestros instintos, en un cómic de  superhéroes.
Mal de muchos consuelo de envidiosos, así podría resumirse la incapacidad  general de defender a toda costa la evidencia y la justicia. Claro que en este sentido la justicia podría también catalogarse como consecuencia de la misma incapacidad general. Los abusos y oprobios cometidos por los poderosos sobre los débiles son tan contundentes como disolutos y secretos por su procedencia e incluso su legitimidad. Él dedujo entonces que el miedo a llevar la contraria no era solo una cuestión atávica en la que las que las figuras humanas se funden en un abrazo pusilánime de timidez o falta de ánimo.

 Salió victorioso del entuerto. No se puede decir que se tratara de un sofisma dirigido a los más sabios. Reflexionó unos minutos y decidió dar un paseo. Cuando regresó vio que sobre el diario había una pistola. Miró en la recámara y comprobó que eran balas de fogueo. Empuñó el arma y salió a dar otro paseo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

HOUELLEBECQ EN MOGUER







 

¿Has visto esa foto de Houellebecq en la que aparece con una chaqueta sin mangas y unos espantosos mocasines? Sí, sí la has visto, pero te haces el imbécil de vicio.  
    Da la impresión de que ha perdido casi por completo su identidad. Quiero decir, que el abismo blanco del Word o del papel sobre el que escribe lo está machacando  Bueno, es una forma de hablar, ya sabes que la duda y los borradores son devastadores para todos los escritores.  No ayudan nada. Todo el mundo se está riendo del escritor en Twiteer. Menos mal que nosotros no usamos eso. Se mofan del tipo este simplemente por su aspecto. Uf… la verdad que con esos pelos, con ese peinado parece que se lleva todo el día luchando contra el viento por los alrededores de su casa de Almería sujetando el arco iris como un Indalo, como un colgado.
   ¿Recuerdas? Cuando acabamos de leer el único libro suyo que hemos sido capaces de leer, “El mapa y el territorio”, tuvimos justo esa sensación. Hay tanto que leer… ¿verdad? Nos pareció una novela espléndida y llena de colores. Todo a pesar del rollazo del argumento del arte de vanguardia y el reguero de millones de euros que deja a su paso, bueno que dejaba, porque  ahora con la estupidez de la crisis….. ya no se vende…..rectifico, sí que se vende, lo que pasa es que ahora está feo contarlo, porque como vamos de poetas comprometidos todo el tiempo, eso de hacerse millonario ya no es artístico. ¡Me cago en la puta de oros! (arcaica expresión que con el tiempo la pondrá de moda algún hipster sobredotado, corriente y moliente, vamos), todo lo tengo que hablar yo, tú siempre estás callado. Qué horrible resulta que una persona apenas hable. No te quieres parecer al burro Platero que siempre tenía preparado un discurso para la ocasión. Recuerda que somos de Moguer, por todos los santos. ¡Un respeto! ¡Debemos hablar hasta por los codos!
  Reconócelo, lo que más deseamos en este mundo es ser millonarios. Los vitoléticos poetas políticos, los demás poetas, las poetisas de doble filo, los parias, los propios millonarios, ya no saben de qué, pero desean ser millonarios, Juan Ramón Jiménez si viviese también querría ser millonario, aunque él lo parecía aunque no lo fuese, y con eso es suficiente.
  Sé lo que estás pensando, obtuso necio. Crees que Houellebecq es un provocador, un hijo ilegítimo de los buenos conceptos artísticos, un usurpador, uno de los grandes al uso en estos tiempos de contención moral y sucias conciencias. Un millonario que se ha hecho a sí mismo engañando a sus lectores. Tú como siempre, a lo tuyo con la paja en el ojo ajeno (retorcido dicho popular que aún platican algunas bocas a pesar de que ya nadie tiene la obligación de alimentar al ganado). Te diré, malpensado, que Houellebecq se ríe a todas horas de sí mismo. Se ve como una mercancía de los medios de comunicación en el ultraje del aura de la obra de arte, como un detritus de la sólida piedra filosofal que pudo ser y que nunca lo será. En realidad el tío tiene huevos para reconocerse. Cosa que otros artistas son incapaces de hacer por encontrarse encerrados en sus rígidos egos, en sus sótanos repletos de programaciones.
 ¡Habla, maldito cabrón! Ah, que ya no te interesa Houellebecq. Es eso. Que sepas, te guste o no, que nuestros hijos o nietos tendrán también un “Año Houellebecq”.
   Escucha con atención, que seas mi mala conciencia no te da derecho a enredarlo todo.
  Bueno, no es para tanto, que le den a Houellebecq, acércate un poco, no te alejes. Vamos a dar tú y yo un paseo en esta tardía canícula por nuestro extemporáneo Moguer. No te enojes Noja.